
Rosa Amor del Olmo
El 6 de mayo de 1905 apareció en Madrid el primer número de una revista de solamente cuatro páginas, compuestas a seis columnas, de gran formato. Se titulaba La República Literaria, como una obra de Saavedra Fajardo, porque sus responsables eran republicanos y literatos. Prometía estar en los quioscos todos los sábados, al precio de diez céntimos, una cantidad elevada para ese tipo de publicación en ese tiempo.
Tras la superación de las posiciones más pesimistas y combativas, en los primeros años del novecientos, las revistas culturales adoptaron, en general, un tono más esperanzado y suavizaron su militancia política (Sabugo, 1985). Es el caso, por ejemplo, de Alma española (1903-1904), estudiada por O’Riordan (1978), o de La República de las Letras (1905), semanario citado a menudo dentro de la nómina de revistas «postregeneracionistas», pero desatendido por la crítica especializada. Las dificultades económicas obligaron a suspender la publicación en su número 14, correspondiente al 9 de agosto. Además de los responsables de la dirección habían colaborado Miguel de Unamuno, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, José Nakens, José Francos Rodríguez, Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Martínez Sierra, José Francés, Álvaro de Albornoz y muchos otros escritores. Este índice parcial demuestra la importancia de los colaboradores, por lo general muy bien elegidos. Se plantearon interesantes cuestiones sobre la función social de la literatura, sobre las nuevas tendencias estéticas entonces enfrentadas, y se reseñaron libros con buen criterio.
Mantuvo también permanentemente una atención cuidadosa a la vida política europea, incluida la española, por supuesto. La visión era de izquierdas y republicana, por lo que se rindió homenaje a Pi y Margall para compensar el prohibido por la autoridad incompetente, y se criticó al rey con absoluta oportunidad. Además, se incluyeron estudios sobre el socialismo y el comunismo. Dos años después renació efímeramente, parece ser que, gracias a la aportación económica de Blasco Ibáñez, tan gran escritor como enemigo de la monarquía y de la Iglesia. Solamente aparecieron siete números en 1907: el primero con la fecha premonitoria del 14 de abril, y el último el 26 de mayo. Se aprecia la inspiración de Blasco en el tratamiento crítico de la cuestión religiosa, lo mismo en ensayos que en narraciones. Ya en el primer número se rindió homenaje a Rafael de Riego, como una justificación de lo adecuado del título.
Continuaron colaborando autores de la primera época, a los que se añadieron otros nuevos, se potenciaron las traducciones y se recordó a los clásicos al reeditar sus escritos, además de reproducir caricaturas extranjeras de intención social (Rodríguez Moranta, 2014). Esta segunda época pretendió ser más ecléctica que la primera, y así acogió a autores como Ricardo León que no encajaban en la tónica general de la revista.
Se abandonó la atención a la política, primordial en la primera etapa, precisamente cuando gobernaba el conservador Antonio Maura, que tantos motivos dio para hacer una crítica de izquierdas a su gestión. Quizá se había achacado el fracaso anterior precisamente a la politización, y se quiso hacer una revista estrictamente literaria que alcanzase buena difusión. Pero el resultado fue el mismo. No estaba la sociedad española hace un siglo para revistas culturales en las que se atacasen los dos pilares en los que se sustentaba, el altar y el trono.
No hubo un líder en concreto, sino un comité de redacción, decisión que respondía al carácter colectivista de la publicación. Este estuvo formado por dos escritores consagrados que habían intervenido en los debates regeneracionistas y participaban de la acción política republicana —Pérez Galdós y Blasco Ibáñez—, un intelectual y político republicano y próximo a la Institución Libre de Enseñanza —Luis Morote— y dos traductores e intelectuales vinculados al teosofismo: Rafael Urbano y Pedro González Blanco (Rodríguez Moranta, 2014).
Galdós había redactado ya el manifiesto inaugural de Alma Española, donde proponía una regeneración por la vía del ensueño y de la instrucción. En una línea que enlazaba con los planteamientos de Costa, sentenció que la base del engrandecimiento en España residía en la alfabetización y la prominencia del nivel cultural de la masa.[16] «Que aprendan a leer los que no saben y los que saben, lean» (Galdós, 1903). No es de extrañar, por tanto, que en LRL consignara también que el primer objetivo de esta nueva publicación debía ser el pedagógico y social: «Quiere este periódico agrandar el territorio de la literatura receptiva de la mansa República de lectores. Ya que no nos sea posible disminuir la cifra desconsoladora de analfabetos, aumentemos la de los que, poseyendo el don de la lectura, no leen, la de los que leyendo no entienden…» (Galdós, 1905). El escritor se proponía rescatar «la cultura de los talleres de estetas, de los capillistas, de los consagrados, de los cenáculos de entendidos y diletantes». Para ello juzgó necesario que no se convirtiera en una revista minoritaria más, «dedicada a las élites de siempre», sino en un «periódico de las letras que se ensanche en la burguesía sin luces, y en el pueblo».
El periódico vivió poco tiempo, forzado por los compromisos de los escritores, en concreto del que en verdad era el editor: Blasco Ibáñez, que en esos años tuvo que poner todas sus fuerzas, pues en aquel momento estaba en plena campaña electoral como candidato de la Unión Republicana de Valencia.

Notas
15. Fernando de los Ríos, «Las dos Españas», en Escritos sobre Democracia y Socialismo, ed. Virgilio Zapatero, Madrid, Taurus, 1974, pp. 406-407.
16. Ver a este respecto: Recio, Augusto, «La República de las Letras», La Revista Blanca, 1 de mayo de 1905, pp. 32-33; y Villar, Emilio H., «La República de las Letras. El tenedor y la pluma» (1905), Nuevo Mundo, 4 de mayo, p. 4. Especialmente el artículo de Inmaculada Rodríguez-Moranta, «La república de las letras (1905): entre el regeneracionismo y el republicanismo militante, correspondencia inédita con Galdós», Anales de Literatura, n.º 26.
















