
Francisco Massó Cantarero
La Metafísica es una parte de la filosofía, que se dedica a estudiar el ser, así en abstracto, las esencias de las cosas, tan profundas y calladas ellas y los principios fundamentales, las raíces de la ética y la moral. Casi nada; un abismo, de tanto vértigo para la razón misma que a cualquiera le entran ganas de volver a la física, más modesta, menos pretenciosa y más susceptible de expresarse en términos matemáticos. Las cosas como son y se pueden medir. Da más y mejores resultados.
Que la Metafísica fuera una facundia liosa es algo más que una sospecha. Así lo entendieron empiristas como Hume, el idealista Kant (¿o era más bien racionalista, por tanta crítica de la razón pura e insistencia en los juicios sintéticos a priori y analíticos a posteriori?) y los neopositivistas del circulo de Viena del pasado siglo XX.
No obstante, nuestro actual Defensor del Pueblo es un ilustre catedrático de Metafísica, que tenía carnet del PSOE, hasta un minuto antes que lo nombraran para el cargo. Se trata de don Ángel Gabilondo, de la saga de los Gabilondo, cuyo nombre de pila es toda una revelación y anticipo de su actual destino.
El juicio a priori es que uno no cambia de mentalidad, por romper un carnet, que éste es cosa física y la mentalidad raya lo metafísico, con permiso de las neuronas. Quien tuvo una ideología categórica, dogmática y doctrinaria, con fe absoluta en ella como para ser su portavoz parlamentario y convicción metafísica a prueba de eventualidades puntuales, necesariamente retuvo el credo, por si fuera la esencia, y el modo de rezarlo, por si la liturgia fuera inherente a la esencia, algo consustancial.
Aterrizando en lo concreto, el Tribunal Supremo ha prohibido el voto a los nietos de los exilados, mientras no se aclare su filiación real. Se trata de españoles sobrevenidos por obra y gracia del Sr. Sánchez; son catecúmenos de la españolidad que, tal vez, como sus propios padres, la mayoría de ellos nunca visitaron España, ni tienen experiencia directa de la realidad nacional. La física empírica no los acredita como españoles. Pero ahí no interviene don Ángel que, por cierto, fue fraile antes de ser profesor de Metafísica.
Sin embargo, en su fuero interno, en ese mundo plagado de espíritus, fantasmas y delirios, estos catecúmenos españoles tienen un conocimiento de la realidad española de 1939, transmitidos desde el resentimiento de sus abuelos, perdedores de aquella infausta guerra, pero listos para fugarse cuando las trompetas del ejército republicano tocaron a retirada.
¿Qué cuentas de la historia inmediata les echarían a sus hijos estos perdedores?, ¿qué cuentos, ya fantaseados, les contarían a sus nietos?, ¿cómo justificarían su derrota?, ¿ qué añadidos explicativos, qué justificaciones, qué racionalizaciones, qué negaciones y con qué exclamaciones adornarían sus relatos?
A ese espectro hay que agregar la nostalgia, el afán de revancha o, en el mejor de los casos, la añoranza de lo que pudo ser y no es. Todo pura metafísica; el mundo de don Ángel, ora como fraile, ora como profesor, ora como militante socialista.
Ni Heráclito, para quien “todo fluye, y nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, porque la erosión es continua. Ni Parménides, que creía que “el ser es y el no ser no es”. El PSOE actual considera que el ser es y no es al mismo tiempo, la realidad es volátil e inmóvil, según la conveniencia, porque con Watzlawick se pregunta “¿es real la realidad? y se responde: depende de qué, quién, cuándo. dónde y cómo lo diga quien lo diga. La realidad es una cuestión del decir.
Así pues, todo es flatulencia oral –“flatus vocis”- para don Ángel, en sus creencias y en su práctica litúrgica y política también. Él ejerce como defensor de un pueblo amenazado, operando a favor de la amenaza, y viva la paradoja, como si fuera un fraile abogado del demonio, que también los hay. Él está secularizado y lo disimula, navegando por la Metafísica; suponiendo derechos donde hay cuentos y sustanciándolos en identidades ancladas en 1939. Es como si el PSOE no hubiera avanzado de la amenaza de Largo Caballero, desoyendo a Heráclito.

Los nietos de aquellos exilados listos no son españoles, sino cubanos, argentinos, mexicanos, etc., que tienen un antecesor español, como hay cientos de miles por aquellas latitudes, sabanas del mestizaje multisecular hispano. Pero, son de allí, de donde nacieron, cuyos valores y costumbres integran y defienden, no sólo porque todo fluye, respetando a Heráclito, sino porque uno no puede ser y no ser al mismo tiempo: cubano de continuo, pongamos como ejemplo, y español sólo a la hora de votar, porque Parménides tampoco lo soporta.
La física empírica no respalda a don Ángel y la metafísica tampoco. No obstante, él no es un ángel caído, sino un ángel levantado a lomos de su Babieca institucional, cual un cid campeador militante, y ha interpuesto recurso defendiendo lo indefendible y está seguro de su triunfo. ¿Por qué? Porque el tribunal que ha de sentenciar su recurso tiene mayoría de ex correligionarios suyos que, como él, también rompieron el carnet antes de encaramarse a la alta magistratura del Tribunal Constitucional.
Acabáramos. Similes, similibus curantur. Éste no es un principio metafísico radical de donde nace la Ética y la Moral, sino un dicho vulgar de la sociología romana de hace un par de milenios, que todavía ronda por ahí. No es un dicho progresista, porque es muy antiguo. Es más una maldición que abochorna. Pero, como Watzlawitck afirmó, la realidad depende de cómo la comuniquemos, contenido y relación, lo digital y lo analógico, lo substantivo, las apariencias y sus circunstancias.
Así, cualquiera, don Ángel, aunque no sea Defensor del Pueblo, ni siquiera abogado del diablo.

























