La cordialidad como educación política: una lección galdosiana

Rosa Amor del Olmo

La cordialidad parece hoy una palabra menor, casi doméstica, de esas que se asocian a los buenos modales, al saludo correcto, a la conversación sin estridencias o a la vieja urbanidad que recomendaba no levantar la voz en la mesa. Sin embargo, en política la cordialidad no es un adorno: es una forma de inteligencia. No consiste en estar de acuerdo con todos, ni en disimular los conflictos, ni en convertir la vida pública en un salón de té donde nadie se atreve a nombrar las injusticias. La cordialidad, bien entendida, es la educación del desacuerdo. Es la capacidad de defender una idea sin convertir al adversario en enemigo absoluto. Es la cortesía profunda de quien sabe que la convivencia democrática no se sostiene solo con leyes, sino también con hábitos, palabras, gestos y límites.

Quizá por eso conviene volver a Galdós. No solo al novelista monumental, al observador de Madrid, al autor de los Episodios nacionales, de Fortunata y Jacinta, de Misericordia o de Doña Perfecta. También al ciudadano Galdós, al hombre que miró España con una mezcla admirable de severidad y compasión. Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, se trasladó joven a Madrid y llegó a ser uno de los grandes representantes de la novela realista española del siglo XIX. Fue académico de la Real Academia Española desde 1897 y estuvo nominado al Premio Nobel en 1912. Pero, además, tuvo una trayectoria política que no debe separarse de su obra: fue diputado por Guayama, Puerto Rico, en 1886; ingresó a comienzos del siglo XX en el Partido Republicano; fue diputado por Madrid en 1907 y 1910 por la Conjunción Republicano-Socialista; y en 1914 fue elegido diputado por Las Palmas, su tierra natal.

Ese dato no es una nota al pie sin importancia. Que Galdós acabara siendo diputado republicano por Las Palmas tiene un valor simbólico evidente. El gran narrador de la vida española, el escritor que convirtió la historia nacional en materia novelesca, regresaba políticamente al lugar de origen. Las Palmas no era solo su cuna: era también una forma de pertenencia. Y el republicanismo de Galdós, lejos de parecer un gesto de trinchera o de secta, puede entenderse como una prolongación natural de su mirada literaria. Porque Galdós fue republicano no solo por adscripción política, sino por sensibilidad moral: creyó en la ciudadanía, en la educación, en la dignidad de los humildes, en la necesidad de modernizar España y en la obligación de mirar de frente las hipocresías sociales.

La cordialidad galdosiana no fue nunca blandura. Galdós sabía ser duro. Lo fue con el fanatismo, con la intolerancia, con la pobreza fabricada por la indiferencia, con la España que confundía religiosidad con dominio social, honor con apariencia y patriotismo con retórica. Pero incluso cuando juzga, Galdós no suele escribir desde el odio. Su grandeza está en que comprende antes de condenar. Sus personajes no son muñecos al servicio de una tesis, sino criaturas contradictorias, heridas, ridículas, nobles, miserables, tiernas o extraviadas. En ellos cabe el país entero: burgueses, mendigos, funcionarios, militares, beatas, comerciantes, criadas, cesantes, políticos, sacerdotes, niños, mujeres sometidas a códigos injustos y hombres incapaces de entender el mundo que ellos mismos han contribuido a levantar.

Esa amplitud de mirada es una forma de educación política. Galdós enseña que la sociedad no se entiende desde el insulto, sino desde la observación. Antes de dictar sentencia, hay que escuchar cómo habla la gente, qué teme, qué desea, qué oculta, qué justifica, qué espera. La política que no escucha acaba convirtiéndose en propaganda. Y la propaganda, por definición, no necesita ciudadanos: necesita fieles. Galdós, en cambio, escribe para lectores adultos. No les entrega una consigna cerrada, sino una realidad compleja. No les dice simplemente “estos son los buenos y aquellos los malos”. Les muestra cómo la bondad puede ser torpe, cómo la inteligencia puede ser cruel, cómo la virtud puede esconder orgullo y cómo la miseria no siempre destruye la dignidad.

