
Junio de 1888.
I
La energía del carácter catalán se ha mostrado en la ocasión presente como en ninguna otra, pues los embellecimientos de la ciudad, los accesorios de la Exposición y la Exposición misma son improvisados. Descuella entre estas improvisaciones maravillosas el «Gran Hotel Internacional», construido en «cincuenta y tres días», sin que esta rapidez increíble de la edificación perjudique lo más mínimo a la solidez. Contiene habitaciones para ochocientos viajeros, con todas las comodidades de los establecimientos más perfectos en su clase. Proyectó este magnífico edificio y dirigió su construcción el arquitecto catalán don Luis Domenech, artista eminente, a quien pertenece también la traza de algunos de los edificios más bellos de la Exposición. En el Gran Hotel causa asombro la acertada disposición del edificio y lo adecuado de sus dependencias. Nada falta ni nada sobra en él, y hay perfecta armonía en todas sus partes y el conjunto, así como entre su traza y la sobria y original ornamentación del patio y las fachadas. La rapidez de los trabajos obligó al arquitecto a prescindir de los cimientos. La enorme fábrica descansa sobre un entramado de rails, y tan seguro es el fundamento, que no se nota en el edificio ni una grieta, ni un desnivel, ni cosa alguna que indique resentimiento de las paredes. La Empresa constructora está obligada a destruir el edificio dos meses después de la clausura de la Exposición, para devolver el terreno al Estado; pero, en vista del buen resultado de la fábrica y de su probada solidez, es casi seguro que toda Barcelona se opondrá a la demolición.
El aspecto que presentaba el patio del Hotel, en los días de la visita de las escuadras, era, en verdad, sorprendente. Allí residían todos los diplomáticos acreditados en Madrid, y los agregados militares. La oficialidad de los distintos buques anclados en el puerto era constantemente invitada por los representantes de sus respectivos países, de modo que, en breve espacio, se veían reunidos todos los uniformes de Europa. No ha decaído la animación del Hotel en todo el tiempo que ha durado la demostración naval, y aunque, a partir del día 20, las casacas diplomáticas dejaron de decorar el vistoso patio de la inmensa fonda, no ha disminuído el número de huéspedes, pues el improvisado edificio es uno de los principales éxitos de la temporada, y se ve constantemente lleno de familias españolas y extranjeras.

Complemento del hotel y de otras novedades que Barcelona encierra es el arreglo de la vía pública para comodidad de paseantes a pie y en coche. El Municipio barcelonés adoptó oportunamente el entarugado de madera para las vías más transitadas de la ciudad; las obras para sustituir el antiguo macadam con el pavimento de pino creosotado se llevaron con gran rapidez, trabajando en ellas noche y día, y al abrirse la Exposición estaba terminada tan útil reforma en el paseo de Colón, ramblas y avenidas que conducen al Parque. Se proyecta establecer el entarugado en el paseo de Gracia, Gran Vía y las principales vías del ensanche.
El alumbrado eléctrico se ha difundido de tal modo en Barcelona, que no hay, seguramente, ciudad alguna en Europa que con mayor ni aun con igual profusión lo posea. Existe en la vía pública, sustituyendo al gas, y en multitud de edificios particulares. Las iluminaciones de la ciudad, durante las tres noches que siguieron a la inauguración, y en las de la retreta y fiesta marítima, fueron de una esplendidez nunca vista. El gas rivalizaba con los focos eléctricos por la muchedumbre, ya que no por la intensidad de sus luces. Por lo general, en todas las fiestas de esta clase gustan los barceloneses de mostrar su riqueza y los medios de que disponen para hacer los honores de su ciudad. Es un pueblo morigerado y sobrio que, cuando llega la ocasión, sabe gastar sus ahorros y deslumbrar a sus huéspedes, haciendo gala de tanta esplendidez como inteligencia.
