
Rosa Amor del Olmo
Doña Perfecta no niega los hechos. Niega que los hechos puedan acusarla. Cuando su sobrino, el ingeniero Pepe Rey, le enumera las maniobras con las que ha intentado perjudicarlo y separarlo de Rosario, su hija, la respuesta de la señora resulta más inquietante que una mentira. Admite los procedimientos, pero rechaza que puedan ser interpretados como maldad: todo lo ha hecho con un propósito beneficioso. «Yo tengo mi conciencia tranquila», declara. La tranquilidad de esa conciencia no es un detalle del personaje. Es el problema central de la novela.
Hay una forma de leer Doña Perfecta que permite salir indemne de su lectura: identificar a la protagonista con el fanatismo, situarse del lado de la tolerancia y dar por resuelto el conflicto. Pero Galdós ofrece algo más perturbador que una mujer intolerante. Construye una conciencia capaz de incorporar la evidencia de sus propias acciones sin permitir que esa evidencia altere el concepto que tiene de sí misma. Perfecta puede reconocer lo que hace; lo que no acepta es que sus actos tengan autoridad para desmentir su virtud. Publicada en 1876, la novela permite reconocer el enfrentamiento entre el liberalismo y el tradicionalismo religioso, pero reducirla a esa confrontación empobrece su funcionamiento literario. Como ha señalado Germán Gullón, bajo la disputa ideológica actúan pasiones, intereses y conflictos de conciencia que impiden despachar la obra como una mera ilustración de doctrinas contrapuestas. Las ideas no discuten solas: las pronuncian personas que desean conservar una posición, asegurar un matrimonio, proteger un patrimonio o impedir que alguien deje de pertenecerles.
Lo patológico debe entenderse aquí en un sentido moral y relacional, no como un diagnóstico psiquiátrico retrospectivo. Llamar psicópata o narcisista a doña Perfecta puede producir una impresión de contundencia, pero sustituye el análisis por una etiqueta. También introduce una comodidad: la de atribuir a una anomalía individual lo que la novela muestra sostenido por relaciones familiares, intereses materiales y formas de autoridad. No hace falta suponer una enfermedad para explicar su responsabilidad. Hace falta examinar cómo consigue no reconocerse responsable.
Una conciencia que se reserva el derecho de juzgar
Llamarla hipócrita no basta. La hipocresía supone, en su forma más sencilla, una distancia consciente entre lo que se es y lo que se aparenta. En doña Perfecta hay simulación, pero también algo más difícil de combatir: la convicción de que su superioridad moral legitima los medios que emplea. No necesita negar siempre sus maniobras. Puede admitirlas y, a continuación, declararlas prudentes. El engaño deja de ser engaño cuando ella lo administra en nombre de una finalidad que considera buena. Galdós introduce una asimetría reveladora en su conversación con Pepe. La señora le niega capacidad para juzgar sus intenciones, porque solamente Dios puede conocerlas; sin embargo, ella no encuentra dificultad alguna en sentenciar que su sobrino carece de fe. Reclama para su propia conciencia un misterio que no concede a la ajena. Las intenciones de Perfecta son inaccesibles; las de Pepe, transparentes. Su virtud exige respeto; la conciencia del otro queda disponible para la inspección y la condena. Estamos ante una distribución desigual del derecho a interpretar. Quien domina establece qué significan los actos de todos y se reserva la última palabra sobre los propios. Si perjudica, protege; si oculta, evita un escándalo; si impide, previene una desgracia. El perjudicado queda atrapado en una dificultad casi insoluble: para denunciar lo que le ocurre tiene que enfrentarse, además, a la definición benévola que el poder ha impuesto sobre ese daño.

Por eso importa tanto que Galdós retrase hasta el capítulo XXXI un retrato detenido de la protagonista. Cuando lo ofrece, el lector ya ha experimentado los efectos de su carácter. La descripción habla de una dureza consolidada por los hábitos y la representa encerrada en sí misma. Pero también la sitúa ante una mesa de trabajo, administrando correspondencia e influencias. La autoridad de Perfecta no consiste solo en una disposición interior: tiene instrumentos, destinatarios y capacidad de intervención.
Su mesa pertenece a la historia de la violencia tanto como el arma que aparecerá después. Antes del desenlace, el daño ha adoptado formas respetables, incluso tediosas: gestiones, recomendaciones, obstáculos, decisiones tomadas por el bien de otro. Galdós obliga a mirar esa preparación. El crimen no irrumpe desde un exterior salvaje para destruir una casa inocente. Se hace posible dentro de una casa que lleva tiempo organizando la exclusión de quien la incomoda.
