
Paciencia Ontañón, Universidad Nacional Autónoma de México (in memoriam)

Dominio público. Fuente de la imagen
El interés de Galdós por dar a conocer lo más profundamente posible la personalidad de sus personajes, sus estados de ánimo, sus patologías, es una constante en su obra. Bien conocida es su relación con el médico Manuel Tolosa Latur, con el cual intercambiaba siempre opiniones; su interés por el dr. Luis Simarro, neurólogo preocupado principalmente por cambiar los tratamientos de las enfermedades mentales, de hacerlos más humanizados y científicos. No he logrado saber si conoció directamente la obra de Freud (aunque creo que no)[1], pero es un hecho que muchas de sus observaciones clínicas coinciden con las de él y las preceden, como había afirmado Stephen Gilman:
Así, debemos asumir, no sólo que Freud habría apreciado a Galdós como novelista precursor (lo cual seguramente hubiera hecho), sino que este último había descubierto, independientemente, un aspecto central de la teoría psicoanalítica contemporánea»[2]
Del mismo modo, Freud había reconocido la intuición innata de los escritores para el conocimiento y el análisis profundo de los seres:
Y los poetas son valiosísimos aliados, cuyo testimonio debe estimarse en alto grado, pues suelen conocer muchas cosas existentes entre el cielo y la tierra que ni siquiera sospecha nuestra filosofía. En la Psicología, sobre todo, se hallan muy por encima de nosotros, los hombres vulgares, pues beben en fuentes que no hemos logrado aún hacer accesibles a la ciencia»[3].
Tres rasgos de la teoría freudiana han sido señalados como claramente visibles en la obra de Galdós: la interpretación de los sueños, el origen sexual de los trastornos mentales y el análisis de los actos fallidos (lapsus de todo tipo), aunque no sea el único escritor ni el primero que ha concedido importancia a todo ello[4]. Otros rasgos se podrían añadir, como los casos de desdoblamiento de la personalidad (la aparición de un «doble»), la descripción de diferentes tipos de neurosis, la represión y sus efectos y algunos otros.
Resulta de gran interés la coincidencia entre ciertas precisiones hechas por Galdós y otras que muchos años más tarde haría Freud. Un ejemplo sería una referencia a la salud mental de Alejandro Miquis en El doctor Centeno: «Era un enfermo sin dolor, quizá loco, quizá poeta. En otro tiempo se habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una víctima de la neurosis»[5].
Aproximadamente cuarenta años después, Freud, refiriéndose al pintor Cristóbal Haitzmann, enuncia una frase semejante: «Los casos de posesión diabólica corresponden hoy a nuestras neurosis»[6].
Aunque la existencia de un psiquismo inconsciente es un hecho indudable que se había ignorado o discutido en ciertos ambientes hasta que Freud, a partir de la práctica del psicoanálisis, lo dejó como un concepto bien precisado, tal y como afirmó en 1915:
Desde muy distintos sectores se nos ha discutido el derecho a aceptar la existencia de un psiquismo inconsciente y a laborar científicamente con esta hipótesis. Contra esta opinión podemos argüir que la hipótesis de la existencia de lo inconsciente es necesaria y legítima y, además, poseemos múltiples pruebas de su exactitud» […..] Podemos, pues, decir, sintetizando, que el sistema inconsciente continúa en ramificaciones (o derivados), siendo accesible a las impresiones de la vida, influyendo constantemente sobre lo consciente y hallándose, por su parte, sometido a las influencias de éste»[7].
Así afirmaba Freud en 1915. En 1886 Galdós evidencia su conocimiento y aceptación del inconsciente, aunque lo exprese y lo defina a través del lenguaje popular y sencillo de Fortunata:
¡Qué cosas hay, pero qué cosas… Un mundo que se ve y otro que está debajo escondido… Y lo de dentro gobierna a lo de fuera… Pues claro, no anda la muestra del reloj, sino la máquina que no se ve[8].
Haré referencia a algunas de las patologías y peculiaridades humanas que Freud trató y que están ya presentes en obras galdosianas; sólo a algunas, naturalmente, ya que sería imposible en este espacio referirme a todas.