Por eso la cordialidad, vista desde Galdós, no significa sonreír ante lo intolerable. Significa no renunciar a la humanidad del otro incluso cuando se combate su error. En tiempos de polarización, esta distinción es decisiva. Una democracia necesita conflicto, porque sin conflicto no hay pluralidad. Pero necesita también formas civilizadas de tramitarlo. Cuando la política pierde la cordialidad, el adversario deja de ser alguien con quien se disputa el sentido de lo común y pasa a ser una amenaza moral que debe ser expulsada. Entonces el debate se degrada: ya no se discuten argumentos, sino identidades; ya no se corrigen errores, sino personas; ya no se busca convencer, sino humillar.

Galdós conoció bien esa España de bandos irreconciliables, de pronunciamientos, clericalismos, anticlericalismos, restauraciones, revoluciones frustradas y esperanzas cívicas continuamente aplazadas. Su obra está atravesada por la pregunta de cómo puede convivir un país que parece empeñado en no comprenderse. Los Episodios nacionales no son solo una narración histórica: son una larga escuela de ciudadanía. En ellos la historia no aparece como mármol solemne, sino como experiencia vivida por gentes concretas. La nación no es una abstracción grandilocuente, sino una multitud de vidas arrastradas por decisiones políticas, guerras, entusiasmos, engaños y sacrificios.

Ahí está una de las grandes lecciones galdosianas: la política tiene consecuencias humanas. No ocurre solo en los parlamentos, en los ministerios o en los periódicos. Entra en las casas, altera los oficios, decide la suerte de los pobres, modifica el destino de las mujeres, crea vencedores provisionales y vencidos permanentes. Por eso hace falta educación política. No una educación partidista, destinada a repetir lo que dice una sigla, sino una educación cívica capaz de formar criterio. Saber discutir, saber leer, saber recordar, saber desconfiar de las simplificaciones, saber distinguir entre convicción y fanatismo: todo eso pertenece a la cultura democrática.

La cordialidad forma parte de esa cultura. No es un sustituto de la justicia, pero ayuda a hacerla posible. No basta con ser cordial para ser justo, desde luego; hay cordialidades hipócritas que solo sirven para tapar abusos. Pero una justicia sin cordialidad puede terminar convertida en una maquinaria fría, incapaz de persuadir y de integrar. La cordialidad política exige una mezcla difícil de firmeza y respeto. Firmeza para no ceder ante la mentira, la corrupción, el privilegio o la arbitrariedad. Respeto para recordar que incluso quien se equivoca sigue siendo ciudadano, no residuo moral.

Ese equilibrio se parece mucho al arte de novelar. El mal novelista aplasta a sus personajes bajo una moraleja. El buen novelista los deja vivir, y precisamente por eso los comprende mejor. En política ocurre algo parecido. El mal político reduce la sociedad a caricaturas útiles: “los míos”, “los otros”, “la gente de bien”, “los enemigos”, “los traidores”, “los ignorantes”. El buen político, o al menos el político educado democráticamente, sabe que la realidad es más espesa. No por eso renuncia a elegir bando cuando hace falta. Galdós eligió el suyo. Su evolución hacia el republicanismo y su cercanía a la Conjunción Republicano-Socialista muestran una toma de posición clara. Pero la claridad de una posición no obliga a la brutalidad del tono.

Hay algo profundamente actual en esa idea. Vivimos en una época en la que la mala educación política se premia. La frase más agresiva circula mejor que el razonamiento prudente. El desprecio obtiene más aplausos que el matiz. El gesto airado parece más auténtico que la serenidad. Y, sin embargo, una comunidad no puede vivir permanentemente en estado de bronca. La bronca moviliza, pero no construye. Sirve para ganar un minuto de atención, no para sostener una década de convivencia. Galdós, que observó con tanta lucidez los entusiasmos y las decepciones de España, nos recordaría probablemente que los países no se salvan a gritos. Se salvan, si acaso, con instituciones decentes, cultura pública, memoria, justicia social y una conversación nacional menos embrutecida.

