El español en el paisaje lingüístico marroquí

Rosa Amor del Olmo

En una farmacia de Tetuán, dos rótulos permitían leer una pequeña historia del país. El antiguo «Farmacia Central» seguía visible, acompañado de escritura árabe; por encima se había colocado otro con la denominación francesa. La fotografía pertenece a un trabajo de campo realizado en febrero de 2017 y publicado por Célia-Nina Chabot, Ilhame Houi y Alejandro Pardos en 2021. Los investigadores encontraron también negocios que elegían nombres españoles por razones comerciales: no todo era una inscripción heredada del Protectorado. La lengua podía permanecer como recuerdo, pero también ser escogida para vender en el presente.

La escena sugiere una precaución: ver una lengua no equivale a saber cuántas personas la hablan. Un nombre comercial puede expresar tradición familiar, una estrategia publicitaria o una identidad local sin que todos sus clientes comprendan el idioma. A la inversa, una lengua puede circular en las conversaciones sin ocupar los rótulos. El español en Marruecos debe estudiarse en ambos planos: su visibilidad pública y su presencia, mucho menos inmediatamente mensurable, en las trayectorias de quienes lo utilizan.

Una lengua entre otras, no por encima de ellas

El punto de partida jurídico es inequívoco. El artículo 5 de la Constitución marroquí de 2011 reconoce como oficiales el árabe y el amazigh. Ni el francés ni el español poseen ese estatuto. El mismo artículo contempla la preservación del hassanía y de las expresiones culturales del país, además del aprendizaje de lenguas extranjeras. Conviene separar, por tanto, reconocimiento legal, funciones sociales y conocimiento efectivo: son dimensiones relacionadas, pero no intercambiables. Una lengua puede tener una gran importancia económica sin ser oficial; otra puede ser oficial sin estar igualmente implantada en todos los ámbitos.

También hay que distinguir el árabe estándar de las variedades vernáculas. La dariya, o árabe marroquí, no es simplemente una pronunciación descuidada de la lengua escrita, y las variedades amazighes tampoco constituyen un apéndice del árabe. La investigación de Montserrat Benítez Fernández sobre la política lingüística marroquí muestra precisamente la tensión entre las lenguas de la vida cotidiana y las privilegiadas por la escuela y las instituciones. Desde comienzos del siglo XXI, el reconocimiento del amazigh y la ampliación de funciones públicas de las variedades vernáculas han modificado aquel escenario, sin eliminar sus desigualdades.

Situar aquí el español impide imaginar una comunidad nacional uniformemente hispanohablante o, en el extremo opuesto, una lengua exclusivamente extranjera y aprendida en academias. Para estudiarlo resulta más útil preguntar dónde se usa, con quién, en qué actividades y con qué destrezas. Entender una conversación familiar, atender a un cliente y redactar un ensayo universitario no son versiones equivalentes de una misma competencia. Tampoco tienen necesariamente la misma historia de aprendizaje.

Antes y después del Protectorado

La presencia española no comenzó en 1912. Rodolfo Gil Grimau recordó la importancia de relaciones comerciales, pesqueras y diplomáticas anteriores, junto con desplazamientos de población y otros contactos mediterráneos. Ahora bien, no conviene hacer retroceder el español moderno hasta cualquier encuentro medieval entre cristianos y musulmanes: hubo distintas lenguas romances, diferentes grupos humanos y relaciones discontinuas. Lo que puede afirmarse es que el Protectorado se estableció sobre un espacio que ya conocía contactos lingüísticos con la península, no sobre un territorio verbalmente aislado.

Francisco Moscoso García lo demostró mediante documentos concretos. Su estudio de 2011 examina préstamos españoles recogidos en materiales del siglo XIX y de los primeros años del XX. Entre ellos figuran los refranes reunidos por Patricio de la Torre durante su estancia en Marruecos entre 1798 y 1803 y el manual que Juan Albino redactó a partir de su experiencia en el Peñón de Vélez de la Gomera en 1851. La documentación permite, así, estudiar contactos anteriores a la administración colonial. Pero Moscoso excluye una guía presentada como marroquí porque reproduce materiales argelinos: una advertencia especialmente útil contra la tentación de dar por bueno cualquier vocabulario antiguo cuyo título mencione Marruecos. El Protectorado español en el norte, entre 1912 y 1956, alteró la escala y las condiciones del contacto. La administración, el ejército, la escuela y la convivencia con residentes españoles multiplicaron las ocasiones de oír y utilizar el idioma. No fue, sin embargo, una difusión políticamente neutral: el español estaba vinculado a las instituciones del poder colonial. Reconocer esa relación no obliga a reducir a ella todos los usos posteriores; permite distinguir el contexto de implantación de una lengua de las apropiaciones que hacen después sus hablantes.

