La ‘d’ perdida no es el problema

«Chao, pescao» y la chabacanería como método político

Rosa Amor

El 24 de agosto de 2026, preguntada de nuevo por la polémica del ático adquirido por el Gobierno de la Comunidad de Madrid y posteriormente puesto a la venta, Isabel Díaz Ayuso decidió despachar el asunto con una expresión que ya circula como titular, consigna y mercancía para las redes sociales:

«Está en venta, chao, pescao».

Lo dijo después de afirmar que no se podía «estirar más este chicle» y que ya se habían ofrecido todas las explicaciones necesarias. La pregunta de los periodistas surgía, además, después de que Alberto Núñez Feijóo señalara que Patrimonio de la Comunidad de Madrid tendría que explicar por qué se adquirió un inmueble que, según sus palabras, no podía destinarse al uso de oficina inicialmente previsto. (RTVE.es)

No voy a entrar aquí en si Ayuso tiene razón sobre la operación, si las explicaciones ofrecidas son suficientes o si la venta del inmueble cierra administrativa o jurídicamente la cuestión. Para eso están los documentos, los órganos de control, la Asamblea de Madrid y, cuando corresponda, los tribunales. Mi objeción es anterior y, en cierto modo, más elemental: una presidenta autonómica no debería responder así a una pregunta legítima sobre la gestión de una institución pública.

La «d» perdida de pescado no es el problema.

No me preocupa el fenómeno fonético, común en buena parte del español hablado, ni pretendo convertir la política en una academia de dicción. Me preocupa la explicación perdida. Me preocupa que una cuestión pública se cierre con una rima de patio de colegio, como si la agudeza coloquial pudiera sustituir a la rendición de cuentas.

En una conversación entre amigos, «chao, pescao» puede resultar simpático, infantil, incluso entrañable. En boca de una persona que ocupa un cargo institucional, y empleada para zanjar preguntas sobre una operación realizada por una administración pública, adquiere otro significado: el de no pienso explicar nada más y tampoco considero necesario tratar con respeto a quienes preguntan.

Ahí comienza la chabacanería política.

Imagen de Andreas G en Pixabay

Hablar claro no significa hablar de cualquier manera

Existe una confusión creciente entre la sencillez y la vulgaridad. Algunos políticos parecen creer que hablar como supuestamente habla «la calle» los vuelve auténticos, próximos y libres de la rigidez de las instituciones. Se presentan como personas sin filtros, capaces de decir aquello que otros solo piensan. El aplauso está casi garantizado: en una época de discursos preparados, la brusquedad se vende como sinceridad.

Pero hablar claro no significa hablar de cualquier manera.

La claridad consiste en explicar una decisión compleja con palabras comprensibles. La chabacanería consiste en sustituir la explicación por un desplante. Una cosa es evitar el lenguaje burocrático y otra muy distinta convertir una respuesta pública en una ocurrencia destinada a hacerse viral.

No necesitamos políticos engolados, capaces de esconder una irresponsabilidad detrás de veinte subordinadas. Tampoco necesitamos representantes que parezcan recitar continuamente un informe redactado por funcionarios. La solemnidad vacía puede ser tan fraudulenta como la vulgaridad. Pero entre la pompa y el «chao, pescao» existe un espacio inmenso llamado competencia comunicativa.

Una persona formada sabe cambiar de registro.

Puede bromear en una comida, hablar con sencillez en un mercado, debatir con precisión en un parlamento y responder con seriedad cuando se le pregunta por la administración del dinero público. La educación idiomática no consiste en hablar siempre de forma elevada, sino en comprender qué palabras corresponden a cada situación.

Ese dominio del registro es una prueba de respeto.

Quien utiliza el mismo tono para una conversación privada, un mitin, una entrevista y una comparecencia institucional no demuestra naturalidad. Demuestra que no distingue —o no quiere distinguir— entre su persona y el cargo que representa.

Ayuso no estaba respondiendo únicamente como Isabel Díaz Ayuso. Hablaba como presidenta de la Comunidad de Madrid. Y una institución no puede responder «chao, pescao» porque una institución no es una cuenta de TikTok, una tertulia ni una barra de bar.

Las buenas formas no son decoración

Se ha extendido la idea de que las buenas formas son una antigualla burguesa, una hipocresía social o una debilidad propia de quienes no se atreven a llamar a las cosas por su nombre. Nada más equivocado.

