La santidad en ‘Miau?

Daniel Gautier

Habría muchas maneras de leer la novela de Galdós que aquí se nos propone. El autor de los Episodios Nacionales nos ofrece algunas claves al hablar de los distintos ministros que ocuparon el cargo durante las gestiones de Ramón Villaamil. La Administración de finales del siglo XIX parecía haber olvidado que tenía una función de servicio público y ya no vivía sino para sí misma, de sí misma, instalada en una completa inutilidad y sumergida en un mundo totalmente corrompido.

La familia es también un tema importante, puesto que asistimos, hasta en los mínimos detalles de la vida cotidiana, a la existencia de una familia madrileña sometida a las dificultades del desempleo, lo que confiere a esta novela una actualidad sorprendente. El mundo de la educación aparece desde el comienzo del relato como un lugar privilegiado para Galdós, pues “la furia demente con la que ellos [los niños] se lanzan a los ejercicios más arriesgados de la acrobacia, los daños que a menudo causan a los pacíficos transeúntes, la locura de la autonomía individual que a veces termina en golpes, lágrimas o moratones, parecen no ser sino el esbozo de los triunfos revolucionarios que, en edades menos felices, los hombres magnificarán…”.

Pero lo que atrae nuestra atención en esta novela, que se ha clasificado no ya entre las “novelas de tesis”, sino dentro del “naturalismo espiritual”, es precisamente el aspecto espiritual desarrollado a lo largo de esta historia de un hombre en busca de empleo.

¿Qué presentación del mundo religioso nos ofrece Galdós en esta novela, que podríamos considerar continuación de Fortunata y Jacinta, puesto que un personaje de esta última reaparece en Miau? ¿Qué mensaje quiere transmitirnos aquel de quien Pierre Lhande dijo que había sido uno de los hombres “más nefastos desde el punto de vista de la difusión de teorías perniciosas…”? ¿Qué pensar de Pierre Lhande cuando describe a Galdós como un “pensador lamentable” que “no ha aportado una solución a los problemas contemporáneos de la conciencia religiosa o de la cuestión social”?

Conviene señalar que no hay santos en Galdós. Y quienes son reconocidos como tales se defienden de ese calificativo. Pensamos en Nazarín, que rechazará hasta el final tal denominación. Porque, como dice tan acertadamente la Chanfaina: “Un santo, ¿para qué sirve? Para nada de nada”. Un gitano que lo ha tratado dirá de él: “Me confesaría con él antes que con Su Majestad el Papa de Dios… Porque bien vemos que es baba de ángel lo que le mana de la boca; bien se ve que en sus ojos danza la magnífica estrella pastoral de la Virgen bendita que está en el Cielo…”. Benina, en Misericordia, tendrá la misma actitud.

No debe extrañarnos, por tanto, ver a Villaamil rechazar ese título que, en sí mismo, como dice la Chanfaina, no quiere decir nada. La descripción que Galdós hace de nuestro héroe nos lo presenta como un personaje en camino hacia la santidad: “Tenía la misma expresión sublime del apóstol que sufre martirio por su fe, algo así como san Bartolomé de Ribera, a quien atan al árbol y despedazan como si fuera un cabrito”. La mujer de Mendizábal, el escribiente público, reconoce en él a un hombre excepcional: “Pues bien, el pobre don Ramón, cuando cierre los ojos, irá derecho al cielo. Es un santo y un mártir”.

Don Ramón era católico practicante, pero de una práctica sincera y no superficial, como la de tantos otros: “Las prácticas religiosas de los Villaamil se reducían a la misa dominical en las Comendadoras, y eso sin rigurosa asiduidad. Don Ramón faltaba muy raras veces; pero doña Pura y su hermana, con el pretexto de que no estaban lo bastante bien vestidas, de que tenían que hacer o por cualquier otra razón, infringían el precepto muchas veces”.

Podría objetarse que don Ramón no siempre tiene el comportamiento que convendría a un hombre religioso y que, demasiado preocupado por sus propios sentimientos, llega a olvidar lo sagrado: “El abuelo, tomando a Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta, sin hacer genuflexión alguna, sin mirar hacia el altar ni recordar que se hallaba en un lugar sagrado”. Pero incluso en esa actitud de malhumor nos remite a los personajes bíblicos, que también tuvieron sus momentos de descontento. Job, después de ser golpeado por la desgracia, se dirige contra Dios y hace su propia defensa: “¡Que me pese en balanza justa, y Dios reconocerá mi inocencia!”.