Otra de las admirables improvisaciones que causan maravilla a los que en estos días han visitado a Barcelona es la transformación súbita de la casa del Ayuntamiento en Palacio Real. La Reina y sus hijos estuvieron instalados allí tan cómodamente como en su residencia de Madrid. Mucha inteligencia y mucho dinero se necesita para convertir un edificio, donde no había más que oficinas, en morada de Reyes, con habitaciones lujosamente engalanadas, amén de las dependencias y servicios necesarios al objeto.
La casa de la ciudad es un edificio híbrido, parte gótica, parte del siglo pasado. La fachada greco-romana es un pegote que ha privado al monumento, en su parte exterior, de todo carácter y belleza. Consérvanse interiormente, en patios y galerías, algunos trozos del hermoso y puro ojival de Cataluña, amén del Salón de Ciento, que es uno de los recintos más grandiosos que en parte alguna existen. La elevación del techo, la severidad de sus líneas, su amplitud y la sobriedad de sus ornatos dan a esta pieza una suntuosidad apropiadas a las recepciones regias. Durante la residencia de la Reina ha estado destinada a comidas de gala. Este salón, como todo el edificio, está alumbrado por focos eléctricos. El resto del palacio, así como su mueblaje, revela una dirección inteligente y abundancia de recursos de todas clases.
El éxito de la Exposición de Barcelona, debido en gran parte a la actividad y energía de los catalanes, lo consideramos como un éxito nacional, y de él nos enorgullecemos sin sombra de envidia ni recelo, persuadidos de que es Barcelona la única ciudad de España capaz de ofrecer ante el mundo el espectáculo de cultura y riqueza que nacionales y extranjeros han podido admirar. Los barceloneses, que ordinariamente se muestran quejosos del Estado (y en lo que toca a la centralización administrativa sus quejas son fundadísimas), no pueden, en este caso concreto, alegar ninguna especie de agravio, y reconocen haber recibido del Poder central todo el auxilio que éste podía darles para su gloriosa empresa. Aun mirada la Exposición bajo este solo aspecto, es un bien muy grande, porque ha de reducirse a ciertas desavenencias fundadas en el apartamiento, en la ignorancia de la verdad más que en otra cosa. De la aproximación moral entre Madrid y Barcelona han de resultar grandes bienes, así para Cataluña como para España.
La Exposición está enclavada en el Parque, cuyas deliciosas alamedas fueron plantadas en terrenos de la antigua ciudadela. Esta no desapareció completamente cuando el Estado la cedió a la ciudad para ser convertida en jardines. Hasta hace poco subsistían los cuarteles, que fueron demolidos para emplazar el Palacio de la Industria, y aún se conservan algunos pabellones que formaban parte de aquella imponente agregación de edificios militares. La fortaleza levantada por Felipe V después de su victoria definitiva en la contienda con la casa de Austria, el baluarte de guerra, que sirvió para oprimir y sojuzgar a la ciudad partidaria del archiduque, y que fué erigido como amenaza a Cataluña entera, ya despojada de sus fueros e inmunidades, ha dejado el sitio a construcciones de forma y fines absolutamente contrarios al fin y forma de la arquitectura militar. Lo que fué prisión de innumerables reos políticos es ahora mansión de alegrías. En los lugares donde tantos infelices fueron sacrificados a la dura ley de la disciplina o a la más odiosa de las venganzas políticas, resuenan ahora himnos de paz y las músicas de los festejos populares. Todo es algazara y contento donde antes reinaban el silencio y la soledad.
La Exposición consta de varios edificios, emplazados en la considerable extensión del Parque, desde el arco de triunfo del paseo de San Juan hasta el ferrocarril de Francia, prolongándose sobre éste, por medio de un magnífico puente, hasta el baluarte de don Carlos, junto al mar. El Palacio de la Industria ocupa una superficie de 50.000 metros cuadrados. Es de forma radiada, semicircúlar. La gran nave central tiene 125 metros de longitud y las laterales, en número de doce, 100 metros. La decoración exterior es elegante y ostenta cuatro gallardas torres y un peristilo circular. Este edificio es provisional, y será destruido cuando termine la Exposición.