Entre las novelas de Galdós, una de las más interesantes en este sentido me parece Lo prohibido, por cierto, una de sus grandes obras, aunque algunos sectores de la crítica no le hayan dado hasta hoy el valor que se merece. Allí, desde el principio de la narración, el protagonista, José María Bueno de Guzmán, parece obsesionado por las patologías que padece toda su familia, patologías que están cuidadosamente descritas, aunque no sin cierta ironía. Aunque, verdaderamente, las más interesantes son las suyas propias, de las cuales también parece estar consciente. Una de ellas, tal vez la principal, está descrita en el título de la novela, y él mismo explica cuando dice: «Es que no me agradan más que las cosas prohibidas, las que no debieran ser para mí»[9].
Cuando Eloísa, su prima y amante, queda libre al morir su esposo, José María se asombra y se angustia por lo que no puede comprender: ha perdido inmediatamente su interés y su amor por ella. Pero esta conducta está bien descrita por Freud: «el sujeto no elegirá jamás como objeto amoroso a una mujer que se halle libre». Su elección recaerá siempre «en una mujer sobre la cual puede hacer un derecho de propiedad otro hombre»[10]. La explicación de dicha conducta, dice Freud, se debe a que la libido de esa persona se ha quedado ligada a la madre después de la pubertad. La historia de José María Bueno de Guzmán muestra que así ha sucedido con él, y de ahí su atracción irreprimible por las figuras maternales. Primero, sus tres primas casadas; enseguida, el amor irreprimible por Eloísa, en meses mayores de embarazo; después, María Juana, la imagen de la maternidad «superior» y estable y, finalmente, Camila, la mujer maternal por excelencia, fiel a su esposo y causa indirecta del final de su primo.
Pero, además, las tres primas Bueno de Guzmán son sujetos de ciertas patologías: la sensación de una pluma atravesada en la garganta de Eloísa, en ciertas ocasiones, o «el pedazo de paño» entre los dientes que experimenta María Juana. Galdós se refiere al primer caso como a «la neurosis de la pluma» (Lo prohibido, p. 1824), descripción precisa, puesto que se trata de una neurosis obsesiva, bien conocida y descrita por Freud[11].

Casi cada uno de los personajes de Lo prohibido son sujetos de alguna patología. La descripción de ellas está hecha por Galdós siguiendo prácticamente los lineamientos freudianos.
La frecuencia de los sueños de los personajes galdosianos es evidente y ha sido ya objeto de estudio de muchos investigadores. Frecuencia que no es casual y que, como también se ha señalado, tiene una intención precisa. Así lo señaló Freud: «… al presentarnos los sueños de sus personajes su intención [del escritor] es precisamente la de darnos a conocer por medio de ellos los estados del alma de los mismos»[12]. O, más aún, como un crítico ha afirmado, una forma de percibir la personalidad interna del escritor[13].
Ahora bien, como ya es conocido, los sueños son un producto inconsciente de nuestra psique[14]y tienen reglas y modos de interpretación. ¿Cuál sería la diferencia, entonces, con los sueños de las novelas, invención de los escritores y producto totalmente consciente? Esta pregunta se la hizo Freud, y junto con algunos discípulos analizaron una obra literaria, la cual eligieron únicamente por la cantidad de sueños que en ella se relataban[15]. La conclusión a que llegaron fue que los sueños de las narraciones, ya por intuición, ya por el conocimiento que el artista tiene de los suyos propios, tienen las mismas características que los reales y son tan susceptibles de ser analizados como ellos. Pero, además, hicieron otros hallazgos: a través del análisis de dichos sueños llegaron a un conocimiento de la novela mucho más completo y profundo, en el que percibieron una descripción psicológica de los personajes que explicaba todas sus reacciones y conductas, un verdadero historial clínico y una penetración en la obra que su autor no tuvo jamás la intención de realizar.
La frecuencia, pues, de los sueños en la obra galdosiana es un factor importante que no se puede –ni se ha hecho– pasar por alto. Una de las grandes misiones de los escritores, como ha afirmado Freud, es «la descripción de la vida psíquica de los hombres llegando a ser, no pocas veces, precursores de la ciencia psicológica»[16].