Ahora bien, Galdós ha comprendido perfectamente que Dios ama a esos hombres rebeldes. Ese Torquemada que se subleva ante la muerte de su hijo; esa Benina que se queja directamente a Dios: “¡Qué ingratitud, Señor! ¡Qué mundo, qué miseria! ¡Esta es mi recompensa!”. En esto, Galdós coincide con el pensamiento bíblico, pues en el libro de Job se lee que Dios no reprocha a Job haberse rebelado: “Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado rectamente de mí como mi siervo Job”.

Don Ramón reacciona, en realidad, de una manera profundamente humana. Galdós quiere ser el apóstol de una religión con rostro humano. Para él, la perfección no es la santidad, y en Doña Perfecta no nos encontramos precisamente ante un modelo de santidad, sino todo lo contrario. ¿Qué hay que hacer, entonces, para ser santo?

¿Cuál es, pues, el secreto de la santidad? Don Ramón nos lo dice con gran sencillez: “No puedo ser de otro modo que como Dios me ha hecho”. Coincide así con el salmo que dice: “No querías sacrificio ni oblación; me abriste el oído. No exigías holocausto ni víctima; entonces dije: Aquí estoy, vengo”. Los cristianos han pensado siempre en Cristo al citar estos versículos. ¿Tendría Miau una dimensión crística?

Eso es precisamente lo que Galdós deja entrever, de manera discreta, a través de estas citas bíblicas, y luego de forma inequívoca cuando don Ramón inicia el calvario que lo conducirá a la “montaña”. A Urbanito Cucurbitas le dirá: “Dile que estoy crucificado, porque soy un imbécil, crucificado en el madero ignominioso de la tontería”. Las imágenes de la lanzada y de la esponja empapada en vinagre no dejan, por tanto, ninguna duda, sobre todo porque se completan con el letrero: INRI, que a los ojos de don Ramón se convierte en MIAU. Pero esas letras cumplen la misma función: burlarse del crucificado.

Todo se precipita, y el abuelo debe incluso tomar por sí mismo la desgarradora iniciativa de sacrificar a su nieto, como Abraham lo había hecho en su tiempo. Se trata de apurar el cáliz hasta las heces. El suicidio de Miau no es, por tanto, un rechazo de la vida, sino la aceptación de la voluntad de Dios. Dios lo ha querido así; hágase su voluntad. Esa es, en el fondo, la vocación de don Ramón: “Yo he cumplido con mi deber… He llevado mi cruz durante treinta años; ahora le toca a otro…”.

Ha llegado, pues, el momento de que don Ramón ceda su lugar, de que se sacrifique, sabiendo que “todo está consumado”: su hija va a casarse con Ponce; su mujer y su tía quedarán también bajo la protección del mismo Ponce; su nieto está en manos de su tía Quintina. Don Ramón queda, por tanto, libre. Ha hecho lo que debía hacer. Vuelve al Padre, como en otro tiempo Cristo, antes de morir, había confiado su madre a un apóstol y el apóstol a su madre.

La santidad, nos dice Galdós, no consiste en hacer milagros ni cosas extraordinarias, sino en estar allí donde se debe estar, cumpliendo así la voluntad de Dios. Pero ¿cómo conocer esa voluntad de Dios?

Galdós alcanza aquí un grado de sutileza y delicadeza raramente igualado. Se trata del papel discreto, pero finamente presentado, del pequeño Cadalso. “¡Ningún retrato de niño ha causado tantas emociones como el del pequeño Cadalso!”, reconoce Federico Carlos Sainz de Robles en su introducción a la obra completa de Galdós.

Este niño no tiene nada especialmente seductor, al contrario que su padre. No es muy buen alumno y se alegra de escapar de la escuela para llevar las cartas de su abuelo. Es enclenque, raquítico y, al parecer, sufre crisis de epilepsia. Pero, y en esto Galdós es profundamente bíblico, será a este pequeño que pasea con su perro Canelo a quien Dios confiará un mensaje para don Ramón. Luisito lamenta incluso que Canelo no pueda hablar, pues habría podido confirmar la realidad de las apariciones, ya que miraba al amigo de barba blanca sacando la lengua.