Las buenas formas son una disciplina democrática.

No garantizan la bondad de quien las utiliza, desde luego. Una persona exquisitamente educada puede mentir, manipular o actuar de manera inmoral. La historia está llena de criminales con una sintaxis impecable. Pero la cortesía establece al menos un límite exterior: obliga a reconocer que el adversario, el periodista y el ciudadano merecen una respuesta que no los trate como molestia.

La buena educación no consiste en sonreír mientras se oculta la verdad. Consiste en comprender que ejercer poder no autoriza a humillar.

Un político puede decir:

«Consideramos que el asunto está suficientemente explicado. El inmueble se ha puesto a la venta y remitimos a los expedientes correspondientes».

Podemos creerlo o no. Podemos exigir más detalles. Podemos considerar insuficiente la respuesta. Pero sigue siendo lenguaje institucional.

«Chao, pescao», en cambio, no contiene un argumento. Contiene una actitud.

No es solo una expresión coloquial. Es una pequeña exhibición de desprecio: se clausura la conversación no porque se haya demostrado algo, sino porque quien posee el micrófono decide que ya está cansado de responder.

Las formas importan precisamente cuando hay desacuerdo. Ser educado con quien nos da la razón no requiere ningún mérito. La formación se demuestra cuando una pregunta incomoda, cuando el periodista insiste y cuando el adversario político señala una contradicción.

La cortesía es la distancia mínima que existe entre el conflicto y la agresión.

La política convertida en contenido

Buena parte de este deterioro no nace únicamente de los políticos. También procede del ecosistema mediático que los recompensa.

«Está en venta, chao, pescao» es una frase perfecta para las redes sociales. Cabe en un vídeo de pocos segundos, permite innumerables montajes, indigna a unos, entusiasma a otros y evita la molestia de explicar el expediente. La frase ya no necesita aportar nada porque su función no es informar: es circular.

La política contemporánea produce escenas antes que argumentos.

El gesto, el mote, el insulto, la carcajada, la frase cortante y la humillación del adversario generan más atención que una explicación de cinco minutos. El político aprende enseguida la lección: una respuesta rigurosa será resumida por otro; una grosería, en cambio, llevará su firma.

Así aparece una nueva forma de prestigio: la capacidad de convertirse en meme.

Ya no importa tanto haber respondido bien como haber «ganado el momento». Los seguidores celebran la ocurrencia como si fuera una victoria parlamentaria. Se confunde dejar sin palabras con tener razón; mostrar desprecio con demostrar fortaleza; y negarse a explicar con no dejarse intimidar.

No es un problema exclusivo de Ayuso ni de la derecha. La degradación del lenguaje público atraviesa partidos, ideologías e instituciones. Hay insultos, sobrenombres, exabruptos y bromas de dudoso gusto en casi todos los espacios políticos. Cada bando denuncia la vulgaridad del contrario y celebra la propia como espontaneidad.

La chabacanería siempre parece más elegante cuando la pronuncia alguien de los nuestros.

Por eso conviene no convertir este artículo en una nueva pieza partidista. No se trata de afirmar que Ayuso es la única política que habla así, sino de sostener que nadie que ejerza una responsabilidad pública debería hacerlo.

La formación no es elitismo

Algunas personas objetarán que exigir corrección idiomática y buenas maneras es elitista. Que la política debe hablar el lenguaje de la gente. Que una expresión popular no debería escandalizar a nadie.

La objeción confunde educación con pedantería.

No se exige que un presidente cite a Cicerón, que una ministra conozca la poesía del Siglo de Oro ni que un diputado convierta cada respuesta en una conferencia filológica. Se exige algo mucho más democrático: que posea recursos lingüísticos suficientes para explicar, argumentar, responder y discrepar sin reducir toda situación a un eslogan o a un insulto.

La formación académica tampoco consiste simplemente en acumular títulos. Hay personas tituladísimas incapaces de escuchar, y personas sin estudios superiores que poseen una extraordinaria inteligencia verbal y moral. Formarse significa haber aprendido que las palabras tienen peso, que el lenguaje cambia según el contexto y que una autoridad debe ser especialmente cuidadosa porque sus expresiones no son completamente privadas.

Quien ocupa un cargo no habla solo por sí mismo.

