El maestro de escuela en el cuento realista del XIX (con Galdós al fondo)

Fermín Expeleta Aguilar, Universidad de Zaragoza

EL MAESTRO, MOTIVO TEMÁTICO POPULAR

No resulta extraño que el motivo del maestro de escuela aparezca en la gran literatura del XIX, teniendo en cuenta que se trata de un “tipo” que ha modelado antes la tradición literaria y que, en los momentos de construcción del gran proyecto realista de la generación del 68 bajo la guía de Benito Pérez Galdós, no puede dejar de encajar en los argumentos de las ficciones, habida cuenta además del trasfondo pedagógico que impregna la novelística realista.

La figura del “maestro de escuela” tiene presencia, en efecto, en la narrativa realista del XIX para ilustrar la precaria situación social del oficio, con las adherencias negativas con las que la literatura anterior viene configurando a este personaje. Éste vive en la tradición gráfica popular (por ejemplo, como tipo humorístico en el grabado y la caricatura[1]). No hay que olvidar, por otro lado, la tradición del teatro popular y la zarzuela de mediados de siglo XIX como fuentes que abundan en la comicidad producida por el contraste entre las pretensiones de alta misión profesional y las insuficiencias físicas y psíquicas de la persona del maestro de escuela[2].

Hay que tener en cuenta también que las revistas profesionales reivindicativas del magisterio del XIX venían apuntando sistemáticamente al maestro de escuela como mártir y como chivo expiatorio de la sociedad injusta; como otro Cristo viviente al que las fuerzas sociales cubren de oprobios y de malos tratos. El maestro es por un lado un “sacerdote de las civilizaciones”, un “mentor de la infancia” o “la más soberana de todas las majestades sociales”, según caracterización retórica de los escritores de la época. Y sin embargo es al mismo tiempo el “mártir del siglo XIX”, según acuñación del poeta Manuel de Palacio[3]

El artículo-cuento de Carlos Frontaura,  escritor y gobernador civil de Zamora, “Tienes más hambre que un maestro de escuela” (La Época 28-8-1880) sirve de modelo a los articulistas que insertan sus trabajos en las revistas del magisterio. Reproducido en los números de las revistas profesionales de las distintas ciudades españolas, dibuja en el maestro Don Aquilano el paradigma del mentor zaherido por las distintas instancias de una sociedad injusta contra la que clama el autor infructuosamente. En él se presenta a este maestro ejerciendo la paciencia, pasando hambre y devorando amarguras. El alcalde se enoja con él porque no propone a los hijos de la primera autoridad municipal para premio en la escuela. Enferma por la persecución a que se ve sometido; cambia de destino y sufre la muerte de un hijo por inanición.

Al modo de este artículo, los periodistas maestros que integran las redacciones de esas revistas profesionales redactan otros muchos con destino a ocupar las primeras páginas de la “Sección Doctrinal”. Todos ellos insisten machaconamente en la cuestión de los pagos, el “talón de aquiles” de la ley del 1857 que regula la educación en España, la “Ley Moyano”. Conceptos y estilo que recuerdan las admoniciones que hacen  escritores como Antonio de Trueba o Alejandro Sawa desde las páginas de la misma prensa.[4]

Así pues, no resulta extraño que el tipo pase a la novela realista a través de expresivas descripciones cercanas a las técnicas costumbristas, para ahormar finalmente historias en las que el personaje maestro tiene una función las más de las veces, eso sí,  meramente testimonial[5]. Los grandes novelistas encuentran acomodo al personaje en alguna de sus novelas,  con funciones secundarias o episódicas en La barraca de Blasco Ibáñez; o en José de Palacio Valdés[6], a títulos de ejemplo. De todos los escritores es Galdós, el novelista español más representativo de la corriente realista, quien inserta en las distintas novelas la figura del maestro de escuela como personaje secundario excepcional[7]. De la amplia nómina de las figuras profesorales galdosianas, Don José Ido del Sagrario, (con protagonismo en El doctor Centeno, de 1883, y en otras novelas posteriores: Tormento, Lo prohibido, Fortunata y Jacinta, Amadeo I, La Primera Repúbica, De Cartago a Sagunto y Cánovas) es considerado por la crítica como el más rico y expresivo de los personajes recurrentes, sobre el que el autor hace recaer la caracterización negativa de baja estima social (Shoemaker, 1951, pp. 204-237). Condición siempre precaria, que oscila entre los altos ideales y el hostigamiento físico y moral de su persona por parte de todas las instancias sociales[8].

