Casanova en la biblioteca

Juan Antonio Tirado

Borges aspiró toda su vida a ser bibliotecario y quiso su destino paradójico que hiciera realidad su sueño en el mismo momento en que le atacaba la ceguera. Lo dejó escrito en versos memorables: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/esta declaración de la maestría/de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche./De esta ciudad de libros hizo dueños/a unos ojos sin luz, que sólo pueden/leer en las bibliotecas de los sueños/los insensatos párrafos que ceden”

Giovanni Giacomo Casanova, de quien no consta que alimentara deseos de ser pastor de libros, pasó sus últimos años como bibliotecario en una pequeña localidad. Allí, retirado del mundo y sus demonios, ejerció su tranquilo retiro mientras escribía los doce tomos de sus memorias. ¡Era hombre exagerado en todos sus empeños! Aquí, que se sepa, empiezan y acaban las semejanzas biográficas entre Borges y Casanova. El argentino no fue hombre bregado en el intercambio carnal con señoras, mientras que sobre el veneciano circula una verdadera mitología erótica, que hace de él un don Juan que parte de la realidad y solo al final acaba convertido en motivo literario.

Las peripecias vitales de Casanova no se limitan a los goces carnales, sino que cubren un amplio abanico que va de la política a las bellas artes, del comercio a los engaños económicos. Llegó a ser el inventor de la lotería, o al menos de la primera lotería francesa. Prototipo del hombre ilustrado, Giacomo pasó la pubertad y adolescencia en un seminario, pero no tardó en abandonar esa cita a ciegas con Dios, sabedor de que la mecánica del cuerpo y los horizontes de su alma iban por caminos distintos a los de la religión.

El libertinaje, entendido como una exploración imaginativa y profunda de la libertad, encuentra en Casanova a uno de sus mayores paladines. Sus vicios, tan acreditados, se producen en un contexto que no cuestiona la buena educación y las maneras galantes. Su impronta de desvergonzado va unida a su fama de caballero. Corrompe a damas virtuosas que están deseosas de perder las prendas de la virtud y engaña con ardides de artista a las jóvenes que buscan quien las embauque. Roba a ladrón, espía a quienes trafican con el espionaje, sale en las fotos de familia con los grandes, desde Catalina de Rusia a Voltaire, guarda cartas debajo de su manga ancha de vividor. Y conoce, de vuelta a su Venecia natal, cómo se las gastan en la cárcel. Pero como no gusta de quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, y como necesita seguir labrándose su leyenda de hombre temible, protagoniza una sonada huida de la prisión, pone agua y tierra de por medio y sigue sus andanzas de zascandil egregio y exquisito.

Solo en el último tramo de la vida, cuando ya el cuerpo no aguanta las embestidas de la imaginación, y cuando los lances del pasado se paladean en la memoria, Giovanni Giacomo Casanova, ceja en sus correrías, remansa su ajetreo biográfico entre la serena quietud de los libros y escribe, al galope, los volúmenes donde deja recuerdo amargo y amable de su leyenda como virtuoso del vicio.

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