El libro de las dos orillas

Rosa Amor del Olmo

Durante muchos años, en la casa de campo de los Valcárcel hubo una habitación que nadie se atrevía a abrir después de la puesta del sol.

No era la más antigua ni la más sombría. Al contrario: ocupaba el extremo oriental de la vivienda y recibía desde el amanecer una luz limpia, casi excesiva, que hacía brillar las partículas de polvo sobre los muebles cubiertos. Desde sus ventanas se divisaba una llanura de flores amarillas que, llegada la primavera, parecía extenderse más allá de los límites de la propiedad.

La llamaban la biblioteca, aunque apenas contenía una docena de volúmenes.

Los libros restantes habían desaparecido mucho antes de que yo conociera la casa. Nadie sabía decir cuándo. La tía Mercedes aseguraba que los habían vendido para pagar unas deudas; el viejo jardinero sostenía que el abuelo de la familia los había quemado una noche de invierno; y Matilde, la criada, juraba que nunca hubo allí más libros que aquellos doce.

Entre ellos se encontraba uno que nadie había leído.

Era un volumen grande, encuadernado en cuero verde y sin título en el lomo. No figuraba el nombre del autor, ni el del impresor, ni el año de publicación. Sus hojas, gruesas y amarillentas, estaban completamente en blanco.

Lo extraño no era que nadie lo hubiera escrito.

Lo extraño era que nadie conseguía terminar de contarlas.

Una vez se contaban ciento veinte páginas; otra, ciento setenta y tres. Si se comenzaba de nuevo, el número cambiaba. Mi primo Julián, que había estudiado matemáticas y despreciaba toda superstición, pasó una tarde entera numerándolas a lápiz. Llegó hasta la página doscientas cuatro, cerró el volumen y lo dejó sobre la mesa.

A la mañana siguiente, todos los números habían desaparecido.

Julián nunca volvió a entrar en la biblioteca.

Yo tenía dieciséis años cuando vi el libro por primera vez. A esa edad, la curiosidad parece una forma del valor. Me burlé de los temores de la casa y pedí permiso para examinarlo.

—Puedes mirarlo mientras haya sol —me advirtió la tía Mercedes—. Pero ciérralo antes de que anochezca.

—¿Qué sucede después?

La anciana me sostuvo la mirada durante unos segundos.

—Empieza a recordar.

Creí que pretendía asustarme. Sonreí y subí solo.

La biblioteca olía a madera húmeda y a flores secas. El libro se hallaba abierto sobre una mesa larga, junto a la ventana. Sus páginas, como me habían dicho, estaban vacías.

Pasé una hoja.

Nada.

Pasé otra.

Nada.

Avancé quizá hasta la mitad del volumen, decepcionado por la vulgaridad de aquel misterio familiar, cuando descubrí una pequeña mancha amarilla en el centro de una página.

Pensé que era polen.

Soplé sobre ella.

La mancha no se movió.

Acerqué el rostro y vi que se trataba de una flor minúscula, tan perfectamente dibujada que parecía verdadera. Junto a ella apareció otra. Después una tercera. En pocos instantes, toda la página quedó cubierta por un campo amarillo semejante al que se divisaba desde la ventana.

Me aparté de la mesa.

No había escuchado ningún ruido. No había visto moverse la tinta. Y, sin embargo, el dibujo estaba allí.

Miré hacia el exterior.

El prado real y el prado del libro eran idénticos.

En ambos se elevaba, cerca del centro, una mata de hierba más alta que las demás. En ambos se inclinaban las flores hacia poniente. En ambos podía distinguirse una pequeña mariquita sobre una tabla de madera.

La misma mariquita caminaba entonces por el borde de la mesa.

La observé avanzar hasta la esquina del libro y desaparecer entre las páginas.

Cerré el volumen de golpe.

El sol aún no se había puesto, pero la habitación comenzó a oscurecerse con una rapidez impropia de aquella estación. Corrí hacia la puerta.

Antes de alcanzarla, oí agua.

No un goteo ni el rumor de la lluvia contra los cristales, sino el sonido continuo de una corriente que avanzaba entre piedras.

Me volví.

El libro se había abierto solo.

