
Galdós ante la reforma penitenciaria
Observatorio Galdós-Negrín
Introducción
En el Saladero había niños cuya única falta era el abandono en que vivían. Galdós describe un departamento donde las criaturas inocentes compartían encierro con los criminales. La acusación es grave: la cárcel se encargaba de enseñarles precisamente aquello que debía corregir. Al describir patios y calabozos, examina el trato que una sociedad dispensa a quienes tiene bajo su custodia.
Fechada en Madrid el 4 de enero de 1884 y publicada en La Prensa de Buenos Aires el día 31, esta crónica celebra la sustitución del Saladero por la Cárcel Modelo. Galdós desea que el viejo edificio desaparezca; no le concede siquiera el prestigio melancólico de las ruinas. Su nombre, heredado del uso para el que había sido construido, le proporciona una imagen atroz: encerrar allí a los presos equivalía a convertir la pena en «salazón y pudridero de carnes vivas». Y aquella solución, adoptada provisionalmente, había durado más de medio siglo. También en eso reconoce el escritor una costumbre española: dejar que lo provisional se vuelva eterno.
El novelista escucha el vocabulario de los presos, describe sus engaños y se detiene en las inscripciones de las paredes. Hay maldiciones, versos, nombres, declaraciones de amor. Entre la suciedad del edificio y la rutina del castigo sobreviven esas voces, distintas unas de otras. El preso al que la administración amontona con los demás todavía tiene algo que decir de sí mismo, aunque deba escribirlo con una uña.
La Cárcel Modelo despierta una admiración que hoy conviene leer con cuidado. Higiene, talleres y enfermería aparecen junto a la vigilancia de todas las celdas, el aislamiento completo y un departamento destinado a la pena de muerte. Llamar al edificio «catedral del código» expresa su confianza en una justicia capaz de inspirar respeto en vez de espanto; no significa que hayan desaparecido las preguntas sobre el castigo.
El entusiasmo, de hecho, tiene una reserva muy concreta. Se han empleado cuarenta millones de ladrillos, pero falta saber cuándo la administración estará a la altura de la obra. El éxito dependerá de quienes trabajen dentro, y las rutinas no se borran en dos días. Ahí queda la pregunta menos cómoda de la crónica: después de levantar una cárcel nueva, ¿quién cambia la manera de tratar a los presos?
Texto de Benito Pérez Galdós

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LP, 31/1/1884
SUMARIO: La antigua prisión de Madrid, llamada El Saladero —La Cárcel Modelo —
Madrid, 4 de enero de 1884.
Señor Director:
Hoy hablaré de dos cárceles y un monumento.
Entre las mejoras que Madrid ha visto realizadas en el actual reinado, ninguna es tan importante como la sustitución del antiguo Saladero por la gran prisión celular inaugurada hace pocos días. La horripilante fama del Saladero habrá llegado quizás a remotos países, y no será inoportuno hablar de este infame edificio. Pronto desaparecerá para siempre; cuando esto se lea será tal vez un montón de escombros, y como ese gran baldón estará borrado se podrá soportar fácilmente la vergüenza de nombrarlo.
Fue construido ese edificio a fines del siglo pasado por uno de los grandes arquitectos de Carlos III para saladero de cerdos;1 poco después se estableció en él provisionalmente un presidio, y en 1822, también de modo provisional, la cárcel de hombres. Los esfuerzos de la Administración para fundar aquí una prisión segura y decorosa, fueron infructuosos durante medio siglo, y la morada de aquellos desgraciados, como todo lo que en España recibe el nombre de provisional, llevaba trazas de ser eterna. Situado este caserón al norte de Madrid, en los límites de la antigua capital, contuvo durante muchos años el ensanche y difusión del caserío, y aun después como odiosa verruga, afeando una de las más hermosas zonas de la villa.
Es una construcción que no responde al objeto a que ha estado destinada durante más de cincuenta años, sino se considera el hecho penal como salazón y pudridero de carnes vivas. Compónese de inmundos patios, de horribles calabozos y crujías hediondas.2 Parece lugar de martirio más que de corrección y seguridad, y allí para las conciencias dispuestas al arrepentimiento bien podía decirse que la expiación superaba al delito. La misma Inquisición, no siendo de seguro más noble, había de ser más decorosa. Allí el detenido por faltas se albergaba junto con el criminal cargado de delitos, y el condenado a muerte se pudría en mazmorras subterráneas. Creeríase que la arquitectura más ruin se había confabulado con la torturante rutina de nuestro procedimiento penal para crear un remedo del infierno y abolir la esperanza.
Por allí han pasado los reos políticos de todas las épocas, y las víctimas de todas nuestras revoluciones. La promiscuidad en que vivían presos y detenidos hizo del Saladero una como universidad del crimen con cátedras de picardías, con estudios tan ingeniosos como infames de los distintos modos de atacar a la propiedad y al honor de los ciudadanos. La imperfección del edificio traía necesariamente la imperfectísima organización administrativa y penitenciaria, y si se pudiera escribir la historia íntima de este aborrecido local tendrían explicación las misteriosas inmoralidades que nunca han podido ser aclaradas y que comprenden desde lo más alto a lo más bajo de la justicia humana.
Había un departamento, llamado el patio de los niños, que era albergue de los niños delincuentes y de los que no tienen más falta que el abandono en que viven. Confundidos allí los criminales feroces con criaturas inocentes, el célebre patio, que no era patio sino un desabrigado boardillón,3 resultaba colegio de ladrones e instituto de perversidad.
