La frontera de un cañonazo. Melilla, Sidi Guariach y la primera guerra del Rif (1893-1894)

Serie «Marruecos y España: una historia entre dos orillas» (I)

Observatorio Galdós-Negrín, dirigido por Rosa Amor del Olmo

Antes de Annual hubo Sidi Guariach.

Antes de Abd el-Krim, antes del Protectorado, antes del Barranco del Lobo y de las grandes derrotas que convertirían Marruecos en una obsesión española, una pequeña obra de fortificación levantada junto a un cementerio musulmán desencadenó una guerra.

O, mejor dicho, hizo visible una guerra que ya existía bajo otra forma.

Era una guerra de mapas, tratados y territorios. Una guerra entre la legalidad internacional reconocida por los Estados y la legitimidad concreta de las poblaciones que habitaban la frontera. Una guerra entre el sultán de Marruecos, que debía responder ante las potencias europeas, y unas comunidades rifeñas que no aceptaban que los acuerdos firmados lejos de ellas decidieran sobre sus tierras. Y era también una guerra interior española: una batalla por el honor nacional, por el prestigio del Ejército y por la supervivencia política del régimen de la Restauración.

La llamaron Guerra de Margallo, por el general español muerto en los combates. También Guerra Chica, como si el reducido espacio geográfico disminuyera la importancia de lo ocurrido. Hoy se la denomina con frecuencia Primera Guerra del Rif, aunque el gran conflicto anticolonial asociado al nombre de Abd el-Krim no comenzaría hasta 1921. Cada denominación selecciona una memoria: «Guerra de Margallo» coloca en el centro al general español; «Guerra Chica» minimiza; «Primera Guerra del Rif» integra el episodio en una larga secuencia de resistencia y expansión colonial.

No fue todavía la guerra organizada de una república rifeña contra dos potencias europeas. Tampoco fue una simple reyerta fronteriza causada por el fanatismo religioso de unas tribus supuestamente indómitas. Fue algo más complejo y revelador: el momento en que una frontera escrita sobre el papel se convirtió en un fuerte construido sobre la tierra.

El Rif no era un vacío

Uno de los primeros errores consiste en imaginar el Rif del siglo XIX como un espacio sin organización política, poblado por grupos aislados que solo respondían a impulsos guerreros o religiosos.

El Rif era una región montañosa del norte marroquí, con comunidades dotadas de sus propios equilibrios, alianzas, consejos, autoridades y formas de organización territorial. Las fuentes españolas hablaban de cabilas y denominaban harca —del árabe marroquí ḥarka, campaña o movimiento— a la movilización irregular de combatientes. No constituían un ejército permanente al modo europeo, pero podían reunir rápidamente fuerzas numerosas cuando una amenaza afectaba al territorio, a los cultivos, a los lugares sagrados o a la autonomía colectiva.

Alrededor de Melilla se encontraba la confederación de la Guelaya, formada por cinco cabilas —sus nombres aparecen con distintas grafías en la documentación española—. El historiador marroquí Abdelmajid Benjelloun ha insistido en la importancia de contemplar la guerra de 1893 desde el punto de vista de esas poblaciones, no solo desde los despachos de Madrid o desde la comandancia militar de Melilla. Para ellas, la cuestión no comenzaba en octubre de 1893. Se remontaba, por lo menos, a los acuerdos territoriales impuestos después de la guerra de 1859-1860.

La relación entre estas comunidades y el sultán tampoco puede reducirse a la fórmula colonial de un Marruecos dividido entre el bled al-Makhzen, sometido al Gobierno, y el bled al-siba, supuestamente entregado a la anarquía. Esa oposición fue utilizada por la historiografía colonial para presentar enormes regiones como espacios sin autoridad legítima y, por tanto, disponibles para la intervención europea.

La investigación posterior ha cuestionado esa imagen demasiado rígida. La autoridad del Majzén —la corte, el Gobierno y el aparato político del sultán— era desigual y negociada. Una comunidad podía resistirse al pago de determinados tributos o a una expedición militar y, al mismo tiempo, reconocer la legitimidad religiosa del soberano o recurrir a él como mediador. El Rif no estaba vacío de poder: estaba lleno de poderes que no coincidían con el modelo estatal europeo.

Esa diferencia resulta fundamental. Cuando los documentos españoles llaman «rebeldes» a los combatientes de la Guelaya, dan por resuelta de antemano la cuestión que originaba el conflicto: ¿contra qué autoridad se rebelaban?

