El 14 de abril hizo bien en atreverse

Hay fechas que no se recuerdan: se discuten. El 14 de abril es una de ellas. Porque no fue un cambio de gobierno, ni una simple alternancia, ni una corrección menor del rumbo. Fue una impugnación completa de una España vieja, desigual y obediente; una España hecha para que mandaran siempre los mismos y callaran siempre los de abajo. Por eso la Segunda República sigue incomodando. Porque no vino a decorar el sistema: vino a cambiarlo.

Hizo bien.

Conviene decirlo sin rodeos, ahora que abundan los equidistantes de salón, los nostálgicos del “sí, pero”, los que convierten toda transformación profunda en exceso y todo privilegio en tradición respetable. La República hizo bien en poner la escuela en el centro. Hizo bien en separar la Iglesia del Estado. Hizo bien en impulsar reformas sociales. Hizo bien en intentar repartir una tierra obscenamente mal distribuida. Hizo bien en reconocer derechos a las mujeres. Hizo bien en admitir que España no podía seguir siendo una finca administrada desde arriba por una alianza de sotanas, uniformes, caciques y apellidos.

Hizo bien en todo lo esencial.

Porque lo esencial no era conservar una paz falsa, sino corregir una injusticia real. Y eso es lo que con demasiada frecuencia se olvida cuando se habla de la Segunda República con esa voz cansina que pide “contexto” solo cuando los poderosos pierden poder. Nadie pide tanta comprensión histórica para el jornalero sin tierra, para la niña sin escuela, para la mujer sin ciudadanía plena, para el maestro vigilado, para el obrero explotado o para el pueblo condenado a obedecer en nombre de una supuesta armonía nacional que siempre beneficiaba a los mismos.

La República fue, ante todo, una enmienda a la totalidad de ese país inmóvil.

Claro que molestó la laicidad. ¿Cómo no iba a molestarles a quienes llevaban siglos confundiendo fe con mando, religión con jerarquía y moral con obediencia? Pero un Estado moderno no puede arrodillarse ante ningún altar. No porque deba perseguir creencias, sino porque debe proteger la libertad de conciencia de todos. La República entendió algo elemental: la fe pertenece a las personas, no al poder. Y eso, que hoy debería parecer básico, entonces fue una auténtica revolución democrática.

También molestó la escuela. Y eso lo dice todo. Molestó que el saber dejara de ser un lujo. Molestó que se construyeran aulas donde antes había abandono. Molestó que el maestro adquiriera dignidad pública. Molestó que la cultura saliera de los salones y se metiera en los pueblos. Molestó, en definitiva, que España empezara a parecerse más a una ciudadanía que a una suma de súbditos. Porque quien educa de verdad no solo enseña a leer: enseña a pensar. Y pensar ha sido siempre el primer problema para quienes viven del dogma y de la sumisión.

Molestó igualmente que se hablara de la tierra. Pero es que había que hablar. En un país donde enormes extensiones estaban en pocas manos mientras miles de familias sobrevivían en la miseria, la reforma agraria no era una extravagancia ideológica: era una exigencia moral. Los privilegiados la presentaron como una barbaridad porque cualquier límite a sus privilegios les parece siempre una barbaridad. Así funciona la historia cuando los de arriba sienten, aunque solo sea por un momento, que el suelo deja de pertenecerles en exclusiva.

Y luego está el voto de las mujeres, quizá uno de los actos más limpios de justicia política que ha conocido este país. La República pudo titubear en algunos sectores, pero acertó donde importaba: reconoció que la democracia no podía seguir construyéndose con la mitad de la sociedad fuera de la puerta. Que hubiera voces que temieran ese paso no hace más grande la duda; hace más grande el coraje de quienes lo defendieron. La igualdad nunca llega porque los prudentes la conceden. Llega porque alguien decide que ya no se puede esperar más.

También acertó en la cuestión territorial. Frente a la España de la imposición uniforme, la República intentó una España más compleja y, precisamente por eso, más inteligente. Reconocer pluralidad no era romper el país; era intentar que el país dejara de romperse una y otra vez contra su propio centralismo. Solo una mentalidad autoritaria puede ver amenaza en la diversidad y deslealtad en el autogobierno.

A la Segunda República se le reprocha, todavía hoy, haber abierto demasiados frentes. Pero la verdad es otra: los frentes ya existían. La desigualdad estaba ahí. El atraso estaba ahí. La tutela clerical estaba ahí. La injusticia agraria estaba ahí. La exclusión de las mujeres estaba ahí. La asfixia territorial estaba ahí. La República no inventó los problemas; se atrevió a nombrarlos. Y sobre todo, se atrevió a intervenir.

Eso es lo que jamás le perdonaron.

Sus enemigos no se escandalizaron por los errores; se escandalizaron por el proyecto. No les alarmó una medida concreta, sino la posibilidad de que España dejara de ser suya. Por eso conviene desconfiar de quienes cuentan aquella historia como una cadena de torpezas simétricas, como si todos hubieran querido lo mismo y solo hubieran discrepado en las formas. No. Hubo quien quiso ampliar derechos y hubo quien quiso impedirlo. Hubo quien quiso modernizar el país y hubo quien quiso conservar sus privilegios. Hubo quien apostó por la ciudadanía y hubo quien prefirió la obediencia.

El 14 de abril sigue vivo por eso: porque todavía formula la misma pregunta incómoda. ¿Qué ocurre cuando un país decide ponerse del lado de la escuela, de la igualdad, de la libertad de conciencia, de la justicia social y de la democracia real? Ocurre que tiemblan los privilegiados. Ocurre que se ponen nerviosos los guardianes del orden. Ocurre que aparecen, como siempre, los sermones sobre la prudencia.

Pero a veces la prudencia no es sensatez. A veces es simplemente miedo disfrazado de equilibrio.

La República tuvo defectos, claro. Pero en lo fundamental tuvo razón. Quiso un país más digno, más culto, más libre y más justo. Y eso basta para defenderla sin pedir perdón, sin bajar la voz y sin aceptar el chantaje de quienes todavía exigen moderación a los que quieren derechos, mientras llaman normalidad a siglos de abuso.

El 14 de abril hizo bien en atreverse. España necesitaba exactamente eso: atreverse de una vez.

Rosa Amro del Olmo, directora.

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