
Observatorio Negrín-Galdós
La relación entre Benito Pérez Galdós y Teodosia Gandarias no fue únicamente el episodio sentimental que cerró la vida del novelista. En los años de la ceguera, la enfermedad y el desgaste físico, ella fue también su lectora, su consejera, su amanuense ocasional y una presencia decisiva en el taller de sus últimas obras. Sin embargo, la pérdida de las cartas de Teodosia nos obliga a reconstruirla desde una ausencia: conocemos cuanto Galdós le dijo, pero casi nada de lo que ella respondió.
En el verano de 1912 Benito Pérez Galdós escribió a Teodosia Gandarias casi todos los días. Desde el 22 de julio hasta mediados de septiembre le envió alrededor de cincuenta y cinco cartas. El dato tiene algo de revelación. El hombre que había protegido su intimidad con una reserva casi obstinada, el novelista capaz de contar la vida de un país sin contar apenas la suya, se convertía ante aquella mujer en corresponsal minucioso. Le hablaba del tiempo, de sus ojos, del trabajo, de las visitas, de los proyectos teatrales y de las pequeñas incidencias domésticas de San Quintín. La correspondencia no era un ornamento del amor: era la forma diaria de mantenerlo vivo durante la separación estival.
La expresión «el último gran amor de Galdós», popularizada por Sebastián de la Nuez al editar las cartas, no es sólo una fórmula atractiva. Designa una relación prolongada que comenzó hacia finales de 1906 y continuó, con intensidades distintas, hasta la muerte de ambos. Pero la documentación plantea desde el principio una dificultad. Se conservan dos centenares y medio de cartas, casi todas escritas por Galdós: 239 en el corpus estudiado por Phoebe Porter y cerca de 260 en la edición reunida por De la Nuez. Las respuestas de Teodosia han desaparecido. Tal vez las destruyó el escritor, quizá las retiró algún familiar o quedaron perdidas en una transmisión privada que no podemos reconstruir. De este modo, Teodosia llega hasta nosotros como una presencia rodeada por las palabras de otro. La vemos en el tono de las contestaciones, en las preguntas que Galdós responde y en los elogios que dedica a unas cartas que ya no podemos leer.
También su biografía exige cautela. Teodosia Gandarias Landete había nacido en Guernica, probablemente en 1863, aunque alguna declaración posterior ofreció una fecha diez años más tardía. La primera parece la más verosímil y la convierte en una mujer unos veinte años más joven que Galdós. Era viuda de Ramón Periel y Lavedán, no tenía hijos y recibía una modesta pensión de viudedad. Vivía desde comienzos del siglo XX en el paseo de Santa Engracia, número 53 —hoy 51—, en un pequeño piso del barrio de Chamberí. Allí transcurrió buena parte de la relación. La documentación conservada por la Casa-Museo Pérez Galdós registra también su vida entre 1863 —con interrogación prudente— y 1919.
Se la ha presentado con frecuencia como maestra titulada, pero el dato no está probado. Las pesquisas realizadas en los archivos del Magisterio no localizaron su nombre, y en el padrón municipal declaró como ocupación «sus labores». Sí está bien documentada su vocación pedagógica: impartía clases privadas al hijo de la portera y a otros jóvenes de su entorno, ideaba métodos propios y despertó en Galdós una admiración casi ilimitada por sus cualidades educativas. La precisión no rebaja su figura; la vuelve más exacta. No consta que Teodosia ejerciera como maestra titulada, pero sí que convirtió el espacio doméstico en una pequeña escuela y la enseñanza en una forma de intervención moral.
Cuando apareció en la vida del escritor, Galdós tenía sesenta y tres años y llegaba de una larga y compleja historia sentimental. Había vivido la pasión intelectual y erótica de Emilia Pardo Bazán, la relación con Lorenza Cobián —madre de su hija María— y el vínculo tormentoso con la actriz Concha Morell. En 1906 habían muerto Lorenza y la propia Morell. Teodosia no fue, por tanto, una aventura añadida sin más a la lista de amores galdosianos. Representó un cambio de clima: frente a la turbulencia, la continuidad; frente al conflicto, una intimidad de hábitos, lecturas y trabajo compartido.

Una de las primeras cartas conocidas, fechada el 20 de diciembre de 1906, permite entrar en esa intimidad sin necesidad de grandes declaraciones. Llueve, hiela y la familia no deja salir a Galdós; él promete acudir al día siguiente y anuncia que verán juntos el gramófono. La escena tiene una sencillez extraordinaria. No aparecen todavía el gran escritor ni la musa, sino dos personas que han construido una rutina: una visita aplazada, una máquina de música, alguien que espera. En Madrid, Galdós acudía con frecuencia al piso de Santa Engracia; en verano, cuando se trasladaba a Santander, las cartas sustituían a las tardes compartidas.
