
Francisco Massó
El compromiso del Arte, como el de la Filosofía, consiste en llevar más lejos los límites existentes, a fin de agrandar el margen de libertad del hombre. Hay un arte apolíneo enfocado a la belleza, que embrida la emoción estética buscando el éxtasis en la Naturaleza, en el cuerpo humano, en armonía con el número áureo (phi = 1,61803). Sin embargo, la belleza no agota las aspiraciones del Arte, tal como demostró Umberto Eco con su Historia de la fealdad, Hans Prinzhorn con sus “Expresiones de la locura” y el movimiento dadaísta de 1918. Entre nosotros, recordemos los retratos velazqueños de “los hombres de placer” y la pintura negra de Goya.
Los iconos mesoamericanos, previos a la implantación del cristianismo, son creaciones expresionistas que se corresponden a un arte feista, que señala pesadillas, terror, deformidades que producen repulsa y amenazas del mundo demoniaco y fantasmagórico. Todo eso que refleja el “no-yo”, psicoanalítico.
Enfocando el tema de la evangelización, la primera contraposición es el templo: los dioses mesoamericanos son adorados en pirámides, mazacotes compactos de piedra en cuya cúspide se sitúa el altar. La feligresía permanece a los pies de la pirámide, a la espera del despiece; sólo los sacerdotes y las víctimas ascienden al ara del sacrificio.
En sentido inverso, Cristo es presentado en el seno de una barca invertida, la iglesia, que resulta una oquedad, un útero gigantesco que da acogida a dios y a sus hijos, sean sacerdotes, sean simples creyentes. Todos quedan amparados bajo la protección de la misma bóveda, que los defiende de las inclemencias del tiempo y los acerca entre sí, iuxta modum…
La segunda contraposición son los iconos mismos. El Antiguo Testamento carece de iconos, por imposición de la ley mosaica. Luego, a partir de la efigie del Buen Pastor (catacumba de San Calixto, siglo III), Cristo se muestra como Buen Pastor, Niño radiante, siempre sereno, incluso frente a su propio martirio, dulce y generoso con el corazón propio en la mano. Cuando Cristo se muestra airado, no pierde la compostura, ni en el Juicio Final de Miguel Ángel, ni en la Expulsión de los mercaderes del templo del Greco, y aun esto es excepcional. La iconografía cristiana refleja paz, compasión y amor.

Veamos cinco iconos del politeísmo azteca.
1.- Quetzálcoatl:
Originariamente, es un dios olmeca, creador del mundo y la humanidad. Por eso es dios de la vida, la fertilidad, el conocimiento y la civilización. También es el “espejo oscuro”, la destrucción, aunque admite la transformación, mediante la purificación.
Sus templos eran circulares para facilitar la circulación del viento. Allí se ofrecían animales, como mariposas, plumas y autosacrificios (extracción de sangre de las orejas, flagelación con ramas de maguey (pita).
La caracola marina era el órgano de su liturgia, de sonido hondo, grave, profundo y mistérico.
2.- Huitzilopochtli:
Era dios del sol y de la guerra. Su madre, Coatlicue lo había engendrado por guardar en su seno una bola de plumas que cayó del cielo. Tenía más hermanos mayores…, que se confabularon para matarlo nada más nacer, por no soportar la deshonra de tener un hermano de madre, que no era de su padre. Huitzilopochtli lo supo y nació armado con la serpiente de fuego en la mano con la que destruyó a todos sus hermanos. Decapitó a su hermana Coyolsauhqui y convirtió su cabeza en luna, cuyas fases representan el descuartizamiento de su cuerpo.
Su culto exigía sacrificios humanos, porque se alimentaba de la sangre de las víctimas para vencer a las tinieblas. Esta exigencia suponía la matanza diaria de más de 20 personas, que totalizan entre 500 y 600 al mes, que ascienden entre 6.000 y 7.000 al año. Una ciudad entera. No es extraño que los aztecas fueran odiados por las tribus aledañas, que se veían obligadas a suministrar las víctimas.
Como dios solar su nacimiento se celebraba el 17 de diciembre, próximo al solsticio de invierno. Igual que le ocurría a Mitra, el gran paredro de Cristo, cuya navidad era el mismo 25 de diciembre y también fue adorado por pastores. El Inti, dios solar incaico, también fue creado por Viracocha, el 24 de junio, solsticio de invierno en el hemisferio Sur.
3.- Mixcoalt:
La “serpiente de las nubes”, dios de la caza, la guerra, las tempestades y los relámpagos. Se le relacionaba con la Vía Láctea que consideraban una serpiente cubierta de estrellas. Era padre de Quetzálcoatl, la serpiente emplumada.
Había creado el arco y las flechas. Durante sus fiestas, los fieles vestían con ropajes pastoriles y un hombre y una mujer eran sacrificados también. No era el dios Pan y, menos aún un buen pastor.
