
Observatorio Negrín-Galdós
En 2026, Córdoba no celebra simplemente una fecha. Celebra una herida luminosa de la historia: el nacimiento, hace novecientos años, de Abū l-Walīd Muḥammad ibn Aḥmad ibn Rushd, conocido en Occidente como Averroes. Nació en Córdoba el 14 de abril de 1126 y murió en Marrakech en 1198, pero entre esas dos ciudades dejó una obra que atravesó religiones, lenguas, universidades y siglos. No fue solo un filósofo. Fue juez, médico, jurista, comentarista de Aristóteles, pensador religioso y una de las inteligencias más poderosas del Mediterráneo medieval. La Universidad de Córdoba ha situado esta efeméride dentro del programa “Universo Averroes”, dedicado a recordar a uno de los pensadores más influyentes de la historia intelectual.
Hay figuras históricas que pertenecen a su ciudad; otras, a una civilización entera. Averroes pertenece a ambas. Córdoba puede pronunciar su nombre como quien recupera una parte esencial de sí misma, pero su pensamiento no cabe dentro de una muralla, ni dentro de una tradición única, ni dentro de una etiqueta cómoda. Fue andalusí y musulmán, jurista malikí y filósofo aristotélico, médico de corte y lector feroz, hombre de fe y defensor de la razón. En una época en la que el saber todavía no estaba dividido en compartimentos estrechos, Averroes representó una idea hoy casi escandalosa: que la inteligencia humana debe atreverse a comprenderlo todo, desde el cuerpo enfermo hasta el movimiento de los astros, desde la ley hasta la metafísica, desde la interpretación religiosa hasta la política.
Su grandeza no está solo en haber pensado mucho, sino en haber pensado contra la facilidad. Averroes no aceptó la comodidad del dogma mal entendido ni la arrogancia de una razón separada de toda vida espiritual. Su pregunta central sigue siendo explosiva: ¿pueden la razón y la revelación contradecirse de verdad? Su respuesta fue una de las más audaces de la Edad Media: no, si ambas son correctamente comprendidas. Para él, la verdad no podía estar en guerra consigo misma. Si el conocimiento demostrativo alcanzaba una conclusión verdadera y un texto sagrado parecía decir otra cosa, el problema no estaba en la verdad, sino en la interpretación. La Universidad de Córdoba resume este núcleo de su legado como una defensa de la razón como vía legítima para comprender el mundo y la revelación.
Esa idea, que hoy puede parecer serena, fue en su tiempo profundamente peligrosa. Averroes defendía que no todos los discursos sirven para lo mismo ni todos los públicos acceden a la verdad del mismo modo. Hay razonamientos retóricos, útiles para persuadir; razonamientos dialécticos, útiles para discutir; y razonamientos demostrativos, propios de quienes buscan certeza filosófica. Esta distinción, heredera de Aristóteles, le permitió afirmar que la filosofía no era una amenaza para la religión, sino una de sus formas más altas de inteligencia. En su Tratado decisivo, sostuvo que la reflexión filosófica tenía un lugar legítimo dentro de la vida religiosa, especialmente para quienes estaban capacitados para ella. Stanford Encyclopedia of Philosophy subraya que uno de los rasgos centrales de su obra fue precisamente su convicción de que la filosofía podía alcanzar certeza demostrativa y desempeñar un papel central en la investigación religiosa.
Pero Averroes no fue un “librepensador” moderno trasladado artificialmente al siglo XII. Esa sería una lectura cómoda y falsa. Fue un hombre de su mundo: un sabio formado en la ley islámica, en la medicina, en la lengua árabe, en la lógica, en la teología y en la filosofía griega transmitida por la cultura árabe. Su radicalidad no consistió en romper con todo, sino en exigir rigor allí donde otros se conformaban con repetir fórmulas. Por eso su figura resulta tan incómoda y tan necesaria. No cabe ni en la imagen simplista del racionalista contra la fe, ni en la del creyente contra la filosofía. Averroes pensó en una zona más alta y más difícil: allí donde la razón no destruye la fe, sino que la obliga a no volverse superstición; allí donde la religión no aplasta la inteligencia, sino que la llama a leer mejor.