De esta manera, el análisis de los sueños soñados por los personajes galdosianos nos puede conducir a nuevas interpretaciones de las obras. Un pequeño análisis de uno de ellos podría mostrar nuevas facetas del contenido de una novela: Un personaje de Halma, José Antonio de Urrea, es visto por la sociedad como un «perdido», «un pillo», un «embaucador», «un punto terrible»[17]. Está descrito como una figura un tanto donjuanesca, bastante guapo y hábil para conquistar corazones «principalmente de las señoras»[18]. Conceptos que algunos críticos han aceptado sin discusión, insistiendo en su «degeneración moral» que se debe al rechazo de sus propios parientes[19].
Enterado Urrea de que Halma, de quien es primo, ha recibido una dote, decide visitarla para obtener dinero de ella. Poco antes tiene un sueño que Galdós describe pormenorizadamente. Los elementos de él que se pueden analizar son: un cañonazo, con el cual se inicia (cuyo significado puede ser sorpresas próximas o «un golpe de suerte»), un bargueño, del cual Halma saca una arqueta y un montón de billetes que extrae de ella y que se los ofrece a su primo y a Nazarín, allí presente. Se pueden observar tres símbolos femeninos: el cofre, el arca y el papel[20]. Por medio de los billetes, Urrea conseguirá bienes, minas, casas, ferrocarriles (de nuevo símbolos sexuales femeninos, incluido el útero materno). Es decir, con el dinero obtenido, Urrea se pondrá en contacto con su prima y la hará suya. Todo el sueño se desarrolla en un ambiente erótico, en el que Nazarín, también subyugado por Halma, rechaza el dinero (tal vez por su pureza) y deja así de ser un rival peligroso.

En las horas posteriores al sueño, Urrea no puede separarse de él y está invadido por un estado de exaltación. Al analizar un sueño, si éste se mantiene vivo durante bastante tiempo, significa su estrecha relación con la realidad y merece completa credibilidad[21].
A partir del sueño se establece una relación íntima entre Halma y Urrea, en la que ella lo cuida «maternalmente» y él se siente feliz, llevando una vida ordenada que él describe como «un paisaje fantástico de Las mil y una noches» (Halma, p. 613), que consiste en tener comida cada día, armarios surtidos de ropa blanca, loza fina y otras comodidades, que describen más bien a un personaje ordenado y ávido de vida modesta y arreglada. Es decir, a un personaje diferente al que la sociedad había criticado. De esta manera Galdós expone los dos contenidos que con frecuencia se pueden observar en sus obras: la visión externa, que suele proporcionar el punto de vista de muchos de los personajes, y la visión interna, tal vez el significado más profundo que el escritor quiere conferir a la narración.
Algo muy frecuente en las obras galdosianas, no siempre visible, es el desdoblamiento de la personalidad, o la aparición de un «otro». Yo voy a referirme sólo a tres narraciones, en las que es claramente evidente. Una es El caballero encantado, en la que el caballero Carlos de Tarsis se convierte en el pastor Gil, pero los dos son uno mismo, como el propio Galdós señala: «Serían, pues, dos en uno o un uno doble» e insiste en el «desdoblamiento de las dos figuras, de las dos personalidades»[22]. Naturalmente, Gil no sabe nada de sus padres: no los tiene porque ha nacido después de Tarsis y los padres de éste serían los suyos. Galdós describe así el fenómeno:
La subconsciencia [sic] o conciencia elemental estaba en él [en Gil] como escondida y agazapada en lo recóndito del ser, hasta que el curso de la vida la descubriese y alentara de nuevo. Así lo dicen los estudiosos que examinan estas cosas enrevesadas de la física y la psiquis, y así lo reproduce el narrador[23].
Un fenómeno semejante ocurre con Cintia, desdoblada en Pascuala, donde la primera no tiene una conciencia muy clara de su estado y lo vive como una alucinación.
El fin del Galdós, con el desdoblamiento de Tarsis, es concederle la capacidad de autoobservarse, de ver por sí mismo la relegación y el estado de miseria en que los campesinos de sus tierras viven, oprimidos y sojuzgados, por su ambición.
