La sirena que quería un alma: origen literario y sentido profundo de La Sirenita

Rosa Amor del Olmo

1. Un cuento de autor, no una simple leyenda marina

El origen de La Sirenita no está en un cuento popular recogido de la tradición oral, como ocurre con tantos relatos de los Grimm, sino en una creación literaria de Hans Christian Andersen. El título original danés es Den lille Havfrue, y el cuento apareció el 7 de abril de 1837, dentro de Eventyr, fortalte for Børn. Første Samling. Tredie Hefte —Cuentos contados para niños. Primera colección. Tercer cuaderno—, volumen en el que también se publicó El traje nuevo del emperador. El registro del Hans Christian Andersen Centre sitúa Den lille Havfrue precisamente en esa fecha y dentro de esa serie de cuentos en danés.

Esto es importante porque cambia por completo la manera de leer el relato. La Sirenita no es, en sentido estricto, una transcripción de una leyenda tradicional de sirenas, sino un cuento literario construido por Andersen a partir de materiales míticos, religiosos, románticos y autobiográficos. La propia tradición crítica ha señalado que, aunque el relato contiene motivos folclóricos comunes —la criatura marina, el deseo de convertirse en humana, el pacto con una figura mágica, la pérdida de la voz—, no tiene un antecedente oral directo conocido; su precedente literario más cercano es Undine, la novela corta de Friedrich de la Motte Fouqué publicada en 1811.

En la tradición antigua, las sirenas no eran necesariamente mujeres con cola de pez. En la mitología griega, las sirenas eran criaturas femeninas cuya voz atraía a los navegantes hacia la destrucción; muchas representaciones antiguas las imaginaban como seres híbridos de mujer y ave, no como la figura moderna de la mujer-pez. La sirena marina tal como la entendemos hoy —mitad mujer, mitad pez— se consolidó en la tradición europea posterior, mezclando elementos de ninfas acuáticas, ondinas, melusinas y seres femeninos ligados al peligro del mar.

Andersen recibe ese imaginario, pero lo transforma. Su pequeña sirena no es una seductora que arrastra a los hombres al fondo del mar. Al contrario: salva al príncipe de un naufragio. Tampoco es una criatura maligna ni una simple enamorada. Es una figura fronteriza: pertenece al mar, pero desea el mundo humano; tiene voz, pero debe renunciar a ella; posee belleza, pero no tiene alma inmortal; puede vivir trescientos años, pero sabe que al morir se disolverá como espuma. En el texto original, la abuela le explica que los seres humanos viven menos que las sirenas, pero poseen un alma que sobrevive al cuerpo, mientras que las sirenas se convierten en espuma y no tienen vida eterna.

Por eso el cuento no nace solo de la pregunta “¿cómo puede una sirena amar a un príncipe?”, sino de otra mucho más honda: ¿qué está dispuesta a perder una criatura para acceder a una forma superior de existencia? En Andersen, la historia amorosa es importante, pero no agota el sentido del relato. La sirenita no quiere únicamente al príncipe: quiere participar de la vida humana, del mundo de arriba, de la espiritualidad y de la promesa de inmortalidad que no posee en su reino submarino.

Desde el principio, el cuento insiste en esa tensión entre mundos. El fondo del mar aparece como un espacio hermoso, con palacios de coral, ventanas de ámbar, jardines submarinos y una organización cortesana que reproduce, de forma invertida, el mundo humano. Pero la protagonista mira hacia arriba. Su deseo empieza antes de conocer al príncipe: le fascinan las ciudades, los barcos, los bosques, las flores con perfume y los pájaros. Andersen presenta así a una heroína movida por la curiosidad, por el anhelo de conocimiento y por la insatisfacción ante los límites de su propio mundo.