4.- Xochipilli:
Su nombre quiere decir “príncipe de las flores”. Era díos del amor, de los juegos, la belleza, el maíz, el placer y la ebriedad sagrada. Un Dionysos con ménades y hecatombe humana, toda vez que su culto imponía sacrificios humanos de esclavos, pese a que era un dios benefactor de la creatividad.
5.- Chicomecoatl:
Su nombre significa siete serpientes y era la diosa de las cosechas de maíz. Sus cultos eran en junio para impetrar la buena cosecha mediante sacrificios humanos y, en otoño, como acción de gracias, una joven era sacrificada y desollada y con su piel se revestía el sacerdote. Nada que ver con Ceres, ni Cibeles y mucho menos con la Virgen de Guadalupe.
Pese al esfuerzo de los frailes por encontrar equiparaciones, la contraposición es teológica porque estos cinco son dioses que demandan sangre humana, en tanto que Cristo da la suya para rescatar a todo el género humano.
Cristo iguala a todo el género humano como hermanos, los integra como parte de su Cuerpo Místico y a ellos se entrega como eucaristía, o alimento espiritual. En cambio, los dioses aztecas consagraban la esclavitud y la antropofagia sagrada. Incluso consentían que la carne humana se comerciara en el mercado…como salazón o cocinada; y los órganos de las víctimas eran destinados, según su calidad, a tenor de las categoría y clases sociales de los comensales.
La música sagrada representa otra contraposición entre el arte azteca y el cristiano. La liturgia azteca no pretendía hacer música sino fuerza para llamar a los dioses con la estridencia de sus tlapitzalli, caracolas y silbatos de la muerte, como instrumentos de viento, y los huehuetl (tambor vertical de madera) y teponaztli (tambor de tejuela de madera) como percusión. La mezcla de ambos sonidos resultaba ensordecedora, estremecía y abrumaba al feligrés, en coherencia con el expresionismo de los iconos.
En sentido contrario, la Iglesia se presentó en América portando el gregoriano y la música polifónica (Pallestrina) , ambos a capella, sin instrumento alguno.
El gregoriano, técnicamente, es:
- Monódico, porque todas las voces cantan la misma melodía
- Diatómico, es decir, sigue la secuencia natural de los sonidos, salvo el si bemol.
- Modal, por la secuencia de tonos y semitonos.
Ello permite ser cantado al ritmo de la respiración, generando armonía entre la frase cantada y la respiración.
En consecuencia, disminuye el ritmo cardíaco, la persona se relaja y así facilita la meditación y la interiorización de la frase cantada.
Por otro lado, según Dom Jean Claire, maestro de Solesmes (1975) es símbolo de los tres votos: es pobre porque es simple y monódico; es casto porque no suscita pasiones; y es obediente porque sólo sirve al texto litúrgico conllevando el mensaje místico. Quizá se trate de una sobreinterpretación.
Es una oración cantada, incienso oral, que sube hacia arriba y constituye el canto esencial de la Iglesia desde el siglo VI, cuando fue creado por San Gregorio Magno, que era compositor él mismo.
Los indios aprendieron a cantar gregoriano, en latín, antes de saber a quién y qué cantaban. Aquí sí hubo paralelismo y equiparación: con el régimen azteca, los indios aprendían a tocar los instrumentos en las casas de penitencia y lágrimas, que era como llamaban a las academias y llegar a ser instrumentista era un privilegio que los eximía del pago de tributos. Esto lo copiaron los frailes, como Pedro de Gante, tío natural de Carlos I, que empezaron a enseñar a cantar en las escuelas y les dio tan buen resultado que Felipe II, en 1561, expidió una cédula en la que pedía que disminuyera el número de instrumentistas y cantores. Aun así, en 1615, el historiador Torquemada señala que cualquier población de 100 habitantes tiene instrumentistas y cantores para todos los oficios religiosos capaces de hacer gregoriano y canto polifónico.
La Iglesia y la Monarquía Hispana procuraron que la Inquisición no tuviese ascendencia sobre los indios. Ni siquiera éstos estaban obligados a bautizarse. Y, una vez bautizados, tampoco estaban obligados a asistir a los oficios religiosos, se quedaban en las puertas de los templos, manteniendo la distancia con los ritos, tal como ordenaba sus costumbres ancestrales. Sólo fueron coaccionados para abandonar la antropofagia, el incesto y otras prácticas propias de una sexualidad errática, que hoy se llamarían “poliamor”.
En resumen, la evangelización llevó un dios amoroso que expandía bálsamo, fraternidad e igualdad donde había dioses terroríficos, una moral animal y ceremoniales mortíferos.

