Éste es uno de los objetivos que para Freud tiene el fenómeno del «doble»: «La existencia de semejante instancia susceptible de tratar al resto del yo, como si fuera un objeto, o sea, la posibilidad de que el hombre sea capaz de autoobservación, permite que la vieja representación del «doble» adquiera un nuevo contenido»[24]. Es decir, corregir las deficiencias de la conducta, como Galdós logra en El caballero encantado.
Diferente es el desarrollo del desdoblamiento que Galdós realiza en otra novela, porque allí va envuelto en serias patologías. Me refiero a La sombra, relato que ha tenido diferentes interpretaciones, desde considerarla género fantástico (careta que Galdós usa para lectores ingenuos) hasta el análisis materialista pavloviano.
El personaje, casi único, el Doctor Anselmo, relata su vida a un interlocutor, y ya en su discurso, describiendo sus pasadas riquezas, numerosos palacios, decoraciones fastuosas, obras de arte únicas, se puede percibir un caso de «omnipotencia de ideas» que forma parte de las neurosis obsesivas. Los actos obsesivos de estos personajes aparecen disfrazados de magia o hechicería, forma de alejar las amenazas de desgracia que los atormentan. Todo mezclado con deseos de muerte siempre presentes[25].
Los celos desaforados son la tónica de la vida matrimonial de Anselmo: «Pensaba de continuo en mi esposa, sospechando de su fidelidad para lo futuro: esta idea se clavó con tanta tenacidad en mi cerebro, que no me dejaba reposar»[26]. Sus ideas delirantes se detienen en Paris, personificado en un cuadro, pero que entra y sale de él a su voluntad y –según Anselmo– se recrea en el cuarto de su esposa. Es decir, es su «rival», pero, más que su rival, su otro yo, como Paris le explica: «Yo soy el que usted teme, lo que usted piensa. Esta idea fija que usted tiene en el entendimiento soy yo». Y más adelante se refiere a los dos como inseparables: «Mientras tú tengas ideas y sensaciones yo estaré aquí»[27].
Alejandro, el nuevo personaje que se introduce en La sombra, ése sí, un personaje real, el cual sí podría ser un verdadero rival, ya que visita la casa de Anselmo con gran frecuencia, es un tanto el propio Paris vivo, ya que con él comparte el nombre (Alejandro = Paris) y las tendencias donjuanescas. Es decir, el «otro» de Paris. Todo este delirio de los desdoblamientos es lo que lleva a la muerte a Elena, la esposa de Anselmo.
Galdós ha descrito la juventud de Anselmo y las patologías que desde entonces en él se habían manifestado. También, ciertos estados anormales de su padre. Todos ellos base para establecer sus problemas, para explicar su «relación» con el Paris del cuadro, para entender el delirio que presenta en la narración.
Otro caso evidente de desdoblamiento sucede en un Episodio nacional, Zumalacárregui, en el que el personaje José Fago, cura desequilibrado, se siente uno con el caudillo, «cara y cruz de la misma moneda», dice Yolanda Arencibia[28]. Fago siente la transfusión de sus ideas en Zumalacárregui y viceversa. «Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno extraño que en ocasiones diferentes había sentido: la transformación de su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que sus ideas se anticipaban a las de éste o que concordaban milagrosamente en dos cerebros distintos»[29].
Estado que Freud describe como double conscience (disociación de la conciencia). O «disociación de las actividades psíquicas en dos grupos, hacia los cuales se orienta alternativamente la conciencia»[30].
Aunque Freud reconoce que raras veces ha logrado una visión profunda de la estructura de la paranoia, causa de la inseguridad de su diagnóstico, proporciona conocimientos importantes de la enfermedad a través de un caso que nunca trató directamente. Es el caso de un magistrado de los Tribunales de Sajonia que dejó escrita una obra, Memorias de un neurótico, aparecida en 1903[31]. A través de estas Memorias pudo establecer algunos de los síntomas sobresalientes de la paranoia.
