
Observatorio Galdós-Negrín
Hay una manera de conquistar una ciudad que consiste en cambiarle los nombres. En las primeras páginas de Carlos VI en la Rápita, los españoles que ocupan Tetuán se entregan a esa tarea: la Kaisería pasa a llamarse calle del Rey; Trankats recibe el nombre de Cantabria. Juan Santiuste contempla con desconfianza aquel «furor bautismal». ¿Qué han ganado los habitantes con la sustitución? ¿Son mejores sus calles porque ahora lleven nombres españoles? Galdós convierte una operación aparentemente administrativa en una pregunta sobre los límites de la conquista: dominar un lugar no equivale a comprenderlo. (cervantesvirtual.com)
La escena permite entrar en las relaciones entre España y Marruecos por un camino distinto del acostumbrado. En lugar de empezar por el territorio que se gana o se pierde, propone atender al significado de las palabras con que lo nombramos. Santiuste sospecha que la ocupación está confundiendo la imposición de sus signos con la civilización. Su objeción alcanza, leída desde hoy, a cualquier relato que reduzca el encuentro entre dos sociedades a la intervención de una sobre la otra. La ciudad conquistada no empieza a existir cuando llegan quienes pretenden explicarla.
En Aita Tettauen, publicada en 1905 y situada en la guerra de 1859–1860, Jerónimo Ansúrez había formulado una observación todavía más incómoda: «el moro y el español son más hermanos de lo que parece». Lo significativo es que no habla un personaje ajeno al entusiasmo bélico. Reconoce el parentesco y, casi al mismo tiempo, celebra la campaña. En su discurso conviven la proximidad y el antagonismo, la experiencia personal y los lugares comunes religiosos. Galdós no resuelve la contradicción: la deja hablar. De ese modo, la novela muestra cuánto puede conocer una sociedad acerca de sus semejanzas con otra y cuánto puede olvidar cuando necesita convertirla en enemiga.
Ansúrez busca las pruebas de aquel parentesco en su propia casa. Recuerda a su segunda mujer, alpujarreña, los sahumerios y su habilidad para preparar alcuzcuz. La cocina comparece así como argumento frente a las grandes divisiones de la historia. No estamos ante una encuesta etnográfica, sino ante una elección literaria: para discutir la distancia entre españoles y marroquíes, Galdós hace que un personaje mire hacia su memoria doméstica. El supuesto extranjero ya había encontrado sitio en ella. La novela lleva más lejos ese desplazamiento cuando entrega la narración a El Nasiry. Su relato sitúa a los españoles al otro lado de la mirada: son ellos quienes avanzan sobre un territorio ajeno. También cambia la referencia temporal, pues la tercera parte comienza en Tetuán, en el mes de Rayab de 1276. La perspectiva marroquí, construida literariamente por Galdós, posee sus propios prejuicios, exageraciones y explicaciones de la guerra. No sustituye una verdad absoluta por otra; obliga al lector a advertir que el relato de los acontecimientos depende asimismo del lugar desde el que se cuentan. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Ese ejercicio tenía un antecedente fundamental en las Cartas marruecas de José Cadalso. Gazel observa España, conversa con Nuño y escribe a Ben-Beley. La sociedad española, acostumbrada a describir a otros pueblos, queda sometida al examen de un viajero marroquí imaginado. En la primera carta, Gazel rechaza la facilidad de recoger unas cuantas costumbres extrañas, adornarlas con comentarios satíricos y presentar el resultado como conocimiento de un país. La advertencia conserva su fuerza: una colección de rarezas puede entretener al lector sin enseñarle casi nada sobre quienes las practican.

Para comprender el Tetuán de Galdós hay que retroceder, además, mucho más allá de la campaña militar. La ciudad había sido reconstruida por refugiados andalusíes, y esa procedencia dejó huellas profundas en su arquitectura, sus artes y su organización urbana. La UNESCO reconoce en la medina una síntesis de culturas marroquíes y andalusíes. Por tanto, los españoles que llegaban en el siglo XIX no encontraban un espacio sin relación con la historia peninsular. Encontraban también las consecuencias de desplazamientos que habían llevado hacia el sur conocimientos, prácticas y memorias nacidos o desarrollados al norte del Estrecho. (UNESCO World Heritage Centre)
La palabra herencia adquiere aquí un sentido menos complaciente. Algunas formas de continuidad cultural proceden de una ruptura: alguien conserva en otro lugar aquello que ya no puede seguir viviendo en el suyo. La belleza de una ciudad no borra la violencia que pudo intervenir en su formación. Reconocer la huella andalusí de Tetuán debería servir para recordar a quienes la construyeron, no para apropiarse retrospectivamente de sus obras. Aquella memoria peninsular pasó a formar parte de una sociedad marroquí que la hizo suya y la transformó.
