En Tembleque, sobrestantes: el enigma de un refrán que sobrevivió a su significado

Rosa Amor del Olmo

Hay pueblos que sobreviven en los mapas y otros que sobreviven en las palabras. Algunos conservan una plaza, una iglesia, un escudo o una casa solariega como prueba de su antigüedad. Otros guardan, sin saberlo, una frase que alguien pronunció hace mucho tiempo y que, por razones difíciles de reconstruir, consiguió atravesar las generaciones. Tembleque pertenece también a esta última geografía: la de los lugares que han quedado inscritos en la memoria verbal de quienes los conocieron, los atravesaron o hablaron de ellos.

«En Tembleque, sobrestantes».

Cuatro palabras, apenas una indicación geográfica y un sustantivo en plural. No hay verbo, no hay sentencia moral, no hay advertencia explícita. Y, sin embargo, hay algo en esa formulación que obliga a detenerse. ¿Por qué Tembleque? ¿Por qué sobrestantes? ¿Qué circunstancia histórica, qué costumbre local o qué antigua observación popular pudo convertir esa asociación en una expresión digna de conservarse?

La frase aparece recogida por Abraham Madroñal Durán en su Refranero popular toledano, publicado por la Diputación Provincial de Toledo en 1991. Se encuentra en la página 52, entre las expresiones referidas a distintas localidades. La referencia es breve, pero posee un valor considerable: demuestra que el nombre de Tembleque forma parte de un repertorio paremiológico provincial y que, en algún momento de la transmisión de estos materiales, quedó asociado a una determinada figura profesional.

Lo verdaderamente interesante comienza donde termina la información documental.

I. La palabra que hemos dejado de escuchar

Para comprender el alcance de la expresión conviene comenzar por su palabra más significativa: sobrestante.

El término designa tradicionalmente a una persona encargada de dirigir, vigilar o supervisar el trabajo de otras. Su presencia pertenece al vocabulario de la organización laboral y, especialmente, al de aquellas actividades en las que un grupo de trabajadores ejecutaba tareas bajo la responsabilidad de un encargado.

La palabra posee una construcción particularmente expresiva. En ella reconocemos la idea de estar sobre, es decir, en una posición de vigilancia, dirección o responsabilidad respecto de una actividad. No es necesario imaginar una superioridad social absoluta: el sobrestante podía ser un trabajador especializado que ocupaba un lugar intermedio entre quienes ordenaban la obra y quienes la realizaban materialmente.

Esta distinción importa. El sobrestante no era necesariamente el propietario, ni el empresario, ni la máxima autoridad. Era, con frecuencia, quien debía asegurarse de que las instrucciones se cumplieran.

Su figura nos remite a un universo de caminos, obras, cuadrillas, labores y jerarquías cotidianas. Un mundo en el que la organización del trabajo se expresaba mediante palabras hoy desplazadas por otras como encargado, supervisor o jefe de obra.

Cuando una voz de este tipo desaparece del uso habitual, no se pierde únicamente una denominación profesional. También se vuelve menos visible la estructura social que la había hecho necesaria.

Y quizá por eso resulta tan sugerente encontrarla unida al nombre de Tembleque.

II. ¿Un pueblo de encargados?

La primera tentación consiste en interpretar el dicho como una caracterización humorística de sus habitantes: en Tembleque habría muchos sobrestantes, o todos querrían ejercer de tales.

La hipótesis es atractiva, pero debe tratarse con cautela.

Los refranes geográficos suelen funcionar mediante exageraciones, asociaciones profesionales, rivalidades vecinales y atribuciones colectivas. A veces describen una actividad económica realmente predominante. Otras veces nacen de un episodio circunstancial. Y en no pocas ocasiones reflejan la imagen que los habitantes de una localidad construyeron de sus vecinos.

Por tanto, «En Tembleque, sobrestantes» podría haber aludido a una presencia significativa de trabajadores dedicados a la supervisión de determinadas labores. También podría haber surgido como una ironía sobre personas que daban órdenes, vigilaban el trabajo ajeno o se comportaban como si tuvieran autoridad sobre los demás.

Pero existe una diferencia fundamental entre considerar posibles estas interpretaciones y presentarlas como hechos.

La fuente consultada no explica el origen del dicho. No proporciona una anécdota fundacional ni identifica una profesión característica de Tembleque que permita establecer una relación causal segura.

Afirmar que los temblequeños tenían fama de mandones sería, por tanto, ir más allá de lo que sabemos.

El trabajo filológico exige precisamente resistirse a esa facilidad.

III. Tembleque, los caminos y el trabajo

Tembleque ocupa un lugar singular en la geografía histórica de La Mancha. Su situación en los itinerarios que comunicaban Madrid con Andalucía contribuyó a configurar un espacio de tránsito, servicios y relaciones comerciales.

La existencia de edificios vinculados al alojamiento y al movimiento de viajeros, como la histórica Casa de Postas, recuerda que el pueblo no puede entenderse únicamente desde su dimensión agrícola. La circulación de personas, mercancías, noticias y oficios también formó parte de su vida.