La hija como prolongación de la madre
La relación con Rosario lleva este mecanismo hasta su zona más dolorosa. El problema no es que doña Perfecta carezca de amor materno, sino que ese amor no sabe reconocer una voluntad separada. La hija puede ser amada mientras su existencia confirme la identidad de la madre. Cuando desea algo que esta no autoriza, la diferencia se convierte en una ofensa.
En el capítulo XXIV, Rosario reza a solas. Su oración no es la de una joven que haya abandonado la fe por influencia de un hombre moderno. Es la de alguien que trata de averiguar si amar puede ser pecado, que se angustia por haber empezado a mentir y que descubre, con espanto, el odio hacia su madre. Quiere reconciliar sus afectos, no abolirlos. Lo que la desgarra es no encontrar un lugar donde puedan coexistir el amor filial y el derecho a decidir sobre su propia vida.
Esta escena impide identificar sin más la religión con la opresión. La oración es también el lenguaje mediante el cual Rosario intenta comprenderse y pedir auxilio. La misma tradición que la madre utiliza como autoridad aparece en la hija como examen de conciencia. Una invoca certezas; la otra formula preguntas. Una administra lo que considera el bien; la otra teme hacer daño incluso cuando intenta escapar del que recibe. La diferencia es decisiva. La conciencia de Rosario permanece expuesta a la posibilidad de equivocarse. La de su madre convierte esa exposición en una debilidad que puede gobernar. Allí donde la hija siente culpa, la madre encuentra una vía de obediencia.
En el enfrentamiento final entre ambas, doña Perfecta presenta la insumisión de Rosario como una agresión contra ella y exige arrepentimiento. La joven, en cambio, se niega a considerar culpable su amor. Se enfrentan así dos significados de la bondad: para la madre, ser buena implica volver a obedecer; para la hija, empieza a exigir fidelidad a una verdad íntima que la autoridad materna no reconoce. Lo que está en juego no es únicamente la elección de marido. Es la posibilidad de que Rosario sea un sujeto y no una prolongación moral de doña Perfecta. El sacrificio materno, cuando se convierte en título de propiedad sobre el porvenir del hijo, deja de admitir cualquier devolución suficiente. Nada puede saldar esa deuda, porque lo que se reclama no es gratitud: es la renuncia a existir por cuenta propia. La novela, leída desde Rosario, deja entonces de ser solo la historia de dos Españas enfrentadas alrededor de un matrimonio. Se convierte en la historia de una conciencia a la que se exige que llame virtud a su propia desaparición.
Cuando el sobrino se convierte en enemigo
Doña Perfecta tampoco actúa en el vacío. A su alrededor, la hostilidad contra Pepe permite que motivos diferentes encuentren una causa común. María Remedios desea mejorar la posición de su hijo Jacinto mediante el matrimonio con Rosario; don Inocencio participa en una trama donde la vigilancia religiosa se entrecruza con el interés familiar. La unión de los adversarios no requiere que todos quieran exactamente lo mismo. Basta con que la presencia del ingeniero estorbe a cada uno de una manera distinta.
Aquí la escritura galdosiana alcanza una precisión que las grandes explicaciones ideológicas suelen perder. El interés no siempre se presenta desnudo. Puede expresarse con palabras sinceras sobre el deber, el porvenir de un hijo o la defensa de una comunidad. La sinceridad del sentimiento no garantiza la justicia de sus consecuencias. Una madre puede desear verdaderamente el bien de su hijo y aceptar que ese bien se construya sobre la destrucción de otra persona.
El paso decisivo se produce cuando Perfecta deja de reconocer en Pepe a un individuo. «Mi sobrino no es mi sobrino», afirma en el capítulo XXV. A continuación, lo convierte en representación de la impiedad, la amenaza política y los enemigos de su mundo. La frase realiza una operación previa a la violencia: suspende el parentesco y sustituye a la persona concreta por una abstracción hostil.
Mientras Pepe siga siendo Pepe, existe la posibilidad de escucharlo, discutir con él o reconocerle algún derecho. Cuando pasa a encarnar una fuerza que amenaza todo lo sagrado, cualquier límite puede parecer una concesión culpable. Ya no se combate lo que alguien ha hecho, sino lo que supuestamente trae consigo. Su mera existencia adquiere valor de agresión.
Esta transformación explica por qué la violencia puede ser vivida como defensa. No se trata de que Perfecta anuncie, desde el comienzo, una voluntad de matar. Se trata de que va construyendo una interpretación del conflicto en la que la existencia del otro termina siendo incompatible con la conservación del bien. El lenguaje prepara un mundo donde eliminar al adversario puede parecer necesario.

