El cínico y la hurraca

Francisco Massó Cantarero

Cuentan las crónicas que el movimiento cínico nació antes de Cristo del verbo de Antístenes, maestro que daba sus lecciones junto al Cinosargo, un gimnasio de las afueras de Atenas. Allí, el maestro enseñaba a vivir con esfuerzo, según Diógenes Laercio, renunciando a todo lo prescindible y de conformidad con la naturaleza. No se podía tener menos, ni se podía dar más. Por eso, Epicteto dejó dicho que ser cínico era difícil.  

Luego, cuando los cínicos se hicieron hedonistas, vino el descrédito: habían aprendido a vivir en la incongruencia de profesar unos principios excelentes y vivir en las antípodas de los mismos, haciendo de la falsedad palanca de relación. Casi se hundieron.

Durante los dos primeros siglos del cristianismo, hubo una recidiva del movimiento cínico; el sentido ascético y la austeridad de los filósofos cínicos y discípulos practicantes, hizo que influyeran en autores primitivos cristianos, según demostró A. J. Visser. ¡Qué tiempos aquellos!

Después, hasta su desaparición definitiva, aprendieron a mentir desaforadamente, con desenfreno, hasta conseguir la plena desfachatez. ¡Qué palabra! Des-facha-tez, una cara sin facha, la despreocupación absoluta por la apariencia; una faz sin posibilidad de sufrir rubor, impúdica, asténica, sin irrigación sanguínea que pudiera denunciar censura de la conciencia interior y dejar paso a la vergüenza. 

Hoy el concepto de cínico se emplea, sin ánimo de juicio moral, para describir a la persona ególatra, que no confía en nada salvo en su propio engreimiento; miente por obligación de defenderse a sí mismo, proteger sus ocurrencias casuales y seguir huyendo hacia sus delirios narcisistas. Posiblemente, carece de censura interna. Tal vez, sea un niño grande, omnipotente, grandioso, que gira precipitadamente entorno a su propio ombligo.

La vieja y desusada caracterología, sin pretensiones de veracidad, porque cada personalidad es única, llevó a Kretschmer a definir al tipo asténico, delgado en la construcción corporal, de estatura elevada y dolicocéfalo. En gran parte, coincide con el tipo ectomorfo de Sheldon, en el que predomina el tejido óseo, huesos largos y construcción esbelta. En el plano psíquico, tales personalidades son propensas a la conducta esquizoide, esto es, dicho sea  en román paladino, son personas que “van a su bola”, cerebrotónicas, manipuladoras y calculadoras. En su comportamiento emocional, les apasiona el poder, pero carecen de empatía, mucho menos de compasión y necesitan la acción cuando aparecen peligros o dificultades. En definitiva, los demás les importan un bledo, sólo se preocupan de sí mismos  y de garantizar su supervivencia.

Estos criterios no son tan viejos en la historia de la Psicología, estaban en vigor hace menos de un siglo; pero, hoy las ciencias adelantan una barbaridad. La Psicología Humanista utiliza el método fenomenológico para comprender a cada individuo concreto.

Así pues, siguiendo la teoría de Berne, un personaje que miente con desfachatez, maniobra constantemente para concitar mayores cuotas de poder, utiliza el sarcasmo para dar explicaciones, opera con grandiosidad absoluta y sin respetar límites y cambia las reglas sobre la marcha, según le conviene, podría parecer que carece de estado Padre del Yo. Está desparentalizado. Las habilidades del Adulto, sus conocimientos y el proceso reflexivo estarán al servicio de las pretensiones maníacas, o compensatorias, del estado Niño. En otras palabras, es un trípode con dos patas, descompensado, anómico, sin control interno.

La anamnesis del caso ha de explicar qué carencias tuvo ese Niño de pequeño, por qué rechazó el modelo parental que se le propuso, qué caricias falsas recibió que lo llevaran a enrocarse en su propio endiosamiento, para que sólo se quiera a sí mismo, sólo confíe en sí mismo y no se vincule con nadie, aunque lo parezca.

La hurraca, por su parte, es un paseriforme; esto es, es un pájaro con todas las consecuencias y de la familia de los cuervos, que son de mal agüero. Tiene muchos nombres: pica pica, picaza, pega, picaraza, urraca (sin hache) y marica;  nombres no le faltan, quizá para mejor disfrazarse. Puede vivir en los valles y en alturas de 1500 metros, o sea que es muy adaptable, a pesar de su pequeñez, o quizá sea por eso que puede vivir de las alturas y de  las bajezas.

Tiene fama de ser codiciosa y esconder lo que pilla, especialmente si es brillante; de ahí que Rossini hiciera La gazza ladra, la urraca ladrona, que esconde una cuchara y pone en brete de condenación a la protagonista.  También Hergé escribió Las joyas de la Castafiore, que Tintín descubrió que habían sido escondidas por una urraca. Es manifiesto que la urraca es muy mañosa para hacerse con lo que no es suyo y aparecer estólida, incapaz de semejantes atropellos. Es muy lista.

En catalán, dicen donar garsa per perdiu, dar urraca por perdiz, que en castellano viene a ser dar gato por liebre. Dicho que habla de las posibilidades de metamorfosis que tiene el pájaro en cuestión. Aquí no hay des-facha-tez, sino excelencia en aparentar lo que no es, un prurito contumaz por engañar al ingenuo e incluso al experto.

Ovidio, en su Metamorfosis, cuenta que las hijas del rey Piero retaron a las musas a un duelo de cantoras y, como perdieron, los dioses las condenaron a transformarse en urracas y quedar como parlanchinas, que emiten un sonido áspero, sin armonía, reiterativo y persistente.  El canto de la urraca no es gregoriano.

La urraca es bicolor: negro y blanco, con la cola iridiscente. El blanco es color de pureza, quizá una pretensión; mientras, el negro es la acumulación de todos los colores para no prescindir de ninguno; la iridiscencia es para consumo interno entre machos y hembras, donde resulta un reclamo por manipulación de la luz.

Y, ¿qué pueden tener en común un cínico y una urraca?

Cada uno a su modo, ambos son simuladores,  no dan la cara:  la hurraca roba y aparenta no haber hecho nada malo, en tanto que el cínico sólo pone cara de bonhomía sin fisuras,  aunque esté haciendo cualquier felonía, o un alijo mayor que el de la urraca.

Los dos seres son seductores. La pica-pica incluso seduce con sus graznidos a grandes carroñeros, cuando hay una presa cuya piel no puede desgarrar con su modesto pico. Aquellos abren la mina de comida y ellas hacen su agosto.

El cínico y su colega la marica son avariciosos insaciables, acumulan lo que sea, uno parcelas de poder, la otra cosas que brillen. El afán de tener es imponderable, tan amplio como su vacío existencial. En el caso de la urraca, la desmesura por tener la lleva a incubar también los huevos que le presta el críalo, uno de sus depredadores. Con tal de que haya muchos…, huevos. Y, claro, en el nido está la perdición.

Los antiguos romanos decían similes similibus curantur, los que son semejantes entre sí se asocian con quienes se les parecen, sus homólogos, su tal para cual. Y, al final, la picaza destapa al cínico, con tal de salvarse, o viceversa, el cínico defiende a la urraca con tal de encubrirse.

Al ornitólogo le queda la esperanza de no confundirse entre la perdiz y la pega.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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