
Rosa Amor del Olmo
Cada primavera, el calendario vuelve a reunir dos celebraciones vecinas que la costumbre aproxima, pero que el rigor histórico y religioso obliga a distinguir: la Pascua judía y la Pascua cristiana. La primera, Pésaj, conmemora la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto y el “paso” de Dios que salvó a los primogénitos israelitas en la noche del Éxodo; la segunda celebra, para los cristianos, la resurrección de Jesucristo y constituye el centro mismo del año litúrgico. No son fiestas equivalentes, aunque se rocen; no expresan la misma teología, aunque compartan una raíz bíblica y un vocabulario de paso, memoria y redención.
Conviene empezar, por tanto, por una precisión elemental. Pésaj no es una “Semana Santa judía”, ni la Pascua cristiana es una simple prolongación del Éxodo. La Pascua judía pertenece al corazón de la identidad de Israel: es la gran fiesta de la liberación, de la alianza y de la memoria transmitida de generación en generación. La Pascua cristiana, en cambio, relee la pasión, muerte y resurrección de Cristo como el acontecimiento decisivo de la salvación. Una mira, ante todo, a la salida de la servidumbre histórica; la otra, al misterio de la victoria sobre la muerte. Ambas hablan de liberación, sí, pero no desde el mismo centro ni con la misma gramática espiritual.
En el judaísmo, la fuerza de Pésaj reside precisamente en su pedagogía de la memoria. No se trata solo de recordar que “nuestros antepasados” fueron esclavos, sino de asumir que cada generación debe verse a sí misma como salida de Egipto. De ahí la centralidad del séder, la cena ritual en la que se relee la Hagadá, se formulan preguntas y se consumen alimentos simbólicos. La matzá, el pan ácimo, resume admirablemente esa doble dimensión: es a la vez signo de la aflicción padecida en Egipto y de la premura de la huida, cuando no hubo tiempo para fermentar la masa. La libertad, en Pésaj, no es una idea abstracta: se aprende comiendo, preguntando y recordando.
La Pascua cristiana, por su parte, posee una densidad distinta. Para la tradición cristiana, no es solo una conmemoración de hechos pasados, sino la celebración del núcleo mismo de la fe: que Cristo ha resucitado y que, en esa resurrección, la muerte deja de tener la última palabra. De ahí que la liturgia cristiana considere la Vigilia Pascual la “madre de todas las vigilias” y que el tiempo de Pascua sea el más importante del año litúrgico. No se trata únicamente de un final feliz después del Viernes Santo, sino de una afirmación radical: que la historia humana, atravesada por el pecado, el sufrimiento y la finitud, no está cerrada sobre sí misma.

La cercanía histórica entre ambas fiestas es innegable, pero no autoriza a confundirlas. El cristianismo nace en el seno del mundo judío y comprende desde muy pronto el misterio de Cristo con un lenguaje pascual; de hecho, la tradición cristiana antigua fijó la fecha de la Pascua en relación con la luna llena posterior al equinoccio de primavera, precisamente por su vinculación con el mes de Nisán. Sin embargo, reconocer esa continuidad histórica no implica borrar la diferencia teológica. Durante siglos, parte del pensamiento cristiano tendió a leer la Pascua judía como mera prefiguración de la cristiana; hoy, una lectura más atenta exige respetar la autonomía religiosa de Pésaj y comprender que la relación entre ambas es de raíz compartida, no de simple sustitución.
Este año, además, la proximidad entre ambas celebraciones se hace especialmente visible. En 2026, Pésaj comienza al anochecer del 1 de abril y concluye el 9 de abril en la diáspora —el 8 de abril en Israel—, mientras que la Pascua cristiana occidental cae el 5 de abril. La Pascua ortodoxa, sin embargo, será el 12 de abril. Es decir: este año Pésaj y la Pascua occidental se solapan de forma directa, aunque no toda la cristiandad celebre a la vez. La coincidencia parcial no borra las diferencias, pero sí vuelve más perceptible esa vecindad histórica que tantas veces se olvida bajo la costra de las simplificaciones.
La actualidad de Jerusalén añade a esta coincidencia un espesor político y simbólico que no conviene ignorar. En los días previos a la Semana Santa de este año, la policía israelí impidió inicialmente la entrada del cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, en el Santo Sepulcro alegando motivos de seguridad, en un contexto de guerra y restricciones más amplias sobre los lugares santos. Tras la protesta internacional, el gobierno israelí revirtió la decisión y permitió reanudar las celebraciones. El episodio no es una mera anécdota diplomática: recuerda hasta qué punto, en Jerusalén, la memoria religiosa nunca está del todo separada de la historia herida, de la vigilancia y de la disputa sobre el acceso mismo a lo sagrado.
Por eso resulta empobrecedor tratar estas Pascuas como si fueran simples costumbres estacionales o restos de un folklore venerable. Tanto en la mesa del séder como en la liturgia pascual cristiana late una misma convicción antropológica: el ser humano necesita narrar su salida de la noche. En el judaísmo, esa salida adopta la forma de la libertad frente a la esclavitud; en el cristianismo, la de la vida frente a la muerte. Las imágenes no son intercambiables, pero ambas responden a una misma necesidad espiritual: creer que la opresión no es eterna, que el sufrimiento no agota el sentido de la historia y que la esperanza puede tener forma ritual, comunitaria y concreta.
Quizá ahí resida la actualidad más honda de ambas celebraciones. Pésaj enseña que la libertad sin memoria degenera en amnesia moral; la Pascua cristiana, que la existencia humana no puede pensarse solo bajo la ley del fracaso o de la muerte. Una obliga a recordar de dónde se sale; la otra, hacia qué horizonte puede abrirse la vida. Escuchadas en su diferencia, no se neutralizan: se enriquecen. Y acaso en un tiempo tan inclinado al cinismo, al cansancio y a la desmemoria, no haya lección más necesaria que esta: la salvación, sea histórica o trascendente, empieza siempre por negarse a aceptar que la noche tenga la última palabra.