La gran batalla intelectual de Averroes tuvo un nombre decisivo: Aristóteles. En Occidente se le conocería durante siglos como “el Comentador”, no porque fuera un simple explicador, sino porque sus comentarios a Aristóteles se volvieron una autoridad casi inseparable del filósofo griego. Averroes quiso limpiar a Aristóteles de lecturas que, a su juicio, lo habían deformado. Frente a las mezclas neoplatónicas que habían marcado parte de la filosofía islámica anterior, él buscó volver al nervio aristotélico: la lógica, la causalidad, la naturaleza, el intelecto, el movimiento, la demostración. Stanford señala que, en la Europa posterior, su prominencia llegó a rivalizar con la influencia del propio Aristóteles, hasta el punto de ser conocido sencillamente como “el Comentador”. Ahí está uno de los hechos más impresionantes de su destino: muchas de sus ideas viajaron más lejos en traducción que en su lengua original. Del árabe pasaron al hebreo y al latín. Entraron en las universidades europeas. Irritaron a teólogos, fascinaron a filósofos, alimentaron polémicas en París, Padua y otros centros del pensamiento medieval. Su lectura de Aristóteles ayudó a transformar el vocabulario intelectual de la escolástica. Tomás de Aquino lo discutió con dureza en algunos puntos, pero no pudo ignorarlo. Ningún gran pensador cristiano del siglo XIII podía fingir que Averroes no existía. La Casa Árabe recuerda, dentro del IX centenario, congresos dedicados precisamente a su influencia en la filosofía latina medieval y a las conexiones entre el pensamiento andalusí y la escolástica.
La ironía histórica es poderosa: un filósofo musulmán nacido en Córdoba se convirtió en una autoridad decisiva para universidades cristianas europeas que, en muchos casos, debatían sus tesis para condenarlas, corregirlas o incorporarlas. Su influencia no fue tranquila; fue conflictiva. Y eso la hizo más fecunda. Averroes no entró en Europa como una reliquia, sino como una fuerza polémica. Sus ideas sobre el intelecto, la eternidad del mundo, la causalidad y la relación entre filosofía y religión provocaron tensiones profundas. En el siglo XIII, el término “averroísta” llegó a usarse de forma polémica, especialmente en relación con doctrinas vistas como peligrosas para la ortodoxia cristiana. Pero incluso quienes lo combatían lo leían. Incluso quienes lo rechazaban necesitaban pasar por él. Ese es el signo de los pensadores verdaderamente grandes: no se limitan a tener discípulos; obligan también a sus adversarios a pensar mejor. Averroes fue una incomodidad necesaria. Si Aristóteles fue llamado “el Filósofo”, Averroes fue “el Comentador” porque Europa encontró en él una vía de acceso, una llave, una arquitectura de lectura. Pero reducirlo a transmisor sería injusto. No fue un puente pasivo entre Grecia y Europa. Fue un autor con pensamiento propio, con método, con valentía interpretativa. Su obra no solo preservó: seleccionó, ordenó, discutió, corrigió, defendió. Un puente no piensa; Averroes sí.
También fue médico. Su Kulliyyāt fī al-ṭibb, conocido en latín como Colliget, muestra otro rasgo de su personalidad intelectual: la búsqueda de principios generales. No le bastaba acumular observaciones; quería comprender las reglas del cuerpo, las causas, los fundamentos. En medicina, como en derecho y filosofía, su impulso era sistemático. No era un sabio decorativo, sino una mente organizadora. Stanford describe su corpus como una obra extensa que abarca medicina, lógica, filosofía natural, astronomía, metafísica, psicología, política, ética, jurisprudencia, fundamentos de la ley islámica, fundamentos de la religión y lengua árabe.