La descripción física, en la que Galdós obtiene siempre tan alto rendimiento, dibuja a un Don José Ido del Sagrario con un “mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un pábilo humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban, con la humedad y el pestañeo, desgarradoras elegías” (p. 134). Y la adjetivación cargada de epítetos heroicos, que se repite sistemáticamente en la prensa del magisterio, sirve también a Galdós para redondear la figura del profesor: “Era el mártir obscuro de la instrucción, el padre de las generaciones, el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de preclaros hechos” (p. 134).

Lo mismo cabe decir de la novela regeneracionista, que no pocas veces da cabida al “tipo” inmerso en ambiente opresivo como símbolo en pequeño de los males generales del caciquismo. Tanto en la novela regeneracionista tardía del propio Galdós (El caballero encantado, 1909; y La razón de la sinrazón, 1915), como también en novelas de otros autores como La ley del embudo (1897) de Pascual Queral y Formigales o Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898) de Ángel Ganivet, con estampas vívidas de la situación real del maestro de escuela contemporáneo.

PRECARIA CONDICIÓN SOCIAL

Y sin embargo, el cuento o el relato breve es el género en el que mejor encaja la peripecia de esta figura, pues en su brevedad y tono poemático, posibilita la mirada sentimental o patética de un personaje que funciona como estereotipo en la sociedad. En primer lugar, puede destacarse un estimable número de relatos, cuentos y cuadros costumbristas que redondean el perfil de esta figura con los rasgos de pedantería, incultura, pusilanimidad y propensión a la locura. Relatos, todos ellos en los que se incide en la precaria condición social que rodea el vivir cotidiano del maestro de la Restauración. Desde los esbozos costumbristas de Pereda (1871), en los que da a conocer al maestro Canuto Prosodia, pasando por el relato de Alarcón El maestro de antaño (h. 1880); los cuentos de Clarín (1886), siempre de calidad, en los que traza la semblanza del “maestro superior” que se vuelve loco (Don Urbano, 1896); o los menos significativos de la Pardo Bazán (Ocho nueces, 1897).

Pereda, amigo y en alguna medida maestro de Galdós,  suministra en algunos de los cuadros costumbristas de 1871 de Tipos y paisajes[9](“Para ser un buen arriero” y “Blasones y talegas”) un boceto del tipo maestro de escuela enjuto y corto de luces, objeto de risas, en la figura de Canuto Prosodia, aprovechado además por el novelista santanderino para su novela De tal palo tal astilla (1880)[10]. Auténtico “tipo”, Pereda presenta en el primer relato al maestro don Canuto Prosodia como “hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances, y muy largo en adular a todo el que podía dar algo” (p. 299). En el segundo, reaparece el maestro con exhibición de pedantería y de mala gramática:

 Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales, conforme a reglas; discurrida por Canuto Prosodia, maestro de instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada a la mayor preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre Doña Verónica Tres-solares…” (p. 440).

Emilia Pardo Bazán en su vasta producción de cuentos no suele incluir el tipo del maestro de escuela. Aun así, encuentro el relato “Desquite” con el maestro de música enclenque que da clases particulares y, sobre todo, “Ocho nueces”, ambos publicados en 1897, con reproducción de una tertulia de pueblo con el maestro pedante Don Dionisio, quien se expresa del siguiente modo ante el resto de las fuerzas vivas de la localidad:

Desde luego, a mi humilde y eclipsado punto de vista –decía don Dionisio apretando los labios- no puedo “zozobrar” en reconocer que si la tierra o predio donde fueron apresadas o dígase cosechadas, las nueces, pertenecía a título lícito a don Juan de Mata, él era respectiva y colegalmente dueño de la fruta (p. 73)[11].