En primer lugar, los paranoicos sólo dicen aquello que quieren decir. Sufren constantemente de insomnios y se suelen caracterizar por una clara inteligencia. La imagen de Dios puede volverse amenazante para ellos. El hecho de que tanto Dios como personajes que los conocen los persigan, les hacen ver que poseen una elevada personalidad y se presenta así el delirio de grandezas y «el delirio de grandezas puede constituir por sí solo una paranoia» (p. 1523). El enfermo ha retraído de las personas que lo rodean y del mundo exterior sus afectos y todo llega a ser indiferente para él. «El fin del mundo es la proyección de esta catástrofe interior; su mundo subjetivo se ha hundido desde que él le ha retirado su amor» (p. 1522).
No sé si este resumen traiga a la memoria un gran personaje galdosiano. Me parece que Isidora Rufete está aquí casi descrita. Aunque Galdós no proporciona nomenclatura alguna para su padecimiento, creo que muchos de los datos anteriores coinciden con los de ella.
Las ideas delirantes de Isidora son evidentes en algunos momentos. Por ejemplo, en el capítulo X: «Insomnio número cincuenta y tantos», donde se evidencian sus ideas desorbitadas, las inquietudes que la visita al palacio de «su abuela» le han producido. Percibe personas ocultas que tratan de invadir su cuarto. Siente dolores físicos, estallamiento de vísceras, especialmente del corazón. Y junto a todo ello, su clara inteligencia: «Yo tengo algo, yo estoy enferma»[32].
El sistema mental de la enfermedad hace que el personaje tenga carácter egoísta: la exaltación de los supuestos padres no es sino la exaltación de ella misma.
Cuando en el encierro de la prisión las dudas sobre su nobleza comienzan a inquietarla, entra en un paroxismo de gritos y casi pérdida de la razón, donde su entendimiento trata de afirmarse en sus valores: «Soy noble, soy noble. No me quitaréis mi nobleza, porque es mi esencia y yo no puedo ser sin ella» (La desheredada, p. 1144).
Y en su desesperación, la mayor parte de sus quejas son contra Dios: Dios, que la abandona, Dios que la persigue, que le ha declarado la guerra. Y ella nada puede contra la voluntad divina que se opone a sus designios.
Finalmente Isidora tiene que aceptar la realidad y entonces se produce su catástrofe interior. «Soy una persona anónima, ya no existo» (La desheredada, p. 1154). El mundo exterior le ha retirado su estima y con ello su propio mundo interno se ha hundido. De ahí al suicidio, que varias veces ha rondado por su mente, no media espacio. Galdós titula el capítulo en que huye con Pez «Suicidio». En dos ocasiones Isidora confiesa sus deseos de quitarse la vida: una, cuando estaba en la cárcel; otra, cuando cae en manos de Gaitica. El título del último capítulo es: «Muerte de Isidora». Muerte no en sentido físico, sino muerte interna: ya no existe para sí misma: «Yo me he muerto. Aquella Isidora ya no existe más que en tu imaginación. Esta que ves, ya no conserva de aquella ni siquiera el nombre» (La desheredada, p. 1156).
Un caso real de paranoia que tuvo lugar en Alemania fue publicado en la prensa por el médico que lo trató. Por su semejanza con la historia de Isidora bien podría Galdós haberse inspirado en él. Pero sucedió en 1904. He aquí el resumen:
Estoy persuadido de que ella cree seriamente ser la hija ilegítima de una aristocrática dama rusa. El deseo de pertenecer por nacimiento a círculos más distinguidos y brillantes que los verdaderos, se remonta posiblemente a su infancia; y en su deseo de ser una princesa ha dado lugar a la ilusoria creencia de que no es hija de sus padres sino la descendiente de una dama de la nobleza, que ocultó al mundo su ilegítima progenie, haciéndola pasar por hija de un prestidigitador. Una vez enredada en estas fantasías, es natural que interprete cualquier palabra hiriente o cualquier observación ambigua oída por azar y, sobre todo, su desagrado ante la idea de ser hija de sus modestos padres, como la confirmación de su delirio novelesco. Así, se ha fijado como meta de su vida recobrar nuevamente la posición social de que considera haber sido despojada. Toda su biografía muestra su denodada insistencia en esa idea, con resultados trágicos[33].