Esa es una de las claves del origen literario de La Sirenita: Andersen toma una criatura tradicionalmente peligrosa y la convierte en una figura de deseo espiritual, de dolor íntimo y de transformación. La sirena ya no canta para destruir a los hombres; canta porque posee una belleza que terminará perdiendo. Ya no representa solo el peligro del mar, sino la imposibilidad de pertenecer del todo a ningún mundo.

2. Undine, Andersen y la herida de no pertenecer

El antecedente literario más importante de La Sirenita es Undine, de Friedrich de la Motte Fouqué. En esa obra romántica, una criatura acuática adquiere alma al casarse con un hombre. Andersen conocía ese modelo, pero no se limitó a imitarlo: lo corrigió desde dentro. En Undine, la posibilidad de tener alma depende de la unión amorosa con un humano; en La Sirenita, Andersen desplaza el centro moral del relato y hace que la salvación no dependa únicamente del amor del príncipe, sino del sufrimiento, la renuncia, la fidelidad y la conducta espiritual de la protagonista. La crítica especializada suele leer La Sirenita como una respuesta directa a Undine, no como una simple repetición del argumento. (surlalunefairytales.com)

Ahí se encuentra una de las grandes innovaciones de Andersen. En apariencia, la sirenita necesita que el príncipe la ame y se case con ella para obtener un alma. Pero el desenlace desborda esa lógica. Cuando el príncipe se casa con otra mujer, la sirenita podría salvarse matándolo: sus hermanas le entregan un cuchillo y le explican que, si derrama la sangre del príncipe sobre sus pies, recuperará su cola y volverá al mar. Sin embargo, ella no puede hacerlo. Lanza el cuchillo al agua y acepta su desaparición. En ese gesto, Andersen sustituye la lógica posesiva del amor por una ética de la renuncia.

Este cambio es fundamental. La sirenita no triunfa porque consiga al príncipe, sino porque se niega a destruirlo. El relato no premia la conquista amorosa, sino la capacidad de no convertir el amor frustrado en violencia. Por eso La Sirenita es un cuento mucho más complejo que la versión romántica moderna. No trata solo de “ser amada”, sino de qué hacer cuando el amor no es correspondido.

La biografía de Andersen ilumina esta dimensión sin agotar el significado del cuento. El Hans Christian Andersen Centre subraya que Andersen conoció desde joven la experiencia de abandonar un mundo sin ser aceptado del todo en otro superior; esa situación de sufrimiento y humillación es comparada explícitamente con la de la pequeña sirena, que abandona su elemento y no logra integrarse plenamente en el mundo al que aspira.

En ese sentido, la sirenita es también una figura del desclasamiento, de la extranjería y de la imposibilidad de pertenecer. Andersen, hijo de una familia pobre de Odense, luchó por entrar en el mundo burgués, artístico y culto de Copenhague. Su vida estuvo marcada por el deseo de ascender, por la dependencia de protectores, por la sensibilidad herida y por la conciencia de ser distinto. La sirenita reproduce esa experiencia en clave fantástica: deja el mar, pero no llega a ser plenamente humana; entra en el palacio, pero no posee voz; está junto al príncipe, pero él no comprende quién es ni qué ha sacrificado por él.

También existen lecturas que vinculan el cuento con los afectos no correspondidos de Andersen y con la dificultad de expresar deseos íntimos que no podían decirse abiertamente en su tiempo. Algunos estudiosos, como Heinrich Detering, han interpretado textos como Agnete y el tritónLa Sirenita y La sombra atendiendo a papeles de género ambiguos y al silencio como imposibilidad de confesar un deseo homoerótico. Ahora bien, otros investigadores advierten que no conviene encerrar a Andersen en categorías sexuales modernas de forma simplista, porque términos como “homosexual” o “heterosexual” funcionan históricamente de manera distinta en el siglo XIX.