De Cuentos morales (1896) es el relato Don Urbano, enelqueserecrea la visión humorística ad hoc del personaje maestro de escuela. Se constata el prurito del mentor de la infancia por sentirse instalado en la categoría de “maestro superior” frente a la mayoría de maestros que sólo poseen el grado elemental. Y se deja entrever el trasfondo realista de las penurias clásicas de la clase del magisterio, que con tanta insistencia denuncia la prensa profesional del momento. Finalmente se certifica la incapacidad de este maestro de párvulos para la flexibilidad. Sus planteamientos mentales rígidos dan como resultado que Don Urbano se vuelva loco, con lo cual se redondea el tópico humorístico del maestro como sujeto risible con propensión a las anomalías psicológicas[12].

El relato de Pedro Antonio de Alarcón, El maestro de antaño (1880)[13] glosa al modo realista el trabajo cotidiano de un maestro de escuela de época anterior, caracterizado por las marcas del estereotipo (poca preparación intelectual, misión sacerdotal, metodologías coercitivas, insistencia en la edad avanzada…):

Lo que aún no he podido averiguar ni discernir es en virtud de qué conocimientos de otra especie fue maestro de escuela… Sabía hacer letras pero sin ortografía; leer, pero sin gusto, y calcular, pero en abstracto, y, sólo con números enteros, hasta dividir por más de una cifra…” (p. 1742).

Por la mañana se entraba en clase a las ocho, lo mismo en diciembre que en junio, y se salía a las doce; y por la tarde se entraba a las tres y se salía a las cinco. Los jueves sólo había escuela por la mañana. Los sábados, en la tarde, dirigía siempre el maestro un ligero sermón a sus regocijados discípulos, momentos antes de darles suelta por treinta y nueve horas” (pp. 1742-1743).

En ocasiones, la tipificación negativa del mentor se transfiere, como en el caso del cuento de Pérez de Ayala, El profesor auxiliar, a otras categorías docentes superiores. En este caso se dibuja un personaje, profesor auxiliar de Universidad, con no pequeña carga costumbrista, ajustado al tipo de profesor torpe y de perfil bajo. Analizado por Julio Matas (1980, p. 7), se trata de uno de los mejores cuentos del autor y en él presenta al profesor Don Clemente como arquetipo que le suministra la tradición, caracterizado por la “nobleza de carácter y estrechez de inteligencia”, y con una intencionalidad social, al explicar las condiciones deplorables que rodean a la vida profesoral, “esperpentizando” la condición social del profesor auxiliar mediante la puesta en escena de tales privaciones. Una pieza, según Matas, muy lograda en la que se funden al modo tragicómico, lo bufo y lo patético, insertando a la figura del profesor en la tradición que venimos explorando y que apunta a las insuficiencias canónicas de su figura.

VÍCTIMA POLÍTICA

En segundo lugar, la  “cuestión política” impregna a veces los relatos en los que aparece el personaje maestro, pues éste transfiere su carga humanística o sus ideales a una determinada militancia política en momentos históricos convulsos. En lo que se refiere al relato breve, El Padre Coloma en uno de sus cuentos carga de simbolismo político al personaje de don Justo Cucaña, quien recibe asimismo los rasgos constituyentes que le suministra el “tipo”.