Desde Madrid, se habían alzado contra unos límites reconocidos por un tratado firmado con el sultán. Desde la perspectiva local, defendían unas tierras que el sultán había cedido sin su consentimiento efectivo y sobre las que la presencia española se estaba haciendo cada vez más material.

La frontera trazada por un cañón

La guerra de 1893 tuvo un prólogo decisivo en 1859.

El acuerdo hispano-marroquí del 24 de agosto de aquel año autorizó una ampliación del territorio exterior de Melilla. La posterior Guerra de África concluyó con el Tratado de Wad-Ras, firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860. Marruecos tuvo que pagar una enorme indemnización, España mantuvo temporalmente la ocupación de Tetuán y se ratificó la ampliación del perímetro de Melilla.

Los límites debían llegar hasta donde alcanzara el disparo del cañón conocido como El Caminante. La imagen es extraordinariamente expresiva: la frontera no fue determinada por una cuenca hidrográfica, una antigua división territorial o un acuerdo con las comunidades asentadas en la zona, sino por el alcance de un proyectil disparado desde la plaza española. La tecnología militar se convirtió literalmente en instrumento cartográfico.

El tratado era válido entre las dos monarquías. Pero la legalidad diplomática no creó una aceptación inmediata sobre el terreno. Según la reconstrucción de Abdelmajid Benjelloun recogida por Manuel Espadas Burgos, las cinco cabilas de la Guelaya rechazaron abandonar la parte de sus tierras incluida en la nueva delimitación. La medida no pudo ejecutarse hasta noviembre de 1863 y requirió la intervención de tropas del propio Majzén para desalojar por la fuerza a las comunidades afectadas.

La contradicción estaba servida.

España exigía al sultán que garantizara los acuerdos firmados. Para cumplirlos, el sultán debía ejercer violencia sobre poblaciones marroquíes que interpretaban esos mismos acuerdos como una amputación territorial. El Majzén tenía que demostrar ante Europa que gobernaba el Rif precisamente obligando a los rifeños a aceptar la expansión europea.

La frontera quedó reconocida, pero no pacificada.

Durante las décadas siguientes se produjeron incidentes, tiroteos, ataques a embarcaciones y reclamaciones diplomáticas. Melilla empezó además a crecer fuera de sus antiguas murallas. Para proteger la expansión urbana y controlar el campo exterior, desde 1884 se levantaron fuertes como Cabrerizas Altas y Bajas, Camellos y Rostrogordo. El sistema defensivo transformaba progresivamente la línea jurídica en ocupación física del espacio.

El último fuerte proyectado estaría en Sidi Guariach.

Y allí terminó la paz precaria.

Sidi Guariach: un cementerio dentro de una frontera

Las fuentes transcriben el nombre de distintas formas: Sidi Guariach, Sidi Guariax o Sidi Ouariach. El lugar se encontraba cerca del límite, junto a una mezquita, un cementerio musulmán y la tumba o santuario de un hombre considerado santo por las comunidades próximas.

No era, por tanto, un terreno vacío.

Era un espacio de memoria, culto y enterramiento.

En febrero de 1893, los dirigentes de las cabilas vecinas solicitaron que el fuerte se construyera en otro punto. No exigían entonces la retirada española de todo el territorio: pedían el traslado de la obra para evitar lo que consideraban una profanación. Repitieron la petición el 14 de julio, dirigiéndose ya al gobernador militar de Melilla, el general Juan García y Margallo.

La Administración española se negó. Su argumento era jurídicamente sencillo: Sidi Guariach estaba dentro del límite reconocido y España poseía plena libertad para construir obras defensivas en su propio territorio.

Era una respuesta legal.

También era políticamente ciega.

Las cabilas comenzaron a derribar durante la noche lo construido durante el día. Margallo negoció con el representante del sultán en el campo melillense, pero este declaró no disponer de fuerza suficiente para garantizar las obras. El 30 de septiembre se dejó una sección del batallón disciplinario custodiando el lugar.

En la mañana del 2 de octubre se acercaron aproximadamente un centenar de soldados y unos setenta penados empleados como trabajadores. Los combatientes rifeños atacaron y cercaron a la fuerza en las obras. Margallo apenas pudo reunir unos trescientos hombres para socorrerla. La retirada española fue posible gracias al apoyo artillero de los fuertes, pero dejó dieciocho muertos y cuarenta heridos; Sidi Guariach quedó momentáneamente en poder de los atacantes.