Lo más prudente, por tanto, es afirmar que La Sirenita nace de una constelación de heridas: el amor no correspondido, la diferencia, la aspiración social, la religiosidad, la imposibilidad de hablar y el deseo de ser reconocido. Su origen no es una sola anécdota biográfica, sino una tensión vital convertida en forma literaria. Andersen proyecta en la sirena una experiencia que atraviesa muchas de sus criaturas: la de quien abandona su mundo de origen para alcanzar otro, paga un precio altísimo y aun así queda fuera.

Por eso la pérdida de la voz es tan decisiva. La bruja no pide a la sirenita una joya, ni una corona, ni una posesión externa. Le exige lo más suyo: la voz. En el texto, cuando la sirenita pregunta qué le quedará si le arrebatan la voz, la bruja le responde que conservará su belleza, sus movimientos y sus ojos expresivos. Es decir: podrá ser mirada, pero no escuchada; podrá gustar, pero no explicarse; podrá estar presente, pero no narrar su propia verdad.

Aquí Andersen alcanza una de sus imágenes más crueles y modernas. La sirenita pierde la palabra precisamente cuando más necesita decir quién es: que ella salvó al príncipe, que ella lo ama, que ella ha abandonado su mundo, que cada paso le duele, que no está ahí por capricho sino por una búsqueda radical. El príncipe la mira, la aprecia, la acompaña, incluso la trata con ternura; pero nunca llega a conocerla de verdad. Ella queda reducida a cuerpo, gracia y silencio.

La transformación física tampoco es liberadora. Tener piernas no significa alcanzar una humanidad plena, sino entrar en un régimen de dolor. Andersen insiste en que cada paso le produce una sensación semejante a caminar sobre cuchillos. La imagen es brutal: la protagonista obtiene aquello que desea, pero lo deseado se convierte en tortura. Su nuevo cuerpo le permite acceder al mundo humano, pero cada movimiento le recuerda el precio de esa entrada.

Así, el origen profundo de La Sirenita está en una pregunta típicamente anderseniana: ¿qué ocurre cuando el deseo de elevación exige mutilación? Para ser humana, pierde la cola; para acercarse al príncipe, pierde la voz; para aspirar al alma, pierde su mundo; para no destruir al amado, pierde incluso la posibilidad de volver a ser sirena. El cuento es una fábula sobre el coste de la transformación.

3. El verdadero sentido del final: espuma, aire y alma

El final de La Sirenita es una de las partes más malinterpretadas del cuento. No es un final feliz en sentido convencional: la sirenita no se casa con el príncipe. Tampoco es una tragedia cerrada: no desaparece del todo en la espuma. Andersen construye una salida intermedia, extraña y profundamente ambigua. La protagonista se disuelve en el mar, pero no muere como esperaba; asciende junto a las “hijas del aire”, seres espirituales que tampoco poseen alma inmortal, pero pueden obtenerla mediante buenas acciones durante un periodo de prueba.

Ese desenlace ha desconcertado a la crítica durante generaciones. Jacob Bøggild y Pernille Heegaard, en un estudio recogido por el Hans Christian Andersen Centre, señalan que la secuencia final obliga a enfrentarse con una ambigüedad esencial: el relato parece dirigirse hacia una conclusión trágica, pero Andersen introduce una forma de redención espiritual que no puede leerse simplemente como un final feliz. Para estos críticos, no es seguro que el cierre sea tan luminoso como parece, porque la salvación queda mezclada con una economía de prueba, sufrimiento y castigo.

Esa ambigüedad es precisamente lo que hace grande el cuento. Andersen no permite que el lector descanse en una moraleja simple. Si la sirenita hubiera muerto convertida en espuma, el cuento sería una tragedia pura. Si se hubiera casado con el príncipe, sería una fantasía romántica de recompensa. Pero no ocurre ni una cosa ni la otra. La protagonista no obtiene el amor humano, pero tampoco queda anulada. No consigue el mundo que deseaba, pero accede a otra forma de existencia.

