Ante quien Juan Valera hablaba consigo mismo (I) La hermana que no lo aduló

Rosa Amor del Olmo

Una carta escrita por Sofía Valera en 1850 contiene ya el retrato moral del joven Juan Valera: inteligencia, ambición, deseo de brillo, insuficiencia económica y una peligrosa impaciencia ante el mundo. Sofía no se limita a consolarlo. Lo comprende, lo corrige y le enseña a esperar.

Por Rosa Amor del Olmo

Los epistolarios familiares suelen conservar una conversación amputada. Una voz llega hasta nosotros con nitidez y la otra debe reconstruirse a partir de sus silencios, de las preguntas que no conocemos y de las respuestas que provocó. En las Cartas íntimas de Juan Valera, Sofía es casi siempre la destinataria: la persona a quien se comunican las desgracias, se confían los resentimientos, se solicitan gestiones y se envían noticias de la política, la literatura, los viajes y la vida doméstica.

El volumen publicado en 1974 comienza en 1853 y reúne 252 cartas procedentes del «cofre» de recuerdos privados que la propia Sofía había conservado. Su presencia es constante, pero su voz apenas se oye directamente. Ella está en el origen material del archivo y, sin embargo, queda casi siempre detrás de las palabras ajenas.

Por eso posee un valor excepcional una carta anterior al comienzo de aquel epistolario. La escribió Sofía desde Granada el 13 de junio de 1850. Juan todavía no era el novelista consagrado, el académico ni el diplomático de larga carrera; pero ya poseía una conciencia muy desarrollada de su inteligencia y una tolerancia bastante menor hacia la lentitud con que el mundo reconocía esa inteligencia.

Sofía no lo tranquilizó con frases de circunstancia. Tampoco se dejó deslumbrar por el talento del hermano. Hizo algo mucho más difícil: le dijo quién era.

Carta de Sofía Valera a Juan Valera

Granada, 13 de junio de 1850

Se desarrollan las abreviaturas y se regularizan mínimamente la acentuación y la puntuación para facilitar la lectura. Los pasajes ilegibles se indican entre corchetes.

Querido hermano:

Mucho pesar he recibido con tu carta, pues veo por ella que no estás contento. Tú te exaltas demasiado; verdad es todo lo que decís, pero los que hemos nacido pobres tenemos que resignarnos con nuestra suerte. Ahora no tienes todavía veintiséis años y tienes veintidós mil reales de sueldo y las puertas abiertas para una brillante carrera.

A ti te mortifica no poder gastar, lucir y figurar como otros que, por su cabeza e instrucción, están muy por debajo de ti. Quisieras que tu patria estuviera llena de hombres sabios y honrados; quisieras, en fin, poderla hacer feliz y poderosa. Todo esto es muy justo, pero lo último, casi imposible, y no debes estar de mal humor por ello, sino, con una grandeza de alma digna de ti, no desmayar nunca y, con la frente serena, seguir adelante, trabajar siempre.

Mi opinión es que no tardes mucho en ir a tomar posesión de tu destino para que cobres tu sueldo, que entre tanto haremos lo posible por sacarte diputado, pues este es el medio mejor de adelantar. Disimula tu justa opinión respecto al Gobierno, pues de lo contrario a ninguna persona le traería bien y a ti mucho mal, porque no estás todavía en posición de hacerte temer.

La pobre mamá está muy triste, pues ve que, por más privaciones que tiene y por más que hace, no ve a sus hijos felices.

Adiós, […] hermano; es muy tarde. […] que te haya escrito una carta demasiado impertinente, pero es dictada por el mucho cariño que te profesa tu buena hermana.

Sofía

No es exactamente una carta de consuelo. Es un diagnóstico moral.

Sofía no niega que su hermano tenga motivos para sentirse descontento. Reconoce su preparación, admite que existen hombres menos instruidos que él y mejor situados, y comparte incluso una parte de sus aspiraciones políticas. Juan desea una patria gobernada por personas sabias y honradas; quisiera contribuir a hacerla más feliz y poderosa. Nada de eso le parece censurable.

Pero Sofía introduce inmediatamente la verdad que él preferiría no contemplar. Junto al deseo de mejorar el país existe otro deseo menos elevado y no por ello menos poderoso: «gastar, lucir y figurar».

En esa sucesión de verbos hay una precisión extraordinaria. Sofía comprende que en Juan conviven la ambición pública y la vanidad social, el afán de intervenir en la vida española y la necesidad de que esa intervención sea reconocida. No lo acusa simplemente de soberbia. Señala la herida exacta: le mortifica contemplar cómo otros, a quienes considera intelectualmente inferiores, poseen el dinero, el rango o la influencia que él cree merecer.

