
Rosa Amor del Olmo
La repercusión de Benito Pérez Galdós en Luis Cernuda no puede reducirse a una afinidad de lecturas ni a un homenaje tardío. En Cernuda, Galdós funciona como una referencia moral, estética e incluso biográfica: un escritor a través del cual pensar España, la lengua y el lugar del individuo frente a la historia. En los años finales de su obra, y de manera muy visible en Díptico español, Cernuda convierte a Galdós en emblema de una España distinta de la realmente padecida: una España liberal, tolerante y humanamente respirable. Esa operación es central en la poética del exilio cernudiano.
No es casual que el propio Cernuda recordase que descubrió a Galdós siendo niño, en la biblioteca paterna, y que esa lectura temprana quedara asociada a una de sus pocas herencias afectivas aceptables. Tampoco es casual que, en la segunda parte de Díptico español, escrita ya en la madurez y vinculada a Desolación de la quimera, vuelva sobre aquel descubrimiento para asociarlo con la aparición de “otra España”: no la mezquina y reaccionaria, sino una España compuesta por personajes, voces y conflictos capaces de ofrecer una tradición elegible. Galdós le sirve así para separar país y patria, historia vivida e historia deseable.

A mi juicio, ahí reside lo más hondo de esa repercusión. Cernuda no acude a Galdós para aprender simplemente a narrar, sino para aprender a reconocer una forma digna de pertenencia. En el exilio, cuando la idea de España se vuelve problemática, la lengua permanece como vínculo inevitable; pero esa lengua no basta por sí sola. Hace falta también una genealogía moral. Y es en ese punto donde Galdós adquiere un valor decisivo: representa una tradición española compatible con la libertad de conciencia, con la comprensión del otro y con una mirada crítica no degradada por el dogmatismo.
El ensayo “Galdós”, publicado por Cernuda en 1954, es muy revelador en este sentido. Allí no solo defiende al novelista frente a los tópicos sobre su supuesto descuido estilístico, sino que subraya en él una cualidad excepcional dentro de la tradición española: la generosidad intelectual. Cernuda llega a emparentarlo con Cervantes por su capacidad para comprender y respetar actitudes humanas distintas de la propia. Esa observación es decisiva, porque ilumina la razón profunda de la admiración cernudiana: Galdós le interesa menos como monumento nacional que como escritor éticamente superior a la estrechez española que ambos conocieron, cada uno a su modo.
Conviene insistir en ello. Cuando Cernuda reivindica a Galdós, está proponiendo un canon alternativo. Frente a la España del grito, de la consigna y de la petrificación ideológica, elige una literatura donde la historia no anula a las personas y donde el juicio moral no elimina la complejidad humana. Por eso la presencia de Galdós en Díptico español no es ornamental ni nostálgica: funciona como respuesta. Si la primera parte del poema dramatiza el distanciamiento de Cernuda respecto de su país real, la segunda encuentra en Galdós la prueba de que hubo —o pudo haber— otra legitimidad española. José Teruel lo ha formulado con precisión al señalar que, en ese poema, la visión de Galdós vale más que la propia España histórica.
Hay, además, una repercusión formal menos evidente pero igualmente importante. Cernuda admiró en Galdós una lengua literaria capaz de incorporar la voz de los personajes, de atender a los matices de la conciencia y de fundir historia colectiva y habla cotidiana. No se trata de decir que Cernuda escriba como Galdós; sería absurdo. Pero sí puede afirmarse que reconoció en él una naturalidad estilística trabajada, una llaneza compleja, ajena a la retórica hueca. En un autor tan severo con la prosa española, esa defensa del estilo galdosiano resulta especialmente significativa.
También me parece importante otro detalle: la identificación entre ambos no es solo pública, sino íntima. Cuando Cernuda afirma, a propósito de Galdós, que acaso sus verdaderos lectores todavía no hayan nacido, está hablando del novelista, sin duda, pero también está dejándose oír a sí mismo. La frase encierra una ansiedad muy cernudiana: la del escritor que se sabe desajustado con su tiempo y espera una posteridad más justa. Luis García Montero ha señalado bien ese cruce, al relacionar esa observación sobre Galdós con poemas como “A un poeta futuro” o “A sus paisanos”, donde Cernuda piensa su propia recepción desde la intemperie y el desacuerdo.
Por todo ello, la repercusión de Galdós en Cernuda fue mucho más que literaria. Fue una forma de resistencia. En Galdós, Cernuda encontró una tradición no avergonzante, una España no confiscada por la reacción y una lección de humanidad compatible con la lucidez. De ahí que su homenaje tenga tanta densidad: no celebra solo a un novelista admirado, sino a un interlocutor moral. En tiempos de expulsión, descrédito o desarraigo, Cernuda pudo seguir perteneciendo a su lengua porque dentro de ella existía Galdós. Y quizá esa sea la fórmula más exacta para resumir su influencia: Galdós fue para Cernuda no el pasado de España, sino su posibilidad más decente