No conviene convertir este episodio en una explicación religiosa simplista. El cementerio y el santuario fueron esenciales, pero la religión no puede separarse aquí del territorio. La construcción de un fuerte junto a los muertos de una comunidad significaba instalar vigilancia militar sobre un lugar donde esa comunidad recordaba, rezaba y enterraba.

La reacción no fue la irrupción espontánea de una irracionalidad religiosa. Fue la respuesta a una larga experiencia de pérdida territorial, agravada por una obra que hacía visible y permanente la nueva soberanía.

El propio tratado que puso fin a la guerra reconocería el derecho de libre acceso de los musulmanes a la mezquita y al cementerio. Es decir: la solución diplomática acabó admitiendo que el lugar sagrado no era un detalle accidental, sino una de las causas centrales del conflicto.

Un enemigo que sabía disparar

La prensa española describió con frecuencia a los rifeños como combatientes primitivos, desorganizados y ajenos a la guerra moderna. Lo sucedido en octubre desmentía esa representación.

Disponían de fusiles Remington semejantes a los reglamentarios del Ejército español y conocían perfectamente el terreno. Las fuentes militares destacaron además su eficacia como tiradores. Construían trincheras, cortaban comunicaciones, hostigaban los convoyes y evitaban presentar masas compactas ante la artillería.

No poseían una fuerza naval ni una artillería comparable a la española, pero sabían convertir barrancos, alturas y caminos en armas. La guerra irregular anulaba parte de la superioridad numérica cuando obligaba al adversario a salir de sus fortificaciones y recorrer un terreno dominado visualmente por los defensores.

Melilla tampoco estaba preparada para recibir rápidamente un gran ejército. En 1893 era una población reducida, con una guarnición aproximada de dos mil hombres que incluía un batallón disciplinario. Había una importante comunidad judía, población civil y numerosos penados del presidio. El puerto carecía de medios adecuados: no tenía grúas suficientes, resultaba inseguro con viento de levante y la plaza sufría carencias de agua, alojamientos, víveres y condiciones sanitarias para concentrar grandes contingentes.

La guerra reveló así uno de los males que se repetirían durante décadas en Marruecos: España podía enviar soldados con mayor facilidad que alimentarlos, alojarlos y protegerlos.

Después del combate inicial se sucedieron los tiroteos y el hostigamiento. El 21 de octubre, el crucero Conde de Venadito abrió fuego contra las trincheras rifeñas. El 27 se produjo una ofensiva general contra las posiciones exteriores españolas. Las fuerzas de Margallo, que ya contaba con varios miles de hombres y una importante concentración artillera, intentaron asegurar los fuertes mediante nuevas líneas defensivas.

La operación fracasó.

Una parte de las tropas, con el propio Margallo, quedó aislada en Cabrerizas Altas, con poca agua, munición y alimento. Durante la noche, los combatientes rifeños mantuvieron cercada la posición. Al día siguiente, mientras se intentaba introducir un convoy y colocar piezas de artillería en la entrada del fuerte, Margallo murió bajo el fuego procedente de la llamada Cañada de la Muerte.

Su muerte se convirtió inmediatamente en materia legendaria. Algunas narraciones lo representaron saliendo a caballo, casi como una figura romántica que se ofrecía al fuego enemigo. Sin embargo, el periodista Luis Morote, presente durante el cerco, lo situó a pie, acompañando la colocación de una pieza de artillería. La diferencia no es menor: entre el hecho y su recuerdo ya estaba trabajando la fabricación de un héroe.

La guerra terminó llevando su apellido.

Los rifeños que murieron no dejaron su nombre en el título.

La violencia y la desigualdad del archivo

Las fuentes españolas documentaron la mutilación de cadáveres de soldados después del primer combate. Aquellos hechos alimentaron una indignación real y fueron utilizados por la prensa para presentar al enemigo como esencialmente salvaje.

No deben negarse ni embellecerse.

Pero tampoco pueden aislarse de la violencia ejercida desde el otro lado. A partir de finales de octubre, la artillería de los fuertes y los buques españoles bombardearon trincheras, poblados y viviendas, incluso durante la noche y mediante el uso de reflectores eléctricos. La superioridad de fuego fue decisiva: las comunidades de la Guelaya carecían de medios para responder a los cañones navales y vieron destruidos hogares y posiciones.