La galería de máquinas consta de tres anchas naves paralelas y ocupa una superficie de 5.760 metros cuadrados. El Palacio de Bellas Artes, edificio grandioso y que se ha construido como permanente, encierra un salón de fiestas de 60 metros de longitud por 30 de ancho, con altura total de 30, recinto desahogadísimo y esbelto, donde las solemnidades muy concurridas tienen lucimiento extraordinario. Las entradas, escaleras y todos los accesorios de este vasto edificio tienen el mismo carácter amplio y monumental. En la tribuna que rodea el gran salón hay dos enormes órganos, que se comunican por medio de la electricidad, de modo que un solo organista puede tocarlos simultáneamente, obteniendo un perfecto unísono.
El Palacio de Ciencias ocupa una superficie de 3.010 metros; además de las galerías para instalaciones, tiene un vasto salón para conferencias científicas. El Palacio de Agricultura eonsta de un pabellón central y de dos más, laterales, de 74 metros de longitud. Su total superficie es de 5.800 metros. El pabellón de colonias y el de material de transporte también son de grandes dimensiones, aunque no tanto como los dos anteriormente citados. La minería y construcciones se exponen en un edificio anexo a la Exposición, en el depósito de aguas, que ofrece la particularidad de hallarse éstas contenidas en vastos estanques construidos sobre bóvedas, a 20 metros del suelo. Es obra atrevidísima. En las vastas crugías, sobre cuyo techo gravita, con su inmensa pesadumbre, la masa de aguas destinadas al riego del parque próximo, se ha instalado una de las secciones más interesantes de la Exposición.
La Sección Marítima está en el baluarte de don Carlos, pasado el puente que une el parque con la orilla del mar; consta de varios pabellones, descollando el de la Marina de Guerra y el de la Trasatlántica, que expone modelos de sus nuevos buquesEl Restaurant, edificio con carácter permanente, es de los más bellos que en el Parque se ven, y su traza y dirección se debe al señor Domenech, autor del Gran Hotel Internacional. Afecta la forma de un castillo gótico y es de ladrillos, decorado con cerámica de variados colores, conjunto elegante y originalísimo, que será uno de los principales atractivos de la Exposición. Su interior es amplio y cómodo, con espacio suficiente para más de mil comensales.
El Umbráculo, edificio destinado a plantas y flores, así como la estufa para vegetales de los trópicos, son construcciones muy hermosas, también con carácter permanente: Hay, además de estos anexos, que podrían llamarse oficiales, multitud de pabellones y kioscos de más o menos importancia arquitectónica, levantados por Empresas fabriles españolas y extranjeras, otros que contendrán panoramas, dioramas, teatros y espectáculos diversos, resultando en toda la extensión del Parque, desde la entrada por el paseo de San Juan hasta el mar, un conjunto imponente y de encantadora variedad.
En las instalaciones extranjeras del Palacio de la Industria descuella Francia con una extensión superficial de 2.500 metros, y siguen, en disminución gradual, Alemania, Inglaterra, Austria, Estados Unidos, Italia, Bélgica, Rusia, Suecia, Turquía, Portugal, Américas españolas, Japón, etc. La Exposición, en suma, no es inferior a las universales que en las primeras capitales de Europa se han celebrado; ofrece una totalidad más completa que la de Viena, y es, por muchos títulos, superior a las de Amsterdam y Amberes. En España no se ha hecho jamás nada que remotamente se parezca a este alarde de energía, riqueza y poder industrial. Cau- ( sa verdadero asombro cómo en tan breve tiempo yz sin disponer de cuantiosos recursos oficiales han surgido del suelo tantos y tan bellos edificios, de traza admirable y construcción más sólida de lo que exige su carácter provisional.
