
Rosa Amor del Olmo
Introducción
Todo el mundo cree conocer la historia. Tres osos —padre, madre e hijo— viven tranquilamente en una casa del bosque. Una niña rubia entra sin permiso, prueba sus alimentos, utiliza sus muebles y termina durmiendo en la cama del osito pequeño. Cuando los animales regresan, la descubren y ella escapa aterrorizada.
Sin embargo, una investigación sobre las primeras versiones conservadas revela algo sorprendente: Ricitos de Oro no aparecía en el cuento original. La intrusa era una anciana; los osos no formaban una familia; la historia era considerablemente más violenta y su enseñanza no estaba dirigida únicamente a advertir a los niños contra el peligro de entrar en casas desconocidas.
El cuento que hoy denominamos Ricitos de Oro y los tres osos no nació de una sola vez ni puede atribuirse completamente a un solo autor. Es el resultado de numerosas reescrituras realizadas durante el siglo XIX y comienzos del XX. Cada nueva versión modificó a los personajes, suavizó determinadas escenas y adaptó el relato a las ideas educativas y familiares de su época.
La primera pista: un manuscrito de 1831
La versión escrita más antigua de la que se tiene constancia no es la publicada por Robert Southey en 1837, sino un pequeño libro artesanal compuesto seis años antes por Eleanor Mure.
En septiembre de 1831, Mure escribió e ilustró The Story of the Three Bears como regalo para el cuarto cumpleaños de su sobrino Horace Broke. Se trataba de un manuscrito en verso acompañado de acuarelas. Los tres osos aparecían como habitantes de Cecil Lodge, la residencia familiar de Mure en Hertfordshire. La intrusa no era una niña rubia, sino una mujer anciana. La existencia de este manuscrito obliga a distinguir entre la primera versión conservada y la primera versión publicada. Eleanor Mure no necesariamente inventó el argumento. Es posible que estuviera recreando un relato que ya circulaba oralmente. Su manuscrito demuestra, al menos, que la historia era conocida antes de que Southey la incorporase a uno de sus libros.
Tampoco puede afirmarse con seguridad que el cuento sea originalmente escocés. Los documentos más antiguos localizados proceden de Inglaterra y los especialistas consideran probable que el relato tuviera una existencia oral anterior, pero no existe una prueba definitiva que permita reconstruir un único lugar o autor de origen.
Robert Southey y la primera publicación

En 1837, el poeta y escritor inglés Robert Southey incluyó The Story of the Three Bears en el cuarto volumen de su obra miscelánea The Doctor. Esta es la primera versión impresa en prosa que alcanzó una difusión importante. El relato de Southey conserva casi toda la estructura que reconocemos actualmente: los tres recipientes de gachas, las tres sillas, las tres camas, la salida de los osos al bosque y el descubrimiento gradual de que alguien ha penetrado en su casa. Pero sus personajes son muy distintos.
Los osos no son padre, madre e hijo. Son tres osos masculinos de diferente tamaño: uno grande, uno mediano y uno pequeño. Viven juntos, cuidan su vivienda y esperan pacientemente a que se enfríe su comida. La intrusa, por el contrario, es presentada como una anciana desagradable, maleducada, codiciosa y vagabunda. No entra por inocencia, sino porque aprovecha que la puerta está abierta para apoderarse de lo que encuentra.
La oposición moral es clara. Los osos representan el orden, la limpieza, la hospitalidad y el dominio de los propios apetitos. La mujer representa el exceso: come sin permiso, protesta, rompe una silla y ocupa una cama ajena. En la versión de Southey, por tanto, el centro del relato no es la curiosidad infantil, sino el enfrentamiento entre la moderación de los propietarios y la conducta descontrolada de una intrusa.
El desenlace también era más oscuro que el moderno. Cuando los osos descubren a la anciana, esta salta por una ventana. El narrador no aclara si muere en la caída, se pierde en el bosque o termina detenida y enviada a una institución correccional. No hay regreso tranquilizador al hogar familiar ni una conversación con sus padres. La mujer desaparece del relato como consecuencia de su comportamiento.
La historia tuvo una circulación rápida. En julio de 1837 apareció una adaptación en verso firmada con las iniciales G. N., probablemente relacionadas con George Nicol. La segunda edición, publicada en 1839, reconoce que el poema reelabora el relato incluido en The Doctor y explica que la intención era ponerlo al alcance del público infantil.
¿Existía una historia todavía más antigua?
Las pruebas documentales no permiten localizar con certeza el nacimiento del cuento. No obstante, existen indicios de que Mure y Southey trabajaron sobre una narración oral anterior.