 En el cuento La Pascua Florida y el Cuarto Ayunar,Coloma modela el personaje anciano maestro de la Escuela Gratuita de María Inmaculada de una ciudad andaluza como una contrafigura del personaje galdosiano, Patricio Sarmiento. Contextualizado en plena “Gloriosa”, pero con invocación recurrente  al reinado de Fernando VII, el personaje de Coloma se produce como otro Quijote (“aquel pobre viejo, cuyos sentimientos de honor e hidalguía hubieran realzado al más leal tipo de caballeros de la Edad Media, era a los ojos de todos un ridículo quijote”, p. 90). Adornado de las notas comunes que le suministra el estereotipo (ingenuidad, bondad, simpleza) sufre el embate de las Juntas Gubernativas que pretenden arrumbar los modelos pedagógicos antiguos, hasta el punto de abandonar su profesión y morir posteriormente de hambre, antes de transigir a las imposiciones de la nueva autoridad emanada de la Revolución del 68.[14] Sesgo político que otorga, por ejemplo, Palacio Valdés al profesor de latín, asimilado a la figura del maestro de escuela, en su cuento, El profesor León (en Aguas fuertes, 1884), convertido en activista político de la “Vicalvarada”[15].

Hay que señalar que, una vez más, Galdós es quien había dado cuerpo al la mejor caracterización del personaje maestro como víctima política (Navascués, 1983). En los Episodios Nacionales de la segunda serie, compuestos entre 1876 y 1877, redondeaba en el personaje maestro Patricio Sarmiento a “otro Cristo” que muere inmolado por el bien de la comunidad, al no abjurar ante la autoridad política de sus principios morales. En este caso, defendiendo una suerte de liberalismo extremista populachero.[16] Aunque había aparecido en las novelas El Grande Oriente (1876) y en Siete de julio (1877), el personaje puja con fuerza de protagonista en El terror de 1824 (1877). Se trata de un maestro “loco” y “quijotesco” inmerso en la represión de 1824, a cargo del rey Fernando VII. Siempre dramatizando, este maestro se produce en una escuela en la que imparte lecciones de historia romana confundidas con el mismo momento del alzamiento liberal. Es un orador pesado y farragoso a quien abuchean sus propios correligionarios. Pero el héroe se crece, y en la parte final, en el momento previo a su ajusticiamiento en la Plaza de la Cebada, se convierte en un verdadero filósofo, capaz de glosar un mensaje pedagógico cristiano profundo.

IDEARIOS PEDAGÓGICOS

En tercer lugar está la cuestión estrictamente pedagógica, en la que se incide mediante los recursos satíricos y humorísticos, dibujando maestros de escuela con carencias culturales. Muchas veces se establece confrontación entre la vieja escuela, caracterizada por la inadecuación metodológica de las enseñanzas frente a una anhelada nueva escuela. La pedagogía se convierte aquí en la propia sustancia de la historia, con la oposición de una escuela asociada a los males canónicos del magisterio frente a una nueva, que ha de surgir a partir de la puesta en limpio de las reflexiones de la pedagogía intuitiva en la órbita de organizaciones innovadoras.

Alarcón, quien caracterizaba en El maestro de antaño a un mentor de la vieja escuela, cuantificaba los castigos aflictivos del siguiente modo:

Cinco eran allí los castigos o sanciones penales de la enseñanza: 1º ponerse de rodillas, 2º correazo sobre la ropa; 3º palmetazo; 4º llevar colgado del cuello ¡todo un día! Cierto cartón en que estaba pintado un burro y 5º azotes…Los azotes se administraban bajándole los calzones y dándole otro adulto con las disciplinas (p. 1743).

La corriente filosófica del krausismo, aclimatada en España por Julián Sanz del Río, constituye un nutriente de no escaso valor en la narrativa española realista (Galdós vuelve a ser ejemplo paradigmático). Y ello, por lo que este movimiento tiene de sustrato pedagógico. Leopoldo Alas, por ejemplo, construye alguno de sus cuentos bajo este estímulo; y así, en Zurita (en Pipá, 1886) recrea la influencia del movimiento krausista (sistema filosófico idealista que aspira a la búsqueda de la perfección humana en clave laica) en la enseñanza de la época. Aquiles Zurita, el protagonista, es un eterno estudiante que aspira a obtener una cátedra de Instituto de la asignatura de Psicología, Ética y Lógica.

