Galdós y los del 98: una disputa de familia (y una herencia compartida)

Rosa Amor del Olmo

Hay familias literarias que se abrazan con gratitud: el maestro da la bendición, el discípulo hereda el taller, todo sigue su curso. Y luego está la nuestra: la española, que tiende a la escena con portazo. En esa escena —casi siempre en un café, casi siempre con humo, casi siempre con una mezcla de fervor y mala leche— aparecen los escritores del 98 y, al fondo, como un mueble inevitable del salón nacional, Benito Pérez Galdós.

La relación entre Galdós y los del 98 no fue un idilio. Fue, más bien, el diálogo (y a ratos el forcejeo) entre dos formas de mirar España: la del novelista realista que se empeña en contarlo todo, y la del grupo que llega después del desastre colonial dispuesto a preguntar, a dudar, a cortar frases y a despejar decorados. Para entenderlos juntos hay que aceptar lo incómodo: que se discutieron… y que se necesitaban.

El mayor de la casa: Galdós como memoria del XIX

Galdós no es un “autor decimonónico” como etiqueta de manual: es el cronista más ambicioso que tuvo la España del XIX. La idea básica de su obra es monstruosa (en el mejor sentido): narrar una sociedad entera, con sus calles, sus miserias, sus consuelos y sus trampas; y narrar, además, la historia reciente con vocación de archivo vivo. Britannica lo define como el mayor novelista español desde Cervantes y explica por qué se le compara con Balzac y Dickens: su producción enorme “cronica la historia y la sociedad” de la España del XIX.

Ahí entran los Episodios nacionales, esa criatura gigantesca: 46 novelas publicadas entre 1873 y 1912, concebidas para contar la historia española desde Trafalgar hasta la Restauración. Y no se trataba de “novelar a ojo”: Galdós construyó su ficción histórica sobre investigación minuciosa —memorias, artículos periodísticos antiguos, testimonios de testigos— para lograr relatos realistas y verosímiles.

Cuando el 98 se asoma al mundo, Galdós ya ha escrito buena parte del país: no la idea abstracta de España, sino la España respirable, la que paga alquiler, la que discute en una tienda, la que se humilla en un despacho, la que sueña como puede. También, por eso, Galdós es un maestro incómodo: porque su literatura no es una tesis sino una muchedumbre.

Los hijos inquietos: qué fue (de verdad) el 98

La llamada “Generación del 98” nace alrededor del golpe moral de 1898: la derrota en la guerra hispano-estadounidense y la pérdida de los últimos restos del imperio actúan como detonante de una etapa de autoexamen, de análisis del “problema de España” y de la pregunta por el futuro. Pero conviene desmontar la postal: no fue un movimiento organizado ni un club con estatutos. Britannica insiste en ello: trabajaron en estilos diversos, raramente coincidieron en soluciones, aunque compartieron el deseo de sacudir lo que veían como apatía nacional y devolver un orgullo (o, al menos, una energía) al país.

Y un detalle precioso: la etiqueta “Generación del 98” se usaba con cierta soltura, pero quien la elabora críticamente es Azorín, en ensayos recopilados en Clásicos y modernos (1913). Es decir: el 98 también se inventa a sí mismo por escrito, como tantas familias que se ponen apellido cuando ya llevan años discutiendo en la mesa.

A la vez, Laín Entralgo —citando a Azorín— condensa el nervio doble del grupo: “inquietud española” y “ambición literaria”; preocupación por el destino del país y voluntad de renovar la forma de decirlo.

¿Galdós es “del 98”? La pregunta trampa

Aquí empieza la polémica de salón: ¿pertenece Galdós al 98?

Una investigación sobre Galdós y el 98 recuerda que se ha discutido mucho: quienes lo rechazan suelen agarrarse a lo cronológico; quienes lo incluyen hablan de paralelismos de forma y contenido. En la práctica, la pregunta no es tanto “¿es miembro?” como “¿qué relación de continuidad y ruptura hay entre su obra y lo que viene después?”. Porque Galdós está en el umbral: es el gran escritor que llega del XIX y, sin quererlo del todo, empuja al XX. Los del 98 lo leen como quien mira a un padre poderoso: con admiración, con necesidad… y con ganas de discutirle el estilo.

