El síndrome del rodaballo

Rosa Amor del Olmo

El pez plano, rodaballo, lenguado, gallo… es uno de esos animales que nos sorprenden por lo especiales que son. El rodaballo es el rey del camuflaje en el fondo marino. Permanece en el suelo y no se mueve. Su piel se funde perfectamente con el color del fondo marino, una ocultación perfecta. Cualquier pez plano lo hace, lo sabe hacer.

Los peces planos de las organizaciones han desarrollado habilidades de camuflaje similares a las de sus hermanos con aletas. Los reconocerás en tu trabajo o en la oficina… porque no puedes verlos. Se mezclan con el entorno. Nunca te llamarán si no es necesario. Jamás un correo electrónico espontáneo. El pez plano de cuello blanco es un maestro en dar largas cuando recibe un correo electrónico. Sus lemas: «Si es urgente, es demasiado tarde» y «tu lo has hecho mal, siempre lo hace bien». En ocasiones, hace lo posible arrastrándose por esas arenas para que en ti se vea cualquier error institucional. Tu serás siempre el responsable, él, nunca.

Y si reaccionan, responderán o transmitirán el mensaje y copiarán al mayor número de personas posible. Entre ellos, siempre habrá alguien que se enfrente al problema y, tal vez, incluso un superhéroe que lo resuelva en un santiamén.

El lenguaje escrito de los peces planos es el «nosotros» y la pregunta. Licuar, diluir es la palabra clave. Involucrar a un máximo de departamentos, a un máximo de personas, evitando si es posible mencionarlas por su nombre (esto complica la investigación), ampliar el tema del mensaje a otros puntos, a otros procedimientos, hacer preguntas sobre el plazo, el modus operandi, la relevancia, etc. Las estrategias de los peces planos son ricas y variadas en las empresas. Muchas veces se encargan de hacer mobbing a quien menos te lo esperas. De hecho, es a la extensión de su rango de no reacción a la que dedica la mayor parte de su energía de trabajo. No te quiero decir nada, como sea de esos/esas que decide si vas a estar en el siguiente proyecto. Como sabe que le/la tienes calado, por supuesto, que no te va a llamar para nada más. Intentará que, si eres de esos activos y con ideas, pues que desaparezcas sin más.

El pez plano-rodaballo tiene el arte de ser olvidado, es su desgracia. A menudo sólo notarás su presencia cuando salgas de la facultad, oficina o despacho. Tiene muchos más contactos de lo que uno cree, es escuchador y sibilino. A menudo traiciona al más pintao. No lo has visto en el bar, ni en la máquina de café, pero siempre está observando. Lo que más le asusta son las conversaciones que empiezan de forma inocua y luego siguen con un «Por cierto, eso me recuerda al correo electrónico que te envié…» que le congelará en su sitio. Sabe que tu sabes que te ha traicionado por diez de pipas.

Pero hay una variedad de peces planos que hacen de las conversaciones casuales, la última buena, el arma letal contra la que cualquier pregunta relacionada con el trabajo se ahoga o se disuelve en una avalancha de anécdotas que te hacen olvidar la propia petición que estabas haciendo.

La variedad que se esconde detrás de un estado de ánimo desastroso es fundamental y casi nadie tiene en consideración. Suele ser refunfuñón, deprimido y desmotivado, es lo que nos hace comprender que esa persona ya carga con toda la miseria del mundo y que tu problema es la paja que va a hacer que se derrumbe bajo la carga, cualquier carga. En los sindicatos siempre hay unos cuantos, en el banco, en cualquier lugar: hay un rodaballo.

En resumen, el pescado plano está ahí pero no está. Tiene una función, pero no funciona. Ocupa una posición. Calienta una silla. Es el opuesto al superhéroe. Todos reconocemos en él el lado oscuro de la Fuerza. El pez rodaballo-plano es la cruz con la que siempre hay que cargar y que nos fastidia pero bien. C’est comme ça!

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