La documentación permite conocer con bastante precisión las bajas españolas. Rodríguez González registra dieciocho muertos y cuarenta heridos el 2 de octubre, y otros cuarenta muertos y ciento veintiún heridos hasta el día 30. No existe una contabilidad rifeña equivalente y fiable. Sus pérdidas aparecen en los relatos españoles como cálculos imprecisos, mientras que la destrucción de sus viviendas se menciona casi como consecuencia natural de las operaciones.

Esa desigualdad del archivo también forma parte de la guerra.

El Estado conserva hojas de servicio, partes médicos, expedientes y nombres de soldados. Las sociedades bombardeadas dejan con frecuencia recuerdos familiares, relatos orales y cifras fragmentarias. Cuando la historia utiliza solo el archivo militar de la potencia colonial, corre el peligro de transformar en biografías a unos muertos y en número indeterminado a los otros.

Contar ambos lados no significa repartir responsabilidades de manera aritmética. España poseía artillería, buques, capacidad diplomática y un aparato estatal capaz de convertir su versión en documento oficial. Las cabilas tenían el terreno, la movilización local y las armas individuales. Los soldados españoles podían ser víctimas de decisiones tomadas desde Madrid; los habitantes rifeños podían ser víctimas de un bombardeo ordenado en nombre de una frontera que nunca habían reconocido.

La historia no mejora sustituyendo una leyenda nacional por otra.

Mejora distinguiendo las escalas del poder.

La guerra dentro de Melilla

La violencia no se limitó al campo exterior.

Durante la crisis del 27 y 28 de octubre, las autoridades armaron a población civil para colaborar en la defensa y el auxilio de los fuertes. Entre quienes tomaron las armas había miembros de la importante comunidad judía de Melilla.

Poco después, sin embargo, residentes judíos fueron acusados de connivencia con los rifeños y obligados a embarcar hacia Orán con sus pertenencias. La acusación se relacionaba con el contrabando de armas, aunque las investigaciones mostraban que también había españoles cristianos implicados. Al mismo tiempo se expulsó a decenas de mujeres dedicadas a la prostitución, enviadas a Málaga.

La guerra produjo así su propia política de «limpieza» interior.

Cuando la situación militar no podía resolverse con rapidez, las autoridades buscaron cuerpos sobre los que demostrar control: extranjeros, judíos, mujeres consideradas deshonestas, contrabandistas. La plaza sitiada disciplinaba su población mientras esperaba vencer fuera.

Este aspecto suele desaparecer de las narraciones heroicas, centradas en fuertes, generales y condecoraciones. Pero una guerra colonial no transforma únicamente la línea del frente. Reordena jerarquías, decide quién pertenece plenamente a la ciudad y convierte la sospecha en un instrumento de gobierno.

España, el sultán y las cabilas: una guerra de tres actores

La guerra de 1893 no enfrentó sencillamente a España con Marruecos.

El Gobierno español no deseaba, al menos en su estrategia final, declarar una guerra general al sultanato ni ocupar grandes territorios. Las potencias europeas reconocieron el derecho de España a defender Melilla y sus fortificaciones, pero recomendaron que la acción se limitara a sus inmediaciones y que no provocara una ruptura abierta con el sultán. Francia y Gran Bretaña vigilaban cualquier modificación del equilibrio en el Mediterráneo occidental. Ninguna potencia quería que otra utilizara el incidente para alterar unilateralmente el reparto futuro de Marruecos.

El sultán Muley Hassan se encontraba en una posición especialmente difícil. Ante España debía presentarse como soberano capaz de hacer cumplir los tratados. Ante las comunidades rifeñas debía conservar una legitimidad que podía destruirse si aparecía como simple ejecutor de los intereses europeos.

Terminó enviando a su hermano, el príncipe Muley Arafa, acompañado por tropas del Majzén, para negociar con la Guelaya e imponer el restablecimiento del orden. España exigía la entrega o el castigo de los dirigentes de la resistencia, la destrucción de las trincheras y garantías para impedir nuevos ataques.

La estructura del conflicto era, por tanto, triangular:

España defendía una frontera reconocida diplomáticamente y materializada mediante fuertes.

Las cabilas defendían un territorio cuya cesión no habían aceptado.

El sultán intentaba conservar su soberanía satisfaciendo a una potencia extranjera sin perder completamente la obediencia de sus propias poblaciones.

No era ausencia de Estado.

Era una crisis de soberanías superpuestas.