En la página izquierda seguía extendiéndose el campo amarillo. En la derecha corría un arroyo bajo árboles cubiertos de musgo. El agua se agitaba, chocaba contra las rocas y descendía hacia el margen inferior. Una pequeña cascada cayó fuera del papel y comenzó a derramarse sobre la mesa.

Retrocedí, incapaz de gritar.

La corriente era real. Vi cómo se extendía entre las tablas, cómo resbalaba hacia el suelo y desaparecía antes de tocarlo. No dejaba humedad. No formaba charco alguno. Sin embargo, al acercar la mano sentí en los dedos el frío del agua.

Entonces escuché mi nombre.

No provenía del pasillo ni del jardín. Alguien me llamaba desde el interior del libro.

—Gabriel.

La voz era débil, pero la reconocí.

Era la voz de mi madre.

Había muerto cuando yo tenía cinco años.

Nadie había vuelto a pronunciar mi nombre de aquella manera, demorándose en la última sílaba, como si quisiera retenerme.

—Gabriel.

Me incliné sobre el arroyo.

Al otro lado de los árboles apareció una mujer vestida de blanco. Caminaba de espaldas a mí, siguiendo la orilla. No podía verle el rostro, pero reconocí su forma de andar, el movimiento de las manos y la cinta azul que mi madre llevaba en el cabello en el único retrato que conservábamos.

La mujer se detuvo.

Yo también dejé de respirar.

Iba a volverse cuando una mano me agarró por el hombro y me apartó violentamente de la mesa.

Era Matilde.

Cerró el libro y lo sujetó contra la madera con todo el peso de su cuerpo. Durante algunos segundos, el volumen pareció sacudirse bajo sus brazos. El ruido del agua aumentó. Luego cesó.

—¿Qué has visto? —preguntó.

No pude responder.

Matilde miró hacia la ventana. El último resplandor del día desaparecía detrás del campo.

—Te dijeron que lo cerraras antes de anochecer.

—Era mi madre.

—No.

—La he visto.

—Has visto lo que el libro necesitaba que vieras.

Sus palabras me produjeron una indignación inmediata.

—¿Cómo puedes saberlo?

La criada soltó el volumen y se llevó una mano al pecho.

—Porque a todos nos enseña algo distinto.

Aquella noche, Matilde me contó la historia del libro.

Había llegado a la casa cincuenta años atrás, dentro de una caja sin remitente. El abuelo Valcárcel lo había recibido poco después de la muerte de su hijo mayor. Al principio, el volumen permaneció en blanco. Pero una tarde el anciano vio dibujado en sus páginas un camino que atravesaba un bosque.

Al final del camino estaba su hijo.

Durante varias semanas, el abuelo pasó horas frente al libro. Cada día veía al muchacho algo más cerca. Primero entre los árboles, luego junto a un puente, después al otro lado de una puerta.

Una noche, la figura le tendió la mano.

El anciano introdujo la suya entre las páginas.

A la mañana siguiente, lo encontraron muerto sobre la mesa.

—¿Murió de miedo? —pregunté.

—No lo sabemos. Cuando lo encontraron, sonreía.

Después ocurrió lo mismo con otras personas. El libro no mostraba siempre a los muertos. A veces enseñaba lugares que jamás habían existido, amores que no llegaron a cumplirse, riquezas perdidas, hijos no nacidos o vidas que alguien pudo haber vivido si hubiera elegido de otro modo.

Nunca amenazaba.

Nunca obligaba.

Solo ofrecía.

Y esa era precisamente su fuerza.

—¿Por qué no lo destruyen? —pregunté.

Matilde bajó la voz.

—Lo intentaron.

Lo arrojaron al fuego, pero las llamas se apagaron. Lo enterraron en el jardín y reapareció sobre la mesa. Lo llevaron hasta el río y, al volver a casa, encontraron sus páginas mojadas, aunque el libro se encontraba nuevamente en la biblioteca.

—Entonces, ¿por qué lo dejan abierto?

—Porque cerrado sueña. Abierto, al menos, sabemos dónde está.

Desde aquella tarde me prohibieron entrar en la biblioteca. La puerta quedó cerrada con llave y la llave fue entregada a Matilde.

Durante algunos días obedecí.

Después comenzó a llamarme.