Tampoco la Edad Media admite el esquema de dos países actuales enfrentados desde siempre. Marrakech, fundada por los almorávides y convertida después en capital almohade, fue un centro de poder cuya influencia alcanzó territorios norteafricanos y andalusíes. La Kutubiya y el antiguo alminar de la Giralda pertenecen a ese horizonte histórico compartido. Su relación no es una vaga semejanza entre monumentos «orientales», sino el testimonio de formaciones políticas y tradiciones artísticas que atravesaron el Estrecho. Las fronteras de nuestros mapas no bastan para explicar la genealogía de nuestros edificios.
Algo semejante sucede con la lengua, aunque aquí resulta imprescindible distinguir procedencias. No toda palabra española de origen árabe procede de Marruecos. Acequia llega del árabe hispánico; chilaba, en cambio, tiene su antecedente inmediato en el árabe marroquí, según el Diccionario de la lengua española. La diferencia importa porque permite reconocer contactos de distinta naturaleza y época. La primera voz nos devuelve al pasado lingüístico de la península; la segunda documenta una incorporación específicamente vinculada a Marruecos. Reunirlas sin explicación bajo una misma etiqueta empobrecería precisamente la historia que pretendemos recuperar. (Diccionario español 300 años)
Tafilete conserva otra clase de memoria: la de una región del sudeste marroquí donde se preparaban los cueros que recibieron ese nombre. Un lugar se convirtió en una materia y entró con ella en el vocabulario español. La palabra permite seguir una relación cultural sin necesidad de acudir a batallas ni embajadas: basta con atender a un objeto, a su fabricación y a su denominación. A veces, la geografía que hemos olvidado permanece en aquello que nombramos con absoluta naturalidad.
El movimiento lingüístico también discurrió en dirección contraria. Rodolfo Gil Grimau insistió en que la presencia del español en Marruecos no podía explicarse exclusivamente por el periodo colonial. Señaló contactos anteriores vinculados al comercio, la pesca, la diplomacia y los desplazamientos de población. El Protectorado amplió y modificó esa presencia, pero no la creó desde la nada. Su estudio recuerda, además, que el español debe entenderse dentro de un espacio marroquí plurilingüe, no como una lengua que hubiera llegado a un territorio sin historia verbal propia.
La haquetía proporciona uno de los testimonios más densos de ese intercambio. Parte de los judíos expulsados de los reinos hispánicos en 1492 se estableció en Marruecos. En comunidades septentrionales, la continuidad de sus hablas hispánicas, el contacto con el árabe local y la presencia del hebreo dieron lugar a una variedad judeoespañola con personalidad propia. No fue un castellano medieval encerrado durante siglos en una urna: evolucionó y recibió también nuevas influencias del español moderno. Su historia reúne conservación y cambio, pertenencia y desplazamiento.
