Una polémica a cuenta de la poesía y la clase trabajadora

Eduardo Montagut

En la primavera de 1911 se produjo una pequeña polémica a cuenta de una “velada organizada por la Academia de la Poesía en la madrileña Casa del Pueblo. Al parecer, algunas señoras de alcurnia habían manifestado en público su disconformidad, un hecho que, lógicamente, hoy nos llama la atención porque a nadie se le ocurriría criticar que en un centro obrero se recite poesía, pero el hecho es muy significativo de cómo era la sociedad española al comenzar el siglo XX.

De la crítica se hizo eco el escritor Luis G. Soler en las páginas de Vida Socialista, en el mes de junio de ese año. Citaba la argumentación de una de esas señoras. Al parecer, la dama en cuestión, manifestaba que para que el espíritu poético no dejase en los ánimos una sensación de vacío o de tristeza infinita tendría que rodear al lector o al oyente un cierto bienestar material para poder alejar los efectos de la melancolía que la misma poesía producía haciéndolos sólo momentáneos.

Soler fue contundente en la crítica porque consideraba que se estaba negando al trabajador su derecho al arte, y porque dichas señoras no concebían a un obrero deleitándose con la lectura de un soneto. El razonamiento era claro: para deleitarse con la poesía se necesitaba un “ambiente regio y oyentes bien alimentados”.

Era evidente que los trabajadores desconocían la técnica poética, pero podían percibir, “aun con el estómago vacío” el “alma sublime del verso”, aún más que esas señoras de alma frívola.

Pero, además, Soler hacía una crítica al tipo de poesía que leían o escuchaban recitar esas clases altas, y que se resumiría, precisamente, en que era frívola, dedicada a cantar a la realeza, al lujo, a la “loca bagatela”, etc.. Ciertamente, dicha poesía no era digna que visitase una Casa del Pueblo, porque, además, podía ser contraproducente, como un estímulo al odio.

Pero los trabajadores, a los que se estaba negando su derecho a la poesía, también tenían la suya, como también contaban con poetas propios, y esa poesía era rebelde. Era una poesía donde se exaltaba a los humildes y a los miserables, siendo acicate para sus reivindicaciones.

Soler recordaba, en este sentido, la poesía de Guerra Junqueiro, que había animado los corazones revolucionarios portugueses para derribar a la Monarquía. Debemos recordar, por nuestra parte, que Abilio Manuel Guerra Junqueiro (1850-1923) que, además de poeta y escritor, fue periodista y político. Como poeta es uno de los máximos representantes de la Escola Nova. Aunque su poesía tiene una gran influencia del Romanticismo ha pasado a la historia de la literatura portuguesa por sus poemas populares para apoyar la causa revolucionaria.

También nos recordaba a Gorki, como “sembrador de rebeldías”, y que tanto había hecho por los desheredados. Había que reconocer, siempre según Soler, lo sublime de esta poesía frente a la otra porque era la humana manifestación de los dolores y absurdos que en la sociedad injusta sufrían esos desheredados. Esa poesía, vaticinaba nuestro autor, llegaría a las mansiones de las clases poderosas, y forzosamente la conocerían. Era muy importante que el Arte resaltase las monstruosidades que padecía parte de la sociedad porque ayudaba en la tarea de la rebeldía, y podría ser hasta un antídoto eficaz para salvar del envenenamiento a los corazones egoístas y resecos de los poderosos. En una palabra, para Soler iba a triunfar el arte renovador como también los propios desheredados.

Hemos trabajado con el número 77 de Vida Socialista. Sabemos que Soler escribió una biografía de Ángel Guimerá.

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