La carta contiene, en pocas líneas, una contradicción que acompañará a Valera durante toda su vida. Posee apellido, relaciones, cultura y aptitudes para la carrera diplomática, pero carece de la fortuna suficiente para sostener sin preocupación el mundo social al que aspira. La frase «los que hemos nacido pobres» no describe la pobreza popular ni una completa falta de posición. Nombra otra forma de precariedad, muy característica del siglo XIX: la de una familia con genealogía y contactos, pero con recursos insuficientes para pagar continuamente la representación que su rango exige.

Esa tensión entre apariencia y dinero reaparecerá una y otra vez en la correspondencia. Habrá que costear trajes, viajes, casas, coches, criados, recepciones, regalos y comidas. Los destinos diplomáticos proporcionarán sueldo y prestigio, pero también impondrán gastos. Valera podrá llegar a las legaciones, los salones y las academias, aunque casi nunca dejará de calcular cuánto cuesta permanecer en ellos.

En 1850, sin embargo, Sofía contempla el problema desde su comienzo. Juan aún no ha cumplido veintiséis años, tiene un sueldo que ella cifra en veintidós mil reales y, según le recuerda, «las puertas abiertas para una brillante carrera». No es un hombre derrotado, sino un hombre incapaz de aceptar la distancia entre la promesa y su realización.

Sofía le propone entonces un programa de conducta: tomar posesión del destino para comenzar a cobrar, trabajar sin descanso, buscar un acta de diputado y controlar su lengua. No le exige que renuncie a sus ideas. Le recomienda que no las convierta prematuramente en un gesto de autodestrucción.

«Disimula tu justa opinión respecto al Gobierno», escribe. Y añade una de las frases más inteligentes de toda la carta: «No estás todavía en posición de hacerte temer».

Es una lección de realismo político. La libertad de expresar lo que se piensa no depende únicamente del valor de quien habla, sino también de la posición desde la cual lo hace. Sofía no le pide que se venda ni que abandone sus convicciones. Le pide que sobreviva, que acumule autoridad antes de enfrentarse al poder y que no confunda la exaltación con la eficacia.

Juan quiere comportarse como si ya hubiera alcanzado la autoridad que todavía persigue. Sofía le recuerda que el talento sin paciencia puede convertirse en una forma refinada de impotencia. La «grandeza de alma» que le reclama no consiste en indignarse más, sino en seguir adelante «con la frente serena».

Al final aparece la madre. Doña Dolores se priva de cosas, hace cuanto puede y, pese a ello, no consigue ver felices a sus hijos. Esa frase devuelve el drama desde las alturas de la patria, el mérito y la injusticia hasta la economía afectiva de la casa. La insatisfacción de Juan no es únicamente una crisis individual. Repercute sobre una familia que invierte dinero, relaciones, esfuerzos y esperanzas en su porvenir.

Sofía termina disculpándose por haber escrito una carta «demasiado impertinente». La disculpa resulta reveladora. Ha traspasado el lugar convencional reservado a una hermana. No se ha limitado a acompañar, admirar o consolar al varón brillante: lo ha examinado. Pero esa supuesta impertinencia constituye precisamente una de las formas más profundas del cariño. Sofía no desea verlo satisfecho con sus propias razones, sino capaz de gobernarse.

Tres años más tarde, una carta escrita por Juan desde Lisboa parece confirmar casi punto por punto aquel retrato. No es una respuesta directa a la misiva de 1850, pero puede leerse como su continuación interior. Valera se presenta triste, pálido, delgado y mustio. Se encuentra indeciso ante la posibilidad de casarse con Julia, una mujer que lo quiere y posee una fortuna considerable. Entonces confiesa:

«Siempre me he creído, y cada vez me creo más alto por el entendimiento; pero soy tan endeble y escaso de voluntad, y la poca voluntad que tengo es tan enfermiza y vacilante, que no solo destruye toda la virtud creadora de mi entendimiento, sino que también me atormenta y aflige de continuo».

La carta de Sofía no había pronosticado el futuro: había reconocido el carácter.

Juan conserva una idea elevadísima de su inteligencia, pero admite que no dispone de voluntad suficiente para convertirla en obra o dirección vital. Se considera superior a la mayor parte de quienes lo rodean y, al mismo tiempo, se declara inútil para orientar su propia existencia. La confianza intelectual y el abatimiento no se excluyen en él; se alimentan mutuamente. Cuanto más alto sitúa su entendimiento, más humillante le parece la incapacidad de decidir.

