
Leer hoy a Galdós no es mirar una España extinguida, sino reconocer la persistencia de ciertos males que cambian de nombre, de escenario y de protagonistas, pero no siempre de sustancia. En Fisonomías sociales, al hablar de Barcelona, Galdós recuerda que la antigua ciudadela fue “prisión de innumerables reos políticos”, y que allí donde antes hubo castigo, disciplina y venganza, después resonaban himnos de paz y músicas populares. La imagen es poderosa: los lugares pueden transformarse, pero la injusticia deja una memoria difícil de borrar.
La actualidad nos obliga a preguntarnos si la justicia sigue siendo siempre justicia cuando entra en contacto con la pasión política. La ley debe servir para ordenar la convivencia, proteger al débil, reparar el daño y contener el abuso del poder. Pero cuando se emplea como arma de facción, cuando se convierte en prolongación del conflicto ideológico, corre el riesgo de dejar de ser garantía para convertirse en instrumento. Entonces aparece una figura inquietante: el reo nacido de la política.

Conviene hablar con precisión. No todo acusado relacionado con la vida pública es un reo político, ni todo procedimiento contra un político implica persecución. La responsabilidad penal existe y debe exigirse cuando hay hechos, pruebas y garantías. Pero sí hay injusticia política cuando la persona deja de ser juzgada por lo que hizo y empieza a ser juzgada por lo que representa; cuando el proceso se contamina de oportunidad, de presión mediática, de revancha o de cálculo partidista; cuando el castigo importa más que la verdad.
Ahí surge el reo producido por la política: no necesariamente inocente, no necesariamente culpable, sino convertido en símbolo antes de haber sido plenamente escuchado. Para unos será bandera; para otros, amenaza. Para unos, mártir; para otros, enemigo. Y en esa transformación se pierde lo esencial: que todo ser humano, incluso el más incómodo para el poder o para la opinión pública, conserva derecho a un juicio limpio, a una defensa real, a una prueba suficiente y a una resolución imparcial.
Galdós fue especialmente lúcido al observar la política como teatro de intereses. En el capítulo dedicado a San Sebastián, describe a los políticos como grupos que, pese a sus enfrentamientos públicos, parecen moverse dentro de una “organizada explotación del país, que se llama política”. La frase conserva una actualidad incómoda, porque denuncia esa distancia entre el discurso solemne y la práctica real del poder.
La injusticia, en general, nace muchas veces de esa distancia. Se proclaman grandes principios, pero se aplican selectivamente. Se invoca la legalidad, pero se olvida la equidad. Se habla del interés público, pero se castiga al adversario. Se defiende la paz social, pero se alimenta la división. Y así, poco a poco, la justicia deja de ser una casa común para convertirse en campo de batalla.
También en El cesante, Galdós muestra cómo la política puede fabricar víctimas sociales. Dice que “la política ha engendrado este tipo”, refiriéndose al cesante: aquel que pierde su empleo, su posición y su sustento al compás de los cambios de gobierno. No es exactamente el reo penal, pero sí es otro damnificado del poder partidista: alguien cuya vida queda sometida a la racha política del momento.
Por eso la actualidad de Galdós no está sólo en sus ciudades, sino en su mirada moral. Su obra nos recuerda que una sociedad justa no se mide por la fuerza con que castiga, sino por el cuidado con que distingue entre culpa, discrepancia y conveniencia política. La justicia verdadera necesita serenidad; la política, en cambio, suele vivir de urgencias, bandos y victorias inmediatas. Cuando ambas se confunden, el ciudadano queda en peligro.
La lección sigue siendo clara: una democracia se degrada cuando necesita fabricar culpables para resolver sus tensiones. Y se fortalece cuando, incluso frente al adversario, mantiene intactos los principios del Derecho. Porque la injusticia más grave no es sólo condenar a un inocente; también lo es convertir la justicia en espectáculo, el proceso en escarmiento y al reo en pieza útil de una lucha que no debería resolverse en los tribunales, sino en el terreno limpio de la política.
Fuente de apoyo: Benito Pérez Galdós, Fisonomías sociales, en Obras inéditas, vol. I, prólogo de Alberto Ghiraldo, Madrid, Renacimiento, 1923.















