‘Cartas americanas’ de Juan Valera

Juan Valera abre sus Nuevas cartas americanas con una dedicatoria al presidente de la República del Ecuador, don Antonio Flores, en la que desde el primer momento aparece una de las grandes ideas que sostienen toda la obra: la literatura escrita en español, tanto en España como en América, pertenece a una misma comunidad espiritual, histórica y lingüística. Aunque Valera declara que su propósito es “puramente literario”, reconoce enseguida que, al tratar de literatura hispanoamericana, lo literario se eleva inevitablemente hacia una dimensión política y cultural más amplia.

El texto nace, por tanto, de una conciencia transatlántica. Valera escribe desde España, pero mira hacia América no como hacia un territorio ajeno, sino como hacia una prolongación viva de una civilización compartida. Para él, la independencia política de las repúblicas americanas no ha roto del todo los vínculos profundos que unen a ambos lados del Atlántico: la lengua, una parte de la historia, ciertas raíces culturales y una tradición literaria común. De ahí su afirmación esencial: todo lo que se escribe en español en ambos mundos forma parte de la literatura española entendida en sentido amplio.

Sin embargo, esta defensa de la unidad cultural no está exenta de tensión. Valera se presenta como un crítico suave, incluso benevolente, pero rechaza la adulación. Su tono combina cortesía, ironía y firmeza intelectual. Elogia a los escritores americanos cuando cree justo hacerlo, pero también discute con aquellos que, movidos por un exceso de americanismo, exageran —a su juicio— las crueldades de la conquista española o reducen la presencia de España en América a una historia de barbarie y opresión. En ese punto, el escritor cordobés adopta una posición polémica: reconoce la necesidad de examinar el pasado, pero se resiste a aceptar una visión unilateral de la historia colonial.

A partir de esta dedicatoria inicial, las cartas despliegan un amplio panorama de intereses: la religión positivista de Augusto Comte, la moral sin Dios, el americanismo literario, la lengua castellana en el Río de la Plata, la literatura mexicana, la poesía uruguaya y la función cultural de España en el mundo hispánico. Valera no escribe como un historiador sistemático, sino como un ensayista epistolar: conversa, argumenta, ironiza, cita, se contradice con gracia y convierte cada carta en un espacio de crítica literaria y reflexión civilizadora.

Especial importancia tiene su discusión con Juan Enrique Lagarrigue sobre la llamada “nueva religión” positivista. Valera admira la intención moral del positivismo, su deseo de mejorar a la humanidad y su exaltación del altruismo, pero considera imposible fundar una moral sólida prescindiendo de Dios. Frente a la religión de la Humanidad propuesta por Comte y sus seguidores, Valera defiende que la caridad, el deber y la justicia necesitan un fundamento metafísico o religioso. Su crítica no es seca ni dogmática: está atravesada por humor, imágenes literarias, referencias bíblicas, comparaciones cervantinas y una ironía muy característica de su estilo.

También resulta fundamental su atención a la lengua. En la carta sobre el Vocabulario rioplatense razonado, Valera comprende que el castellano de América no es una deformación menor del idioma peninsular, sino una fuente de enriquecimiento para la lengua común. Las voces indígenas, los americanismos y los términos propios de la flora, la fauna y las costumbres rioplatenses deben incorporarse, cuando sea necesario, al patrimonio general del español. Así, la lengua se convierte para Valera en el vínculo más resistente entre España y América, pero también en una realidad viva, abierta y en expansión.

Por todo ello, este texto no debe leerse solo como una colección de cartas críticas. Es, más bien, una intervención intelectual sobre el destino de la cultura hispánica después de la independencia americana. Valera intenta mantener vivo un lazo que ya no es político, sino literario, lingüístico y moral. Su proyecto consiste en imaginar una comunidad de pueblos separados por la historia política, pero unidos por la lengua y por una tradición cultural compartida.

La grandeza del texto está precisamente en esa mezcla de elegancia, polémica y amplitud de miras. Valera escribe desde una España consciente de su decadencia, pero todavía convencida de que la lengua española puede servir de puente entre continentes. Sus Nuevas cartas americanas son, en ese sentido, mucho más que crítica literaria: son una defensa de la conversación entre España y América como espacio común de civilización, memoria y futuro.

Versión más breve para leer en voz alta

Juan Valera inicia sus Nuevas cartas americanas con una dedicatoria a don Antonio Flores, presidente de la República del Ecuador, en la que define el propósito profundo de la obra: hablar de literatura hispanoamericana, pero entendiendo que la literatura no puede separarse de la historia, la lengua y la política cultural.

Aunque Valera afirma que su intención es puramente literaria, enseguida reconoce que todo lo escrito en español, tanto en España como en América, pertenece a una misma tradición. La independencia de las repúblicas americanas ha roto los vínculos políticos con la antigua metrópoli, pero no ha destruido la unidad de lengua, civilización y memoria que une a ambos mundos.