La elección de Galdós como diputado por Las Palmas en 1914 permite, además, pensar en una dimensión insular de la cordialidad. Las islas conocen bien la importancia de la convivencia próxima. En un territorio rodeado por el mar, la comunidad no es una teoría: es una evidencia cotidiana. La política insular, cuando está a la altura de sí misma, sabe que nadie desaparece del todo después de una discusión. El adversario sigue ahí, en la calle, en la plaza, en la institución, en la memoria compartida. Esa cercanía puede generar tensiones, pero también educa en una verdad elemental: hay que seguir viviendo juntos.

Galdós llevó Canarias dentro incluso cuando su literatura pareció volcarse sobre Madrid. Su universalidad no borró su origen. Al contrario: lo agrandó. Que un escritor nacido en Las Palmas llegara a convertirse en uno de los grandes novelistas europeos y en representante político de su tierra natal ofrece una imagen poderosa de la ciudadanía: se puede pertenecer a un lugar sin encerrarse en él; se puede amar una tierra sin convertirla en coartada provinciana; se puede mirar el mundo desde una isla sin tener una mirada pequeña.

La cordialidad política que aquí se propone tiene mucho que ver con eso: con ampliar la mirada. La persona cordial no es la que evita todos los conflictos, sino la que no necesita ensuciarse moralmente para atravesarlos. Puede discutir con energía, denunciar con claridad, exigir responsabilidades, defender reformas profundas y oponerse con firmeza. Pero no convierte la política en una fábrica de desprecio. Sabe que las palabras también crean instituciones invisibles. Una sociedad acostumbrada al insulto acaba encontrando normal la exclusión. Una sociedad educada en la cordialidad puede discrepar sin romperse cada mañana.

Por eso Galdós sigue siendo un fondo fértil para pensar nuestra vida pública. No porque debamos convertirlo en santo laico ni en busto ceremonial, sino porque su literatura conserva una pedagogía democrática muy necesaria. Nos enseña a mirar la realidad antes de simplificarla. Nos enseña que los grandes procesos históricos se encarnan en vidas concretas. Nos enseña que la compasión puede ser una forma superior de lucidez. Y nos enseña, sobre todo, que una sociedad solo madura cuando aprende a reconocerse en sus contradicciones.

La educación política no empieza en el Parlamento, aunque también deba notarse allí. Empieza en el lenguaje. En cómo nombramos al discrepante. En cómo enseñamos historia. En cómo leemos a nuestros clásicos. En cómo discutimos en familia, en la prensa, en las aulas, en las redes, en los partidos y en las instituciones. Empieza cuando aceptamos que la democracia no es solo votar cada cierto tiempo, sino convivir todos los días con personas que no piensan como nosotros.

Galdós, diputado republicano por Las Palmas, puede servirnos como símbolo de esa exigencia. Republicano, porque creyó en una ciudadanía más libre, más culta y más responsable. Galdosiano, porque supo que la verdad humana rara vez cabe en un eslogan. Canario, porque su origen recuerda que las periferias también iluminan el centro. Y cordial, en el sentido más serio de la palabra, porque su obra no deja de buscar una convivencia más inteligente entre seres humanos llenos de defectos, deseos, cegueras y posibilidades.

La cordialidad no arregla por sí sola la política. Pero sin ella la política se vuelve inhabitable. No sustituye a los programas, ni a las leyes, ni a la justicia social, ni a la regeneración institucional. Pero les da un suelo moral. Es el clima que permite discutir sin destruir, reformar sin arrasar, recordar sin vengarse y disentir sin deshumanizar.

Tal vez esa sea una de las lecciones que Galdós, desde el fondo de su obra y de su biografía pública, todavía puede ofrecernos: que la educación política no consiste únicamente en saber qué defender, sino en aprender cómo defenderlo. Porque una causa justa puede degradarse si se defiende con soberbia, y una democracia puede perderse no solo por los golpes que recibe, sino por la mala educación con que se va vaciando por dentro.

Frente a la política del grito, Galdós nos propone la política de la mirada. Frente al fanatismo, la complejidad. Frente al desprecio, la cordialidad. Frente al ruido, la literatura como escuela de ciudadanía.

Y no es poca cosa.

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