La presión europea agravaba además la debilidad que después utilizaba como justificación para intervenir. Las potencias concedían privilegios comerciales, fiscales y judiciales a sus nacionales y protegidos; esos privilegios reducían la autoridad efectiva del sultán y luego se presentaba esa autoridad debilitada como prueba de que Marruecos necesitaba tutela europea. Manuel Espadas Burgos recuerda que, desde la perspectiva marroquí, los acuerdos internacionales del siglo XIX fueron erosionando progresivamente la capacidad política y económica del país.

El colonialismo no encontró simplemente un Estado débil.

Contribuyó a debilitarlo y convirtió después esa debilidad en argumento.

La «vergüenza de Melilla» y el patriotismo de periódico

La muerte de Margallo produjo una enorme conmoción en España.

La prensa empezó a hablar de la «vergüenza de Melilla». Periódicos militares, monárquicos, carlistas y buena parte de la prensa republicana reclamaban un castigo inmediato. El lenguaje se llenó de honra, venganza, prestigio, raza y civilización. Se presentaba a los rifeños como un enemigo situado fuera de las leyes que debían regular la conducta entre pueblos.

La deshumanización no fue un exceso aislado de alguna publicación extrema. Formó parte del lenguaje político dominante. La derrota parcial de unas tropas españolas se interpretó como una humillación nacional que solo podía lavarse mediante una exhibición superior de violencia.

No se discutía únicamente qué medidas garantizarían la seguridad de Melilla. Se discutía si España seguía siendo una nación capaz de imponer respeto.

En 1893, la Restauración atravesaba dificultades económicas, conflictos obreros, atentados anarquistas y el crecimiento de los nacionalismos catalán y vasco. El conflicto exterior ofreció durante unas semanas una imagen de unidad. Parte de la prensa celebró que las diferencias regionales y sociales desaparecieran ante la «patria grande». Marruecos funcionó como espejo en el que una España insegura intentaba reconocerse como potencia.

Sería demasiado sencillo, sin embargo, afirmar que el Gobierno de Sagasta provocó deliberadamente la guerra para distraer a la población.

Carlos Ferrera Cuesta ha mostrado que el Ejecutivo actuó de manera contradictoria. Algunos ministros emplearon inicialmente una retórica belicista porque temían ser acusados de debilidad. Pero el Gobierno conocía la mala preparación militar, las dificultades logísticas y el riesgo de que una campaña prolongada desestabilizara todavía más el régimen. La muerte de Margallo aceleró la búsqueda de una solución negociada.

El patriotismo de los andenes tampoco coincidía necesariamente con el estado de ánimo de los soldados. Decenas de miles de reservistas fueron movilizados; mientras las despedidas de tropas reunían multitudes y la prensa describía entusiasmo, surgieron protestas y motines por la desatención de los movilizados. Martínez Campos llegó a lamentar la distancia entre la euforia peninsular y el deseo de muchos reservistas destinados en Melilla de regresar cuanto antes.

La patria se celebraba en los cafés.

La guerra la hacían otros.

También hubo voces críticas. Emilio Castelar resumió su posición en una fórmula reveladora: «Pronto castigo y a casa». Aun aceptando una respuesta militar, rechazaba la aventura colonial prolongada. Pi y Margall fue más lejos y defendió la retirada española de Melilla. Eran excepciones dentro de un ambiente donde hasta sectores republicanos podían apoyar la intervención, bien por nacionalismo, bien porque una derrota del Gobierno monárquico podía utilizarse contra la propia Restauración.

La guerra de 1893 no unió verdaderamente a España.

Suspendió por unas semanas algunas de sus divisiones y creó otra más cómoda: españoles frente a rifeños.

Margallo, Martínez Campos y la victoria que no se produjo

Tras la muerte de Margallo llegó el general Macías y, más tarde, Arsenio Martínez Campos, nombrado jefe del Ejército de operaciones. Los refuerzos siguieron desembarcando hasta reunir alrededor de veintitrés mil hombres en un espacio incapaz de alojarlos adecuadamente. España poseía ya una fuerza abrumadora y podía destruir poblados mediante artillería naval.

Sin embargo, no se lanzó la gran conquista reclamada por parte de la prensa.

No se ocupó todo el Gurugú ni se inició una penetración profunda en el Rif. Las restricciones internacionales, la falta de preparación, las enfermedades y el coste de una campaña contra fuerzas móviles aconsejaban una salida diplomática. Los dirigentes españoles comprendían que una victoria espectacular podía exigir un precio que el país no estaba en condiciones de pagar.

