
Rosa Amor del Olmo
Cada verano contemplamos el mismo paisaje moral: montes convertidos en ceniza, animales huyendo sin dirección, pueblos cercados por el humo y responsables públicos prometiendo explicaciones cuando ya no queda nada que explicar. Después llegan las cifras, las comparecencias, los mapas teñidos de rojo y esa expresión burocrática —“superficie afectada”— que consigue transformar un bosque muerto en una casilla de Excel.
Decimos que el fuego arrasa, como si el fuego tuviera voluntad. Como si descendiera de las montañas con un plan. Pero el fuego no especula con el territorio, no abandona el campo, no recorta cuadrillas forestales, no llena los montes de maleza ni espera a que llegue agosto para improvisar. El fuego arde. Somos nosotros quienes le preparamos la mesa.
Durante siglos, la literatura vio en las llamas una fuerza ambigua. Prometeo robó el fuego para entregárselo a los hombres y pagó por ello una condena eterna. Dante lo convirtió en tormento. Ray Bradbury imaginó en Fahrenheit 451 una sociedad que quemaba libros para no tener que pensar. El fuego podía significar conocimiento, castigo, destrucción o purificación. En nuestros incendios contemporáneos significa, sobre todo, negligencia.
No hay épica en un bosque calcinado. No hay belleza en la fotografía de una columna de humo elevándose sobre el horizonte, aunque las redes sociales la conviertan durante unas horas en una estampa apocalíptica. Debajo de esa nube hay raíces muertas, nidos abrasados, suelos que tardarán décadas en recuperarse y familias que observan cómo el paisaje de toda una vida desaparece en una tarde.
El incendio no comienza cuando aparece la primera llama. Empieza mucho antes, cuando un territorio deja de tener habitantes y pasa a tener únicamente visitantes. Empieza cuando el campo se vacía, cuando desaparecen el pastoreo, la agricultura y los trabajos que mantenían limpio el monte. Empieza cuando vivir en un pueblo se convierte en una forma de resistencia y no en una opción razonable. Empieza cuando se cierran escuelas, consultorios, comercios y transportes, pero después nos sorprendemos de que nadie permanezca allí para cuidar el paisaje.

También comienza en los despachos. En los presupuestos que consideran la prevención un gasto y la extinción una emergencia inevitable. En la contratación temporal de quienes se juegan la vida frente a las llamas. En la costumbre de reforzar los equipos cuando el incendio ya ocupa las portadas, en lugar de trabajar durante el invierno, cuando todavía es posible evitarlo. Apagar fuegos da imágenes heroicas; limpiar montes no inaugura nada.
Y empieza, por supuesto, en nuestra relación infantil con la naturaleza. Queremos bosques intactos, pero no queremos pagar por su conservación. Queremos pueblos habitados, pero concentramos las oportunidades en las ciudades. Queremos electricidad, carreteras, urbanizaciones y turismo rural, pero fingimos que todas esas actividades pueden desplegarse sin riesgo ni mantenimiento. Llamamos “naturaleza” a un territorio que hemos transformado durante siglos y luego lo abandonamos esperando que se gestione solo.
Cuando llega la catástrofe, buscamos un culpable sencillo. Un pirómano. Una tormenta seca. Una colilla. Un cable. A veces lo encontramos, y debe responder por ello. Pero la insistencia en el culpable individual sirve también para ocultar la responsabilidad colectiva. Una chispa puede iniciar un incendio; para convertirlo en una devastación hacen falta años de abandono, desorden territorial, temperaturas extremas y políticas cortoplacistas.
El cambio climático no prende todos los incendios, pero multiplica las condiciones para que sean más violentos. Negarlo a estas alturas no es escepticismo: es una forma de comodidad. Las olas de calor más intensas, la vegetación reseca y las sequías prolongadas crean paisajes inflamables. El monte ya no arde únicamente más; arde de otra manera. Los grandes incendios generan su propio comportamiento, desbordan los dispositivos de extinción y reducen el margen de reacción. Frente a ellos, la tecnología ayuda, pero no hace milagros. Ningún hidroavión puede corregir décadas de abandono en una tarde.
Sin embargo, seguimos hablando de los incendios como sucesos excepcionales. Cada año nos sorprende el verano. Cada año descubrimos que hace calor. Cada año aparecen expertos explicando que el problema no se resuelve únicamente con más medios de extinción. Y cada año, cuando llegan las primeras lluvias, el país cambia de tema. El humo se disipa también de la memoria.
Quizá por eso la imagen más exacta no esté en Dante ni en Bradbury, sino en los paisajes de ceniza de La carretera, de Cormac McCarthy: un mundo gris en el que todo lo vivo parece haber ocurrido hace demasiado tiempo. No porque nuestros montes vayan a convertirse mañana en ese territorio terminal, sino porque la ceniza representa lo que queda cuando una sociedad ha consumido incluso su capacidad de anticiparse.
Después del incendio aparecen las palabras solemnes: reconstrucción, recuperación, resiliencia. Se plantan árboles para la fotografía y se promete devolver el monte a su estado anterior, como si un ecosistema fuera un decorado que pudiera reponerse. Pero un bosque no se reconstruye al ritmo de una legislatura. Algunos daños tardan generaciones. Otros son irreversibles. La naturaleza puede regenerarse, sí, pero esa certeza no debería funcionar como coartada. También una herida cicatriza, y nadie considera razonable provocarla por eso.
La verdadera política contra los incendios es menos espectacular: gestión forestal, mosaicos de cultivos y pastos, ganadería extensiva, vigilancia, planificación urbana, educación, empleos estables, coordinación y presencia humana en el territorio. Es trabajo continuado, técnico y poco fotogénico. Exige aceptar que proteger un bosque no consiste en declararlo intocable y marcharse, sino en cuidarlo.
Tal vez el problema sea que solo valoramos lo que arde mientras está ardiendo. Durante unos días, el bosque ocupa el centro del debate. Después vuelve a convertirse en fondo de pantalla, destino de fin de semana o reserva abstracta de oxígeno. Nos conmueve la llama porque se ve; no nos conmueve el abandono porque avanza despacio.
El fuego no tiene la culpa. Tampoco tiene memoria, ideología ni paciencia. Encuentra combustible y lo consume. La memoria, la responsabilidad y la capacidad de elegir nos corresponden a nosotros. Por eso, cuando un monte vuelve a arder en el mismo país que juró haber aprendido del incendio anterior, lo verdaderamente devastador no es comprobar que las llamas regresan.
Es comprobar que nosotros también.


























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