Los trabajos de José Benoliel, publicados por entregas en el Boletín de la Real Academia Española desde 1926, documentaron rasgos gramaticales, vocabulario, refranes y materiales de tradición oral. Su importancia no reside únicamente en rescatar voces poco conocidas. Permiten acercarse a una cultura transmitida mediante conversaciones, relatos y expresiones familiares: formas de memoria que difícilmente ocupan el centro de una historia diplomática, pero que resultan esenciales para comprender cómo una comunidad se reconoce y se cuenta a sí misma. (Jewish Languages)
Esa dimensión encuentra una extraordinaria expresión literaria en La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez, publicada en 1976. Tánger no es solamente el escenario de la novela: entra en la voz de su protagonista. Francisco Moscoso García ha estudiado las palabras y expresiones de la haquetía presentes en su habla, procedentes sobre todo del árabe marroquí, junto con elementos hebreos, castellanos antiguos, portugueses y andaluces occidentales. La ciudad se vuelve audible en esa convivencia lingüística. No hace falta describir todos sus edificios para que comparezca ante el lector. (biblioteca.lacasadesefarad.com)
Desde aquí se abre un camino de regreso a Galdós, esta vez sin salir de Madrid. En Misericordia, Almudena revela que su nombre es Mordejai y sitúa su nacimiento en la tierra de Sus. Cuenta su paso por Fez y Mequínez antes de continuar su trayectoria por otros lugares. Su presencia introduce una vida norteafricana en el interior de la pobreza madrileña. El vínculo con Benina permite leer esa relación desde una escala distinta: ya no se trata de la posición de dos Estados, sino de la posibilidad de acompañarse, ayudarse y escucharse entre personas expuestas al abandono. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Almudena también lleva consigo relatos que fascinan a quienes lo oyen. Su historia del rey Samdai interrumpe por un momento la estrechez material de la existencia y abre un espacio de imaginación compartida. La diferencia cultural no desaparece, pero tampoco impide que las oyentes encuentren consuelo en la narración. Marruecos deja de ser, en esa escena, una realidad situada únicamente fuera de España: participa en lo que unos personajes madrileños escuchan, desean e imaginan. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Sería insuficiente, sin embargo, reunir estas conexiones como si constituyeran una historia sin heridas. La guerra volvió a intervenir en la escritura española sobre Marruecos. En 1909, Carmen de Burgos inició allí su actividad como corresponsal y publicó En la guerra. Episodios de Melilla. Incorporarla a este recorrido permite recordar que la relación también se escribió desde la actualidad periodística y desde experiencias distintas de las voces masculinas que suelen dominar el relato militar. La literatura y la prensa no ofrecen una imagen única del vecino; conservan maneras diferentes de acercarse a él y de representar el conflicto. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Más adelante, Juan Goytisolo convirtió su relación con el mundo árabe y el Magreb en parte de una revisión crítica de la cultura española. En Reivindicación del conde don Julián y Juan sin tierra, la cuestión alcanza a las formas de imaginar la identidad y a la propia escritura. Esta última novela termina con una página en árabe. El desplazamiento afecta ya al idioma del libro: la otra orilla interviene en la discusión sobre qué puede ser una obra española y qué tradiciones tiene derecho a reconocer como propias. (Instituto Cervantes)
Pero el recorrido permanecería incompleto si Marruecos apareciera siempre como asunto de escritores españoles. Mohamed Sibari, Mohamed Bouissef Rekab, Mohamed Lahchiri o Abderrahman El Fathi han escrito literatura marroquí en español. Al reflexionar sobre esa elección, Bouissef Rekab rechazaba que expresarse en castellano implicara adulterar la identidad del autor. Su posición obliga a modificar la pregunta: no basta con averiguar qué ha dejado España en Marruecos; hay que leer lo que escritores marroquíes han hecho con una lengua que también utilizan para narrar su experiencia. (Centro Virtual Cervantes)
Esa literatura no debería contemplarse como una confirmación complaciente de la influencia española. Tiene derecho a sus asuntos, sus conflictos y sus lectores, sin quedar reducida a un certificado de proximidad. Una lengua compartida no garantiza que quienes la emplean cuenten la misma historia. Precisamente por eso resulta valiosa: permite escuchar diferencias que una idea demasiado cómoda de la fraternidad preferiría pasar por alto.
Volvemos entonces a los rótulos de Tetuán. La pregunta de Santiuste conserva su capacidad de interpelación porque distingue entre marcar un territorio y conocer a quienes lo habitan. (cervantesvirtual.com) Para leer la historia cultural de España y Marruecos hace falta esa segunda disposición: atender a las palabras sin confundir sus orígenes, reconocer las continuidades sin borrar las expulsiones y acercarse a los textos sin exigirles que justifiquen nuestras certezas.
Galdós ofrece un punto de partida especialmente fértil porque sus personajes no caben del todo en las divisiones que invocan. El parentesco no los libra del prejuicio; la diferencia no les impide la solidaridad. Ahí reside la fuerza de esta lectura: reconocerse en el otro no obliga a dejar de ser quien se es. Obliga, más bien, a contar con mayor verdad cómo se ha llegado a serlo. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

