Martínez Campos tampoco quiso bautizar el nuevo fuerte como «Victoria». Finalmente recibió el nombre de la Purísima Concepción. El detalle es significativo: España necesitaba representar una victoria, pero el resultado real era mucho más ambiguo.

Había rechazado los ataques y concentrado un poderoso ejército.

No había sometido militarmente el Rif.

Había obligado al sultán a negociar.

No había logrado que las cabilas aceptaran de manera estable la frontera.

La llamada victoria fue, sobre todo, la posibilidad de terminar la guerra sin reconocer públicamente que no existía una solución militar sencilla.

El Tratado de Marrakech: una paz escrita sobre la misma contradicción

El 5 de marzo de 1894, Martínez Campos y las autoridades marroquíes alcanzaron el Tratado de Marrakech.

El acuerdo preveía el castigo de los dirigentes rifeños, una delimitación más precisa de la frontera y de la zona neutral, el libre acceso musulmán a la mezquita y al cementerio de Sidi Guariach, el establecimiento de cuatrocientos soldados del sultán para prevenir nuevos incidentes frente a Melilla y otras posesiones españolas, y el pago de veinte millones de pesetas como indemnización.

Sobre el papel, España obtenía satisfacción.

En la práctica, el acuerdo volvía a trasladar el problema al Majzén. Era el sultán quien debía castigar a quienes habían defendido el territorio frente a una fortificación española. Era también el sultán quien debía instalar tropas propias como fuerza de separación entre España y unas comunidades sobre las que su control seguía siendo limitado.

La paz no resolvía la fractura.

La administraba.

Un convenio adicional de febrero de 1895 aplazó cuestiones relativas al castigo y a los límites y redujo la indemnización. Es decir, incluso las condiciones presentadas inicialmente como resultado de la victoria tuvieron que ser moderadas cuando llegó el momento de aplicarlas.

La Guerra Chica terminó con una paz igualmente pequeña.

No porque sus consecuencias carecieran de importancia, sino porque el acuerdo evitó enfrentarse a la causa profunda: una frontera podía ser reconocida por dos Estados y seguir careciendo de legitimidad para quienes vivían junto a ella.

Lo que ya estaba escrito en 1893

La primera guerra del Rif no fue un ensayo exacto de Annual. Sería un error presentar toda la historia posterior como si condujera inevitablemente hacia 1921.

En 1893 no existía una República del Rif ni una dirección política comparable a la de Abd el-Krim. La movilización fue esencialmente local y confederal. Se defendían territorios, lugares sagrados y márgenes de autonomía; todavía no se había articulado el proyecto estatal anticolonial que aparecería tres décadas después.

Pero la guerra dejó escrita buena parte de la gramática de los conflictos futuros.

Estaba la frontera decidida mediante tratados internacionales sin participación efectiva de las comunidades afectadas.

Estaba la expansión material española mediante fuertes, caminos y posiciones exteriores.

Estaba la dificultad del Majzén para conciliar soberanía nacional y obediencia local.

Estaba la superioridad tecnológica española, limitada por la geografía, la logística y el conocimiento rifeño del terreno.

Estaba la prensa convirtiendo un revés militar en herida nacional.

Estaba la construcción racial del enemigo.

Estaba el soldado movilizado para satisfacer una honra formulada por quienes no combatirían.

Y estaba un Ejército que empezaba a considerar que los políticos civiles no comprendían su misión ni defendían suficientemente su prestigio.

Ferrera Cuesta señala que la crisis agravó el distanciamiento entre determinados sectores militares y el poder civil. La prensa castrense presentó las soluciones diplomáticas como debilidad y acusó al Gobierno de abandonar el honor del Ejército. Aquellas actitudes se intensificarían después de 1898 y contribuirían al intervencionismo político militar del siglo siguiente.

Todavía no había nacido plenamente el africanismo militar que marcaría la vida española durante las décadas de 1910, 1920 y 1930.

Pero ya estaba formándose su lenguaje.

Marruecos aparecía como lugar de ascenso, condecoración, heroísmo y reparación nacional. El territorio africano podía ofrecer a determinados oficiales aquello que la vida peninsular les negaba: acción, promoción y autoridad. A su vez, cada derrota reforzaba la convicción de que los políticos habían traicionado al Ejército.