En ese contexto, la palabra sobrestante invita a formular algunas preguntas.

¿Pudo relacionarse la expresión con trabajos de conservación o construcción de caminos? ¿Existieron cuadrillas dirigidas por encargados que dejaran una huella particular en la memoria local? ¿Se empleaba el término en las explotaciones agrícolas de la comarca? ¿Era una denominación habitual entre trabajadores que transitaban por el pueblo?

Son interrogantes razonables, no respuestas demostradas.

Para avanzar sería necesario consultar documentación municipal, expedientes de obras públicas, registros de oficios, contratos laborales antiguos y otras fuentes capaces de mostrar dónde y cómo se utilizaba esta categoría profesional.

La historia del lenguaje tiene aquí una ventaja: una sola palabra puede orientar la búsqueda hacia documentos que, de otro modo, quizá nunca habríamos considerado relevantes.

El refrán deja entonces de ser una curiosidad pintoresca y se convierte en una pista.

IV. La geografía también habla

Existe una rama especialmente fascinante de la paremiología dedicada al estudio de los refranes geográficos. En ellos, las localidades aparecen asociadas a características, oficios, productos, comportamientos o circunstancias que la tradición considera dignos de recordar.

No siempre son expresiones amables.

La cultura popular ha utilizado con frecuencia los nombres de los pueblos para establecer diferencias, alimentar rivalidades o construir pequeñas caricaturas de sus habitantes. Unas veces se elogia la habilidad de los vecinos; otras, se exagera su carácter; otras, simplemente se fija una asociación que termina sobreviviendo cuando ya nadie recuerda su origen.

En este tipo de formulaciones, el nombre propio deja de cumplir una función puramente geográfica. Se convierte en un elemento de identidad colectiva.

Tembleque no aparece en nuestro dicho como un lugar indiferente. Aparece vinculado a una palabra que, por alguna razón, adquirió suficiente fuerza expresiva para permanecer en el repertorio tradicional.

Hay además un rasgo formal que merece atención.

«En Tembleque, sobrestantes» es una construcción elíptica. No dice «en Tembleque hay sobrestantes», aunque esa sea una posible expansión gramatical. La frase prescinde del verbo y concentra toda su energía en la relación entre lugar y oficio.

Esta economía verbal es característica de numerosas fórmulas populares.

No necesitan desarrollar un argumento porque se apoyan en un conocimiento compartido. Quienes las utilizaban podían reconocer inmediatamente la alusión. Para ellos, acaso bastaban aquellas cuatro palabras.

Nosotros, en cambio, hemos perdido parte de ese contexto.

Y ahí reside uno de los problemas más hermosos de la investigación paremiológica: la frase permanece, pero la comunidad que conocía su explicación puede haber desaparecido.

V. Cuando el refrán pierde su llave

Los refranes parecen construidos para durar. Su brevedad favorece la memorización; su ritmo facilita la repetición; su carácter sentencioso les concede una apariencia de autoridad.

Sin embargo, esa capacidad de supervivencia encierra una paradoja.

Una expresión puede conservarse durante generaciones mientras se pierde progresivamente la información necesaria para comprenderla.

La tradición oral no transmite siempre los hechos con la misma fidelidad con la que transmite las fórmulas. Una palabra puede seguir pronunciándose cuando ya ha desaparecido el oficio que nombraba. Un mote puede mantenerse cuando nadie recuerda a la persona que lo originó. Un refrán puede continuar circulando cuando la circunstancia que lo hizo comprensible pertenece a un pasado remoto.

La escritura interviene entonces como una segunda forma de memoria.

Al recoger «En Tembleque, sobrestantes», el Refranero popular toledano conserva una expresión que, de otro modo, podría quedar fuera del alcance de futuros investigadores.

Pero la fijación escrita no equivale a la recuperación de su sentido original.

Un repertorio puede decirnos que una frase existió sin explicarnos por qué nació. Puede conservar sus palabras y dejar abierto su significado histórico.

Esto no disminuye su valor documental. Al contrario: señala con precisión el lugar donde debe comenzar una nueva investigación.

La filología no consiste solamente en explicar textos. También consiste en reconocer las preguntas que los textos todavía no permiten resolver.

VI. Una historia que quizá recuerden los mayores

La investigación sobre este dicho no debería limitarse a las bibliotecas.

Tembleque conserva una memoria oral que merece ser escuchada antes de que determinadas voces, experiencias y expresiones desaparezcan de la conversación cotidiana.

Sería especialmente útil preguntar a los vecinos de mayor edad si recuerdan haber oído «En Tembleque, sobrestantes», quién lo decía, en qué circunstancias y con qué intención.

¿Se utilizaba como broma? ¿Era una expresión pronunciada por habitantes de otros pueblos? ¿Se decía con orgullo, con ironía o con cierta intención despectiva? ¿Se relacionaba con alguna familia, oficio o acontecimiento?

