“Yo me hice anarquista cuando fuimos enviados a Caledonia”

Eduardo Montagut

Así empezaba un escrito de Louise Michel donde explicaba las razones por las que era anarquista, y que La Revista Blanca reprodujo en enero de 1930 para rebatir lo que, al parecer, habían escrito algunos periódicos comunistas que afirmaban que Michel era comunista.

Como sabemos, una de las protagonistas de la Comuna de París, fue deportada a Nueva Caledonia, precisamente por su participación en la misma. Ella afirmaba que las condenas les habían sido absolutamente indiferentes a los deportados porque según sus conciencias sí habrían sido criminales de haber obrado de forma distinta a como lo habían hecho.

A fuerza de analizar, de comparar las cosas, los acontecimientos, los hombres y haber visto obrar a los amigos en a Comuna, a los que consideraba tan honrados que, temiendo ser terribles, no habían sido enérgicos sino para arrojar sus propias vidas, se había convencido nuestra protagonista de que las personas honradas en el poder serían tan incapaces como nocivas las deshonestas, y que era imposible que jamás la libertad se pudiera aliar con un poder cualquiera.

Michel opinaba que una revolución que estableciera un gobierno cualquiera no sería sino un engaño, no pudiendo más que marcar el paso y no pudiendo abrir todas las puertas al progreso. Las instituciones del pasado que parecían ser abolidas o desaparecer, en realidad permanecerían, cambiando solamente de nombre, toda una declaración de anarquismo, como vemos. Solamente la anarquía haría la dicha de la Humanidad y porque era la única idea elevada que pudiera ser concebida por la inteligencia humana.

Solamente la anarquía podía hacer consciente al hombre, puesto que solamente ella le haría libre; era la separación completa entre los rebaños de esclavos y la Humanidad.

Para todo hombre que llegaba al poder, el Estado era él. Vendría a ser como un perro que roía y por eso lo defendía. Si el poder hacía feroz, egoísta y cruel, la esclavitud degradaba. La anarquía vendría ser el final de las horribles miserias en las que había vivido siempre el hombre. La anarquía no sería un nuevo comienzo de sufrimientos, por lo que cada vez más atraía a los “corazones templados” para el combate por la justicia y la vedad.

En esta lógica, la Humanidad se consagraría a la anarquía en la lucha que habría que emprender para salir del abismo. Cualquier otra cosa se parecería a las “piedras ruinosas y a los puñados de hierba que uno arranca volviendo a caer más profundamente”. Pero la lucha no sólo debía realizarse con ánimo, sino también con lógica.

El texto se publicó en el número del primero de enero de 1930. Como sabemos, Michel se negó a ser indultada porque consideraba que sería ofensivo, siendo, como hemos visto al principio del texto, consciente de su inocencia, declarando, además, que no volvería a Francia hasta que no lo hicieran todos los deportados. Después de regresar, se dedicó a una intensa vida de lucha a través de conferencias, actos y manifestaciones, sufriendo, de nuevo, persecución y hasta un atentado.

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