Desde esa perspectiva, Valera se presenta como un crítico amable, pero no complaciente. Elogia a los escritores americanos, defiende el valor de sus obras y celebra la vitalidad del español en América; pero también polemiza con quienes, por exceso de americanismo, interpretan la historia colonial únicamente como una sucesión de crueldades españolas. Su tono es cortés, irónico y firme, propio de un autor que quiere estrechar la relación entre España y América sin renunciar al juicio crítico.

Las cartas abordan cuestiones muy diversas: el positivismo, la moral, la religión, la lengua rioplatense, la literatura mexicana, la poesía uruguaya y el porvenir cultural del mundo hispánico. Pero todas ellas comparten una misma preocupación: demostrar que la lengua española constituye una comunidad superior a las fronteras políticas.

Así, estas Nuevas cartas americanas no son solo una obra de crítica literaria. Son una reflexión sobre la identidad hispánica, sobre el papel de la lengua como vínculo entre pueblos y sobre la posibilidad de que España y América sigan reconociéndose como partes de una misma tradición cultural. En ellas, Valera aparece como un defensor de la unidad espiritual del mundo hispánico, pero también como un polemista brillante, irónico y profundamente consciente de las tensiones de su tiempo.

Al Excmo. Señor don Antonio Flores

Presidente de la República del Ecuador

Mi querido amigo: Poco valen estas NUEVAS CARTAS AMERICANAS, pero me atrevo a dedicárselas, confiado en la bondadosa indulgencia de usted que les prestará el valer de que carecen.

Aunque mi propósito al escribirlas es puramente literario, todavía, sin proponérmelo yo, lo literario trasciende en estos asuntos a la más alta esfera política.

La unidad de civilización y de lengua, y en gran parte de raza también, persiste en España y en esas Repúblicas de América, a pesar de su emancipación e independencia de la metrópoli. Cuanto se escribe en español en ambos mundos es literatura española, y, a mi ver, al tratar yo de ella, propendo a mantener y a estrechar el lazo de cierta superior y amplia nacionalidad que nos une a todos.  —VI→  

Es evidente que yo, que siempre fui un crítico suave, no había de ser severo con mis semi-compatriotas de Ultramar; pero también es evidente que ni debo ni quiero ganarme la voluntad de nadie con lisonjas. Además, a lo que muchos sujetos afirman, yo no sirvo para lisonjear, aunque lo desee. Suponen que me sucede, si bien en sentido contrario, lo que a aquel famoso profeta que fue, por orden del Rey de los hijos de Moab, a maldecir a los hijos de Israel. Levantó siete altares, sacrificó becerras, hizo otras ceremonias, y subió a un cerro, desde donde se oteaba la llanura en que los israelitas tenían desplegadas sus tiendas. Desde allí quiso maldecirlos, y Dios desató su lengua y le movió a entonar un cántico de bendiciones. Subió luego a otro cerro, volvió a querer maldecir y bendijo de nuevo, sin poderlo remediar. Si a mí, como aseguran, me sucede algo parecido, ya pueden ustedes confiar en que no hay adulación en mis alabanzas y no agradecérmelas, pues son involuntarias. Y cuando hubiere algo de censura, deberán perdonármelo también por el mismo motivo.

Es aún más perdonable mi censura, si se atiende a que las más veces me induce a censurar, a pesar mío, la exageración con que algunos escritores de por ahí, por exceso de americanismo, ponderan las crueldades espantosas que cometieron   —VII→   los españoles de la conquista y del período colonial. Si esto hubiera llegado hasta el extremo que dichos escritores aseguran, yo no dejaría de aplaudir la maravillosa imparcialidad histórica con que sostendrían la verdad; pero no sabría yo disimular que, al sostenerla, arrojarían sobre ellos mayor injuria que sobre nosotros, porque la sangre española que corre por sus venas procede, más que la nuestra, de aquellos atroces forajidos, y la sangre india, en lo que de indios puedan tener, es de una raza que, según afirman Montalvo y otros, nosotros hemos envilecido y degradado para siempre con nuestros malos tratos y con nuestra brutal tiranía.

Estas consecuencias son tan absurdas como las premisas de donde se sacan. Así trataré de probarlo detenidamente, aunque no gusto de polémicas, cuando replique, si tengo vagar y ánimo, a los Sres. Mera y Merchán que han escrito contradiciéndome.

Entretanto me inclino a creer que mucho de lo que se dice contra nosotros se dice por el prurito de aparecer muy sentimentales y muy ilustrados a la moda de París y de Londres, sin que se advierta que ni franceses ni ingleses fueron nunca más que nosotros humanos y benignos.

Fuera de este momentáneo extravío, el señor Mera es tan excelente sujeto como buen escritor,   —VIII→   y nos quiere bien. Nos aborrecería, y con razón sobrada, si entendiese que los españoles fueron a esa otra banda para echarlo todo a perder. Creamos, pues, como es justo, que los españoles fueron a América para extender en ella la civilización europea, por cuya virtud alcanzó América la potencia de igualarse con Europa y acaso de superarla en lo futuro.

No quiero molestar a usted distrayéndole, con más larga carta, de sus importantes cuidados.

Adiós y créame siempre su afectísimo y buen amigo, q. b. s. m.,

Juan Valera

Fuente: Cervantes Virtual

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