Las palabras también gobiernan. Eduardo Montagut y la necesidad de entender aquello que discutimos

Redacción

Se puede pronunciar la palabra «libertad» y dar por terminada una discusión que todavía no ha comenzado. Bastaría preguntar de qué libertad se habla, quién puede ejercerla y qué sucede cuando entra en conflicto con la de otro para descubrir que, debajo del acuerdo aparente, había cuestiones pendientes. Algo semejante ocurre con «democracia», «igualdad», «pueblo» o «progreso». Su familiaridad nos hace creer que comprendemos lo que significan. Las reconocemos de inmediato; explicarlas exige más trabajo.

En ese espacio entre el reconocimiento y la comprensión cobra sentido el Diccionario de conceptos y términos para entender y moverse en política, de Eduardo Montagut, publicado por Editatum. El propio título propone dos tareas relacionadas, aunque distintas: entender y moverse. La primera requiere conocimiento; la segunda supone utilizarlo en un mundo donde las decisiones no esperan a que hayamos resuelto todas nuestras dudas.

En la presentación de la obra, Montagut explica que ha seleccionado conceptos de uso habitual, dispuestos alfabéticamente, y que su exposición atiende a las circunstancias en que surgieron y a sus transformaciones. La prioridad es la utilidad, no la acumulación de voces hasta alcanzar una exhaustividad imposible. Ese planteamiento contiene una decisión importante: para orientarse en el presente hace falta algo más que una definición breve. También es necesario saber qué historia lleva dentro una palabra.

Porque el vocabulario político plantea una dificultad que no se resuelve consultando equivalencias. Una misma expresión puede designar un ideal, describir una institución, justificar una medida o desacreditar a un adversario. Quien la escucha necesita distinguir esas funciones. Si alguien presenta una reforma como «modernizadora», por ejemplo, todavía queda por averiguar qué modifica, quién se beneficia de ella y cuáles son sus costes. El prestigio de lo moderno no puede realizar por anticipado el trabajo del argumento.

Tampoco debería hacerlo nuestro rechazo. Una palabra que nos desagrada puede impedirnos examinar una propuesta con la misma eficacia con que otra, favorable, nos invita a aceptarla. Conviene desconfiar de esa comodidad, sobre todo cuando coincide con nuestras preferencias. Resulta relativamente sencillo detectar una exageración en el discurso contrario. Reconocerla en el propio obliga a renunciar a una pequeña ventaja, quizá a una frase que habíamos repetido con satisfacción. Ahí empieza una exigencia intelectual bastante más seria que la de corregir a los demás.

El interés de una aproximación histórica reside, precisamente, en que introduce resistencia a esas identificaciones inmediatas. Preguntar cuándo apareció un concepto, contra qué situación se formuló y qué expectativas reunió permite devolverle su dificultad. Obliga también a considerar las diferencias entre quienes lo han utilizado. Compartir una denominación no equivale a compartir un programa, del mismo modo que conservar una palabra no garantiza que su contenido permanezca intacto.

La bibliografía de Montagut permite situar esta propuesta dentro de una dedicación continuada a la explicación histórica: entre sus trabajos figuran títulos sobre el socialismo, el liberalismo, el republicanismo y las constituciones españolas, además de un Diccionario de Historia contemporánea. No estamos, por tanto, ante un interés aislado por ordenar terminología, sino ante una nueva expresión de su trabajo sobre las ideas y los procesos que han configurado la vida pública.

Ahora bien, conocer la procedencia de una palabra tampoco debe convertirse en una forma de inmovilizarla. Sería un error sustituir la arbitrariedad del presente por la autoridad absoluta del origen. Los conceptos pueden adquirir sentidos nuevos porque aparecen problemas nuevos, porque intervienen otros sujetos o porque se revisan acuerdos que parecían definitivos. La precisión exige explicar esos desplazamientos, no negarlos. Entre aceptar cualquier uso y declarar ilegítima toda transformación hay un amplio espacio para el estudio.

Un diccionario político encuentra ahí su dificultad más interesante. Tiene que ofrecer claridad sin fingir que todas las controversias están resueltas. Debe distinguir una discrepancia razonada de una confusión, pero también reconocer que puede haber discrepancias razonadas acerca del propio significado de un término. La definición es un punto de apoyo para discutir; pierde utilidad cuando se utiliza como una orden de silencio.

La advertencia de George Orwell en La política y la lengua inglesa sigue siendo pertinente para pensar este problema. Su preocupación no se limitaba a la fealdad de la prosa pública. Examinaba cómo las expresiones prefabricadas, los eufemismos y la imprecisión podían ocultar los hechos y facilitar que hablantes y lectores dejaran de interrogar lo que estaban diciendo. En ese diagnóstico, el deterioro del lenguaje y el del pensamiento se alimentaban mutuamente.

