
Rosa Amor del Olmo
Hay nombres que la historia juzga de un golpe y otros que quedan suspendidos en una zona más incómoda, donde la condena no basta y la absolución resulta indecente. Manuel Machado pertenece a esa segunda estirpe. No fue, desde luego, un franquista de origen, ni un doctrinario fanático, ni un ideólogo de hierro. En 1931 había puesto letra al Canto rural a la República española, estrenado en el Ateneo de Madrid con música de Óscar Esplá. Es decir: no venía del vientre mismo de la reacción, ni había nacido para convertirse en bardo oficial de la victoria nacional. Precisamente por eso su caso duele más: porque no se trata de la coherencia de un extremista, sino de la torsión de un talento.
La guerra lo sorprendió en Burgos y allí comenzó la mutación. Manuel y Eulalia Cáceres habían quedado atrapados en la ciudad al estallar el golpe de julio, y el 29 de septiembre de 1936 el poeta fue detenido y encarcelado; salió el 1 de octubre, después de tres días que debieron de dejarle una huella más honda que muchos años de vida literaria. La acusación de tibieza patriótica y unas declaraciones mal leídas bastaron para ponerlo frente al abismo. Conviene no olvidar ese miedo, porque sin él no se entiende nada. Pero tampoco conviene convertir ese miedo en coartada universal, porque con él tampoco se explica todo.

Lo decisivo es que, a partir de ahí, Manuel Machado no solo sobrevivió: empezó a acomodarse. Y el acomodo, cuando se reviste de cultura, puede ser más eficaz que la brutalidad. Un estudio de la propia Real Academia Española subraya que no era alguien especialmente inclinado a “posturas radicales y totalitarias”; sin embargo, al analizar su discurso de ingreso de 1938, la investigadora habla sin rodeos de su esfuerzo por “acoplarse a las circunstancias”, forzando una analogía entre la España de entonces y la Reconquista “acaudillada ahora por Franco”, además de insistir en una religiosidad nacida de su estancia forzada en Burgos. Ahí está el giro: no el del convencido de siempre, sino el del escritor que empieza a poner su inteligencia, su prestigio y su música verbal al servicio del nuevo altar político.
Ese giro no fue solo retórico. En 1938 publicó Horas de Oro. Devocionario poético, libro que él mismo presentaba como expresión de un alma colmada por “Patria y Religión”; en él incluyó sonetos sobre el Alcázar y sobre Moscardó, es decir, sobre algunos de los grandes emblemas míticos del bando vencedor. Poco después participó también en la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, donde apareció su “Oración a José Antonio”. A partir de ese momento ya no basta hablar de un hombre prudente que calla para salvar la piel: hay colaboración simbólica, hay liturgia verbal, hay una cesión visible del poeta a la religión política del franquismo. Esa es, quizá, la forma más exacta de su claudicación.
Y luego vino la integración institucional, que es siempre el grado superior del acomodo. Manuel Machado tomó posesión de su silla en la RAE el 19 de febrero de 1938. Tras la guerra figura ya entre los asistentes a la Academia; actuó como introductor de Pemán en un acto celebrado “con la venia del Caudillo”, estuvo presente en sesiones solemnes presididas por Franco entre aclamaciones de “¡Franco, Franco, Franco!”, y llegó a presentar la candidatura académica de Rafael Sánchez Mazas, cofundador de Falange. Es difícil sostener, ante estos hechos, que se mantuvo solo en una neutralidad temerosa. No: terminó formando parte del decorado institucional del régimen, y eso pesa tanto o más que cualquier poema.
La herida se vuelve todavía más punzante cuando se recuerda el espejo fraterno. Mientras Antonio Machado cruzaba la frontera y moría en Colliure en febrero de 1939, exhausto y exiliado, Manuel quedaba en la España vencedora y acabaría muriendo en Madrid en 1947, con honores académicos y con la capilla ardiente instalada en la sede de la RAE. No hace falta convertir esa oposición en fábula simplista, pero sería igualmente cobarde no ver su potencia moral: un hermano quedó asociado a la dignidad del exilio; el otro, a la respetabilidad del acomodo. No es una sentencia fácil, pero sí una verdad histórica incómoda.
¿Fue traición? En una medida sí, aunque no en el sentido teatral y grosero de la palabra. No traicionó como traicionan los verdugos, sino como traicionan a veces los espíritus refinados: cediendo poco a poco, adaptando el lenguaje, corrigiendo el gesto, aceptando el clima, prestando belleza a la fuerza. No fue el más feroz, pero sí uno de los más útiles; no fue el más doctrinario, pero sí uno de los que ayudaron a ennoblecer con cultura un poder nacido de la guerra y de la represión. Manuel Machado encarna así una de las tragedias más españolas: la del gran artista que, en la hora decisiva, en vez de sostenerse frente al poder, decide hacerse habitable para él.