Tras la independencia, la reorganización educativa y la arabización transformaron el reparto institucional de las lenguas. Benítez Fernández muestra que el proceso no fue una sustitución instantánea ni homogénea: el francés conservó funciones importantes, especialmente en sectores de la enseñanza superior. La historia posterior del español debe leerse dentro de esa reconstrucción estatal y de esas asimetrías, no como un simple deterioro de una supuesta normalidad hispánica anterior.

La haquetía: una historia propia dentro de esta historia

La haquetía exige un lugar específico. Es una variedad judeoespañola vinculada históricamente a comunidades del norte de Marruecos, formada sobre una base hispánica en contacto con el árabe local y el hebreo. Yaakov Bentolila sitúa su trayectoria dentro de los desplazamientos judíos desde la península y de la vida posterior de esas comunidades. No todas las poblaciones judías marroquíes siguieron la misma evolución lingüística: sería incorrecto extender la haquetía a todo el judaísmo del país o confundirla con cualquier forma marroquí de hablar español.

Tampoco fue un castellano medieval conservado intacto. Bentolila explica que el contacto con el español moderno, intensificado desde la ocupación de Tetuán en 1860 y durante el Protectorado, favoreció su desplazamiento hacia ámbitos domésticos. Esa presión llegó acompañada de juicios que la consideraban un español defectuoso; posteriormente, su recuperación cultural permitió valorarla como una variedad con identidad propia. Los estudios de José Benoliel, publicados desde 1926, resultan fundamentales para documentarla. Su historia muestra que la difusión del español estándar podía reforzar una conexión cultural y, al mismo tiempo, debilitar otra forma de herencia hispánica.

Cuando las palabras pasan a ser marroquíes

La influencia más perceptible del español aparece a menudo dentro de otras lenguas. Claudia Cotaina Roselló estudió en su tesis doctoral el léxico del árabe de Tánger mediante entrevistas a 120 personas, realizadas entre 2014 y 2016, y un conjunto de 200 préstamos distribuidos en diez ámbitos. Entre los ejemplos documentados figuran būkādiyyo, de «bocadillo»; kāma, de «cama»; trīnādor, de «entrenador»; sāstri, de «sastre»; y bāskūla, de «báscula». Estas son transcripciones de la fuente, no una propuesta de ortografía única para la dariya. El trabajo analiza precisamente si su empleo varía según la edad, el género y el nivel de estudios: los ejemplos no deben convertirse en afirmaciones sobre lo que dice cualquier marroquí.

La cuestión decisiva no es solo de dónde procede una palabra, sino a qué sistema pertenece cuando se utiliza. Un préstamo integrado en la dariya puede transmitirse sin que sus hablantes conozcan español. Su genealogía es hispánica; su funcionamiento presente puede ser plenamente marroquí. Confundir ambos planos llevaría a contar como hispanohablantes a personas que emplean vocablos heredados de un contacto antiguo, pero que no pueden mantener una conversación en la lengua de origen.

Bárbara Herrero Muñoz-Cobo estudió estas adaptaciones fonológicas y morfológicas: las voces incorporadas no tienen por qué conservar los sonidos, la acentuación o la estructura de la palabra española. Su investigación distingue asimismo los hispanismos de otros préstamos y de términos internacionales difundidos por mediación del francés. La semejanza gráfica, por sí sola, no resuelve una etimología. Identificar el origen de una voz requiere atender a su documentación, a sus transformaciones y a las posibles lenguas intermediarias. El contacto produce reorganización lingüística, no simplemente un almacén de palabras extranjeras intactas.

El panorama quedaría incompleto si se limitara al árabe. Azeddine Ettahri documenta préstamos del español en el rifeño, una variedad amazigh, repartidos entre la indumentaria, los transportes, la mecánica, la vivienda y las profesiones. Entre sus ejemplos aparecen qamisita, de «camiseta»; farda, de «falda»; bulanti, de «volante»; y qamariru, de «camarero». Su estudio atiende también al contacto con Melilla. La precisión es importante: el rifeño no es una variedad árabe, y sus procedimientos de integración deben describirse dentro de su propio sistema. Hablar únicamente de una mezcla entre español y árabe borraría una parte esencial de la realidad lingüística septentrional.

