
Eduardo Montagut
Charles Fourier (1772-1837) imaginó una sociedad ideal de comunidades de hombres y mujeres, a la que denominó falansterios. Serían poblaciones con 1.600 habitantes, entre los que se distribuirían las funciones y trabajos alternativamente, para evitar la excesiva especialización, es decir, que se combinaba la comunidad en sí de residencia, como la producción y el consumo. En los falansterios se respetaría la propiedad privada y el derecho de herencia, pero los instrumentos de producción serían comunes, empezando por la tierra. Los falansterios serían grandes edificios, que recuerdan los palacios barrocos, en cuya parte central se encontrarían las dependencias para las funciones comunes, como los comedores, las salas de estudio, biblioteca y salas de reuniones y para asambleas. En un ala estarían los talleres y cocinas, y en la otra los baños y los espacios para las relaciones con las personas del exterior. Los falansterios debían contar con jardín de invierno, teatro, iglesia, depósitos y establos. Todo estaría comunicado a través de grandes galerías que facilitarían las reuniones y la circulación de las personas. En otros lugares de las alas estarían las viviendas.
Se llegaron a organizar algunos falansterios en Francia y en otros países, pero terminaron por fracasar. Muy interesante fue el experimento que puso en marcha Jean-Baptiste Godin, en Guisa entre 1859 y 1876, conocido como el Familisterio de Guisa. Godin se inspiró claramente en las ideas de Fourier aunque imprimió también su sello personal, como en el diseño. Se trataría de un complejo con tres bloques de viviendas, cada uno con un patio central con cubierta de vidrio (en este sentido, es interesante como se incorporaban los adelantos técnicos el momento, fruto de la Revolución Industrial). Godin, además, planteó un modelo cooperativista más realista que el de Fourier.

Por su parte, en España debemos citar el proyecto de falansterio de Joaquín Abreu en Tempul, en las cercanías de Jerez de la Frontera. Abreu consiguió el apoyo económico de uno de sus discípulos para intentar poner en marcha su proyecto que presentó a la Diputación de Cádiz en diciembre de 1841. En principio, el organismo público vio con buenos ojos la idea, y hasta Espartero dio su aprobación desde Madrid, pero no se hizo nada, seguramente por la caída del regente en un momento de fuerte crisis política.