Las respuestas podrían resultar contradictorias. Eso no constituiría necesariamente un fracaso.

La tradición oral rara vez ofrece una versión única e inmutable. Sus variantes son parte de su riqueza. Una misma expresión puede adquirir significados distintos según la generación, el lugar o la experiencia de quien la utiliza.

Lo fundamental sería registrar los testimonios con rigor: identidad o perfil del informante, edad aproximada, localidad de procedencia, fecha de recogida y contexto en el que recuerda haber escuchado la frase.

De ese modo, una conversación informal podría convertirse en documentación útil para el estudio del patrimonio lingüístico de Tembleque.

Y tal vez apareciera una explicación inesperada.

No sería la primera vez que una expresión aparentemente enigmática recupera parte de su historia gracias a alguien que recuerda cómo hablaban sus abuelos.

VII. La memoria de los oficios

Hay algo particularmente significativo en que el dicho conserve precisamente el nombre de una ocupación laboral.

La historia de los pueblos suele narrarse a través de sus grandes acontecimientos, sus edificios monumentales, sus personajes ilustres o sus transformaciones políticas. Mucho menos espacio reciben las palabras con las que los trabajadores designaban sus responsabilidades, sus herramientas o sus relaciones cotidianas.

Y, sin embargo, esas palabras también son historia.

Sobrestante nos habla de una determinada organización del trabajo. Nos recuerda que existieron funciones y jerarquías que hoy se expresan mediante otro vocabulario. Nos obliga a pensar en quienes dirigían cuadrillas, supervisaban tareas y respondían de su ejecución.

Si alguna vez logramos averiguar por qué Tembleque quedó asociado a esa figura, quizá descubramos un aspecto de la vida local que no figura en las descripciones monumentales del municipio.

Quizá encontremos una antigua relación con las obras públicas, con la agricultura o con alguna actividad económica concreta.

O quizá descubramos que el dicho no nació de una realidad profesional, sino de la imaginación satírica de los pueblos vecinos.

Ambas posibilidades serían igualmente valiosas para comprender la expresión.

Porque la paremiología no estudia únicamente lo que una comunidad era, sino también lo que decía de sí misma y lo que otras comunidades decían de ella.

VIII. Tembleque, una palabra pendiente

A menudo buscamos el patrimonio en aquello que puede fotografiarse: una fachada, un artesonado, una columna, una puerta antigua. Nos detenemos ante los edificios porque su presencia material parece garantizar que el pasado sigue entre nosotros.

Pero también existe un patrimonio que no ocupa espacio, que no puede restaurarse con piedra ni protegerse mediante una cubierta nueva.

Es el patrimonio de las palabras.

«En Tembleque, sobrestantes» pertenece, al menos documentalmente, a ese territorio.

No sabemos todavía quién pronunció por primera vez la expresión. Ignoramos si nació como observación profesional, como ironía vecinal o como referencia a una circunstancia concreta. Tampoco podemos asegurar que continúe viva en el habla cotidiana del municipio.

Sabemos algo más modesto, pero suficientemente importante: que la frase fue recogida en un refranero toledano y que conserva una asociación entre el nombre de Tembleque y una antigua figura del mundo laboral.

Esa certeza merece atención.

Tal vez la investigación futura permita reconstruir su historia. Tal vez un documento municipal revele una presencia singular de sobrestantes. Tal vez un vecino recuerde una explicación transmitida en su familia. O tal vez el origen permanezca definitivamente oculto.

En cualquiera de esos casos, el dicho habrá cumplido una función que va mucho más allá de la curiosidad lingüística: nos habrá obligado a mirar de nuevo la historia de Tembleque desde una perspectiva diferente.

Porque los pueblos no solamente viven en sus calles. También viven en las palabras que otros dijeron sobre ellos.

Y hay ocasiones en que una frase de cuatro palabras contiene más preguntas sobre el pasado que muchas páginas de una crónica.

«En Tembleque, sobrestantes».

Quién sabe si, después de tantos años, todavía queda alguien capaz de contarnos por qué.


Referencias bibliográficas y documentales

  • Madroñal Durán, Abraham (1991). Refranero popular toledano. Toledo: Diputación Provincial de Toledo, p. 52. Disponible en la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo: https://www.realacademiatoledo.es/downloads/publicaciones_cont/200/68.-abraham-madronal-duran-refranero-popular-toledano-1991.pdf
  • Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Diccionario de la lengua española, voz «sobrestante»: https://dle.rae.es/sobrestante
  • Correas, Gonzalo (1627). Vocabulario de refranes y frases proverbiales. Obra de referencia para el estudio histórico de la fraseología y la paremiología españolas.
  • Martínez Kleiser, Luis (1953). Refranero general ideológico español. Madrid: Real Academia Española. Repertorio de referencia para la comparación de refranes y expresiones tradicionales.

Nota documental: La expresión constituye el punto de partida del estudio. Las posibles relaciones con la historia de los caminos, los oficios o la sátira vecinal se plantean como hipótesis de investigación, no como explicaciones históricas acreditadas.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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