El posible matrimonio aparece como una salida de emergencia. Si tuviera fe, asegura, se haría fraile; como no la tiene, quizá realice «la prosaica acción» de casarse. Sabe que los demás atribuirán su decisión a los ochenta mil duros de la novia. Oscila entre el miedo al compromiso, la tentación económica, la culpa de abandonar a una mujer que lo ama y el deseo de conservar una independencia que tampoco sabe cómo emplear.

En medio de aquella confesión escribe a Sofía una frase que explica toda su relación posterior:

«Advierte que te hablo como si conmigo mismo estuviera hablando».

Sofía no es únicamente la receptora de una noticia. Es el espacio interior en el que Juan puede ordenar sus contradicciones. Hablarle equivale a hablar consigo mismo, aunque con una diferencia esencial: ante sí mismo puede justificarse sin término; ante ella existe la posibilidad de ser comprendido y, también, corregido.

No debemos confundir esta intimidad con una transparencia absoluta. Valera sigue siendo escritor cuando se confiesa. Incluso su desesperación posee composición, ironía, ritmo y voluntad de efecto. El hombre que afirma no tener ganas de escribir para el público escribe magníficamente su falta de ganas. Se presenta como un individuo excepcional rodeado de mediocres, demasiado lúcido para engañarse y demasiado débil para resolver su vida.

Sofía cumple una función delicada. Debe acoger la queja, reconocer el valor que Juan se atribuye y aliviar la angustia generada por sus indecisiones. Pero la carta de 1850 demuestra que no nació para ser un simple depósito de lamentos. Antes de convertirse en confidente, había sido la persona capaz de señalar la parte menos noble de su descontento.

En 1858, la correspondencia cambia de escenario. Se prepara el matrimonio de Sofía con Aimable Pélissier, mariscal de Francia y duque de Malakof. Las cartas permiten contemplar la maquinaria familiar que se pone en marcha alrededor del enlace: documentos, fórmulas ceremoniales, asignaciones económicas, regalos, escudos, genealogías y testimonios de hidalguía.

El padre, cuya letra resulta difícil, entrega un papel firmado en blanco para que Juan redacte en francés la respuesta protocolaria. La familia discute cuánto dinero puede asignarse a Sofía. Don José había pensado en doscientos francos mensuales, pero Juan y su madre lo disuaden porque temen que en París se rían de una cantidad tan pequeña. Le aseguran, en cambio, que podrá contar con cuatro mil duros para los primeros gastos.

Al mismo tiempo se buscan ejecutorias, testimonios de nobleza, árboles familiares y escudos de armas. Juan explica con detalle la ascendencia de los Valera y de los Alcalá-Galiano. El futuro marido ha obtenido su título mediante sus victorias militares y pertenece al círculo imperial francés; la familia de la novia necesita demostrar que, aunque disponga de menos dinero, no es inferior por origen.

La boda de Sofía revela así la misma herida que ella había descubierto en Juan: la distancia entre la conciencia del rango y los medios necesarios para sostenerlo. La familia dispone de sangre antigua y escasa liquidez. La genealogía debe compensar aquello que la economía no puede exhibir.

Resulta significativo que, en el archivo de su propia boda, Sofía aparezca menos como sujeto que como centro de una operación familiar. Todos hablan de ella, deciden, calculan, redactan, buscan documentos y preparan regalos. Pero sabemos poco de lo que pensaba la novia. Conviene no sustituir ese silencio por una interpretación novelesca. Las cartas revelan con claridad las expectativas de la familia; no permiten reconstruir plenamente los sentimientos de Sofía.

Un año después, la grave enfermedad del padre convierte la correspondencia en una forma angustiosa de administrar la verdad.

Sofía está lejos, recién casada, y la familia teme que las noticias la afecten demasiado. Juan escribe en francés al mariscal Pélissier y deja a su prudencia decidir qué parte del estado del enfermo debe conocer su esposa. Explica la gravedad del tumor, la debilidad de don José y la incertidumbre de los médicos. Se ofrece incluso a viajar hasta Bayona para acompañar a su hermana si finalmente decide trasladarse a Madrid.

La familia quiere proteger a Sofía, pero esa protección implica también una forma de tutela. Otros determinan cuánta verdad puede soportar, cuándo debe recibirla y si su presencia junto al padre resultaría conveniente. La información no circula libremente: se gradúa.

Las cartas de aquellos días muestran, además, la brutal lentitud de las comunicaciones. El 13 de abril, doña Dolores todavía escribe que su marido no tiene fiebre y podrá reponerse. Don José muere al día siguiente. La carta que anuncia el fallecimiento no se redacta hasta el 17. Mientras tanto, las noticias anteriores continúan viajando y la esperanza ya extinguida sigue llegando por correo.