El punto de encuentro: el “problema de España” como obsesión compartida

Si juntamos a Galdós con el 98 en una sola habitación, en seguida se ponen de acuerdo en algo: España no es un decorado, es el tema. Para el 98, esa inquietud se convierte en programa: paisaje, historia, tradición, decadencia, regeneración. Laín Entralgo enumera a Unamuno, Ganivet, Azorín, Valle-Inclán, Baroja, los Machado, Maeztu, Benavente… y los reúne bajo una “actitud común” frente al problema nacional. Galdós, por su parte, no escribe ensayos sobre “España”: escribe escenas donde España se retrata sola. Su manera de pensar el país es narrativa: no proclama, muestra. Y esa diferencia es crucial: el 98 tiende a la radiografía moral; Galdós, a la anatomía social. Uno busca la idea; el otro, el organismo.

Y sin embargo, la ambición coincide: entender qué nos pasa.

La prensa: el mismo campo de batalla, dos estilos de combate

Hay un puente muy poco “romántico” y muy real entre ambos: el periodismo. Un estudio sobre “Galdós y la Generación del 98” recuerda que, desde mediados del XIX (y sobre todo desde la Revolución del 68), la prensa se convierte en instrumento decisivo para intelectuales y escritores. Y subraya algo clave: en 1898, la prensa fue un actor central en la construcción del clima nacional, y en esa prensa colaboraron autores del 98 como Azorín, Baroja o Unamuno.

Pero aquí aparece la diferencia de temperamento.

El mismo estudio señala que donde se separan de verdad Galdós y el 98 es en el concepto de periodismo: Galdós concibe la prensa como “espejo de la realidad” (con análisis y opinión, sí, pero sin el impulso doctrinal regeneracionista típico del 98), y además vive una época de mordazas y censura; a los del 98, en cambio, la cuestión de la libertad de imprenta les afecta menos porque llegan cuando esa libertad —aunque con restricciones— ya está más asentada.

Traducido a idioma Zenda: Galdós escribe mirando el reloj de la crónica; muchos noventayochistas escriben mirando el termómetro moral.

“No todos lo odiaban”: Azorín y la defensa del maestro

Durante años se repite la idea fácil: “el 98 detestaba a Galdós”. Es cómodo, suena a guerra generacional y da titulares. Pero no es tan simple.

Un trabajo sobre Azorín y Galdós insiste en que, aunque existía un clima de agresividad contra la literatura de la segunda mitad del XIX, las admiraciones y respetos de Azorín (y de otros) hacia Galdós tienen un valor especial precisamente por ese contexto. Y remata con una frase sin ambigüedad: es “comprensible, pero rechazable… puesto que es falso” pensar por inercia en la aversión de “los del 98” hacia Galdós.

Más aún: ese mismo texto recuerda que la revista Electra (1901) logró reunir firmas que son casi el padrón completo del 98 —Unamuno, Baroja, Maeztu, Martínez Ruiz, Valle-Inclán, Luis Cernuda, Antonio Machado, Benavente…— y que el primer número incluía una carta de Galdós exhortando al trabajo “en beneficio de la justicia”, como si el maestro ejerciera (aunque fuera por un momento) de mentor intelectual del grupo.

Y cuando Azorín escribe el artículo “Galdós” (recogido en Lecturas españolas, 1912), lo que hace es construir una defensa de fondo: sostiene que Galdós ha revelado España a los españoles, que ha contribuido a “crear una conciencia nacional” y que los nuevos escritores se han desarrollado en el clima intelectual creado por él. Esto es fascinante: el 98, que se presenta como ruptura, reconoce que su propio suelo literario lo ha preparado el realismo galdosiano.

El insulto, el apodo y la escena inevitable: “don Benito el garbancero”

Claro que también existe la otra cara: la pulla. La literatura española es el arte de bautizar con crueldad. Y ahí aparece el famoso “garbancero”.

El trabajo sobre Azorín y Galdós recuerda que la supuesta vulgaridad del estilo de Galdós se convirtió en tópico y que Valle-Inclán lo recoge en Luces de Bohemia con la alusión a “don Benito el garbancero”, a menudo citada como prueba del desprecio de la nueva literatura hacia el viejo maestro.