La guerra del Rif no se quedó en el Rif.

Regresó a España dentro de quienes la combatieron.

Ni guerra santa ni epopeya nacional

La interpretación tradicional ofrecía dos relatos simples.

Según el primero, unas cabilas fanatizadas atacaron injustificadamente una obra realizada dentro de territorio español, y el Ejército respondió defendiendo la patria.

Según el segundo, una potencia colonial invadió un territorio ajeno y encontró la resistencia natural de sus habitantes.

El segundo relato está más cerca de reconocer la desigualdad imperial, pero tampoco basta si borra las complejidades internas de Marruecos, la actuación del sultán, la diversidad de las cabilas, el comercio transfronterizo o las violencias cometidas durante los combates.

España poseía un título diplomático sobre el campo exterior.

Ese título había nacido de una guerra victoriosa y de un tratado impuesto a Marruecos.

Las cabilas no aceptaban la cesión.

Eso no convierte automáticamente en legítimo cada acto de sus combatientes.

Los soldados españoles murieron defendiendo posiciones que consideraban propias.

Eso no vuelve justa toda decisión de quienes los enviaron ni todo bombardeo ejecutado en su nombre.

El rigor histórico no consiste en encontrar un bando absolutamente inocente. Consiste en distinguir quién podía decidir, quién debía obedecer, quién poseía los cañones y quién vio transformado su cementerio en un asunto de política internacional.

Una guerra que terminó solo en los documentos

La primera guerra del Rif comenzó oficialmente en octubre de 1893.

En realidad, había comenzado mucho antes: cuando el disparo de un cañón se convirtió en frontera; cuando un tratado entre dos soberanos decidió sobre las tierras de comunidades ausentes; cuando España confundió legalidad diplomática con aceptación local y cuando el Majzén fue obligado a imponer en el Rif los acuerdos que limitaban su propia soberanía.

Tampoco terminó realmente el 5 de marzo de 1894.

Terminó en los partes militares, en los tratados y en los periódicos que necesitaban declarar restablecido el honor nacional. Sobre el terreno permanecieron intactas las causas: desconfianza, fronteras discutidas, expansión de las posiciones españolas, autonomía de las cabilas y creciente presión europea sobre Marruecos.

En 1909 ya no sería únicamente un fuerte. Serían las minas, el ferrocarril y la penetración económica.

En 1921 ya no sería Margallo. Serían Annual, Silvestre y Abd el-Krim.

Pero la primera frase de aquella larga historia se había escrito en Sidi Guariach.

La guerra empezó antes del primer disparo, cuando una línea trazada en un tratado llegó hasta los muertos de una comunidad.

Y la paz terminó allí mismo, porque ningún cañón puede medir la memoria de un pueblo.


Fuentes consultadas

  • Agustín Ramón Rodríguez González, «El conflicto de Melilla en 1893», Hispania. Revista Española de Historia, vol. XLIX, núm. 171, 1989, pp. 235-266. Es el estudio fundamental para la cronología militar, la dimensión social de Melilla, la prensa y la respuesta política española.
  • Abdelmajid Benjelloun, «La guerre maroco-espagnole de 1893, du point de vue marocain», Revista de Estudios Africanos, núms. 14-15, pp. 151-170. Aporta la perspectiva marroquí y la reacción de la Guelaya ante la delimitación territorial.
  • Manuel Espadas Burgos, «La crisis de Melilla de 1893», conferencia publicada por el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional. Integra las dimensiones militar, internacional, política e historiográfica del conflicto.
  • Carlos Ferrera Cuesta, «Explicaciones de una política exterior: la crisis de Melilla de 1893-1894», Ayer, núm. 54, 2004, pp. 305-326. Estudia las contradicciones del Gobierno de la Restauración, la presión militar, la opinión pública y la solución diplomática.
  • Museo del Ejército, documentación sobre el Tratado de Wad-Ras y la delimitación del territorio de Melilla mediante el alcance del cañón El Caminante.
  • Portal de Cultura del Ministerio de Defensa, historia del fuerte de Cabrerizas Altas y de los combates del 27 y 28 de octubre de 1893.
  • E. G. H. Joffé y Y. B. Lahya, estudios sobre el Majzén y la revisión crítica de la división colonial entre bled al-Makhzen y bled al-siba.

Próxima entrega de la serie: «Las minas y la sangre: la Guerra de Melilla de 1909, el Barranco del Lobo y la Semana Trágica».

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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