En medio de aquella incertidumbre, Juan escribe directamente a Sofía el 11 de abril. Le pide que se calme y le explica que su viaje causaría grandes trastornos y quizá una emoción perjudicial al enfermo. Pero lo más revelador aparece cuando intenta librarla de la culpa por haberse casado y encontrarse lejos:

«No tienes razón en acusarte de egoísta ni en arrepentirte de haberte casado porque no puedes cuidar a tus padres».

El argumento con el que la consuela contiene toda una concepción social del destino femenino. Su padre, afirma, no había experimentado mayor satisfacción que verla «más que honradamente, ilustremente establecida». Si ella permaneciera soltera junto a su lecho, don José moriría con la amargura de dejarla sin colocar; sabiendo que está casada, puede morir tranquilo.

La expresión es terrible por todo cuanto revela. Sofía ha sido «establecida», situada dentro de un matrimonio brillante que confirma la elevación social de la familia. Pero esa misma colocación es la que la mantiene lejos del padre. El éxito público del enlace produce una ausencia privada. La distancia no es un accidente: forma parte del precio pagado.

Don José muere el 14 de abril. Las cartas posteriores reconstruyen para Sofía una escena que ella no pudo presenciar. La madre, los hermanos y los tíos repiten que conservó la razón, que padeció poco, que murió serenamente y que se acordaba de sus hijos. Se describen sus últimas palabras, el entierro, el acompañamiento, la reacción de la familia y hasta la ofensa causada por la ausencia del coche del embajador francés.

Cada detalle intenta cerrar la herida de la distancia. La correspondencia ya no sirve únicamente para comunicar hechos; sustituye una presencia imposible. La familia redacta para Sofía una muerte habitable, una versión que pueda recordar sin haberla visto.

También aquí existe una administración del dolor. Se le ruega que no se entregue por completo a la pena, que cuide su salud, que atienda a su marido y que acepte la idea de que el padre murió satisfecho. El relato de la «muerte del justo» funciona como consuelo religioso, pero también como orden familiar: Sofía debe aceptar que su ausencia fue correcta, que el matrimonio cumplió el deseo paterno y que no tiene derecho a acusarse.

La correspondencia intenta reparar lo que la correspondencia no puede remediar.

Después de la muerte de don José, la estructura afectiva de la familia se transforma. Años más tarde desaparecerá también la madre, y Juan encontrará cada vez más en Sofía a la persona ante quien depositar sus frustraciones. Llegarán el matrimonio desdichado, las deudas, la política, las enfermedades, los destinos diplomáticos, la muerte del hijo, los amores tardíos y la vejez. Casi todo terminará convertido en carta.

Pero el mapa de esa intimidad ya estaba trazado en 1850.

Sofía había comprendido que el principal peligro de Juan no era la falta de talento, sino la dificultad para aceptar que el talento no elimina la espera, la necesidad económica ni la dependencia de otros. Había visto su deseo de servir y su deseo de brillar; su indignación política y su impaciencia personal; la altura de sus aspiraciones y el daño que su permanente insatisfacción causaba a quienes lo querían.

La paradoja del archivo es que conocemos a Sofía precisamente porque conservó las palabras de los demás. Guardó el «cofre» familiar, protegió las cartas y permitió que la voz íntima de Juan llegara hasta nosotros. Pero, al hacerlo, su propia voz quedó en gran medida sepultada bajo la abundancia de lo recibido.

La carta de 1850 corrige momentáneamente ese desequilibrio. En ella no aparece la duquesa de Malakof, la intermediaria social ni la confidente del diplomático. Aparece una mujer capaz de comprender la relación entre inteligencia, ambición, dinero, poder y carácter. Una mujer que no niega la grandeza posible de su hermano, pero tampoco consiente que la convierta en excusa para despreciar el presente.

Juan llegaría a decirle que le hablaba como si hablara consigo mismo. Sofía había hecho algo todavía más difícil tres años antes: hablarle no como él deseaba ser visto, sino como verdaderamente era.


Nota de fuentes

La carta de Sofía Valera a Juan Valera, fechada en Granada el 13 de junio de 1850, se conserva en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y no forma parte del volumen Cartas íntimas (1853-1897). Las restantes cartas citadas proceden de Juan Valera, Cartas íntimas (1853-1897), nota preliminar, estudio, edición y notas de Carlos Sáenz de Tejada Benvenuti, Taurus, Madrid, 1974. La edición reúne 252 cartas procedentes del «cofre» de recuerdos privados conservado por Sofía Valera.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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