Y en un registro más periodístico, un ensayo de Revista de Libros repasa esa tradición de agravios —desde el comentario de Valle-Inclán sobre el estilo “garbancero” hasta la hostilidad de parte del 98— como una vieja polémica que reaparece cíclicamente. ¿Qué hay detrás? En parte, algo que Azorín formuló como ley de la tribu: “Ley fatal es que los jóvenes combatan los viejos”. La frase no justifica nada, pero lo explica: el joven necesita derribar al maestro para tener sitio en la mesa.

Lo curioso es que el derribo, en España, suele hacerse con apodos antes que con argumentos. Otra ley para Valle: Galdós no pudo ni a él ni a Unamuno estrenarles sus obras cuando entró de Director del Teatro Español. ¡Eso escuece! pero lo que hoy su hubiera calificado de prevaricación (meto a mi amigo y le programo sus obras) ya Galdós lo defendió digamos con su honestidad. ¡No hay enchufes, he llegado aqui como director y este teatro ya tiene compromisos, no puedo hacer lo que me de la gana!. Y Punto.

Unamuno: del “amigo y admirador” al reproche de lo “a-trágico”

Si hay un caso que sirve para ver la complejidad del vínculo, es Unamuno.

En 1902, Unamuno le escribe a Galdós una carta de presentación en la que se despide con una fórmula que no deja lugar a dudas: “Ya sabe cuán de veras es su amigo y admirador”.

Pero luego viene la segunda vida de las opiniones: la que se escribe a destiempo, cuando el país ya ha cambiado y el escritor también. En Anales galdosianos se menciona una carta de Unamuno a Manuel Azaña (1920) donde declara que nunca fue entusiasta de Galdós, lo califica de “frialdad… enorme” y lo llama “un espíritu a-trágico”.

Esa palabra —a-trágico— es puro Unamuno: lo que él busca en la literatura no es solo retrato social, sino lucha interior, conflicto último, herida metafísica. Si Galdós es muchedumbre, Unamuno quiere persona; si Galdós es ciudad, Unamuno quiere abismo.

Y aquí está la clave del parentesco: no es que uno “anule” al otro; es que iluminan dos partes distintas de la misma casa.

Baroja, Maeztu y el vaivén: atacar al padre, volver a él

En el 98 también hay esa oscilación típica: se critica con saña, y después se reconoce. Revista de Libros recuerda, por ejemplo, ataques atribuidos a Baroja (desde reproches sobre escenarios y suburbios) y, a la vez, cita otro momento en el que el propio Baroja reconoce que, de pronto, la reserva de Galdós desaparece y “salta como un torrente”, asociando ese desbordamiento a Electra.

Y también recoge elogios tempranos de Maeztu llamando a agruparse alrededor de Galdós, y un primer Azorín entusiasta con Electra como símbolo de “España rediviva”.

Nada de esto es unánime, ni limpio. Es la literatura como la vida: una conversación llena de arrepentimientos tácitos.

Entonces, ¿cómo se relacionan, de verdad?

Yo lo diría así:

  • Galdós escribe la España que sucede. La pone a caminar en páginas largas, con barro en los zapatos y ruidos de calle. Es el realismo como archivo moral del día a día.
  • El 98 escribe la España que duele. No porque Galdós no duela —duele muchísimo—, sino porque el 98 coloca el dolor en primer plano: el país como pregunta, como destino, como examen de conciencia tras 1898.
  • Se discuten porque compiten por el derecho a explicar España. Y al mismo tiempo se necesitan: el 98 hereda de Galdós un país narrado (una “conciencia” literaria del territorio), y Galdós recibe del 98 un aire nuevo, una exigencia de mirada crítica que el propio Azorín detecta como influencia ideológica posible en el viejo maestro.
  • La pelea es el síntoma de que están hablando del mismo tema, solo que desde dos artes distintas: la novela-río y el ensayo-cuchillo.

Epílogo: leerlos hoy como se lee una conversación viva

Quizá el modo más justo de relacionarlos sea este: leer a Galdós para entender cómo funciona una sociedad por dentro, y leer al 98 para entender cómo se piensa a sí misma una nación cuando pierde sus coartadas. Uno te da el escenario con gente; el otro te pregunta por qué ese escenario nos importa.

Y en esa combinación —la muchedumbre galdosiana y la conciencia noventayochista— aparece algo que sigue siendo actual: la certeza de que un país no se define por lo que proclama, sino por lo que se atreve a mirarse.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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