El abuelo no tiene ninguna duda sobre las apariciones de su nieto, aunque en un primer momento queda completamente aturdido. “¿Qué? ¿No me crees?”, se sorprende el niño después de su revelación. “Sí, pequeño, sí te creo…”, responde don Ramón, vivamente emocionado. “¿Por qué no iba a creerte?”.

Galdós posee la habilidad de hacernos comprender que la visión de Dios podría no ser más que una ilusión, una fantasía, una autosugestión. La mezcla de detalles conocidos —la apariencia del mendigo ciego en el primer sueño, las vitolas de los cigarros, los expedientes del comedor, la presencia de Posturitas en los distintos sueños— puede hacernos dudar de la realidad de la aparición. Es un sueño. De hecho, Luisito tiene siempre sus visiones cuando se queda dormido.

Pero los diálogos inesperados, las preguntas de Dios e incluso las dudas del Padre Eterno nos acercan mucho más a las presentaciones bíblicas que a las afirmaciones teológicas. Los artistas han penetrado a menudo los misterios de Dios mejor que los propios teólogos. Luisito tiene dificultades para reconocer a Dios al principio. La sorpresa, el asombro, la visión increíble explican la reacción del pequeño Cadalso; pero también hay aquí, por parte de Galdós, una crítica hacia quienes quizá no han transmitido sino imágenes equivocadas de la realidad de Dios. “Soy Dios. ¿No me habías reconocido?”.

El Padre Celestial se sorprende incluso de que no lo reconozcamos. No es una idea nueva, pues san Juan ya decía: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Luisito esperaba ver ángeles, como dirá más tarde cuando él mismo manifieste dudas sobre la realidad de sus visiones. Su padre, Víctor, no cree en Dios porque, según afirma, “a Dios se le ve en sueños, y hace mucho tiempo que yo me desperté”. Cadalsito no comprende esa actitud y esconde el rostro entre las almohadas.

La prueba de que las visiones no son inventadas, nos dice Galdós, es que no se producen automáticamente. No basta con desearlas para tenerlas: “No sufrió aquella noche ningún acceso espasmódico que precediera a la singular visión del anciano celestial. Pero soñó que sufría y, por consiguiente, que deseaba y esperaba la fabulosa visita. El misterioso personaje hizo novillos”. Las explicaciones de estas ausencias son infantiles, pero prueban que el pequeño no domina esas apariciones.

Dios no lo sabe todo. Al principio sabe lo que ocurre en la escuela, en casa e incluso en las oficinas de la Administración, pero apenas tiene autoridad sobre esos ministros y empleados. Puede incluso golpear con el bastón la mesa del ministro: es como si nada. Dios tiene también sus juicios sobre las personas, pero nadie queda condenado definitivamente. Cuando Luisito pregunta a Dios si su padre es malo, el Padre Eterno responde no sin humor: “Digamos que no es muy católico”. Pero nadie queda abandonado al borde del camino.

Finalmente, la última visión nos confirma que el gran deseo de Dios es que seamos felices; por eso don Ramón no tiene ya nada que hacer en “este valle de lágrimas”: “Tu abuelo no encontrará nunca la felicidad”. Por eso Dios va a llamarlo a su lado, lo que confirma que don Ramón no hará sino cumplir la voluntad del Padre al suicidarse en el último capítulo.

Hay que reconocer que no se trata de afirmaciones muy teológicas, pero Galdós nos invita a mirar más allá de los dogmas, más allá de las ideas recibidas. Debemos reconocer a Dios en la realidad cotidiana, como Luisito veía a Dios rodeado de las cosas de todos los días, incluso ocupado en escribir al ministro con su mejor pluma.

Desde su novela Gloria, Galdós sueña con una religión que no sea una religión nueva, sino una religión purificada, una religión más humana y, por tanto, más divina. Eso es precisamente lo que dice al niño Jesús al final de la novela: “Hoy juegas, ríes e ignoras; pero tendrás treinta y tres años, y entonces quizá tu historia sea digna de ser contada como lo fue la de tus padres”. Ellos, que habían caído en la locura por haber querido encontrar esa nueva religión, esa religión única, esa religión del porvenir, ¿se verán aprobados o contradichos por la religión de nuestro tiempo?

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