
Rosa Amor del Olmo
No fue en 1900, sino en la noche helada del 30 de enero de 1901, cuando el joven Ramiro de Maeztu quedó fijado en una de esas escenas que parecen escritas por la propia historia literaria. Electra, de Galdós, se estrenó en el Teatro Español en un clima ya cargado por el anticlericalismo del momento y por el eco del caso Ubao; según un estudio clásico de Anales galdosianos, Galdós y Maeztu habían situado con cuidado la claque, y fue precisamente el grito de Maeztu —«¡Abajo los jesuitas!»— el que desató el frenesí de la sala. Después, el público llevó a Galdós en hombros hasta su casa de la calle Hortaleza.
Ese Maeztu de 1901 no era un accidente: era el producto de una juventud regeneracionista, nerviosa, combativa, enemiga de la pasividad española. La propia RAE resume que en sus primeros años simpatizó con Unamuno, se sintió atraído por el socialismo y se preocupó por la cuestión social y por la necesidad de una clase media nacida del trabajo y del esfuerzo. En los artículos que escribió al hilo de Electra se ve a un Maeztu inflamado, casi beligerante, que habla de “batalla”, de juventud y de una España que ha de escoger entre el poder clerical y la vida moderna; en ese momento su lenguaje no es el de la duda, sino el del combate.

Por eso conviene no leer su trayectoria como una simple voltereta oportunista. Maeztu cambió muchísimo, sí, pero no cambió en todo. Permaneció en él una misma estructura moral: la aversión a la tibieza, el gusto por las fórmulas tajantes, la necesidad de hallar un principio superior que ordenase España. En 1901 ese principio se llamaba trabajo, ciencia, juventud, anticlericalismo militante; baste recordar aquella fórmula suya: «El cielo para los creyentes, pero la tierra para los descreídos». El primer Maeztu no era todavía un tradicionalista: era un radical de la regeneración.
El gran desplazamiento se produce en Londres y se acelera entre la crisis previa a 1914 y la Primera Guerra Mundial. La RAE señala que allí Maeztu se convirtió primero en defensor del nuevo liberalismo social inglés; pero, tras la guerra, adoptó una actitud conservadora marcada por el retorno a valores católicos “clásicos y eternos”. Los estudios recientes afinan más: su evolución no nace de un solo golpe, sino de una mezcla de factores —su contacto con el liberalismo inglés, luego con distributistas y gremialistas, su creciente rechazo de la modernidad y su búsqueda de fundamentos objetivos para la sociedad— que acabaron empujándolo hacia la religión y hacia una defensa de la autoridad frente al individualismo moderno.
Así se explica que el hombre que había encarnado el anticlericalismo de Electra termine viendo en La crisis del humanismo y, más tarde, en Defensa de la Hispanidad, una salida católica, jerárquica y antiliberal para España. Un artículo del CEPC resume muy bien la mutación: en 1919 Maeztu ya empieza a fijar como rectores de una sociedad casi teocrática los principios de autoridad, libertad y función; y, ya de vuelta en España, se adentra en el hispanismo y la contrarrevolución, apoya la dictadura de Primo de Rivera, se integra en la Unión Patriótica y, en 1934, participa activamente en el Bloque Nacional monárquico y contrarrevolucionario.
Lo más revelador, sin embargo, es que el Maeztu tardío sintió la necesidad de reescribir al Maeztu joven. En Razones de una conversión, publicado en Acción Española en octubre de 1934, recordó el episodio de Electra y trató de presentarlo no como gesto anticlerical, sino como homenaje literario a Galdós; incluso sostuvo que ya entonces había querido mostrar simpatía por las jóvenes que elegían el claustro. Esa rectificación retrospectiva vale casi tanto como el grito de 1901: indica que el último Maeztu ya no podía reconocerse del todo en aquel muchacho que había puesto su voz al servicio de la agitación anticlerical.
En el fondo, la figura de Maeztu es una de las más dramáticas de la Generación del 98 porque en él no asistimos solo a una evolución intelectual, sino a una verdadera mudanza de altar. El joven que vio en Galdós al jefe de la juventud española y que ayudó a convertir Electra en un acto de combate cultural acabó buscando la salvación de España en la tradición católica, la jerarquía y la hispanidad. Pero entre un extremo y otro hay un hilo secreto: Maeztu nunca dejó de ser un hombre de absolutos. Cambió el objeto de su fe; no la intensidad con que creyó.