La profesión introduce otra diferencia. Mariama El Harrak estudió los préstamos españoles en las comunidades pesqueras de Tánger, Arcila y Larache, atendiendo a variables como edad, procedencia, experiencia laboral y vías de aprendizaje. Su investigación vincula la conservación del vocabulario con las condiciones sociales y económicas de la actividad, además de con la incorporación de denominaciones técnicas. El puerto aparece así como un espacio de transmisión que no necesita reproducir el modelo del aula: las palabras se aprenden mientras se trabaja y se comparten conocimientos profesionales. Esta perspectiva evita explicar todos los hispanismos exclusivamente por la edad de los hablantes o por una memoria familiar del Protectorado. (semas.uaq.mx)

De aquí se desprende una distinción metodológica indispensable. Un préstamo relativamente asentado no es lo mismo que alternar entre español y otra lengua durante una conversación. Y ninguna de esas dos prácticas equivale por sí sola a dominar todos los registros del español. Para investigar la alternancia de códigos hacen falta conversaciones y contextos de interacción; para estudiar un préstamo, su difusión e integración. Las listas de curiosidades léxicas pueden ser un comienzo, pero no sustituyen ese análisis.

Lo que se aprende en casa y lo que se aprende en el aula

Los estudios sobre español de herencia permiten observar trayectorias que una clasificación rígida entre hablantes nativos y estudiantes extranjeros deja mal descritas. María de los Ángeles García Collado analizó en el Instituto Cervantes de Tetuán, entre 2020 y 2024, pruebas de nivel, entrevistas y cuestionarios. Encontró estudiantes capaces de comprender y conversar con relativa soltura, aunque su escritura fuera mucho más limitada. Las biografías recogidas incluían relaciones familiares, experiencias de residencia, televisión y otros aprendizajes informales. No se trataba de personas sin conocimientos previos, aun cuando nunca hubieran estudiado español de forma reglada.

El estudio corresponde a alumnado que acudía a una institución concreta, no a una muestra representativa de toda la población del norte. Precisamente por eso conviene conservar su alcance: identifica perfiles y necesidades educativas, no proporciona un porcentaje nacional de hablantes de herencia. Su consecuencia pedagógica es importante: quienes han adquirido recursos orales en casa necesitan una enseñanza que reconozca ese punto de partida y desarrolle la lectura, la escritura y los registros académicos, en lugar de tratarlos automáticamente como principiantes absolutos. También deben distinguirse los medios de exposición y sus efectos. Herrero Muñoz-Cobo señaló el papel de la radio y la televisión españolas en décadas posteriores a la independencia y el cambio que introdujeron después los canales árabes por satélite. Incluso el seguimiento del fútbol español podía hacerse en árabe. La observación impide un atajo frecuente: consumir un producto cultural procedente de España no equivale necesariamente a consumirlo en español. Para valorar su efecto lingüístico hay que saber en qué lengua se escucha y qué interacción permite. (OJS UAL)

La investigación de Lotfi Sayahi publicada en 2025 ofrece, además, un contrapunto a los relatos de expansión continua. A partir de entrevistas realizadas en Tetuán, Tánger, Alhucemas y Nador, describe el paso de una presencia más ligada a hablantes nativos a otra sostenida por personas que aprendieron mediante contactos con Ceuta y Melilla y con medios españoles. Su diagnóstico para el siglo XXI señala una posición desventajosa frente al francés y al inglés y una menor fluidez, especialmente entre nuevas generaciones. Es un resultado que debe tomarse en serio sin transformarlo en una descripción uniforme de todo Marruecos. (Scholars Archive)

Los dos trabajos no tienen por qué contradecirse. Que un centro encuentre alumnos con experiencias familiares de español no demuestra que la fluidez aumente en el conjunto de una región. Del mismo modo, un retroceso generacional no elimina la existencia de comunidades, familias o itinerarios educativos donde el idioma conserva vitalidad. La conclusión razonable es exigir estudios comparables antes de resumir procesos diferentes mediante una sola palabra: expansión, decadencia o desaparición.

Qué dicen las cifras y qué no pueden decir

Los resultados del censo de 2024 publicados por el Haut-Commissariat au Plan requieren una lectura especialmente cuidadosa. En la categoría de lenguas leídas y escritas por la población alfabetizada de diez años o más, el español alcanza el 1,2 %, frente al 57,7 % del francés y al 20,5 % del inglés. El dato español es del 1,6 % en el medio urbano y del 0,3 % en el rural. No son porcentajes de toda la población ni mediciones de la capacidad oral. Tampoco constituyen categorías excluyentes: una misma persona puede declarar lectura y escritura en varias lenguas. (HCP Marruecos)

Por tanto, no es correcto convertir aquel 1,2 % en la proporción de marroquíes que hablan español, ni multiplicarlo por la población total para obtener su número. El censo informa sobre una dimensión concreta de alfabetización. No permite, por sí solo, contar a quienes entienden español aprendido oralmente, medir su fluidez o determinar la frecuencia con que lo usan. Una cifra rigurosa necesita conservar la pregunta que la produjo y el conjunto de personas sobre el que se calculó. (HCP Marruecos)