El paso del agua al aire es simbólicamente decisivo. La sirenita nace en el mar, desea la tierra y termina en el aire. Su trayectoria no es horizontal, sino ascensional: fondo marino, superficie, palacio humano, espuma, aire, promesa de cielo. Andersen convierte la metamorfosis en una escala espiritual. La criatura que empezó deseando subir a la superficie termina elevada a una región invisible. Sin embargo, esa elevación no borra el dolor: lo transfigura.

Por eso La Sirenita no debe leerse solo como un cuento sobre el amor sacrificado. Es también un relato sobre la identidad. La protagonista atraviesa varias formas de ser: sirena, mujer muda, espuma, espíritu del aire. Cada transformación implica pérdida y ganancia. Como han señalado lecturas modernas del cuento, la metamorfosis de la sirenita permite pensar la mutabilidad, el cambio de identidad y la incomodidad de vivir entre categorías: ni plenamente marina, ni plenamente humana, ni completamente muerta, ni todavía salvada.

El final también revela la profunda religiosidad de Andersen. El Hans Christian Andersen Centre caracteriza la fe del autor como una forma de cristianismo no dogmático, ligado al corazón, a la emoción, a la naturaleza y al anhelo de Dios; La Sirenita aparece precisamente como uno de los textos donde esa religiosidad se manifiesta de forma más clara.

Pero esa religiosidad no elimina la dureza del relato. La promesa de alma no llega gratis ni de inmediato. Las hijas del aire explican que deberán realizar buenas acciones durante trescientos años antes de alcanzar un alma inmortal. Así, Andersen transforma el destino de la sirenita en una pedagogía espiritual: no basta con amar, sufrir o desear; hay que actuar moralmente. La salvación no depende ya del príncipe, sino de un proceso propio, prolongado y ético.

Aquí se entiende la diferencia radical con Undine. En el modelo romántico anterior, la criatura acuática obtiene alma mediante la unión con un hombre. En Andersen, la protagonista comienza creyendo que necesita al príncipe para acceder al alma, pero el final desplaza esa dependencia. La sirenita no obtiene lo que buscaba por ser amada, sino por no matar, por resistir el resentimiento y por aceptar una transformación que la conduce más allá del deseo amoroso.

El origen de La Sirenita, por tanto, es triple. En primer lugar, procede del viejo imaginario de las criaturas acuáticas: sirenas, ondinas, ninfas, mujeres-pez y seres liminares asociados al canto, al deseo y al peligro. En segundo lugar, nace del diálogo literario con Undine, relato que Andersen reformula para dar a la criatura marina un camino espiritual distinto. En tercer lugar, surge de la propia experiencia de Andersen: su conciencia de extranjería social, su sensibilidad religiosa, su vivencia del amor imposible y su obsesión por los seres que no encajan en el mundo al que desean pertenecer.

Por eso La Sirenita sigue siendo tan poderosa. No es solo la historia de una joven que quiere casarse con un príncipe. Es la historia de una criatura que quiere tener alma; de una voz que se pierde; de un cuerpo que duele; de una identidad que no encuentra lugar; de un amor que no salva; de una renuncia que abre, quizá, una forma superior de existencia.

La sirenita no fracasa porque no consiga al príncipe. Fracasa solo si se mide su destino con la lógica del cuento romántico convencional. Si se lee desde Andersen, su grandeza está en otra parte: en haber amado sin poseer, en haber sufrido sin destruir, en haber perdido su mundo sin convertirse en víctima pasiva. Su final no es la boda, sino la metamorfosis.

La verdadera pregunta del cuento no es “¿se queda con el príncipe?”, sino “¿qué queda de alguien después de haberlo sacrificado todo?”. Andersen responde con una imagen inolvidable: queda una forma de aire, de lágrima, de memoria y de esperanza. Queda una criatura que ya no pertenece al mar ni a la tierra, pero que ha conquistado algo más difícil que el amor correspondido: la posibilidad de un alma.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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