El pequeño piso chamberilero fue amor, refugio y gabinete de trabajo. Las cartas hablan de muebles, de una estufa eléctrica, de libros, animales, flores y de la conveniencia de organizar una habitación donde pudieran leer y componer juntos. Hablan también de la portera, Carmen Vallecruz, vigilante involuntaria de entradas y salidas, fuente de chismes y motivo de ansiedad para Teodosia. Galdós, que podía moverse por Madrid con la autoridad de una gloria nacional, le recomendaba no someterse al juicio de la vecindad. La diferencia entre ambos resulta evidente: el escritor gozaba de una libertad masculina y social que la viuda de Chamberí no poseía. El secreto protegía a los dos, pero pesaba sobre ella de manera más intensa.
Las cartas descartan la idea de un idilio puramente platónico. En julio de 1907 Teodosia comunicó a Galdós la posibilidad de un embarazo. Él recibió la noticia con una mezcla de entusiasmo y prudencia. Pocos días después la esperanza se desvaneció. No existe documentación que confirme el nacimiento de un hijo ni su muerte prematura, como alguna vez se afirmó. El episodio demuestra, sin embargo, el grado de intimidad de la relación y revela a un Galdós que, ya cerca de la vejez, imagina por un instante una paternidad tardía. Los censos examinados posteriormente tampoco registran la presencia de un niño en la vivienda de Teodosia.
El lenguaje amoroso del novelista resulta a veces sorprendente por su intensidad. La representa como su alter ego, su musa, su oráculo, su maestra y colaboradora. En agosto de 1908 le escribe: «Alma mía, todo mi ser es tuyo»; en otra carta define su sentimiento como una «pasión sosegada y segura». La fórmula es quizá la más exacta. No estamos ante el arrebato de una relación juvenil, sino ante un amor maduro que busca asiento, continuidad y compañía. En 1912 Galdós llamará a Teodosia «apoyo hermosísimo de mis años cansados». La vejez no aparece así como renuncia al deseo, sino como necesidad más consciente de la presencia del otro.
Reducir a Teodosia a la condición de amante sería, sin embargo, repetir otra forma de olvido. Galdós la convirtió en primera lectora de sus textos y atribuyó verdadero valor a sus juicios. Ella señalaba repeticiones, escuchaba escenas, corregía pruebas, escribía al dictado y ayudaba a resolver cartas de compromiso que al escritor le resultaban tediosas. Cuando él teme que Pedro Minio sea reiterativo, confía en que el criterio literario de Teodosia suprima cuanto resulte pesado. Al escribir El caballero encantado, vuelve a pedirle opinión cada vez que duda de la mezcla de realidad y fantasía. No la trata como destinataria complaciente, sino como conciencia crítica.
El epistolario permite seguir la gestación de una parte considerable de la obra tardía: Los bandidos, Pedro Minio, Casandra, Celia en los infiernos, Alceste y Sor Simona; la novela El caballero encantado; y los episodios Amadeo I, De Cartago a Sagunto y Cánovas. En ocasiones, Galdós proyecta escribir comedias junto a ella: él llevaría el argumento y ambos bordarían el diálogo. No sabemos hasta dónde llegó esa colaboración ni sería riguroso convertirla en coautora sin pruebas materiales. Sí puede afirmarse que Teodosia participó en el taller cotidiano de aquellas obras mediante la conversación, la lectura, el dictado y la corrección.
Su intervención fue especialmente valiosa como fuente de experiencia. Para Amadeo I, Galdós le pidió detalles sobre la vida vasca, las comidas, el habla y las costumbres de Durango. En otras cartas elogia los cuadros de costumbres que ella insertaba en sus misivas y asegura que podría incorporarlos a cualquiera de sus novelas. También la orientaba en sus lecturas: le prestó a Homero, Rousseau, Manzoni, Macaulay, Ovidio, Maquiavelo y otros autores. Pero esa relación pedagógica no era unilateral. Él se presentaba como maestro y, al mismo tiempo, la invocaba como guía. Llegó a decir que entre el pensamiento de ambos no había más distancia que el grosor de un cabello.
No sorprende que la crítica haya buscado huellas de Teodosia en las últimas ficciones galdosianas. La identificación más sólida se encuentra en Cintia-Pascuala, la maestra de El caballero encantado, mujer madura, grave, inteligente y consagrada a la educación de los niños. También se han relacionado con ella la Tía Clío de Amadeo I y varias figuras femeninas pedagógicas de La Primera República y La razón de la sinrazón. Conviene no convertir cada personaje en una transcripción biográfica. Galdós transformaba cuanto vivía; no copiaba personas, sino que descomponía rasgos, gestos e ideas para construir criaturas autónomas. Aun así, la presencia de una educadora capaz de asociar amor, trabajo y regeneración social responde con claridad al mundo intelectual compartido con Teodosia.