 El narrador arranca el relato in medias res para transcribir el diálogo delirante entre el catedrático que imparte el doctorado y el propio Zurita: se trata de una burla bien ideada acerca de los “tics” de esta suerte de intelectuales que no logran comunicarse de forma natural con sus alumnos (“Ha de saber el licenciado Zurita que nosotros no leemos libros sino que aprendemos en la poca reflexión, ante nosotros mismos, todo lo que hay puesto en la conciencia para conocer en vista inmediata, no por saberlo, sino por serlo”, p. 296). El relato gana en interés cuando recrea la actitud refractaria del protagonista, convertido ya en profesor,  ante los intentos de seducción de que es objeto por parte de las distintas patronas que lo hospedan. A pesar de sentir la inanidad de la doctrina que informa su vida, sigue siendo incapaz, una vez conseguida la cátedra de Lógica en un pueblecito asturiano, de excarcelar de su interior el cúmulo de restricciones que lo inhabilitan para la vida natural. Clarín, quien también adquirió una educación de base krausista y fue también  tímido como Zurita, aplica genialmente el escalpelo para diseccionar los tics culturales de un movimiento que vino enseguida a ser arrumbado por la filosofía positivista[17].

 Son los momentos en los que el primer krausismo adquiere una nueva modulación bajo el patriarcado de Giner de los Ríos, con cierto resquebrajamiento de los ideales primigenios. Y el propio Clarín, más fervoroso aún que Galdós hacia este movimiento, ejemplifica genialmente en su cuento el cambio sustantivo de actitud, ideando en el personaje de Zurita una suerte de alter ego de Sanz del Río.[18]  No se olvide que antes, el propio Galdós también había dado cuerpo a su personaje profesor, Máximo Manso, personaje principal de la novela El amigo Manso. Se trataba en ese caso de un catedrático de Instituto que salía del ámbito institucional para verificar el fracaso educativo de las teorías educativas krausistas, en un trabajo docente con su discípulo principal, Manolito Peña, sobre el que vierte un programa pedagógico de hondo calado humanístico, al amparo de las nuevas pedagogías de carácter intuitivo.

En los primeros años del siglo XX los narradores siguen “pedagogizando” todo lo que escriben. Y se observa un anhelo de espiritualización que lleva aparejada no pocas veces la identificación entre pedagogía y amor (la novela Amor y pedagogía de 1902 vale como síntoma). En julio de 1903 el propio Unamuno había insertado en La lectura de Madrid el cuento El maestro de Carrasqueda, (O. C., IX, pp. 182-187). De nuevo glosa allí la pedagogía del amor defendida en sus escritos, cartas y conferencias de esos años. El maestro de ese pueblecito ejemplifica la misión sacerdotal que le cabe desempeñar con su discípulo: “Yo te haré hombre –le decía-; tú déjate querer. Y fue el maestro traspasándole las ambiciones y los anhelos, que, sin saber cómo, iban adormeciéndosele en el corazón” (O. C., IX, p. 184). Es decir, una síntesis de las ideas educativas regeneracionistas del autor.

Relato éste en el que se supera el estereotipo del maestro rural muerto de hambre y despreciado por todos, a través de la sublimación de la misión evangélica que le cabe desempeñar. Don Casiano se entrega en cuerpo y alma a sus alumnos, de modo que esta semilla germina en uno de sus discípulos, Ramón Quejana quien, como un auténtico hijo espiritual, acude a enterrar al maestro a Carrasqueda de Abajo. Unamuno prescinde en este breve relato de las marcas caracterizadoras ad hoc: malos tratos, escasez económica, pedantería, ignorancia y pusilanimidad; y compone un retrato de abnegación que sintetiza bien cuál es el desiderátum del buen maestro. Don Casiano empieza su labor educativa enseñando aseo y limpieza a los escolares; elimina “discursitos” prefabricados dedicados a los padres “caciques”; y pone en práctica, en definitiva, la pedagogía del amor defendida por el Rector de la Universidad de Salamanca en todos los lugares.