En los patios grandes se han fraguado esas perversas maquinaciones que parecen más propias de la novela que de la realidad, y que no tendrían nombre si el mismo saladero no hubiera creado, para designarlas, un vocabulario especial. Las riñas a navaja se llamaban broncas y las heridas rasguños. Los registros se denominaban cacheos. Allí nacieron las palabras timo y timadores, que se aplican a los robos, hechos con tal arte que la víctima no pueda justificar nada ante la justicia, y también los famosos entierros, que son la peor invención del género, fingiendo tesoros escondidos y documentos sepultados. Con este ardid se ha explotado desde allí la inverosímil credulidad de muchas personas. La organización diabólica de las compañías de entierros, que funcionaban libremente en aquellos patios han hecho numerosas víctimas en Madrid, en España y aun en el extranjero.
En las paredes de los calabozos se han encontrado, trazadas con lápiz, con un clavo o con la uña, inscripciones de ira y angustia, blasfemias horribles. Se podría formar curioso álbum de maldiciones, que contendría lo más bajo y grosero que la mente humana puede concebir, junto a pensamientos en que no faltan la serenidad y la elevación. Muchos se han expresado en versos patibularios, otros en estrofas inspiradas. Los más han escrito su nombre y expresiones de amor salvaje. Pero las imprecaciones contra la curia es lo que más abunda.
Felizmente la vida del Saladero concluye en estos días. Aquel baldón quedará pronto reducido a polvo, y donde han estado sus cimientos saldrá una plaza. La cárcel nueva se ha hecho tarde, pero se ha hecho bien con arreglo a lo más nuevo y a lo más práctico de la arquitectura penitenciaria. Cuanto la experiencia enseñó en otros países, ha sido estudiado concienzudamente, y los defectos acusados por el tiempo en establecimientos análogos se han corregido aquí. Presenta este noble edificio el grado más alto de perfección a que han llegado las construcciones penales, y sus defectos dependen del criterio que prevalezca mañana en un orden de ideas que aspira a mejorar y mejorar cada día.
Es un edificio colosal, de estructura radiada, compuesto de cinco grandes naves trapezoidales que contienen mil cuarenta celdas. Su forma panoscópica permite vigilar todas las celdas desde la gran rotonda central. Tiene además talleres, grandes patios para esparcimiento de los detenidos, anexos para los distintos servicios, enfermería. Toda la construcción acusa, en su bien compartido conjunto, la higiene, la solidez, la economía, la seguridad. Por no faltar nada, también existe allí el lúgubre departamento destinado a la aplicación de la última pena. El interior de las celdas ofrece a los presos toda la comodidad compatible con su infeliz estado. El aislamiento es completo, la fuga imposible: el éxito del edificio, como implantación de un nuevo sistema, depende ahora de la conducta del personal de cárceles, y no debemos esperar que ciertas rutinas desaparezcan en dos días.
Cuarenta millones de ladrillos se han empleado en la construcción de la Cárcel Modelo. ¿Cuántos días pasarán antes de que la administración penitenciaria sea una realidad, como lo es este instrumento de progreso que la ciencia y el arte han puesto en sus manos?
La mole inmensa de este edificio, contemplada desde las alturas de Vallehermoso, es de lo más imponente que se puede ver, y despierta en el espectador un sentimiento de compasión. Es como la imagen de la vindicta pública,4 representada en la plasticidad sintética de la masa arquitectónica. No infunde espanto, sino un sobrecogimiento de respeto hacia la severa majestad de las leyes. Y así como ante los monumentos religiosos se eleva el espíritu a la contemplación de cosas extraterrenales, aquí, viendo esta catedral del código, parece que los ingentes muros nos expresan en forma material uno de los más hermosos ideales del espíritu dentro de lo humano.
Procedencia y criterio de transcripción
Pérez Galdós, Benito. Galdós. Corresponsal de «La Prensa» de Buenos Aires. Edición, introducción y notas de Dolores Troncoso. Las Palmas de Gran Canaria: Casa-Museo Pérez Galdós, Cabildo de Gran Canaria, 2020. Edición digital revisada: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2021. Crónica n.º 3, fechada el 4 de enero de 1884 y publicada el 31 de enero de 1884.
Se transcribe únicamente el fragmento de las imágenes facilitadas, dedicado al Saladero y a la Cárcel Modelo, no la crónica completa. Se conserva el sumario íntegro, que anuncia también otros asuntos. Se han unido las palabras partidas por los cambios de línea y restituido espacios tipográficos; se mantienen el vocabulario, la puntuación y las cursivas de la fuente, incluidas las formas «boardillón» y «panoscópica».
Las notas 1 y 2 se reproducen de las imágenes. Las llamadas 3 y 4 se conservan, pero sus textos no son visibles y se señala esta ausencia. El título general y la introducción son añadidos para este documento; no pertenecen al artículo de Galdós ni a la introducción de Dolores Troncoso.
- El arquitecto fue Ventura Rodríguez en 1768.
- crujías: ‘pasillos’.
- [Nota de esta transcripción: el texto de la nota 3 de la edición no aparece en las imágenes facilitadas.]
- [Nota de esta transcripción: el texto de la nota 4 de la edición no aparece en las imágenes facilitadas.]

