La concurrencia de españoles y extranjeros a Barcelona ha sido y es extraordinaria. Algo disminuirá tal vez durante la estación canicular; pero desde mediados de septiembre hasta noviembre, quizá hasta fin de año, Barcelona recibirá un número incalculable de huéspedes, que podrán apreciar las bellezes y cultura de la ciudad, los progresos admirables de Cataluña en todos los órdenes, y los múltiples aspectos interesantísimos de la primera Exposición universal que en España se celebra, y que será una de las páginas gloriosas de la historia contemporánea.
De la importancia de Barcelona como población fabril, nada tengo que decir, pues harto conocida es en todo el mundo. En el término de la capital del principado, en los pueblos que la rodean y en otros de la provincia, como Tarrasa, Sabadell, Manresa, Badalona, Esparraguera, Vich, existen talleres en mayor o menor escala, de todas las industrias conocidas, descollando los tejidos de algodón, los de lana y seda, las alfombras, las fundiciones y forja de metales, los muebles, los trabajos tipográficos, la cristalería y cerámica, etc. De cuantas fabricaciones enriquecen a Inglaterra, Alemania y Francia, hay en Cataluña alguna muestra, pudiendo decirse que los catalanes ensayan su inteligente actividad en todas las ramas de la industria contemporánea.
Sobresalen en unas más que en otras, y en algunas compiten, sin género de duda, con los extranjeros.
Aunque la agricultura está muy adelantada en el país, la industria es la base de su riqueza no sólo en Barcelona, sino en las otras tres provincias catalanas, Gerona, Tarragona y Lérida.
Con la industria se han hecho en todo aquel país, y principalmente en Barcelona, enormes capitales; a la industria se debe la prosperidad, el bienestar y la cultura que admiramos allí.
De la industria provienen también las desavenencias entre Cataluña y el resto del país, por el intrincado pleito que se entabla entre las distintas escuelas económicas siempre que se pone en tela de juicio la cuestión arancelaria. Cincuenta años hace que se discute si conviene o no proteger a todo trance la producción catalana. Hasta el 68, los aranceles fueron altísimos; desde aquella fecha, la lucha por la rebaja de tarifas aduaneras ha sido tremenda, anunciando los catalanes su ruina en los tonos más lúgubres. Pero antes y después del 68, las fábricas catalanas han dado grandes rendimientos. A pesar del mal cariz de la crisis actual, no se ven en Barcelona síntomas de ruina ni aun de decadencia.
Alguien sostiene que el arancel actual es todavía
bastante alto para amparar holgadamente la producción del Principado. Otros ven en la energía inteligente de los catalanes una tan grande fuerza vital, que confían en el desarrollo aún mayor de la industria de aquel país, cualesquiera que sean las disposiciones arancelarias que en lo futuro hayan de adoptarse.
Así como un país agotado y caduco no se salva aunque traten de robustecer su anémica producción todas las restricciones aduaneras que es posible imaginar, del mismo modo un país lleno de savia y de iniciativas, un país que a los elementos acumulados une su genial aptitud para utilizar las fuerzas de la naturaleza y que se asimila con pasmosa precocidad todas las conquistas de las ciencias experimentales, no puede perecer, ni siquiera quedarse atrás, aunque se encuentre temporalmente en condiciones político-económicas poco favorables.
Sufriría pasajeros entorpecimientos y oscilaciones que los timoratos conceptuarían señales de muerte, levantándose luego y afianzándose saludable, robusto y dispuesto para una larga vida, dentro de la vida nacional.
El clamor de los catalanes ante la amenaza constante de la baja de aranceles es muy natural en un país cuya riqueza se ha ido formando amparada del sistema proteccionista. Y aún se explica que después que la industria catalana ha aprendido a andar sola, siga clamando por los andadores, por esa timidez propia de las sociedades ricas.