La lección merece ser llevada también a nuestras conversaciones ordinarias. ¿Qué afirmamos exactamente cuando calificamos algo de «inevitable»? ¿Estamos describiendo una imposibilidad material o aceptando que no se examinen alternativas? ¿Qué damos por demostrado al presentar una decisión como «de sentido común»? Tales preguntas no invalidan de antemano ninguna medida. Obligan a defenderla con razones que puedan ser discutidas.

Hay una diferencia considerable entre pedir explicaciones y suponer que detrás de cada frase se esconde un engaño. La sospecha permanente puede volverse tan perezosa como la credulidad: ambas ahorran el esfuerzo de examinar cada caso. Una cultura política exigente debería permitirnos reconocer una explicación honrada incluso cuando no compartimos su conclusión, y advertir una manipulación aunque favorezca nuestras convicciones.

Por eso resulta sugerente que Montagut declare su intención de ofrecer una visión «sosegada pero también comprometida». La combinación evita, al menos como propósito, dos renuncias: la del análisis que se desentiende de las consecuencias humanas de lo que estudia y la del compromiso que considera innecesario comprender aquello sobre lo que quiere actuar. El autor añade que pretende «sugerir, estimular y no agotar» los asuntos tratados. Se dirige así a un lector al que invita a continuar, no a conformarse con una última palabra. El Obrero

El sosiego merece, además, ser defendido sin confundirlo con la tibieza. Se puede sostener una posición firme y reconocer una objeción válida. Se puede describir una injusticia con exactitud sin que la exactitud reduzca su gravedad. A veces ocurre lo contrario: el adjetivo desmedido ofrece al interlocutor la oportunidad de discutir el tono y eludir el hecho. Nombrar bien puede hacer una denuncia más difícil de esquivar.

El compromiso, por su parte, adquiere credibilidad cuando acepta obligaciones que también le incomodan. Entre ellas está la de no atribuir al adversario cualquier doctrina que resulte útil para desacreditarlo. Comprender una posición no implica absolverla; significa saber qué se está rechazando y por qué. Una crítica que necesita deformar su objeto empieza por debilitarse a sí misma.

La forma alfabética tiene, dentro de este proyecto, una virtud práctica. Permite acudir al libro a partir de una duda concreta, sin exigir que el lector recorra previamente un itinerario completo. Una palabra escuchada en una conversación puede conducir a una consulta; esta, a una pregunta más amplia. Hay una pedagogía valiosa en facilitar ese primer acceso. No todo aprendizaje comienza con un plan de estudios. A veces comienza con la incomodidad de advertir que hemos usado durante años una expresión que no sabríamos explicar.

Sería injusto, sin embargo, convertir la formación política en un examen de acceso a la ciudadanía. Nadie debería tener que demostrar familiaridad con una terminología especializada para expresar una necesidad o denunciar un abuso. La experiencia de quien soporta una decisión merece ser escuchada aunque no adopte el vocabulario de quienes la estudian. El conocimiento cumple una función democrática cuando hace más comprensible una discusión y permite intervenir en ella; la traiciona cuando se utiliza para desautorizar a quien llega con menos recursos.

Desde esa perspectiva, la divulgación no consiste en rebajar un saber hasta volverlo inofensivo. Consiste en explicarlo sin reservar las claves de su comprensión a un círculo cerrado. El desafío está en conservar los matices que importan y prescindir de las dificultades innecesarias. Una explicación clara puede conducir a preguntas complejas. Una explicación oscura puede limitarse a proteger la autoridad de quien habla.

También conviene moderar las expectativas. Ningún diccionario resolverá por sí solo un conflicto de intereses, ni la familiaridad con los conceptos inmuniza contra el prejuicio. Podemos entender una cuestión y seguir discrepando profundamente. El beneficio del rigor no es producir una unanimidad artificial: es permitir que sepamos dónde está el desacuerdo, qué razones lo sostienen y qué consecuencias tendría cada alternativa.

Ahí reside el valor cívico de la propuesta de Montagut. Su utilidad no tendría que medirse únicamente por las dudas que despeje, sino también por la calidad de las preguntas que ayude a formular. Un lector mejor orientado no es necesariamente alguien que responde con más rapidez. Puede ser quien advierte que falta un dato, quien distingue una valoración de un hecho o quien pide que se precise una promesa antes de celebrarla.

Hay una modestia fecunda en publicar un manual de consulta cuando sería más vistoso anunciar una explicación definitiva del mundo. El diccionario acepta que el conocimiento se construye por aproximaciones y que habrá que volver a él. Su lugar no está necesariamente en el centro de la mesa, reclamando atención constante. Puede permanecer cerca, disponible para el momento en que una certeza encuentre una dificultad.

Quizá esa sea la escena que mejor justifica un libro como este: alguien escucha una palabra, está a punto de asentir y se detiene. No para retirarse de la discusión ni para adoptar una superioridad escéptica, sino para preguntar qué significa en ese contexto. La conversación tendrá que continuar con algo más de cuidado.

Y quien estaba hablando tendrá que explicar lo que, hasta entonces, le bastaba con nombrar.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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