
Rosa Amor del Olmo
En España, cuando un grupo de escritores decide salvar la patria, casi siempre empieza por fundar una revista. Es una vieja costumbre nacional, mitad quijotesca y mitad tipográfica: allí donde no alcanza el Parlamento, donde fracasa la escuela, donde el café se queda corto y la tertulia se convierte en humo, aparece el periódico, el semanario, la hoja combativa, la publicación de vida breve y ambición desmesurada. El país se hunde, pero se imprime. El país no lee, pero alguien escribe un manifiesto para que lea. El país no se regenera, pero unos cuantos hombres de letras compran papel, discuten una cabecera y se lanzan a la calle con el convencimiento heroico de que cuatro páginas pueden cambiar la historia.
Una de esas aventuras se llamó La República de las Letras. No La Revolución de las Letras, aunque bien podría haber llevado ese título, porque algo revolucionario había en su propósito: sacar la literatura de los cenáculos, romper el aire viciado de la cultura para iniciados y llevar el pan intelectual —la expresión es de Galdós— a quienes no habían sido invitados al banquete. El semanario apareció en Madrid el 6 de mayo de 1905 y su primera vida fue brevísima: llegó hasta el 9 de agosto de ese mismo año, con catorce números publicados. La Biblioteca Nacional registra la publicación entre 1905 y 1907, y los repertorios de revistas culturales distinguen una primera época en 1905 y una segunda en 1907. Pero su fulgor verdadero pertenece a aquel verano inicial, cuando todavía parecía posible fundar una república con lectores antes que con votos.

El título tenía genealogía ilustre. La “república de las letras” remitía a una vieja idea europea: una comunidad de escritores, sabios, lectores y corresponsales que, por encima de fronteras y gobiernos, reconocía la soberanía de la inteligencia. Pero en la España de 1905 la fórmula sonaba menos a salón ilustrado que a programa político. Veníamos del desastre del 98, de la fiebre regeneracionista, de Joaquín Costa pidiendo escuela y despensa, de Unamuno hurgando en la intrahistoria, de Azorín afinando la melancolía castellana, de Baroja caminando entre la abulia y la dinamita interior. España se había convertido en un problema literario, y cada revista pretendía ser una respuesta.
La República de las Letras nació en esa atmósfera. No fue una publicación modernista al uso, ni una revista preciosista de cisnes, mármoles y princesas pálidas. Tampoco fue un periódico obrero en sentido estricto, ni una hoja de partido, aunque respiraba republicanismo, socialismo y anticlericalismo. Fue una criatura híbrida, tan española como difícil: literatura y política, pedagogía y combate, crítica y programa, Galdós y Blasco Ibáñez compartiendo techo de papel. El estudio de Inmaculada Rodríguez Moranta la sitúa precisamente entre el regeneracionismo, el republicanismo militante y el deseo de “redención por la cultura”.
Lo primero que llama la atención es su forma de nacimiento. No hubo un director único, no hubo un caudillo literario con levita y bastón mandando sobre los demás, sino un comité. En él figuraban Benito Pérez Galdós, Vicente Blasco Ibáñez, Luis Morote, Pedro González Blanco y Rafael Urbano. La misma estructura decía mucho: una república no debía tener rey, ni siquiera rey de imprenta. El primer número salió con cuatro páginas, precio de diez céntimos, administración en la calle Bordadores número 3 y un aspecto austero, sin ilustraciones ni coqueterías gráficas. Era papel de batalla, no escaparate de lujo.
Y al frente, naturalmente, Galdós.
Que Galdós inaugurase aquella empresa no era un detalle decorativo, sino un acto de autoridad moral. Para 1905, don Benito era ya algo más que un novelista: era una institución civil, un notario de la España contemporánea, el hombre que había levantado una catedral narrativa donde cupieron burgueses, clérigos, cesantes, tenderos, beatas, militares, mendigos, revolucionarios, cursis, heroínas pobres y arribistas con levita. Si Balzac había querido competir con el registro civil, Galdós había competido con España entera. La conocía por dentro: sus comedores, sus patios, sus sacristías, sus salones, sus callejones, sus miserias y sus pequeñas grandezas.
En el artículo inaugural, Galdós no pidió lectores como quien pide suscriptores. Los reclamó como quien llama a filas. El programa era claro: ampliar el territorio de la lectura, atraer a los que sabían leer pero no leían, rescatar la cultura de los “cenáculos” y hacerla circular entre la burguesía sin luces y el pueblo. Su grito —“Buscamos lectores”— resume mejor que muchos tratados el sueño de aquella publicación. La literatura no debía ser un adorno de minorías, sino una forma de ciudadanía.
Ahí está la raíz más hermosa de La República de las Letras: su fe en la lectura como herramienta de emancipación. Hoy, cuando hablamos de cultura, solemos hacerlo con una mezcla de cansancio administrativo y melancolía de suplemento dominical. En 1905, todavía se podía creer que leer mejoraba el alma pública. No solo el alma individual, no solo la sensibilidad privada, sino el país. Leer era instruirse, afinar el juicio, salir de la obediencia ciega, entrar en conversación con el mundo. Una revista podía ser, por tanto, una escuela portátil. Una escuela barata. Una escuela de sábado.