Representa una institución, compromete su prestigio y ofrece un modelo de conducta pública. Cada vez que un dirigente responde con chabacanería, autoriza simbólicamente a miles de personas a creer que la agresividad es una forma válida de autoridad.

Después nos sorprendemos de la violencia en las redes, de los insultos dirigidos a periodistas, de la degradación de los debates o del desprecio hacia quien pregunta. Pero la ciudadanía también aprende mirando hacia arriba.

Cuando el poder habla como un hater, el hater se siente investido de poder.

La infantilización del ciudadano

Hay algo especialmente grave en responder con una cantinela infantil a una cuestión pública: reduce al ciudadano a espectador.

La persona que pregunta deja de ser alguien con derecho a recibir información y se convierte en parte de un espectáculo. La respuesta no pretende convencerla, sino divertir a los seguidores y humillar a los críticos.

Es política para hinchadas.

Quienes apoyan a Ayuso probablemente celebrarán el desparpajo. Quienes la rechazan utilizarán la frase como prueba de todo aquello que ya pensaban sobre ella. Ninguno de los dos grupos necesitará examinar el fondo del asunto. La expresión cumple así una función perfecta: sustituye el debate por la identidad.

¿Eres de los que ríen con «chao, pescao» o de los que se indignan?

La cuestión del ático queda detrás.

Eso beneficia al político, porque el lenguaje chabacano desvía la discusión desde los hechos hacia el temperamento. Ya no hablamos de la operación administrativa, de su justificación o de las responsabilidades. Hablamos de si Ayuso es auténtica, graciosa, insolente o vulgar.

La ocurrencia se come el expediente.

No todo puede zanjarse con un eslogan

La política exige paciencia, precisión y capacidad para soportar preguntas repetidas. Quien no puede tolerarlas quizá no debería ejercer un cargo que obliga a rendir cuentas.

Los periodistas repiten preguntas porque las respuestas pueden ser insuficientes, contradictorias o incompletas. También porque aparecen datos nuevos. Un gobernante puede señalar que ya ha contestado, remitir a la documentación o anunciar una comparecencia posterior. Lo que no debería hacer es tratar la insistencia como si fuera una insolencia personal.

Ser presidente no concede el derecho a decidir cuándo una cuestión pública deja de interesar a los ciudadanos.

Tampoco basta con vender un inmueble para borrar las preguntas sobre su adquisición. Vender puede resolver una situación patrimonial; no necesariamente explica cómo se tomó la decisión anterior. Esta distinción es elemental y no implica prejuzgar ninguna ilegalidad. Implica reconocer que la gestión pública exige algo más que una frase de cierre.

La política no es únicamente decidir.

También es explicar lo decidido.

Y explicar requiere lenguaje.

No un lenguaje ornamental, sino preciso. Sujeto, verbo, predicado, cifras, fechas y responsabilidades. Todo aquello que la ocurrencia pretende ahorrarse.

La vulgaridad no es valentía

Tal vez el éxito de este estilo político nazca de una necesidad colectiva de creer que la mala educación es valentía.

No lo es.

A veces, la verdadera valentía consiste en permanecer delante de una pregunta incómoda y responder sin insultar, sin burlarse y sin refugiarse en los aplausos propios. Consiste en reconocer una contradicción, admitir un error o explicar por qué se considera injusta una acusación.

El desprecio es más fácil.

Una frase cortante dura tres segundos. Una explicación puede exigir diez minutos y dejar zonas vulnerables. La chabacanería funciona como una armadura: impide que el adversario se acerque, pero también evita que el político tenga que pensar en voz alta.

«Chao, pescao» no demuestra fortaleza.

Demuestra que quien habla considera agotado el derecho de los demás a preguntar.

Y eso, con independencia de que lleve razón en el fondo, es profundamente impropio de una representante pública.

No quiero políticos que hablen como académicos durante todo el día. Quiero políticos capaces de hablar con sencillez sin degradar el idioma, de ser espontáneos sin humillar y de mostrar carácter sin convertir la mala educación en una marca personal.

Las buenas formas no resuelven por sí solas los problemas políticos. Pero su desaparición los agrava todos.

Porque cuando se pierde el respeto por las palabras, no tarda en perderse el respeto por quienes las reciben.

En el bar, «chao, pescao» puede cerrar una ronda.

En política, no puede cerrar una pregunta.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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