Kafka no sabía que era Kafka

Juan Antonio Tirado

Como es natural, Kafka se murió sin saber que era Kafka. Ni en un ataque de imaginación desbordada, ¡y mira que imaginación no le faltaba!, podía haber sospechado algo así. Contaba su amigo Max Brod que Kafka se reía mientras le leía fragmentos de alguna de sus obras, como La metamorfosis, que comienza con Gregorio Samsa convertido, al despertarse una mañana, en un monstruoso insecto. Suele creerse que los escritores trágicos viven inmersos en una tragedia permanente, del mismo modo que se tiende a pensar que los escritores cómicos no respiran fuera del humor, pero tal cosa es una suposición infundada. Decía Borges que no hay un día en que no vivamos un instante en el paraíso, pero también en los cráteres del infierno, y eso, traducido a drama o humor, sirve para autores dramáticos, para escritores ligeros y para funcionarios de Hacienda.

            De qué modo Franz Kafka llegó a ser Kafka traspasa los límites de la literatura para internarse en la dinámica de la Historia. El autor de El proceso prefigura los caracteres del mundo inmediato, un futuro cercano, aterrador, que cobra realidad cuando el escritor ya está muerto. Es verdad que cuando falleció, en 1924, la Primera Guerra Mundial ya había desangrado Europa, pero el mundo propiamente kafkiano, que es el de los campos de exterminio nazi y el del absurdo burocrático y criminal del estalinismo, se empieza a desarrollar una década después de muerto el escritor checo.

            La obra de Kafka refleja el horror del siglo XX mejor que la de ningún otro escritor, eso lo hace imprescindible en cualquier lista de autores de ese tiempo. En lo puramente literario se puede discutir su preminencia en comparación con otros grandes: Joyce, Proust, Thomas Mann, Musil, pero en cuanto a símbolo y definición de una época es indudable que nadie resiste la comparación con él, al punto de que su nombre se transformó en adjetivo y sirve para designar una realidad en que la lógica de la razón ha sido suplantada por un mundo regido por las leyes del absurdo. Lo kafkiano nombra el infierno contemporáneo, un infierno sin sentido, en contraposición con el averno medieval de Dante, que se rige por reglas morales. Todavía hoy, cuando hablamos de un espectáculo dantesco, lo entendemos en todo su sentido dramático, terrible, pero dentro del territorio de lo inteligible. Una realidad kafkiana es invivible, conecta de forma directa con la noche y el lenguaje sincopado de las pesadillas. 

            Para entender la dimensión de la trascendencia de Kafka conviene caer precisamente en que a lo largo de la extensa e inmensa historia de la literatura solo dos términos: dantesco y kafkiano traspasan el campo semántico de lo literario para encarnar categorías morales y filosóficas. Es verdad que a partir del nombre de otros escritores también se han formado adjetivos: borgiano, barojiano, machadiano, pero eso no remite más allá de la propia caracterización del autor y está lejos de simbolizar una categoría universal como ocurre en los casos de Dante y Kafka. Los correspondientes adjetivos sirven para señalar dos infiernos: el antiguo y el moderno, y son de uso general, trascendiendo los ámbitos de la literatura.

            Resulta, pues, natural que Kafka no supiera que iba a ser Kafka. En buena lid nadie está preparado para saber quién será cuando ya no sea, aunque la inmensa mayoría de nosotros sabemos lo que seremos: nada. Muy posiblemente, si se pensó más allá de la muerte, Kafka, se imaginó también como nada o como nadie. En todo caso, ni él ni el más sagaz de los críticos literarios hubiera podido adivinar su trascendencia en ese 1924 en que murió. Para que Kafka llegara a ser Kafka fue necesario que el mundo viviera un infierno insólito. El autor de La condena fue el notario que anticipó esa pesadilla, a la que le va como anillo al dedo el apelativo de kafkiana.

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