Y es que en El maestro de Carrasqueda, el mentor absorbe las cualidades del padre para completar una obra educativa fértil (“Y el chico no sólo se dejaba, se hacía querer y fue el maestro traspasándole las ambiciones, los altos anhelos, que sin saber cómo iban adormeciéndosele en el corazón”, O.C., IX, p. 188). Y, en todo caso, los alumnos han de ser para el buen maestro “hijos del espíritu”, los cuales reportan al padre espiritual recompensas que no proporcionan los hijos de la carne “porque son otros, son nuestros hijos espirituales, son nuestros discípulos, los puestos por Dios para decir nuestras mejores palabras”[19].

De ahí que uno de sus libros más olvidados, Recuerdos de niñez y mocedad, sea valorado por Unamuno, porque contiene evocaciones de los tiempos escolares y recuerdos emocionados de sus maestros antiguos. A pesar de algunas insuficiencias, es capaz de recordar con cariño a su primer maestro:

Fue mi primer maestro, mi maestro de primeras letras, un viejecillo que olía a incienso y alcanfor, cubierto con gorrilla de borla que le colgaba a un lado de la cabeza, narigudo, con largo levitón de grandes bolsillos de autoridad, algodón en los oídos y armado de una larga caña que le valió el sobrenombre de el “pavero”. Los pavos éramos nosotros, naturalmente; ¡Y tan pavos! (O.C., I, 1951, p. 21).

Gabriel Miró también compone un cuentecillo con protagonista maestro rural imbuido de valores. Se trata de “El señor maestro” (O. C., pp. 110-113, escrito hacia 1910), asimismo adornado de rasgos morales positivos: abnegación, sensibilidad, capacidad de entrega a los escolares, y con ausencia, como en El maestro de Carrasqueda, de alusiones a la difícil condición social de la profesión docente (Mata Induráin, 1999, pp. 309-318).

CONCLUSIÓN

Se constata que el personaje maestro, que cuenta con antecedentes en las artes y en la literatura popular,  tiene buen rendimiento en la cuentística española del periodo realista, como síntoma del contenido pedagógico de que está imbuido todo un proyecto literario que tiene como guía a Benito Pérez Galdós. En lo que respecta a la tipología de este personaje, pueden señalarse tres aspectos caracterizadores, focalizados por los escritores de cuentos y plasmados asimismo en su novelística por el escritor canario.

 En primer lugar, se incide en su difícil condición social. Queda caracterizado así el personaje con rasgos de pedantería, pusilanimidad o locura, consecuencia todo ello de la precaria situación del oficio. En segundo lugar, la “cuestión política” es centro temático de algunos relatos breves, contextualizados en momentos históricos convulsos. El destino al que se ve abocado el personaje es el de la inmolación, en defensa de sus ideales políticos. Si en el caso anterior el maestro podía morir de hambre, ahora se convierte en víctima política.

 Y en tercer lugar está la cuestión estrictamente pedagógica. Hay que señalar ahora cómo los idearios filosóficos con fuerte proyección educativa se vierten a los argumentos. Se confirma en los relatos una dicotomía entre viejas pedagogías (coercitivas, inquisitoriales, memorísticas y maquinales), casi siempre impugnadas, frente a nuevos modos educativos (intuitivos, lúdicos, racionales, armónicos), ponderados las más de las veces, pero sometidos también a revisión; y en el caso de los mejores autores, observados con ironía y con sentido del humor. En fin, a principios del siglo XX pueden aparecer relatos en los que los rasgos negativos tipificadores del personaje maestro son sustituidos por valores pedagógicos con fuerte contenido espiritual.

BIBLIOGRAFÍA

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Otras referencias

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[1] Alejandro Sawa firma un artículo titulado “Debéis pan al maestro y educación al discípulo”, que recojo en mi libro (Ezpeleta, 2001, pp. 167-171), en el que subraya la querencia de las artes populares por azuzar sobre la figura del maestro. “La caricatura se ha apoderado del maestro porque no ha hallado la heterogénea sociedad moderna, tan variada, tan generosa en la manifestación de tipos decimonónicos, uno que tanto se preste a ella como el maestro de escuela. La literatura festiva también frecuentemente lo emplea con el noble propósito de hacer reír; es una indiscreción grosera, indigna: augusto sacerdote de la civilización, merece nuestro respeto; víctima de la barbarie, nuestra lástima” (p. 169).