Puede asegurarse que hoy mismo, cuando los industriales del Principado se quejan del desamparo en que los tiene el poder central, las fuerzas productoras de aquel país están bastante bien defendidas contra la producción extranjera. Nuestro arancel dista mucho de ser librecambista; es más bien el antiguo sistema atenuado, y las atenuaciones determinadas por la modificación del 68 y por los tratados de comercio coinciden con los grandes progresos de la fabricación catalana.
A cualquiera se le alcanza, no obstante, que esas atenuaciones del antiguo sistema deben ser lentas y tener límites que no puedan ser rebasados.
El rigor de las doctrinas económicas ha pasado de moda y las naciones atemperan su legislación económica a las circunstancias en que se encuentran. España no ha sido la ultima en adoptar un criterio arancelario despejado de aquellos exclusivismos de escuela que tanto arrebataron los ánimos treinta años ha, cuando se generalizó, y aun se hizo popular, el Estudio de la Economía Política. Todos los partidos se declaran oportunistas, y aunque no es posible fijar en cada uno los términos de esta decantada oportunidad, ninguno se aventura a proponer soluciones extremas.
El problema no presentaría hoy grandes asperezas sin los efectos de la crisis general, que en Cataluña y en Castilla se dejan sentir con intensidad. La depresión del consumo afecta gravemente a estas regiones. Muchas fábricas de Barcelona están cerradas; en otras trabajan sólo la mitad de los obreros. Enormes cantidades de géneros manufacturados aguardan en los almacenes de demanda, mientras en Castilla los cosecheros de trigo no logran alcanzar en la venta un precio que les remunere de los cuantiosos gastos de producción. Alegan los castellanos que si en Cataluña y en toda la costa de Levante se consumieran sus trigos, mejoraría la situación; pero los catalanes, gente muy práctica, no quieren oir hablar de trigos castellanos, pues los del Mar Negro llegan a Barcelona a precio más bajo que los nacionales, soportando perfectamente el sobreprecio arancelario.
La voz de los catalanes pidiendo protección para sus manufacturas se confunde con la de los castellanos reclamando la subida del recargo arancelario de los trigos extranjeros. En honor de la verdad, debe decirse que los catalanes soportan o prometen soportar la elevación del precio de los trigos con tal que se eleven las tarifas de tejidos y otras manufacturas. Pero esta conformidad con la carestía general resulta del vicio propio de las informaciones económicas, de que en ellas se oye a los fabricantes, y los consumidores no pronuncian una sola palabra.
En materias económicas no es tan fácil oír la opinión general, como en las políticas, y la Prensa y las informaciones públicas expresan el pensamiento de una minoría respetable, pero minoría al fin. El labrador pobre no concurre a los meetings, y, aunque a ellos concurriera, no sabría expresarse como el holgazán ilustrado que ha hecho un curso de Economía política, ni como el fabricante que puede argumentar con datos estadísticos hábilmente presentados. Es, pues, la opinión, en materias económicas, muy artificial y restringida, y hay que andar con mucho tiento antes que aceptarla resueltamente.
Los catalanes acusan a los castellanos de indolentes, poco afectos al trabajo, sin iniciativa ni sentido práctico de la vida. Los castellanos, en cambio, acusan a los catalanes de egoístas, que todo lo quieren para sí, muy pocos españoles cuando se trata de enaltecer a su región, y extremadamente afectos a la unidad cuando se trata de imponernos a todos, así peninsulares como ultramarinos, sus manufacturas, por medio del Arancel. Estas opiniones son igualmente injustas, expresadas así, en crudo, como se oyen en algunas conversaciones familiares; pero despojadas de todo sentido de animadversión llevan en sí algo de justicia. Se fundan en las condiciones de raza y de suelo, y es forzoso respetarlas, quitándoles la aspereza que en ellas ponen a veces los caracteres petulantes. Que el catalán tiene para el trabajo industrial, como hoy se practica en Europa, más aptitud de inteligencia y de manos que el castellano, es cosa que nadie puede poner en duda.
