
Rosa Amor del Olmo
Hay nombres que llegan tarde a la Historia. Permanecen durante décadas, incluso siglos, escondidos detrás de los grandes apellidos, de los generales, de los científicos, de los hombres cuyos retratos acabaron colgados en academias y ministerios. El de Isabel Zendal Gómez es uno de ellos.
Su vida parece escrita para una novela: una mujer nacida en la Galicia rural del siglo XVIII, hija de una familia humilde, madre sola, responsable de una casa de expósitos y, finalmente, única mujer de una expedición que atravesó océanos llevando algo que entonces parecía casi milagroso: la posibilidad de impedir la viruela.
Pero Isabel Zendal no fue médica. Conviene decirlo porque su verdadera profesión engrandece, y no disminuye, su historia. Fue enfermera y rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, y desempeñó una función imprescindible en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, aquella formidable empresa organizada durante el reinado de Carlos IV para transportar la vacunación antivariólica a los territorios españoles de ultramar.
Había nacido en Galicia en 1773. Su biografía está rodeada todavía de zonas de sombra e incluso su apellido aparece escrito de numerosas maneras en los documentos de la época: Zendal, Sendala, Zendala, Cendala, Cendalla, Sandalla… Esa inestabilidad documental parece casi una metáfora de su destino. Durante mucho tiempo la Historia ni siquiera consiguió ponerse de acuerdo sobre cómo debía llamarla.
Era hija de Jacobo Zendal e Ignacia Gómez y creció en un medio modesto. La viruela apareció muy pronto en su existencia. Su madre murió durante la epidemia de 1786, cuando Isabel era todavía una adolescente.
Muchos años después, aquella enfermedad volvería a cruzarse con su vida. Esta vez, sin embargo, Isabel no estaría frente a ella como una muchacha impotente ante una epidemia, sino formando parte de una de las operaciones sanitarias más extraordinarias de la historia.

Una enfermedad que no distinguía entre reyes y mendigos
Para comprender lo ocurrido hay que intentar imaginar el terror que provocaba la viruela antes de la vacunación.
Durante siglos había recorrido Europa, Asia, África y América dejando muertos y supervivientes marcados para siempre. Las cicatrices en el rostro eran tan frecuentes que formaban parte del paisaje humano de las ciudades. La enfermedad podía matar, cegar o desfigurar. No preguntaba por la condición social de sus víctimas.
También alcanzó a las familias reales. El propio Carlos IV conocía muy de cerca sus efectos: su hija María Teresa había muerto de viruela en 1794.
A finales del siglo XVIII se produjo, sin embargo, una revolución silenciosa. En 1796, el médico inglés Edward Jenner comprobó que la inoculación del material procedente de la viruela vacuna podía proteger frente a la viruela humana.
De ahí procede precisamente nuestra palabra vacuna.
El descubrimiento comenzó a extenderse por Europa con una velocidad extraordinaria para la época. España comprendió pronto la importancia de aquella innovación. Pero inmediatamente surgió un problema formidable.
¿Cómo llevar la vacuna hasta América?
Hoy una vacuna puede viajar miles de kilómetros conservada mediante sistemas de refrigeración. En 1803 no existían frigoríficos, aviones ni cadenas internacionales de frío. El fluido vacunal perdía su eficacia y atravesar el Atlántico requería semanas de navegación.
La solución fue tan ingeniosa como difícil de contemplar desde nuestra sensibilidad actual.
La vacuna viajaría viva.
Y viajaría en seres humanos.
Los niños que se convirtieron en una cadena de vida
La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna partió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, a bordo de la corbeta María Pita, bajo la dirección del médico Francisco Javier Balmis.
Con los expedicionarios viajaban veintidós niños.
La mayor parte procedía de instituciones asistenciales. Eran pequeños que no habían padecido previamente la viruela y que serían utilizados para conservar sucesivamente el fluido vacunal durante el viaje.
El procedimiento consistía en inocular la vacuna a dos niños. Cuando aparecían las vesículas características, se extraía de ellas el fluido y se inoculaba a otros dos. Después a otros. Y luego a otros.
De brazo en brazo.
De niño en niño.
Así debía cruzar el Atlántico la vacuna.
Aquellos cuerpos infantiles se convirtieron, de una manera que hoy resulta sobrecogedora, en una cadena biológica de conservación.
Pero alguien tenía que cuidar esa cadena.
Los niños enfermaban, lloraban, se mareaban, tenían miedo. Había que alimentarlos, vestirlos, asearlos y vigilarlos. Había que impedir que se rascaran las vesículas de las que dependía la continuidad de la vacuna. Había que mantener separados, cuando correspondía, a los ya inoculados y a quienes todavía debían recibirla.