[2] El Diccionario General de Bibliografía Española de Dionisio Hidalgo suministra algunos títulos como El maestro de escuela. Caricatura literaria en un acto arreglada a la escena española por D. Juan Perales. Representada por primera vez en el Teatro de la Cruz el 26 de Mayo de 1846. Madrid, 1846, imp. De vda. De Lalama. Lib. De Matute, en 4º, 12 págs (En Biblioteca Nacional, T/789 (3). De Mariano Carreras y González, Calavera y preceptor (comedia).

[3] Poema de Manuel del Palacio (Ezpeleta, 2001, pp. 173-175). “Honremos, pues, a aquellos escogidos/ del estudio y la ciencia campeones, / que de los seres que nos son queridos, / alumbra la razón con sus lecciones (…) Y en justo premio de su afán constante, / si a los Maestros protección se debe,/ que no vuelvan a ser ni un solo instante/ los mártires del siglo diez y nueve.

[4] Alejandro Sawa invocaba a la clase política en estos términos: “Pagáis sus trabajos negándoles el pan a que tienen derecho todos, absolutamente todos los elementos sociales; él, a su vez, corresponde a vuestra infamia pidiendo limosna para comer. Retribuís los esfuerzos de su celo burlándoos de su anemia; él se burla de vosotros, muriéndose de inanición, que es una burla más sangrienta que la vuestra, porque marca en vuestras frentes letreros que a nadie honran, y delata a las generaciones venideras crímenes nauseabundos, de los que sois responsables (Ezpeleta, 2001, p. 170). Del mismo modo, en el artículo de Trueba se dice: “Y a todo esto, el maestro y la maestra y los maestrillos rabiaríamos de hambre, y andaríamos con un trapo delante y otro detrás; porque ni nosotros ni el Gobernador Civil, ni la Junta provincial, ni la Dirección General de Instrucción Pública, ni el lucero del alba, habríamos logrado que el pueblo nos diese a cuenta siquiera una mensualidad de las doce o más que nos debería, porque el pueblo tendría un gran padrino para estas picardías y otras en el aspirante a sus votos en las próximas elecciones” (p. 165, op. cit.).

[5] Las colecciones costumbristas españolasya abundaban en el estereotipo magisterial, como puede comprobarse en Los españoles pintados por sí mismos, donde se incluyen cuadros descriptivos de tipos pintorescos del mundo académico, tales como estudiantes, colegiales, colegialas y, sobre todo, el “dómine”, con rasgos muy parecidos al del maestro de escuela. Ver, de Fermín Caballero, “El dómine” (1843), en Los españoles pintados por sí mismos (2002, pp. 349-356).

[6] El personaje secundario don Claudio de José (1885) queda caracterizado por su pusilanimidad; y el don Joaquín de La barraca (1898) es un personaje caracterizado por su pedantería, en ambiente de precariedad social.

[7] Ver, de Alfred Rodríguez, “Aspectos de un “tipo” galdosiano: El maestro de escuela, ayo o pasante”, en Actas (1980), II, pp. 341-360. Ver además, Jourdan, 1993; y Ezpeleta, 2006 y 2009.

[8] En el ámbito europeo, el Premio Nobel ruso Iván Bunin compone en su novela corta de 1894, El maestro, un dibujo psicológico del maestro clásico: tímido, inseguro, pobre y con orfandad radical. Es un ser desgraciado, con baja consideración social, que no encaja en la sociedad rural rusa. Pierde finalmente la dignidad al emborracharse.