Por una parte, en la década de 1830 aparecieron dos versiones aparentemente independientes en lugares diferentes de Inglaterra. Por otra, ambas presentan el relato como una historia ya conocida. Además, los investigadores han señalado su semejanza con Scrapefoot, un cuento tradicional en el que el intruso no es una mujer ni una niña, sino un zorro que penetra en la residencia de tres osos.
En Scrapefoot se repite el mismo esquema básico: un extraño entra en la propiedad de los animales, prueba lo que pertenece a cada uno, utiliza sus muebles y es descubierto cuando los propietarios regresan. Esa semejanza puede apuntar a una antigua familia de relatos protagonizados por osos y zorros. Sin embargo, no puede asegurarse que Ricitos de Oro proceda directamente de Scrapefoot. Se trata de una relación probable, no de una genealogía completamente demostrada.
Aquí aparece una de las principales dificultades de la investigación folclórica. Los cuentos orales no permanecen intactos: cada narrador modifica detalles, sustituye personajes y adapta la historia a su público. Cuando finalmente son escritos, la versión impresa puede ser solo una fotografía tardía de una tradición mucho más antigua.
La transformación decisiva: de anciana a niña
El cambio fundamental se produjo en 1849. El editor y escritor Joseph Cundall publicó una versión en Treasury of Pleasure Books for Young Children en la que sustituyó a la anciana por una niña.
Cundall justificó la modificación afirmando que ya existían demasiados cuentos infantiles protagonizados por mujeres viejas. Con esta decisión alteró completamente la recepción moral del relato. Una anciana que entra en una casa ajena puede ser presentada como una delincuente consciente; una niña que se pierde o se deja llevar por la curiosidad despierta una reacción más ambigua. Sigue actuando incorrectamente, pero el lector puede verla como una persona imprudente que todavía debe aprender.
La sustitución también permitió que el público infantil se identificara con la protagonista. La historia dejó de ser únicamente una advertencia contra los vagabundos, la codicia o la alteración del orden doméstico y comenzó a funcionar como una lección sobre los límites de la curiosidad.
No obstante, la niña todavía tardaría varias décadas en adquirir su nombre definitivo.
Silver Hair, Golden Hair y Goldilocks

Durante la segunda mitad del siglo XIX circularon diferentes denominaciones para la protagonista: Silver Hair, Golden Hair, Silverlocks, Goldenlocks y otras variantes relacionadas con el color de su cabello. También se transformó la composición del grupo de osos. Algunas ediciones de la década de 1860 ya presentan a un padre, una madre y un hijo, en lugar de los tres osos masculinos de diferente tamaño de las versiones iniciales. Así comenzó a formarse la estructura familiar que hoy parece inseparable del cuento.
La determinación del primer uso exacto de Goldilocks resulta compleja porque convivieron diferentes grafías y versiones. Lo que sí puede afirmarse es que, a comienzos del siglo XX, el nombre terminó imponiéndose sobre los anteriores.
Una versión especialmente influyente fue la incluida por Flora Annie Steel en English Fairy Tales, publicada por Macmillan en 1918 e ilustrada por Arthur Rackham. En ella aparece ya una niña llamada Goldilocks, enviada por su madre a realizar un recado. La protagonista abandona su obligación, se entretiene en el bosque, entra en la casa y se sirve de lo que encuentra.
La edición de Steel conserva un tono moral bastante severo. Goldilocks es descrita como maleducada, desobediente y descuidada. Al final, el narrador deja abiertas varias posibilidades: que se haya perdido, que se haya hecho daño al saltar o que haya regresado a casa y haya recibido un castigo. No es todavía la niña completamente inocente de muchas adaptaciones contemporáneas.
Las ilustraciones de Arthur Rackham contribuyeron a fijar visualmente el cuento. La combinación de una niña de cabellos dorados, una casa acogedora y tres osos humanizados hizo que la versión más reciente desplazara progresivamente de la memoria popular a la anciana y a los tres osos solteros del relato inicial.
La arquitectura secreta del cuento

Aunque los personajes cambiaron, la estructura narrativa permaneció extraordinariamente estable. El cuento se organiza alrededor del número tres:
- tres osos;
- tres recipientes de comida;
- tres sillas;
- tres camas;
- tres pruebas sucesivas;
- y tres descubrimientos cuando los osos regresan.
La repetición facilita la memorización y permite que el niño anticipe lo que ocurrirá. La primera posibilidad resulta excesiva en un sentido; la segunda, en el sentido contrario; la tercera alcanza el punto adecuado.
