Las contradicciones del mundo y las etiquetas que nos encierran

Rosa Amor del Olmo

Vivimos en un mundo que presume de tener las ideas muy claras, pero que en realidad está lleno de contradicciones. Nos gusta ordenar a las personas en cajones simples: este es de izquierdas, aquel es de derechas; este cree en Dios, aquel no; este defiende a los pobres, aquel defiende el dinero; este ama la cultura, aquel solo ama la propiedad. Y, sin embargo, la vida es mucho más incómoda que todas esas etiquetas. La vida siempre se escapa de los carteles que intentamos pegarle encima.

Una de las contradicciones más curiosas es esa idea de que un socialista no puede ser creyente. Como si la fe perteneciera por naturaleza a la derecha y la justicia social perteneciera por naturaleza al ateísmo. Es una simplificación absurda, pero muy extendida. Si uno mira el fondo moral del cristianismo, encuentra ahí una preocupación constante por los pobres, los humillados, los enfermos, los excluidos, los últimos. El mensaje cristiano, tomado en serio, no parece precisamente una invitación a acumular, competir y cerrar los ojos ante el sufrimiento ajeno. Al contrario: tiene algo profundamente incómodo para cualquier sociedad basada en el egoísmo.

Por eso resulta tan extraño que a veces se dé por hecho que quien habla de igualdad, de reparto, de dignidad obrera o de protección social no puede tener espiritualidad. ¿Por qué no? ¿Acaso la fe consiste solamente en conservar costumbres? ¿Acaso creer es solo defender procesiones, símbolos, templos y tradiciones? Tal vez hay una fe más profunda, menos decorativa, que no se mide por las palabras que uno pronuncia, sino por la manera en que mira al prójimo. Y en ese sentido puede haber socialistas creyentes, del mismo modo que puede haber creyentes que, aunque no se llamen socialistas, viven con una ética de fraternidad mucho más radical que muchos discursos políticos.

La contradicción aparece también en el otro lado. Hay quienes se proclaman defensores de la civilización cristiana, de los valores cristianos, de la familia cristiana, de la tradición cristiana, pero luego parecen olvidar lo esencial del cristianismo cuando se trata del pobre real, del migrante real, del trabajador explotado real, del enfermo real, del que no tiene casa real. Es decir, aman el cristianismo como bandera, pero les incomoda como exigencia moral. Les gusta el crucifijo en la pared, pero no siempre les gusta la pregunta que ese crucifijo plantea: ¿qué haces tú con el dolor de los demás?

Ahí hay una contradicción enorme. Porque si el cristianismo se convierte solo en identidad, deja de ser Evangelio para convertirse en escudo. Sirve para decir “nosotros” contra “ellos”, pero no para amar al enemigo, perdonar, compartir, ayudar, renunciar al orgullo o socorrer al necesitado. Y entonces ocurre algo paradójico: quienes se presentan como guardianes de la fe pueden terminar viviendo de un modo muy poco cristiano, mientras quienes son acusados de materialistas pueden defender, sin decirlo en lenguaje religioso, principios que tienen mucho que ver con la compasión, la justicia y la dignidad humana.

Pero tampoco la izquierda está libre de contradicciones. Existe esa idea, también muy tramposa, de que si eres de izquierdas no puedes tener nada material. Como si defender la igualdad obligara a vivir en la miseria. Como si preocuparse por los pobres significara tener que ser pobre. Como si denunciar la explotación impidiera disfrutar de una casa digna, de un coche, de unas vacaciones, de una buena comida o de una vida cómoda. Esa acusación aparece muchas veces: “¿Cómo vas a ser socialista si tienes dinero?”, “¿cómo vas a hablar de los trabajadores si tienes un buen sueldo?”, “¿cómo vas a defender lo público si te compras algo caro?”.

En el fondo, esa crítica confunde igualdad con pobreza. La izquierda, cuando es seria, no debería aspirar a que todos vivan mal, sino a que nadie sea condenado a vivir mal. No se trata de repartir la miseria, sino de repartir la dignidad. Tener cosas no es el problema. El problema es convertir las cosas en ídolos. El problema no es poseer una casa, sino defender un sistema donde otros no puedan tener ninguna. El problema no es disfrutar de la comodidad, sino aceptar que la comodidad propia se construya sobre la precariedad ajena.

