«Los hermanos parecidos»: un auto sacramental olvidado de Tirso de Molina

Rosa Amor del Olmo

Los hermanos parecidos es un auto sacramental de Tirso de Molina, compuesto para las celebraciones del Corpus Christi en el primer tercio del siglo XVII. En ese marco festivo —clave para la pedagogía religiosa de la Contrarreforma— los autos sacramentales funcionaban como teatro público de alto impacto visual y doctrinal, destinado a exaltar la Eucaristía y a instruir a la comunidad.

Tirso, fraile mercedario, cultivó el género con varias piezas breves reunidas más tarde en la miscelánea Deleitar aprovechando (1635). Entre ellas destacan El colmenero divino, Los hermanos parecidos y No le arriendo la ganancia. Aunque su fama se concentra en las comedias profanas, este auto revela la solvencia del autor en el teatro alegórico-religioso: sobrio en lo costumbrista, centrado en símbolos teológicos y muy consciente de su función litúrgica.

Argumento alegórico y personajes principales

El auto dramatiza en clave alegórica la Caída y Redención del Hombre. Su arquitectura —loa introductoria, escenas simbólicas y desenlace eucarístico— conduce al espectador desde la exaltación del ser humano en estado de gracia hasta su salvación por Cristo, “hermano parecido” que comparte nuestra naturaleza.

  • El Hombre: protagonista que representa a Adán y, por extensión, a la humanidad. Entronizado como “gobernador del mundo”, cae por la tentación y atraviesa culpa y desamparo.
  • Cristo (el Hermano Parecido): aparece en el clímax como segundo Adán; asume la deuda del Hombre y ofrece su vida por él. La fraternidad subraya la encarnación: Dios hecho hombre para redimir al hombre.
  • Atrevimiento: impulso temerario e hijo del demonio; incita la desobediencia.
  • Vanidad: seducción del mundo; encarna el señuelo del saber prohibido y del orgullo.
  • Engaño y Deseo: consejeros del Hombre tras la caída; simbolizan la mentira que oscurece la razón y la concupiscencia que desordena los afectos.
  • Codicia y Envidia: vicios que acompañan una escena brillante y poco común en el género: un juego de naipes en el que el Hombre “se juega” el alma, metáfora de trampas y riesgos morales.
  • Temor (de Dios): conciencia que interrumpe el juego y despierta la culpa, primera estación hacia la contrición.
  • Las Cuatro Partes del Mundo (Asia, África, Europa y América): rinden acatamiento al Hombre al inicio, subrayando su dignidad como “microcosmos” y el orden providencial de la creación.

La peripecia es lineal y eficaz: exaltación — tentación — caída — remordimiento — intento de fuga desesperada — intervención de Cristo — redención y comunión. El final vincula explícitamente la salvación al sacramento eucarístico.

Características dramáticas y simbólicas destacadas

Tirso explota con ingenio los recursos espectaculares del auto barroco: carros, tramoya y un aparato icónico muy legible para el público. La imagen inaugural del Mundo —globo, astros y continentes sosteniendo el dosel del Hombre— concentra el núcleo doctrinal: la criatura humana como centro del orden creado, pero dependiente de la gracia.

Dos objetos escénicos cargados de sentido articulan el conflicto:

  • La gaveta del Mundo con la fruta prohibida (mandato divino violentado).
  • La mesa de naipes, que traduce en acción visible la economía del pecado y sus “estratagemas”.

El auto está escrito en verso (cerca de mil versos) con variedad métrica: octavas para la doctrina solemne, redondillas y quintillas para el diálogo ágil, y breves cantos líricos que enmarcan el “banquete sacro”, clara alusión a la Eucaristía. El tono alterna elevación teológica y viveza teatral sin perder claridad catequética.

En el plano simbólico, gobierna la tipología Adán/Cristo: Cristo como nuevo Adán repara la desobediencia del primero. El motivo del “hermano parecido” condensa la cristología de la encarnación y del sacrificio vicario. El Temor funciona como motor interior del drama (la conciencia), y la Comunión corona la acción como signo visible de la gracia recuperada.

Resulta llamativa la fusión de lo teológico con lo lúdico. El juego de cartas introduce un registro satírico que recuerda la vena cómica de Tirso, pero aquí puesto al servicio del examen moral. Bajo el velo alegórico asoman, además, guiños a la política del siglo XVII: el “príncipe” (Hombre) manipulado por malos consejeros, espejo de cortes y validos.

Relevancia en la obra de Tirso y en la tradición del auto sacramental

Los hermanos parecidos ocupa un lugar clave para comprender la versatilidad de Tirso. Confirma que el creador del Don Juan mítico dominaba también el teatro sacramental, capaz de unir doctrina sólida y eficacia escénica. Aunque la posteridad ha ensalzado con razón los autos de Calderón, la pieza de Tirso representa un eslabón decisivo en la maduración del género: depura la alegoría, experimenta con imágenes contundentes y clarifica la teleología eucarística del final.

Su interés perdura por tres razones:

  1. Claridad doctrinal sin empobrecer la dramaturgia.
  2. Inventiva escénica (Mundo, gaveta, naipes) que hace visible lo invisible.
  3. Doble lectura: edifica al devoto y entretiene al público, equilibrando gravedad y sátira.

En suma, este auto “menos conocido” ilumina otra cara de Tirso: la del poeta-teólogo que sabe deleitar aprovechando. Y recuerda, con fuerza barroca, que el teatro del Siglo de Oro no sólo fabricó mitos profanos; también levantó —en plazas y carros— verdaderas catequesis en movimiento.

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