Pero esta ineptitud es más bien ocasionada por una deficiencia educativa, que porque falten en las razas las condiciones esenciales para el trabajo, de cualquier clase que sea. Dicha ineptitud industrial se expresaría con más propiedad llamándola falta de hábito para el trabajo, y su causa habría que buscarla en circunstancias históricas y geográficas. La raza que alcanzó la hegemonía de la península, realizando la unidad después de haber hecho prevalecer su lengua y sus costumbres, vino a encontrarse en condiciones desfavorables para la lucha por la existencia, por causa de la despoblación que ocasionaron las guerras y los descubrimientos; por hallarse asentada en las mesetas centrales de la península (desventaja que agravó Felipe II, poniendo su capital en lo más árido del reino), por el decaimiento de la agricultura en dicha región y las dificultades de comunicaciones entre el centro, el litoral y las fronteras.
Cuando España, después de un período de larga atonía y paralización científica, empezó a asimilarse los progresos de Europa y la transformación del trabajo, el litoral y la frontera pirenáica fueron las primeras regiones que aprendieron la nueva manera de vivir y trabajar. Las Castillas se habían quedado estacionarias; el empobrecimiento del suelo, la despoblación y la incomunicación retardaron sus progresos.
El despertar ha sido y es de una lentitud desesperante. Pereció toda la gran industria que en un tiempo fue gala y esplendor de los mercados del interior de la península. Las rutinas, lo mismo en agricultura que en la fabricación, se eternizan favorecidas por la naturaleza misma. De aquí proviene un desaliento en la raza, un cierto fatalismo que presenta todas las apariencias de la pereza y que se explican por la desproporción entre los esfuerzos y el resultado práctico de ellos.
Nadie puede negar que el litoral, comunicado fácilmente con las naciones en que ha nacido el nuevo arte de trabajar y producir con suelo más feraz, con clima más benigno, con medios de explotar la colonización y el comercio, se ha encontrado en mejores condiciones para la lucha por la vida. La actitud para los negocios, que nace, se ejercita y se robustece, allí donde existen corrientes comerciales, es cualidad que brilla poco en los pueblos del centro, los cuales por no comprenderla, incurren en la injusticia de llamar egoísmo a las combinaciones del cambio, el giro y el descuento. Del pueblo catalán se dice en España lo que en toda Europa del pueblo inglés, pero todo ello, bien mirado es puro amaneramiento de la opinión común sin consistencia racional.
Poco a poco se van rectificando juicios absurdos alimentados por la rutina de tantos siglos. Los castellanos, y especialmente los habitantes de Madrid, reconocen ya que gran parte del bienestar de la sociedad catalana se debe a la previsión, virtud poco extendida en las regiones centrales de la península.
Debemos declarar sin rebozo que, en Economía Doméstica, que no se si es ciencia, arte o qué es, en ese cúmulo de reglas prosaicas cuyo cumplimiento disminuye las desazones de la existencia, nos llevan los catalanes mayor ventaja que en todos los demás órdenes del saber.
De aquí que en general se viva mejor en Barcelona que en Madrid; de aquí que el nivel medio de bienestar sea más alto allá que acá; de aquí que, habiendo bastante riqueza en una y otra población, haya en Barcelona más reservas que en Madrid, y se advierta en todas las clases mayor desahogo.
La composición social de los dos grandes centros de España, Madrid y Barcelona ofrece caracteres totalmente distintos, Aquí hay tres aristocracias poderosas: la de la sangre, la del dinero y la política. La primera influye por las costumbres, y se va fundiendo poco a poco con la segunda. Es menos orgullosa de lo que parece, tolerante, acepta la riqueza venga de donde viniere, y conserva el sacro fuego de los buenos modales, hermanándolos graciosamente con la proverbial franqueza española.