No se transportaban frascos.
Se transportaban niños.
Y allí aparece Isabel Zendal.
La mujer de los veintidós niños
Cuando fue seleccionada para la expedición, Zendal era rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña. Conocía, por tanto, aquello que probablemente ninguno de los médicos podía conocer como ella: el cuidado cotidiano de niños que habían sufrido abandono, pobreza o pérdida familiar.
El 14 de octubre de 1803 se autorizó oficialmente su incorporación a la expedición en calidad de enfermera.
No viajó, además, únicamente con niños ajenos.
Entre aquellos pequeños estaba Benito Vélez, su propio hijo.
Es un detalle que transforma nuestra manera de contemplar la escena. Isabel Zendal no supervisaba desde una distancia burocrática un experimento médico. Había colocado también aquello que más quería dentro de la misma aventura y del mismo riesgo.
Treinta años tenía cuando abandonó La Coruña.
Podemos imaginar el puerto aquel 30 de noviembre, aunque debemos tener cuidado de no llenar con fantasía lo que los documentos no cuentan: el movimiento de los marineros, los equipajes, las órdenes, los niños subiendo al barco y aquella mujer consciente quizá de que estaba dejando atrás la vida que conocía.
No volvería a España.
La primera escala fue, significativamente, Canarias.
La expedición llegó a Santa Cruz de Tenerife en diciembre de 1803 y permaneció aproximadamente un mes en las islas realizando vacunaciones antes de continuar hacia América.
Después vendrían Puerto Rico, Venezuela y otros territorios americanos. La expedición acabaría dividiéndose para extender la vacunación por enormes extensiones del continente.
Y la aventura de Zendal todavía no había terminado.
Desde México partiría después hacia Filipinas.
Otra vez el océano.
Otra vez niños.
Otra vez la vacuna pasando de unos brazos a otros para sobrevivir al viaje.
La enfermería antes de llamarse enfermería moderna
Hay algo especialmente interesante en Isabel Zendal: vivió antes de que existiera la enfermería moderna tal como hoy la entendemos.
Florence Nightingale, cuya figura suele utilizarse como gran referencia fundacional de la enfermería profesional, nació en 1820.
Para entonces, Isabel Zendal ya había atravesado océanos cuidando niños dentro de una misión sanitaria internacional.
No significa que podamos trasladar sin más nuestras categorías profesionales actuales al año 1803. La medicina, la enfermería, la asistencia social y las instituciones hospitalarias funcionaban entonces de una manera muy diferente.
Pero precisamente por eso su figura resulta tan fascinante.
Zendal representa una dimensión de la medicina que con demasiada frecuencia queda eclipsada cuando contamos la historia de los grandes descubrimientos: el cuidado.
Jenner había descubierto el principio de la vacunación.
Balmis organizó y dirigió la expedición.
Los médicos practicaron las inoculaciones.
La Corona financió la empresa.
Pero entre el descubrimiento científico y la persona finalmente protegida existía una inmensa cadena humana. Alguien debía conseguir que aquellos niños comieran, durmieran, soportaran las travesías y llegaran en condiciones de mantener viva la vacuna.
La ciencia descubre.
Pero alguien tiene que cuidar para que el descubrimiento llegue hasta los seres humanos.
Ahí estaba Isabel Zendal.
Una expedición difícil de juzgar desde nuestro siglo
La historia de los llamados «niños vacuníferos» provoca inevitablemente preguntas incómodas.
Y debe hacerlo.
Desde los criterios bioéticos actuales resulta imposible imaginar una operación semejante. Eran menores institucionalizados utilizados como portadores humanos de un material biológico dentro de una misión estatal.
No existía el concepto contemporáneo de consentimiento informado. Tampoco los derechos de la infancia estaban formulados como hoy.
Sin embargo, reducir toda aquella historia a nuestros parámetros actuales también impediría comprenderla.
Hay que situarse en 1803.
La viruela era una enfermedad devastadora. No existía otro sistema fiable para conservar durante semanas el fluido vacunal. Y el objetivo declarado de la expedición era extender gratuitamente una medida preventiva capaz de evitar una enorme cantidad de muertes.
Es precisamente esa contradicción la que convierte el episodio en un magnífico territorio para la historia de la medicina: una empresa extraordinariamente avanzada en salud pública realizada mediante procedimientos que pertenecen radicalmente a otro mundo moral y tecnológico.
Y en medio de esa contradicción se encontraba Zendal, encargada precisamente de proteger a los más vulnerables de toda la operación.
«Los excesivos trabajos y rigor de los diferentes climas»
Balmis dejó testimonio de la importancia de aquella mujer.