Como jurista, escribió también Bidāyat al-mujtahid wa nihāyat al-muqtaṣid, una obra jurídica de enorme importancia. Allí no se conformó con enumerar diferencias entre escuelas legales; intentó explicar por qué los juristas discrepaban, qué principios estaban detrás de sus divergencias y qué mecanismos racionales estructuraban el derecho. Esto es fundamental para entenderlo: Averroes no era un filósofo encerrado en una torre, sino un juez. Pensaba la verdad, pero también la aplicación de la norma. Pensaba el cosmos, pero también los conflictos humanos. Pensaba a Aristóteles, pero también la vida concreta de la ciudad.
Su relación con el poder fue compleja. Vivió bajo los almohades, se movió cerca de círculos gobernantes y llegó a ser médico principal del califa en Marrakech. Pero al final de su vida cayó en desgracia. Las razones exactas siguen siendo discutidas por los especialistas, pero sabemos que fue apartado y exiliado en Lucena, cerca de Córdoba; según una tradición, murió en 1198 estando confinado en una residencia en Marrakech.
Ese final tiene una belleza amarga. El hombre que quiso armonizar razón y revelación terminó tocado por las tensiones de su propio tiempo. El defensor del pensamiento riguroso conoció la fragilidad del sabio frente al poder. El comentarista de Aristóteles fue también una víctima de la sospecha que tantas veces cae sobre quienes piensan demasiado. Pero la historia hizo con él una justicia lenta: sus enemigos fueron locales y pasajeros; sus lectores, universales y duraderos.
El IX centenario de Averroes no debería reducirse a un homenaje de bronce, a una estatua, a un ciclo académico o a una postal cordobesa. Todo eso importa, pero no basta. Celebrar a Averroes exige preguntarse qué significa hoy defender la razón. No la razón soberbia que desprecia la tradición, ni la razón instrumental que convierte todo en cálculo, sino la razón como disciplina interior, como búsqueda de claridad, como resistencia contra el fanatismo, la manipulación y la pereza intelectual.
Por eso su aniversario llega en un momento extraordinariamente oportuno. Vivimos rodeados de información, pero no necesariamente de conocimiento. Opinamos con velocidad, pero no siempre pensamos con método. Confundimos emoción con argumento, ruido con debate, identidad con verdad. Averroes incomoda porque nos recuerda que pensar exige jerarquía, paciencia, interpretación, estudio y valentía. Su lección no consiste en repetir que razón y fe son compatibles como una frase bonita. Su lección es mucho más exigente: la verdad requiere trabajo.
Córdoba, al recordarlo, recuerda también una de sus épocas más densas: la de una ciudad capaz de producir juristas, médicos, poetas, traductores, filósofos y científicos en un espacio donde las culturas se tocaban no sin conflicto, pero sí con una intensidad creadora excepcional. Averroes fue hijo de esa Córdoba y, al mismo tiempo, uno de sus mayores regalos al mundo. En 2026, instituciones como la Universidad de Córdoba, Casa Árabe y el Instituto Cervantes han situado su legado en el centro de congresos, exposiciones, encuentros y actividades culturales dedicadas a reflexionar sobre la vigencia de su pensamiento.
Novecientos años después, Averroes no vuelve como una figura muerta. Vuelve como una pregunta. Vuelve a una época que necesita desesperadamente distinguir entre saber y repetir, entre interpretar y obedecer, entre creer y cerrar los ojos, entre discutir y destruir. Su nombre no pertenece solo a los historiadores de la filosofía. Pertenece a cualquiera que todavía crea que la inteligencia humana no debe arrodillarse ante la confusión.
Averroes fue muchas cosas: cordobés, andalusí, musulmán, juez, médico, filósofo, lector de Aristóteles, maestro involuntario de Europa. Pero, sobre todo, fue una advertencia contra la oscuridad. Nueve siglos después de su nacimiento, su obra sigue diciendo algo que no ha perdido fuerza: una civilización se mide por el lugar que concede a la razón. Y cuando una ciudad recuerda a Averroes, no recuerda solo a un hombre; recuerda la posibilidad de volver a pensar con grandeza.

