La segunda es aquí, más que en parte alguna, verdadera aristocracia, porque la riqueza, que es grande, está en pocas manos, y, por tanto, toca a más.
La tercera aristocracia es organismo especialísimo, que sabe apoyarse en las otras dos y prestarles su apoyo.
En Barcelona no hay más que una aristocracia: la del dinero amasado laboriosamente en el comercio y la industria. Las grandes fortunas descuellan quizá menos que aquí, porque las empequeñece algo el nivel de las fortunas medias, bastante más alto que en Madrid. Los capitales saneados y de importancia, sin llegar a la opulencia, los capitales modestos que aseguran el bienestar de una familia numerosa abundan en Barcelona tanto como escasean en Madrid, donde las grandes riquezas, labradas en parte con las contratas del Estado, no han podido subdividirse, como se subdividen donde la esfera de actividad es más amplia.
Las clases ricas de Barcelona viven bien, con vida menos tormentosa y agitada que la de Madrid; saborean el lujo, viajan, prefieren por lo común las comodidades domésticas a la ostentación pública. En cuanto a la clase media son mayores las diferencias entre Madrid y Barcelona, pues aquí existe una parte importantísima del vecindario, clase bien vestida, bien educada, de agradable trato, que vive de un sueldo más o menos grande; pero sueldo, al fin, con el cual no se pueden hacer maravillas.
Los pensionistas del Estado, gentes que viven de una jubilación, o de los montepíos militares y civiles, constituyen una clase numerosísima, la rama menos holgada de la mesocracia después de la de los cesantes.
Los rentistas, o gente que vive de su capital empleado de valores públicos, abundan bastante en ambas poblaciones; pero no sería difícil probar, a mi juicio, que en Madrid están aquellas riquezas en menor número de manos y que en Barcelona la distribución es más proporcionada. La clase comercial de Madrid, operando en una esfera de acción más reducida que en Barcelona, no es menos inteligente que aquella y ha sabido labrar fortunas bastante cuantiosas, parte de las cuales se halla invertida en la propiedad urbana de esta villa.
En cuanto al pueblo, no diré que el de Barcelona tenga más aptitud que el de Madrid para el trabajo fabril; pero posee una educación industrial y una práctica de que el obrero madrileño carece. Por lo común, el madrileño, dotado de viva imaginación y de inteligencia, no iguala al catalán en habilidad de manos, salvo en contados oficios, cuya tradición no se ha perdido en Madrid.
Para aquellos en que funciona la gran maquinaria de vapor, el obrero madrileño necesita instruirse; pero la verdad es, que, si logra vencer ciertas dificultades, se pone en primera línea y no hay quien lo supere.
Como cultura y formas sociales, únicamente diré que las clases bajas de Madrid tienen mucho que aprender de las de Barcelona, ciudad que en esto puede enorgullecerse ante todas las de Europa, pues ningún pueblo del mundo le iguala en la escasez de tabernas, son menos frecuentes en ella las pendencias, y en ninguna otra dan los obreros menos trabajo a las autoridades municipal y judicial.
Hay en Barcelona plaza de toros, como en Madrid; pero el sangriento espectáculo es allí un poco exótico y no apasiona a las muchedumbres como en Madrid. Se podrían suprimir radicalmente en Barcelona las corridas sin que nadie las echara de menos, mientras que aquí está tan encarnado el toreo en el sentimiento popular, que hasta cuesta trabajo concebir el uno sin el otro. No creo que nadie deje de relacionar la tosquedad, la violencia de lenguaje y de modales que es propia del pueblo de Madrid y que tanto da que hacer a la policía, con el espectáculo taurino, escuela constante y cátedra siempre abierta de barbarie, insolencia y crueldad.
Extractos de Fisonomías sociales
Benito Pérez Galdós · Obras inéditas, volumen I · Renacimiento, Madrid, 1923 Textos extraídos: Barcelona

