Al solicitar posteriormente una pensión para Zendal, explicó que había perdido su salud atendiendo día y noche a los niños durante los largos viajes y soportando los trabajos y los diferentes climas recorridos por la expedición.
No es una imagen menor.
Mientras la historia tradicional celebraba al director de la empresa, en los documentos permanecía aquella otra figura: una mujer agotándose para mantener con vida y en condiciones a los pequeños de los que dependía toda la operación.
Porque si la cadena se rompía, se perdía la vacuna.
Y si se perdía la vacuna, semanas o meses de navegación podían resultar inútiles.
Por eso Zendal no constituye una nota pintoresca dentro de la Expedición Balmis.
Era una pieza funcionalmente esencial.
América, Filipinas y el último viaje
La expedición continuó desde México hacia Filipinas en 1805. Para esa nueva travesía se recurrió nuevamente a niños que conservarían la vacuna mediante inoculaciones sucesivas.
Isabel volvió a encargarse de ellos.
Había cruzado el Atlántico y ahora atravesaría el Pacífico.
Resulta difícil encontrar otra mujer española de su condición social que, al comenzar el siglo XIX, realizara semejante itinerario.
Cuando la expedición regresó desde Filipinas a Nueva España, la vida de Zendal tomó otro camino.
Balmis regresaría finalmente a España.
Ella no.
Isabel Zendal permaneció en México, vinculada en sus últimos años conocidos a Puebla de los Ángeles. Allí se pierde progresivamente su rastro documental.
Y ese final posee algo profundamente literario.
Una mujer nacida en una pequeña localidad gallega, hija de campesinos, había cruzado medio planeta participando en una de las mayores operaciones sanitarias de su siglo y terminó desapareciendo lentamente de los documentos.
Ni siquiera conocemos con absoluta certeza la fecha de su muerte.
La mujer cuyo apellido casi perdimos
Durante muchísimo tiempo tampoco estuvimos seguros de su nombre.
La documentación ofrece múltiples variantes de su apellido. Esa diversidad —Sendala, Zendala, Cendala, Cendalla, Sandalla y otras formas— provocó una larga confusión historiográfica.
Es una circunstancia aparentemente pequeña, pero reveladora.
Los grandes personajes suelen dejar detrás correspondencia, retratos, memorias, propiedades, archivos familiares.
Los pobres dejan menos papeles.
Y las mujeres pobres, todavía menos.
Reconstruir la vida de Isabel Zendal significa trabajar con fragmentos: registros, nóminas, documentos administrativos, expedientes de la expedición, referencias realizadas por otras personas.
Quizá por eso su recuperación contemporánea tiene un valor que va más allá de una sola biografía.
Nos obliga a preguntarnos cuántas personas imprescindibles permanecen fuera de nuestra narración del pasado simplemente porque no tuvieron quien escribiera su historia.

La otra cara del progreso
La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna constituye uno de los episodios más sorprendentes de la historia sanitaria española.
Fue ciencia, administración, navegación y política imperial.
Pero fue también algo mucho más elemental.
Fueron unos niños enseñando sus brazos.
Una lanceta.
Una vesícula.
Un poco de fluido.
Dos niños inoculados para que, cuando la vacuna prendiera, pudiera pasar a los siguientes.
Y una mujer vigilándolos.
Tal vez ahí se encuentre la imagen más poderosa de toda esta historia.
Antes de los laboratorios gigantescos, antes de las cámaras frigoríficas, antes de las campañas internacionales de vacunación, antes incluso de que comprendiéramos plenamente qué eran los virus, una vacuna atravesó el océano sostenida literalmente por cuerpos humanos.
Los brazos de unos niños fueron su recipiente.
Isabel Zendal fue su cuidadora.
Dos siglos después conocemos su nombre porque la Historia, a veces, regresa sobre sus propios pasos y encuentra a quienes había dejado atrás.
Pero quizá la mejor manera de recordarla no sea convertirla en una estatua ni simplificarla bajo la cómoda etiqueta de heroína.
Es mejor contemplarla en toda su complejidad: mujer humilde, madre, trabajadora de una institución de expósitos, enfermera de una expedición científica y testigo de una época en la que la medicina empezaba a descubrir que algunas enfermedades podían no solamente curarse, sino evitarse.
Su madre había muerto de viruela.
Años después, Isabel cruzaría el mundo llevando en los brazos de otros niños aquello que su madre nunca pudo tener: una defensa contra la enfermedad.
Hay biografías a las que la Historia parece conceder una extraña simetría.
La de Isabel Zendal es una de ellas.
