También es verdad que cierta izquierda ha caído a veces en una especie de moralismo de la austeridad. Como si la pureza ideológica exigiera una vida casi monástica. Se sospecha del que prospera, del que viste bien, del que gana dinero, del que disfruta. Y eso puede acabar siendo una contradicción más: defender la emancipación humana, pero mirar con culpa el bienestar. La cuestión debería ser otra: no cuánto tienes, sino cómo lo has conseguido; no si disfrutas, sino si tu disfrute necesita la humillación de otros; no si posees, sino si eres poseído por lo que posees.

La derecha, por su parte, carga con otra caricatura: la de que todos son ricos, fríos, incultos, enemigos del pensamiento y amantes únicamente del orden y del dinero. Como toda caricatura, exagera, pero nace de algo que muchas personas perciben: cierta derecha ha despreciado la cultura cuando la cultura se ha vuelto crítica. Ama los museos, pero no siempre a los artistas vivos; ama los clásicos, pero no siempre el pensamiento libre; ama la historia, pero muchas veces como monumento, no como interrogación. Le gusta la cultura cuando decora, cuando da prestigio, cuando no molesta. Pero la cultura verdadera molesta. La cultura pregunta, desordena, incomoda, abre grietas.

Hay una derecha que presume de tradición, pero reduce la tradición a propiedad privada del pasado. Como si la cultura fuera una herencia que se guarda bajo llave, no una conversación que se renueva. Y hay una izquierda que presume de cultura, pero a veces la convierte también en una insignia de superioridad moral, como si leer determinados libros o frecuentar determinados ambientes la hiciera automáticamente más humana. También ahí aparece la contradicción: unos usan la cultura como adorno de clase; otros, como certificado de pureza. Pero la cultura no debería servir para sentirse superior, sino para volverse más consciente de la complejidad del mundo.

Quizá el problema de fondo es que la política moderna se ha llenado de identidades cerradas. Ya no basta con pensar algo: hay que pertenecer a un bloque. Y cada bloque exige obediencia. Si eres de izquierdas, debes pensar todo lo que se supone que piensa la izquierda. Si eres de derechas, debes rechazar todo lo que se supone que rechaza la derecha. Si eres creyente, te colocan en un sitio. Si eres ateo, en otro. Si tienes dinero, te juzgan. Si no lo tienes, también. La persona desaparece debajo de la etiqueta.

Pero la vida humana no cabe en esa geometría tan simple. Hay obreros conservadores, empresarios progresistas, cristianos revolucionarios, ateos reaccionarios, pobres clasistas, ricos generosos, intelectuales ignorantes y analfabetos llenos de sabiduría. Hay personas de izquierdas que viven obsesionadas con el reconocimiento social y personas de derechas que ayudan discretamente a quien lo necesita. Hay quienes predican justicia y tratan mal al camarero. Hay quienes hablan de patria y esconden su dinero. Hay quienes defienden la familia y desprecian a las familias que no se parecen a la suya. Hay quienes defienden la libertad, pero solo la propia. Hay quienes defienden la igualdad, pero no soportan que alguien piense distinto.

La gran contradicción del mundo es que casi todos queremos tener razón antes que ser justos. Queremos que nuestra tribu sea inocente y que la otra sea culpable. Queremos que nuestros defectos sean matices y los defectos del adversario sean pruebas definitivas de su maldad. Si alguien de los nuestros se contradice, lo justificamos. Si se contradice el otro, lo convertimos en sentencia. Y así la política deja de ser búsqueda del bien común para convertirse en una competición de hipocresías.

Tal vez habría que empezar por aceptar que todos vivimos en contradicción. Quien cree en la justicia puede desear comodidad. Quien cree en Dios puede ser egoísta. Quien defiende el mercado puede necesitar al Estado cuando llegan los problemas. Quien habla de libertad puede tener miedo a la libertad de los demás. Quien habla de cultura puede no escuchar nunca. Quien habla del pueblo puede no soportar al pueblo concreto, con sus gustos, sus errores, sus contradicciones y su vulgaridad maravillosa.

No se trata de abandonar las ideas, sino de habitarlas con menos soberbia. Ser de izquierdas no debería consistir en negar toda propiedad, sino en preguntarse qué tipo de sociedad permite que la propiedad de unos no sea la condena de otros. Ser de derechas no debería consistir en bendecir toda desigualdad, sino en preguntarse qué tradiciones merecen conservarse porque hacen más humana la vida. Ser creyente no debería consistir en exhibir símbolos, sino en vivir con una ética de misericordia. Ser culto no debería consistir en acumular citas, sino en aprender a mirar con más profundidad.