[9] Ver José María Pereda, Obras Completas I, Escenas montañesas. Tipos y paisajes, edición, introducción y notas: Salvador García Castañeda, Ediciones Tantín, Santander, 1989, “Para ser un buen arriero…”, pp. 291-313; “Blasones y talegas”, pp. 385-446. Es significativa la presencia de temática escolar en los relatos breves de Pereda: dentro de la misma colección anterior de 1871 glosa en “Los chicos de la calle” el lamentable absentismo escolar de la época (pp. 375-384). En una colección posterior de 1877-78, Esbozos y rasguños, inserta “Más reminiscencias”, con dómine de latín en el instituto y ambientación de escolares y “Las tres infancias”, con buena recreación de juegos escolares. En la estela de Pereda, y en época posterior, el también santanderino Manuel Llano compone estampas costumbristas con tratamiento entre poético y patético del tipo del maestro rural. Relatos como “Tía Esperanza”, “Salín, el ciego” y “Don Anselmo” son algunos de estos ejemplos, incluidos en el libo prologado por Unamuno, Retablo infantil y otras estampas (1935), editado por Anaya, Madrid, 1992.

[10] José María de Pereda, De tal palo tal astilla, ed. de Joaquín Casalduero, Madrid, Cátedra, 1976.

[11] Emilia Pardo Bazán, Cuentos completos, Edición de Juan Paredes Núñez, Fundación “Pedro Barrie de la Maza Conde de Fenosa”, La Coruña, 1990; Tomo I, Cuentos de amor, “Desquite”, pp. 254-257; tomo II, Un destripador de antaño y cuentos de Galicia, “Ocho nueces”, pp. 70-74.

[12] Otro cuento de Clarín, El número 1, azuza sobre el motivo del “repelente niño Vicente”, número uno en la escuela pero despreciado por los que le rodean. Como trasfondo realista se dibuja, por ejemplo, el sistema pintoresco de premios y castigos de la escuela de la Ley Moyano.

[13] En Pedro Antonio de Alarcón, Obras completas, 7, Ediciones Fax, Madrid, 1943, pp. 1741-1747.

[14] La revolución se había hecho pedagoga, al amparo del programa krausista de Sanz del Río. El ministro Antonio Romero Ortiz, antiguo miembro de la Unión Liberal, paradójicamente, se encarga en la nueva situación de tomar las medidas anticlericales que afectan a la escuela. J. M. Marco (2002, p. 120) señala cómo en pocos días disuelve la Compañía de Jesús; quita a los párrocos cualquier responsabilidad sobre instrucción pública, decreta la disminución jurídica de las monjas y acaba con las Conferencias de San Vicente de Paúl.

[15] Armando Palacio Valdés, Obras, t. II, 1965, 5ª, Aguilar; pp. 912-926; 994-1013. Otros relatos de temática escolar algo más amable de este escritor son: “El cachorrillo” y “Caballería infantil”.

[16] En el ámbito de la novela hispanoamericana encuentro una narración breve de J. M. Vargas Vila, con tratamiento del personaje principal, maestro de escuela rural en un pueblo de los Andes presentado literalmente como “otro Cristo” que se inmola también por la sociedad desagradecida en la que le toca vivir. (El maestro, 1917, “La novela corta”, Madrid, firmado en París). Manejo el ejemplar de la Biblioteca Nacional 1/ 232859.

[17] Ordalías (1896) presenta a otro docente, un preceptor, en esta ocasión desde el punto de vista de otro personaje. Este último busca con lupa el ayo ideal para que sus hijos eviten los riesgos inherentes a la escolarización ordinaria de la época. Finalmente, da con el maestro ideal, al comprobar ocasionalmente cómo el candidato viste su ropa interior con la pulcritud más absoluta.

[18] Juan José Gil Cremades, Krausistas y liberales, Dossat Bolsillo, 1981, 2ª ed., “El krausista como hombre en la adversidad, pp. 181-222. Constata en los personajes de Galdós y de Clarín (singularmente Aquiles Zurita) el paso del “krausismo como ideología” al “krausista como hombre”.

[19] O.C., X, p. 217, “Por Manuel Macías Casanova”, de 1910.

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