La educación ocupó un lugar central en ese mundo. Galdós comparaba las aptitudes de Teodosia con las de Francisco Giner de los Ríos y veía en sus métodos una promesa de transformación. Exageraba, sin duda, como exagera quien ama, pero la insistencia es significativa. En sus ficciones finales, la regeneración de España ya no depende sólo de discursos políticos: pasa por la escuela, por los niños y por mujeres que enseñan. La amante se convierte así en interlocutora de una esperanza nacional. La intimidad y la política no discurren por caminos separados; la pequeña clase impartida en una portería de Chamberí entra, transformada, en el imaginario de un país futuro.
Teodosia fue también la destinataria de los años más difíciles. En las cartas Galdós le cuenta el avance de las cataratas, la irritación de los ojos, los tratamientos y el temor creciente a la oscuridad. Después de la operación de 1911 escribe con letras enormes; en 1912 se aferra a cualquier mejoría y en 1913 su visión está ya casi extinguida. El paisaje de Santander empieza a llegarle más por el oído que por la mirada: escucha el mar, las tormentas y las golondrinas que alimentan a sus crías. A Teodosia le confía el miedo, pero también el esfuerzo por seguir trabajando. En aquellos años dicta páginas, corrige pruebas y se obliga a terminar los últimos Episodios. Sus cartas muestran a un hombre debilitado que todavía encuentra en el trabajo una forma de vida y en la correspondencia una manera de no quedar solo.
Ese apoyo no debe idealizarse hasta borrar las desigualdades. Galdós ayudó económicamente a Teodosia y a su hermano Timoteo, intervino para conseguir empleos y asumió gastos de la vivienda. Ella dependía de una pensión modesta y vivía sometida a la mirada del vecindario. A la vez, el novelista dependía afectivamente de sus cartas, de sus cuidados y de su criterio. La dominación no fue simple ni circuló en una sola dirección. Había protección económica, diferencia de fama y libertad, pero también una necesidad emocional que el escritor expresa sin disimulo. Era un vínculo íntimo, real y profundamente asimétrico, como tantas relaciones posibles en la sociedad de su tiempo.
El hecho decisivo sigue siendo la ausencia de la voz de Teodosia. Sabemos que escribía con frecuencia, que observaba con precisión, que discutía las obras y que no siempre aceptaba las opiniones de Galdós. Pero todo eso lo sabemos porque él lo cuenta. La mujer histórica corre el riesgo de quedar atrapada en la imagen que su amante construyó de ella: diosa, maestra, Penélope, musa, cuidadora. Recuperarla exige resistirse a esa idealización y aceptar los límites del archivo. No podemos escribir sus pensamientos en su nombre ni presentar como confesión suya lo que sólo aparece reflejado en una respuesta masculina.
La correspondencia fechada disminuye después de 1913 y las últimas cartas sin año permiten prolongarla hasta 1915. El silencio posterior no parece significar ruptura. Cuando la ceguera y la enfermedad limitaron los movimientos de Galdós, Teodosia pasó a visitarlo en su casa. En marzo de 1919 el escritor la incluyó en su testamento mediante una pensión vitalicia de 250 pesetas mensuales. El legado confirma que no se trataba de un recuerdo remoto, sino de una persona incorporada hasta el final a sus obligaciones y afectos.
Teodosia Gandarias murió en Madrid el 31 de diciembre de 1919. Cuatro días después, el 4 de enero de 1920, murió Galdós. La cercanía de las fechas ha dado al final de la historia una forma casi novelesca, pero no necesita añadidos sentimentales. No sabemos si el escritor, ya gravemente enfermo, comprendió que ella había muerto. La pensión testamentaria nunca pudo hacerse efectiva. Quedaron las cartas, guardadas contra el deseo expreso de secreto de los amantes, y quedó una ausencia: las hojas escritas por Teodosia que nadie ha localizado.
Llamarla «el último amor de Galdós» es justo, siempre que la fórmula no se convierta en una reducción. Fue la mujer amada durante la última etapa de su vida, pero también la lectora ante la que el escritor se permitió dudar, la colaboradora que escuchó sus escenas, la consejera a la que pidió noticias y palabras, y la presencia que acompañó el tránsito hacia la ceguera. En la historia pública de Galdós, Teodosia ocupa todavía un lugar menor; en el archivo privado de sus últimos años, está en todas partes.
Quizá ésa sea la verdadera importancia del epistolario. No nos ofrece sólo un secreto sentimental, sino el reverso humano de la creación. Muestra que las últimas obras de Galdós no nacieron únicamente en el aislamiento de un genio anciano, sino dentro de una conversación sostenida con una mujer cuya escritura se ha perdido. Él convirtió a España en materia novelable; Teodosia ayudó a que siguiera escribiéndola cuando la luz empezaba a faltarle. Recuperar su nombre no es invadir la intimidad del escritor. Es devolver al taller galdosiano una de las presencias que la historia dejó fuera de cuadro.
Bibliografía básica
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Madariaga de la Campa, Benito, Pérez Galdós. Biografía santanderina, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1979.
Ortiz Armengol, Pedro, «Unos comentarios al reciente epistolario Galdós-Teodosia Gandarias, con noticias inéditas de ésta», Anales Galdosianos, XXVII-XXVIII, 1992-1993.
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