Blasco Ibáñez, por su parte, aportó a la revista su energía torrencial, su republicanismo combativo y su idea de la novela como instrumento social. En el primer número publicó “La novela social”, texto que arrancaba con una afirmación rotunda: “La novela de nuestro tiempo debe ser social”. Pero conviene no malinterpretarlo. Blasco no defendía la novela como sermón muerto ni como tesis con personajes de cartón, sino como forma viva capaz de mirar los nuevos conflictos de la época: la lucha de clases, la pobreza urbana, el avance de las masas, la dignidad de los de abajo. En sus páginas se anunciaron también fragmentos de La horda, novela que retrata ambientes humildes madrileños a través de Isidro Maltrana, uno de esos personajes vencidos por el origen social y por una voluntad quebrada antes de empezar.
La presencia conjunta de Galdós y Blasco tiene algo de escena generacional. Galdós representaba la gran novela nacional del XIX, el realismo como inmensa maquinaria de comprensión; Blasco, el novelista de masas, el agitador republicano, el editor audaz, el escritor que olía a imprenta caliente, mitin, huerta valenciana, naturalismo francés y multitud. Entre ambos se tendía un puente: de la España observada a la España combatida. De la novela como espejo a la novela como empujón. Uno levantaba mundos; el otro quería prenderles fuego para ver si, entre las llamas, aparecía una sociedad más justa.
Pero la revista no fue solo asunto de dos nombres mayores. Por sus páginas pasaron o fueron citados autores y materiales que muestran muy bien la mezcla del momento: el centenario del Quijote, poemas de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío y Salvador Rueda, prosas de Eugeni d’Ors y Ramón Pérez de Ayala, crítica de Gregorio Martínez Sierra y José Francés, traducciones de Verlaine, Baudelaire, Mallarmé, Anatole France, Tolstói o Verhaeren, además de entregas de Bjørnson, Maeterlinck y un cuento de Ramón y Cajal. Aquello era una república, sí, pero con pasaporte internacional.
El centenario del Quijote, celebrado en 1905, no era un dato menor. Toda España parecía preguntarse entonces qué hacer con Cervantes: si convertirlo en estatua, en consigna, en reliquia escolar o en conciencia crítica. El Quijote servía para todo, que es lo que suele ocurrirles a los clásicos cuando un país no sabe qué hacer consigo mismo. Para unos, era símbolo de idealismo; para otros, advertencia contra el delirio; para otros, prueba de la grandeza nacional. La República de las Letras lo integró en su programa porque Cervantes seguía siendo el gran precedente de una literatura capaz de reírse del mundo y, al mismo tiempo, juzgarlo.
La revista tuvo desde el principio vocación polémica. Antes incluso de salir a la calle, ya había provocado discusiones. En abril de 1905 se celebró una comida “popular y literaria” para preparar la fundación del semanario. Allí se reunieron escritores, políticos, artistas, periodistas, críticos y representantes de sociedades obreras. Blasco defendió que el periódico debía ser popular y abierto a ideas contradictorias. Unamuno, llamado a intervenir pese a la intención inicial de evitar discursos, defendió la libertad de escribir incluso en dialecto; Santiago Rusiñol reclamó entonces el derecho a escribir en catalán, y estallaron protestas. Es difícil imaginar una escena más española: todavía no había nacido el periódico y ya se estaba discutiendo sobre nación, lengua, literatura y libertad.
Aquella anécdota dice más que una declaración programática. La República de las Letras quería ser amplia, pero nacía en un país donde toda amplitud se volvía inmediatamente trinchera. La libertad literaria chocaba con las susceptibilidades políticas; el ideal republicano con las vanidades personales; el deseo de pueblo con la dificultad de hablar verdaderamente al pueblo. En esa contradicción vivió la revista. Y en esa contradicción, quizá, sigue viviendo buena parte de la cultura española.
Ideológicamente, el semanario miraba a la izquierda de su tiempo. En sus páginas aparecieron textos sobre Marx y Engels, sobre socialismo y propiedad privada, sobre Pi y Margall, sobre la guerra y el socialismo, sobre la cuestión religiosa. Luis Morote tuvo un papel central en esa orientación republicana. También hubo sátira antimonárquica y crítica anticlerical, algo nada inocente en la España de Alfonso XIII, donde la religión seguía funcionando como nervio de Estado y como campo de batalla moral.
Pero sería injusto reducir la revista a propaganda. Su interés está precisamente en esa tensión entre la literatura y la política. La República de las Letras pertenece a un tiempo en que el escritor no aceptaba todavía del todo convertirse en especialista de sí mismo. El poeta opinaba sobre la nación; el novelista intervenía en la educación; el crítico discutía sobre el pueblo; el periodista escribía como si cada artículo pudiera empujar la historia. Había ingenuidad, desde luego. Había solemnidad, también. Pero había algo que hoy se echa de menos: la convicción de que la literatura no era solo una carrera privada, sino una responsabilidad pública.