No escuchaba ya la voz de mi madre con claridad, pero la percibía en el murmullo de las fuentes, en el viento que rozaba las ventanas, en el agua que corría por las tuberías durante la noche. Cada sonido parecía contener mi nombre.

Intenté convencerme de que era una obsesión producida por el miedo. Sin embargo, al pasar frente a la biblioteca sentía el olor del campo mojado y veía, bajo la puerta, una fina línea de luz verde.

Una noche desperté y encontré una flor amarilla sobre mi almohada.

No era una flor seca ni arrancada. Su tallo conservaba gotas de rocío.

A la mañana siguiente busqué a Matilde.

La criada había desaparecido.

Su habitación estaba en orden. Sobre la cama dejó un rosario, una carta sin terminar y la llave de la biblioteca.

Nadie supo explicar adónde había ido. El jardinero afirmó haber visto huellas que atravesaban el prado en dirección a la casa, pero no alejándose de ella.

Guardé la llave.

Esperé hasta la medianoche.

Cuando abrí la puerta, la biblioteca no era como la recordaba. Había desaparecido el polvo. Los muebles brillaban. Por las ventanas entraba una luz de primavera, aunque fuera reinaba la oscuridad.

El libro se encontraba abierto sobre la mesa.

La página izquierda mostraba el campo amarillo.

La derecha, el arroyo.

El agua caía nuevamente fuera del volumen, transparente y silenciosa.

En la orilla estaba mi madre.

Esta vez pude verle el rostro.

No parecía haber envejecido. Sonreía como en el retrato. Detrás de ella se extendía una casa blanca rodeada de árboles. En el umbral esperaba un niño de cinco años.

Era yo.

Comprendí entonces lo que el libro me ofrecía: no recuperar a mi madre, sino regresar al instante anterior a su muerte. Volver a ser el niño que aún no conocía la pérdida. Vivir desde allí otra vida, quizá más feliz, quizá simplemente distinta.

Mi madre extendió la mano.

—Ven —dijo.

Me acerqué al libro.

El agua tocaba ya mis zapatos. Sentí la frescura del arroyo, el aroma de la hierba y el calor de aquella tarde imposible. Bastaba con introducir la mano. Bastaba con aceptar.

Entonces vi algo que antes había pasado inadvertido.

Entre las flores del campo, casi oculta por los tallos, estaba Matilde.

No era una mujer anciana, sino una muchacha. Llevaba un vestido oscuro y corría detrás de un hombre joven. Ambos reían. La escena debía de pertenecer a una época anterior a mi nacimiento.

Matilde se detuvo y miró hacia mí.

Su expresión no era de felicidad.

Era de espanto.

Negó lentamente con la cabeza.

En ese instante comprendí que el libro no devolvía el pasado.

Lo repetía.

Quien entraba en sus páginas no encontraba una vida nueva. Quedaba encerrado en el deseo que lo había llevado hasta allí: el abuelo caminando eternamente hacia su hijo; Matilde corriendo para siempre detrás de un amor perdido; mi madre esperando junto al arroyo; yo condenado a ser el niño de cinco años que todavía no sabía que iba a quedarse solo.

Retiré la mano.

La figura de mi madre dejó de sonreír.

—Gabriel —dijo.

Su voz ya no era dulce.

Cerré el libro.

El golpe hizo temblar las ventanas. Las flores desaparecieron. El agua se desvaneció y la biblioteca volvió a llenarse de polvo.

Durante muchos años, nadie abrió de nuevo el volumen.

La casa fue vendida, los muebles se dispersaron y el campo amarillo desapareció bajo una carretera. Yo me trasladé a la ciudad, ejercí una profesión tranquila y traté de olvidar aquella noche.

No lo conseguí.

Hace tres días recibí un paquete sin remitente.

Dentro estaba el libro.

La encuadernación verde conserva las mismas grietas. Las páginas continúan en blanco. Lo he colocado sobre mi escritorio y he jurado no abrirlo.

Pero esta mañana encontré una mariquita caminando junto a la ventana.

Y desde hace unos minutos escucho correr agua en la habitación.

El libro permanece cerrado.

Sin embargo, bajo la cubierta comienza a brotar una luz amarilla.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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