Rafael Martínez: cultura, patriotismo y socialismo

Eduardo Montagut

Rafael Martínez López constituye una figura fundamental en la Historia de la educación en España. Participó en la creación de la Sociedad de Obreros del Ferrocarril del Mediodía en 1899, habiendo ingresado unos años antes en la Agrupación Socialista de Madrid. Pero Rafael Martínez tenía también inquietudes educativas, y se puso a estudiar por libre la carrera de Magisterio. Consiguió el título de maestro de primera enseñanza en 1904. En ese momento pudo combinar sus dos compromisos, el socialista y sindical con el educativo, ya que se puso al servicio de la enseñanza de los obreros en la Escuela Laica de su Sociedad Obrera, para luego fundar en 1905 la Escuela Laica Socialista del Centro Obrero de Madrid, que estaba en la calle de Relatores. Siguió participando activamente en la vida organizativa sindical de los ámbitos ferroviario y educativo. Ganó por oposición en 1918 una plaza de maestro en la Escuela Mixta de la Colonia de la Estación de la localidad madrileña de Torrelodones. Allí trabajó hasta 1937, y allí salió elegido concejal en 1931 y en 1936. Figura clave del Frente Popular en Torrelodones, terminaría la guerra en Valencia colaborando en las Milicias de la Cultura. Al terminar la contienda sufrió una intensa persecución, y aunque se le conmutó la pena de muerte no pudo vivir mucho más, porque murió de frío y hambre en el penal de Ocaña en 1940. En esta ocasión queremos hacernos eco de su interpretación sobre la ciudadanía, el patriotismo y la cultura a raíz del Desastre de Annual.

La falta de cultura era para el maestro y socialista una de las principales causas de la indiferencia, modorra, esclavitud y servilismo que podían encontrarse en un pueblo. Cultura y ciudadanía era, por lo tanto, dos conceptos que se complementaban. Un pueblo sin cultura era un pueblo vilipendiado, envilecido, esclavo y tiranizado; así era de contundente Martínez. Pero, es más, un pueblo sin cultura no era ni buen patriota ni buen ciudadano. Era un pueblo propenso a ser arrastrado a empresas absurdas o aventuras sangrientas que la ambición o incuria de sus gobernantes le proporcionaban, careciendo, además de capacidad para exigir responsabilidades a los que de forma desafortunada gobernaban.

Algo así, a juicio de Rafael Martínez, le pasaba al pueblo español. El desastre de Marruecos solamente había despertado en España el patriotismo bullanguero y falso, que se dedicaba a organizar festejos, tómbolas, corridas de toros, etc, para intentar allegar fondos para una campaña de desquite en el Rif, como si la causa del desastre hubiera sido la falta de dinero.

Si el pueblo español tuviera la suficiente cultura tendría la capacidad para intervenir en la cosa pública para impedir que gobernantes ineptos le condujesen a situaciones desastrosas, exigiendo responsabilidades. Pero, sobre todo, impediría que los mismos que habían metido a España en el sangriento avispero marroquí en 1909 dirigieran en 1921 de nuevo el Gobierno.

Pero los gobernantes procuraban mantener en la incultura al pueblo español. Sentían una “mortal indiferencia” por la escuela primaria, cuando no una aversión declarada. Se suprimían partidas enteras del Ministerio de Instrucción pública, se cerraban escuelas y no se pagaban los atrasos a los maestros. Pero, en cambio, votaban muchos miles de pesetas para instituciones docentes religiosas. Martínez aludía al caso concreto reciente de las sesenta mil pesetas concedidas a la Institución Teresiana de Murcia. El objetivo era gobernar con el engaño o el palo.

Mientras la mayor parte del presupuesto no se emplease debidamente en los Ministerio de Instrucción Pública y Fomento no “existiría una verdadera patria española culta”, no sería una potencia económica de primer orden, donde los ciudadanos “sean inteligentemente patriotas”.

En conclusión, Martínez asociaba la cultura, la enseñanza con la formación de la ciudadanía, con el patriotismo “inteligente”, frente al otro patriotismo, siguiendo los planteamientos del socialismo español en esta materia, y dada su intensa vocación pedagógica.

Hemos consultado el número 3940 de El Socialista de 28 de septiembre de 1921.

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