El mundo sería menos absurdo si las personas se atrevieran a pensar contra su propio bando de vez en cuando. Si el socialista creyente no tuviera que esconder su fe. Si el cristiano conservador se tomara en serio a los pobres. Si el progresista con bienes materiales no fuera tratado como un impostor por no vivir en la indigencia. Si el rico entendiera que la cultura no es una amenaza, sino una forma de salvación frente a la brutalidad del dinero. Si todos aceptáramos que la coherencia absoluta es imposible, pero que la honestidad sigue siendo necesaria.

Porque no es lo mismo ser contradictorio que ser hipócrita. La contradicción pertenece a la condición humana; la hipocresía consiste en instalarse cómodamente en ella y exigir pureza solo a los demás. Una persona puede equivocarse, cambiar, dudar, no estar a la altura de sus ideales. Eso es humano. Lo grave es convertir los ideales en un disfraz. Lo grave es usar a Cristo para no escuchar al pobre, usar la revolución para alimentar el ego, usar la cultura para despreciar al sencillo, usar la libertad para justificar el privilegio o usar la igualdad para uniformar las conciencias.

Al final, quizá la pregunta más filosófica no sea si uno es de izquierdas o de derechas, creyente o ateo, rico o pobre, culto o popular. La pregunta es otra: ¿qué haces con el poder que tienes? ¿Qué haces con tu dinero, con tu palabra, con tu voto, con tu fe, con tu inteligencia, con tu posición en el mundo? ¿Sirve para abrir puertas o para cerrarlas? ¿Sirve para levantar a alguien o para sentirte por encima? ¿Sirve para comprender mejor o para condenar más rápido?

Ahí se revela la verdad de cada persona. No en la etiqueta, sino en el gesto. No en el discurso, sino en la conducta. No en lo que proclama, sino en lo que está dispuesta a sacrificar cuando la realidad le exige coherencia.

Y quizá esa sea la gran ironía: que el mundo está lleno de gente que defiende ideas hermosas de manera fea, y de gente que, sin proclamar grandes doctrinas, vive con una decencia silenciosa. Por eso conviene desconfiar de las etiquetas demasiado perfectas. La verdad humana suele estar en las zonas mezcladas, en las contradicciones, en las dudas, en los matices. Allí donde una persona deja de representar un papel y empieza, simplemente, a responder ante los demás.

  • Related Posts

    La cordialidad como educación política: una lección galdosiana

    Rosa Amor del Olmo La cordialidad parece hoy una palabra menor, casi doméstica, de esas que se asocian a los buenos modales, al saludo correcto, a la conversación sin estridencias o a la vieja urbanidad que recomendaba no levantar la…

    Todos tenemos nuestro Avellaneda

    Rosa Amor del Olmo Hay una forma muy discreta de heroísmo que casi nunca recibe aplausos: seguir trabajando cuando alrededor no entienden nada. No cuando critican con inteligencia, no cuando discuten desde el conocimiento, no cuando alguien señala un error…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    ARTÍCULOS

    El debate entre Pablo Iglesias y Francisco Tomás en tiempos de la Internacional

    El debate entre Pablo Iglesias y Francisco Tomás en tiempos de la Internacional

    La República de las Letras: cuando Galdós y Blasco Ibáñez quisieron fundar un país de lectores

    La República de las Letras: cuando Galdós y Blasco Ibáñez quisieron fundar un país de lectores

    El corazón inquieto: la fe en una generación que busca a Dios entre conciertos, tarot y pantallas

    El corazón inquieto: la fe en una generación que busca a Dios entre conciertos, tarot y pantallas

    El Corpus en Tenerife: cuando la fe se convierte en alfombra

    El Corpus en Tenerife: cuando la fe se convierte en alfombra

    León XIV en España: una visita entre la fe, la memoria y las heridas abiertas

    León XIV en España: una visita entre la fe, la memoria y las heridas abiertas

    La novela como imagen de la vida

    La novela como imagen de la vida

    Homenaje a Benito Pérez Galdós en los cielos europeos

    Homenaje a Benito Pérez Galdós en los cielos europeos

    Los socialistas y los duelos

    Los socialistas y los duelos

    Hantavirus y memoria pandémica: por qué el miedo llega antes que los datos

    Hantavirus y memoria pandémica: por qué el miedo llega antes que los datos

    Isidora 42 en Rabat: entre dos orillas

    Isidora 42 en Rabat: entre dos orillas

    Esperanto y pacifismo en 1929

    Esperanto y pacifismo en 1929

    Fernando de los Ríos: intelectuales y obreros

    Fernando de los Ríos: intelectuales y obreros