La revista recibió críticas desde distintos frentes. Para algunos conservadores, era demasiado moderna, demasiado republicana, demasiado amiga de versos raros y novedades extranjeras. Para algunos radicales, en cambio, no era bastante consecuente, no era bastante obrera, no era bastante revolucionaria. La Revista Blanca y El Motín, desde posiciones más extremas, arremetieron especialmente contra Unamuno y contra la ambigüedad de ciertos intelectuales. Como suele ocurrir, la revista quedó en tierra de nadie: demasiado política para los estetas, demasiado literaria para los militantes, demasiado doctrinal para el público amplio y demasiado abierta para los dogmáticos.
Y luego estaba el problema decisivo: los lectores.
Galdós quería buscarlos, perseguirlos, sacarlos de donde estuvieran escondidos. Pero los lectores no siempre se dejan capturar por entusiasmo ajeno. La revista aspiraba a educar a la masa, pero quizá hablaba todavía con una densidad de minoría. Rodríguez Moranta concluye que, pese a su loable propósito regeneracionista, el formato, el tono y la extensión de algunas colaboraciones probablemente no consiguieron llegar al gran público, sino más bien a una minoría intelectual afín. Nuevo Mundo lo vio con ironía temprana: aquellas “sopas intelectuales” quizá se le indigestaran al educando.
Ese fracaso tiene algo conmovedor. La República de las Letras quiso democratizar la cultura, pero no acabó de encontrar la forma popular de hacerlo. Quiso bajar la literatura de la torre, pero quizá siguió hablando desde un balcón demasiado alto. Quiso fundar ciudadanía lectora, pero se estrelló contra la economía, la falta de publicidad, la ausencia de mecenazgo y la dificultad eterna de convertir una buena intención cultural en una empresa sostenible. El cierre de la primera época fue, según las cartas de sus fundadores, un cierre económico. En julio de 1905, Luis Morote escribía a Galdós que la publicación seguía viva, pero en claro decrecimiento, y pedía colaboración para sostenerla. No hubo milagro.
Sin embargo, la importancia de ciertas revistas no se mide por su duración. Algunas publicaciones largas no dejan más que polvo ordenado; otras, de vida brevísima, concentran una época. La República de las Letras duró poco, sí, pero en ella se cruzaron algunas de las grandes corrientes de la España contemporánea: el regeneracionismo, el republicanismo, el socialismo, el anticlericalismo, el modernismo, el realismo tardío, la novela social, el cervantismo de aniversario, la pedagogía nacional y la figura emergente del intelectual como conciencia pública.
Vista desde hoy, resulta tentador leerla como una reliquia. Un semanario de cuatro páginas, diez céntimos, letra apretada, grandes firmas, grandes propósitos y pequeños recursos. Pero sería un error archivarla solo como curiosidad. Su pregunta sigue viva: ¿para quién se escribe? ¿Para los convencidos? ¿Para los iguales? ¿Para la tribu literaria? ¿Para el mercado? ¿Para el pueblo, si es que esa palabra todavía puede pronunciarse sin paternalismo? Galdós y Blasco Ibáñez no dieron una respuesta perfecta, pero formularon la pregunta con una claridad admirable.
La República de las Letras fue, en el fondo, una tentativa de ensanchar el nosotros. Una revista que quiso decir: la literatura no pertenece solo a los exquisitos; la cultura no debe quedarse encerrada en gabinetes; el lector no nace, se conquista; la nación no se arregla únicamente con leyes, sino también con imaginación, instrucción y lenguaje común. En ese sentido, su fracaso material no anula su belleza moral. Al contrario: la vuelve más literaria.
Porque hay algo profundamente novelesco en aquella empresa. Galdós, ya mayor y venerado, llamando a lectores escondidos. Blasco, impetuoso, proclamando la novela social. Unamuno armando lío antes del primer número. Morote sosteniendo la línea política. Los modernistas entrando con sus músicas nuevas. Los republicanos soñando con educar al país. Los críticos riéndose. Los enemigos acusando. La caja vaciándose. Y al final, la imprenta callando.
La revista se llamaba La República de las Letras, pero quizá tu memoria la rebautizó con justicia: fue también la revolución de las letras. No una revolución victoriosa, desde luego. No tomó palacios, no derribó gobiernos, no alfabetizó de golpe a una nación, no convirtió a las masas en lectoras de Maeterlinck ni de Tolstói. Pero dejó una imagen poderosa: la de un puñado de escritores convencidos de que un país podía empezar a salvarse por la lectura.
Hoy, cuando tantas veces se habla de la literatura como si fuera un adorno prescindible, conviene recordar aquella aventura. No por nostalgia, sino por higiene. Porque hubo un tiempo en que Galdós, Blasco Ibáñez y otros creyeron que las letras podían formar una república. Y aunque aquella república duró poco, su sueño todavía incomoda: tal vez una sociedad que no busca lectores acaba siempre buscando salvadores.