Galdós, sin embargo, no entrega al lector un Pepe Rey impecable. El ingeniero también habla desde la superioridad y el deseo de posesión. Cuando dice a Rosario «Rosario, eres mía», el lenguaje del amante que pretende liberarla conserva una pretensión de dominio. La narración llega a representar su abrazo mediante la imagen inquietante de una paloma entre las garras de un águila. La emancipación que promete Pepe no queda, por ello, libre de examen. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Sus cartas del capítulo XXVIII añaden una diferencia fundamental: es capaz de observar su propia degradación, reprocharse la cólera y reconocer que ha empezado a utilizar procedimientos semejantes a los de sus adversarios. La novela no necesita declararlo perfecto para distinguirlo de su tía. Le concede algo más importante que la impecabilidad: capacidad de rectificación. Señalar sus límites no distribuye por igual la responsabilidad del desenlace; evita que la denuncia del dogmatismo termine fabricando otro personaje inmune a la crítica.
Matar y administrar después la memoria
La orden final de doña Perfecta elimina cualquier posibilidad de confundir su actuación con una mera rigidez doméstica: «Cristóbal, Cristóbal… ¡mátale!». La voz que ha administrado prudencias, intenciones y deberes desemboca en un mandato de muerte. No desaparece la responsabilidad personal dentro de las circunstancias sociales. El entramado explica cómo se llega hasta allí; no absuelve a quien pronuncia la orden.
Pero Galdós no termina con la muerte de Pepe. Todavía queda una operación esencial: decidir cómo será contada.
Las cartas de don Cayetano ofrecen primero la versión del suicidio. Más adelante, cuando conoce lo sucedido, el asesinato queda protegido como secreto familiar. La verdad no desaparece necesariamente porque nadie la conozca. Puede desaparecer de la conversación pública porque quienes la conocen consideran más importante conservar la reputación de los suyos. Project Gutenberg
La elección de Cayetano es extraordinariamente incisiva. Un hombre dedicado a investigar el pasado resulta incapaz de conceder al presente de su propia casa una atención moral equivalente. Su erudición no lo inmuniza contra la falsificación: puede incluso convivir cómodamente con ella. La exactitud se vuelve selectiva. Hay documentos que merecen una pesquisa minuciosa y hechos que la discreción aconseja no esclarecer.
La novela hace así algo más que revelar un crimen: muestra cómo se fabrica la versión que permitirá sobrevivir socialmente a sus responsables. Frente a esa memoria administrada, el relato conserva lo que las buenas maneras quisieran retirar de la vista.
También la destrucción de Rosario recibe una explicación que desplaza el peso de los acontecimientos. Cayetano la atribuye a una enfermedad hereditaria; finalmente, la joven es internada en San Baudilio de Llobregat. No hace falta negar una posible predisposición para advertir la función narrativa de esa explicación: quien la formula aparta la mirada del encierro, la coacción y la catástrofe que el lector acaba de presenciar.
La paradoja es terrible. La persona cuya voluntad ha sido sistemáticamente negada acaba convertida en la enferma de la familia. La respetabilidad de quienes han contribuido a quebrarla encuentra, en cambio, recursos para continuar. Lo patológico no coincide limpiamente con aquello que la sociedad identifica y encierra como locura.
Sería inexacto afirmar que doña Perfecta sale indemne. El final la muestra deteriorada y afligida, mientras intensifica las prácticas religiosas y dedica su fortuna al esplendor del culto. Hay sufrimiento. Lo que no puede darse por supuesto es que sufrir equivalga a comprender la propia responsabilidad. La pérdida puede quebrar a alguien sin hacerle revisar el principio desde el que produjo el daño. Gutenberg
La sentencia final del narrador se refiere a las «personas que parecen buenas y no lo son». El plural importa: impide clausurar la novela en la excepcionalidad de una mujer monstruosa. La pregunta alcanza a quienes la acompañan, la justifican, conservan sus secretos o confunden sus manifestaciones de piedad con una prueba suficiente de bondad.
Doña Perfecta tiene amor, inteligencia, miedo, capacidad de sufrimiento y voluntad de proteger. Galdós no necesita privarla de esos atributos humanos para hacerla temible. Le basta con mostrar qué sucede cuando todos quedan subordinados a una certeza que no admite límites ni reconoce al otro el derecho de contradecirla.
Su virtud se vuelve destructiva en el momento en que deja de responder ante las vidas sobre las que actúa. Y esa es la pregunta que la novela mantiene abierta, mucho después de que se haya apagado la disputa entre el ingeniero y la señora de Orbajosa: qué vale una bondad que, para seguir considerándose bondad, necesita destruir a quienes dice proteger.

