La enseñanza universitaria ofrece otra clase de datos. El informe de Francisco Moreno Fernández y Mariama El-Harrak, publicado por el Instituto Cervantes en 2025, recoge para el curso 2024-2025 un mínimo de 9.722 estudiantes de español como lengua extranjera dentro de distintos programas y 2.389 de estudios hispánicos. La distinción resulta más informativa que la suma: unos cursan español como herramienta dentro de otras titulaciones; otros se especializan en su lengua, literatura o ámbitos relacionados. El recuento no es exhaustivo y no equivale, evidentemente, a una cifra de hablantes con un nivel homogéneo. (Observatorio Global del Español)

Esa misma recopilación documenta enseñanza universitaria en centros del norte, pero también en Casablanca, Rabat, Fez, Marrakech, Agadir y Kenitra. El mapa académico, por tanto, no se superpone sin más al de la antigua zona española. Esta diferencia ayuda a entender por qué pueden coexistir una transmisión oral debilitada en determinados entornos y una oferta de aprendizaje institucional en otros. Para afirmar un crecimiento neto harían falta series con las mismas categorías y cobertura, no la comparación indiscriminada de matrículas y estimaciones de hablantes. (Observatorio Global del Español)

La red del Instituto Cervantes cuenta con centros en Casablanca, Rabat, Tánger, Tetuán, Fez y Marrakech. Esa implantación contribuye a la enseñanza y la actividad cultural, pero no agota los espacios donde se sostiene el idioma. Una historia centrada únicamente en instituciones españolas dejaría en segundo plano la labor de universidades, docentes y escritores marroquíes. El alcance institucional del español debe estudiarse junto con sus condiciones de acceso, no únicamente mediante el número de sedes. (Instituto Cervantes)

Un estudio de María Dolores Dapía Conde y Fátima Braña-Rey, publicado en 2021, permite introducir esa dimensión social. Las investigadoras encuestaron a 267 estudiantes de bachillerato y entrevistaron a cuatro docentes de centros de titularidad española en Marruecos. En la muestra predominaba alumnado marroquí de clase media o media-alta. Las oportunidades académicas y sociolaborales ocupaban un lugar importante en la valoración de esas enseñanzas. El trabajo también recogía reservas sobre la integración efectiva de los elementos culturales españoles y marroquíes. Sus resultados invitan a distinguir entre compartir un espacio educativo y construir una relación verdaderamente intercultural.

De este conjunto de evidencias puede extraerse una pregunta menos cómoda que la de cuántas personas estudian español: quién puede hacerlo, en qué condiciones y con qué continuidad. Una oferta cultural prestigiosa y una enseñanza accesible no son necesariamente lo mismo. Tampoco debe suponerse que los motivos del alumnado coincidan siempre con los objetivos de proyección internacional de las instituciones que organizan los cursos. El idioma puede ser, para quien lo aprende, una herramienta de trabajo, una relación familiar, una elección literaria o varias cosas a la vez.

Una lengua desde la que Marruecos también se cuenta

La creación literaria modifica de manera decisiva la perspectiva. Mohamed Bouissef Rekab describió en el Anuario del Instituto Cervantes de 2005 un espacio de escritura marroquí en español que incluía a Mohamed Sibari, Mohamed Lahchiri, Abderrahman El Fathi y Sara Alaui, entre otros autores. También documentó su organización asociativa y la relación de esa escritura con la prensa y la universidad. No estamos, por tanto, únicamente ante lectores marroquíes de literatura española, sino ante personas que producen sus propios relatos, poemas y debates en esa lengua.

Considerar esas obras un mero testimonio de influencia española sería reducir su alcance. El origen histórico de un idioma no determina todas las identidades de quienes lo emplean ni convierte sus libros en prolongaciones de una cultura nacional ajena. Una literatura marroquí en español puede hablar de Marruecos, de España o de cualquier otra realidad sin tener que justificar permanentemente su elección lingüística. El lugar de sus autores no debería ser el de invitados a una lengua sobre la que otros reclaman exclusividad.

El español en Marruecos no se comprende, en definitiva, como una herencia inmóvil ni como una conquista cultural pendiente. Su estudio exige mantener juntas realidades que las explicaciones rápidas separan: memoria y aprendizaje, escritura y oralidad, cercanía y desigualdad. Importa documentar lo que permanece, pero también reconocer lo que cambia, lo que se pierde y lo que los hablantes hacen suyo por caminos nuevos. La pregunta más fecunda no es cuánto español conserva Marruecos de España, sino qué lugares ocupa hoy esa lengua en las vidas marroquíes. Ahí deja de ser solamente una huella del pasado y empieza a ser una práctica social con historia propia.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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