La comida está demasiado caliente, demasiado fría o en su punto. La silla es demasiado dura, demasiado blanda o cómoda. La cama tiene un defecto en uno de sus extremos, en el otro o resulta apropiada. La fórmula establece una búsqueda del término medio.
En las primeras versiones, sin embargo, la intrusa no sabe conservar esa medida. Cuando encuentra la comida adecuada, se la termina; cuando encuentra la silla cómoda, la rompe; cuando encuentra la cama conveniente, se apropia de ella. Su problema no consiste únicamente en entrar sin permiso, sino en transformar lo apropiado en exceso.
Esta lectura permite entender por qué el cuento ha sido asociado con la moderación. Lo adecuado no es lo más grande ni lo más pequeño, ni lo más caliente ni lo más frío: es aquello que se adapta correctamente a la necesidad de cada individuo. Pero la historia también contiene una paradoja. Quien descubre el equilibrio es precisamente quien no respeta ningún límite.
Del castigo social a la educación infantil
La transformación de la anciana en niña modificó profundamente la enseñanza del cuento.
En el relato de Southey, la intrusa aparece marcada por su pobreza, su condición de vagabunda, su edad y su falta de modales. La casa ordenada de los osos se opone al supuesto desorden moral de la mujer. Desde una perspectiva actual, esta representación permite detectar prejuicios sociales: la moderación y la limpieza pertenecen a los propietarios, mientras que la marginada es presentada como una amenaza que debe ser expulsada.
Cuando la protagonista se convierte en una niña, el relato se desplaza hacia el terreno educativo. La cuestión ya no es cómo defender el hogar frente a una mujer considerada peligrosa, sino cómo enseñar a un menor que no debe:
- alejarse de su camino;
- entrar en una vivienda desconocida;
- tomar cosas ajenas;
- desobedecer a sus padres;
- ni confundir curiosidad con derecho.
Las adaptaciones modernas suelen suavizar todavía más la conducta de Ricitos. En algunas, la puerta está abierta y la niña cree que puede entrar; en otras, se pierde, busca ayuda o actúa sin comprender la gravedad de lo que hace. El final también tiende a tranquilizar al lector: Ricitos regresa con sus padres, aprende la lección y los osos reconocen que deberían haber cerrado la puerta.
Esta conclusión moderna reparte la responsabilidad entre todos los personajes. Sin embargo, no pertenece al núcleo más antiguo del relato. En las primeras versiones, los osos no necesitan aprender a proteger mejor su casa: la responsabilidad corresponde por completo a quien ha invadido su propiedad.
¿Quién escribió entonces Ricitos de Oro?
La investigación no conduce a un único nombre, sino a una cadena de autores y transformaciones.
Eleanor Mure compuso en 1831 la versión escrita más antigua actualmente conservada. Robert Southey publicó en 1837 la primera versión en prosa que alcanzó una difusión amplia. Joseph Cundall convirtió en 1849 a la anciana en una niña. Los editores e ilustradores de la segunda mitad del siglo XIX transformaron a los tres osos masculinos en una familia y dieron a la intrusa diferentes nombres relacionados con su cabello. Flora Annie Steel y Arthur Rackham contribuyeron en 1918 a consolidar la imagen y la denominación con las que el cuento llegaría al público contemporáneo.
Por tanto, Robert Southey puede ser considerado el autor de la primera versión impresa influyente, pero no necesariamente el inventor absoluto de la historia. El cuento parece proceder de una tradición anterior y alcanzó su forma moderna gracias a un proceso colectivo de reescritura.
Conclusión
La verdadera historia de Ricitos de Oro y los tres osos demuestra que los cuentos tradicionales no son textos inmóviles. Cambian porque cambian también sus lectores, sus editores y las ideas de la sociedad sobre la infancia, la familia, el castigo y la educación.
En 1831 y 1837, el relato hablaba de una anciana que perturbaba la vida ordenada de tres osos masculinos. En 1849, la intrusa se convirtió en una niña. Después, su cabello adquirió progresivamente más importancia, los osos formaron una familia y la violencia del desenlace fue sustituida por una lección educativa.
La niña que hoy da nombre al cuento fue, en realidad, una incorporación tardía. Ricitos de Oro terminó apropiándose no solo de las gachas, la silla y la cama del osito pequeño, sino también del propio título de una historia que había existido antes que ella.
Y esa es quizá la conclusión más interesante de la investigación: el personaje más famoso del cuento no estaba presente cuando comenzó a escribirse.

























