Pepe Hierro y mi primer móvil

Juan Antonio Tirado

La tarde en que se murió Pepe Hierro, diciembre más que mediado de 2002, yo me había ido al Vicente Calderón a ver a mi equipo, que jugaba con el Racing de Santander. Entre santanderino y madrileño era el poeta de Tierra sin nosotros. Yo había llegado al estadio del Manzanares a las seis menos cuarto, quince minutos antes de que echara a rodar el balón. Apenas había fijado el culo en la grada cuando por los altavoces del campo escuché lo que jamás habría sospechado: mi nombre. Juan Antonio Tirado Ruiz y tal y cual. Tengo que constatar lo que dicen los malos periodistas, que la sensación fue indescriptible. El hormigueo que me recorrió el cuerpo conformó una sinfonía dramática escrita en clave policiaca. ¿Qué había podido ocurrir en torno a mi vida para que mi nombre compuesto y mis dos apellidos sonaran como una canción desolada en el recinto del Vicente Calderón? Cualquier cosa imaginable, y todas malas. No era de creer que me hubiesen sacado a la carrera del campo para darme una buena nueva, eso sería imperdonable. Barajé las muertes de mi padre, de mi madre, de mi hermano, de alguna de mis hermanas mellizas, de mi suegro, de mi suegra… ¿de mi mujer? Incluso, aunque acababa de dejarla en casa y supuse que en ella estuvo el origen del aviso. No es que uno tenga un espíritu dramático, que lo tiene, es que vocear a alguien a través de la megafonía de un estadio es asunto grave.Lo que ocurrió fue lo mejor que podía pasarme: había muerto el poeta Pepe Hierro y me reclamaban, cual periodista de urgencia, para que preparase un reportaje en Informe Semanal. No es que no fuese triste y digno de lágrimas el fallecimiento del gran poeta de la generación del 50, pero puesto en el disparadero personal cualquier tema profesional había de ser bienvenido. El caso es que me avisaban para que me dirigiera sin perder tiempo, apenas quedaba, y me marché a toda prisa a Torrespaña para improvisar, junto con mi compañero José Manuel Falcet, una breve y sentida pieza televisiva. Mi aversión al móvil me había jugado una mala pasada. Al día siguiente me compré uno.

José Hierro tenía la cabeza calva y preclara de ideas, el genio pronto, la voz entre aguardentosa y cazallera, el mirar limpio, las manos muy grandes, el corazón a la deriva, la respiración averiada, la rima en asonante, el verso exacto, como una multiplicación, la muerte a la espalda, cual sutil visitadora, la memoria pródiga y la taberna siempre a un paso. Supo de cárceles y de premios, de pérdidas y de amigos. Vivió contándolo a salto de mata, a golpe de libro, a veces demorado durante décadas. Escribió con palabras sencillas y hondas, hermosas y sombreadas sobre caminos, ensueños, prisiones, pálpitos, ángeles de otoño, paisajes del recuerdo, tardes olvidadas y alegrías cercanas. Donde había vino bebía vino, donde no había vino, whisky. Y no le hacía ascos al agua nacida en manantial sereno. Se murió porque es la constante, porque todos nos escapamos por las trampillas del tiempo, pero él no tenía apego a otras vidas que no estuvieran en esta, y aun respirando con una bombona de oxígeno, como en sus últimos tiempos, se agarraba a la certeza del martes, a la ventura de una tarde de jueves con voces plurales. Su poesía, y más sus correrías, tienen un eco machadiano, bonancible, recio, castellano-cántabro. En su voz ronca sus versos se desgranaban con gracia minuciosa y rigor, sin concesiones a la galería cantarina, con todas las emociones en su punto, sin forzar el tono, sin pintar sangre donde no la había o acunar tragedias allí donde resplandecía la pura costumbre, la suerte de estar vivos.

            Tantos móviles después, recuerdo aquella tarde remota y extrañaque me asusté al escuchar mi nombre por la megafonía de un estadio que, como Pepe Hierro, ya no existe. Ah, y el Atlético de Madrid perdió.

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