Caso éste que nos muestra la intuición de Galdós en el conocimiento de sus personajes. Intuición que Freud había reconocido, como puede verse por las siguientes palabras:
… estamos acostumbrados a hallar [entre los escritores] aquellas figuras que aislamos del conjunto para venerarlas como las de los más profundos conocedores del alma humana[34].
[1] Rafael Bosch, en su artículo «La sombra y la psicopatología de Galdós» (Anales galdosianos, VI, 1971, pp. 21-42), cita muchas de las lecturas médicas de Galdós, como el Informe sobre el estado mental de Martín Larios y Larios, Madrid, 1889, de D. Hardy y J. M. Charcot, que se encontraba en su biblioteca, la obra del literato Pedro Mata y Fontanet, publicada en 1864, autor mencionado en Fortunata y Jacinta, también la de Ambroise-Auguste Lièbault, citado en las novelas de Torquemada, etc. Pero no hay ninguna referencia a Freud.
[2] Stephen Gilman, Galdós and the European Novel: 1867-1887, Princeton University Press, Princeton 1981, p. 353: «Otherwise we should have to assume not merely that Freud would have appreciated Galdós as a novelistic precursor (which he surely would have) but the latter had discovered independently a central aspect of contemporary psychoanalytical theory».
[3] Sigmund Freud, «El delirio y los sueños en la “Gradiva” de Jensen», en Psicoanálisis del arte, Alianza Editorial, Madrid, 1973, p. 107.
[4] Cfr. el artículo de Rafael Bosch, «La sombra y la psicopatología de Galdós», p. 33.
[5] Benito Pérez Galdós, El doctor Centeno, en Obras completas, Tomo IV, Editorial Aguilar, Madrid, 1966, p. 1377.
[6] Sigmund Freud, «Una neurosis demoniaca en el siglo XVII», en Psicoanálisis aplicado, Alianza Editorial, Madrid, 1972, p. 59.
[7] Sigmund Freud, Lo inconsciente, en Obras completas, Tomo II, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, pp. 2962 y 2074.
[8] Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, Librería de los sucesores de Hernando, Madrid, 1917, Tomo III, p. 245.
[9] Benito Pérez Galdós, Lo prohibido, en Obras completas, Editorial Aguilar, Madrid, 1966, T. IV, p. 1810.
[10] Sigmund Freud, «Sobre un tipo especial de la elección de objeto en el hombre», en Obras completas, II, pp. 1625-1626.
[11] Sigmund Freud, «Los actos obsesivos y las prácticas religiosas», en Obras completas, II, pp. 1337-1342.
[12] S. Freud. «El delirio y los sueños en la “Gradiva” de Jensen», p. 107.
[13] Cfr. Joseph Schraibman, Dreams in the Novels of Galdós, New York, 1960, p. 25.
[14] «Una representación inconsciente será entonces una representación que no percibimos, pero cuya existencia estamos, sin embargo, próximos a afirmar, basándonos en indicios y pruebas de este orden», S. Freud. «Algunas observaciones sobre el concepto de lo inconsciente en el Psicoanálisis», en Obras completas, II, p. 1697.
[15] Cfr. S. Freud, «El delirio y los sueños en la “Gradiva” de Jensen».
[16] Id. Id., p. 144.
[17] Benito Pérez Galdós, Halma, en Obras completas. Novelas y Miscelánea, Editorial Aguilar, Madrid, 1977, pp. 598 y ss.
[18] Id. Id., p. 508.
[19] Gustavo Correa, El simbolismo religioso en las novelas de Pérez Galdós, Editorial Gredos, Madrid, 1962, p. 181.
[20] Los objetos que representan cavidades como cajas, arcas, cofres, etc., representan el aparato genital de la mujer. Ciertos símbolos como armarios y estufas representan más bien el útero materno. Los objetos de papel (billetes) son también símbolos femeninos. Cfr. S. Freud, «Lecciones introductorias al Psicoanálisis» II, Los sueños, en Obras completas, II, p. 2261.
[21] Cfr. S. Freud, «El delirio y los sueños en la “Gradiva” de Jensen», p. 159.
[22] Benito Pérez Galdós, El caballero encantado, en Obras completas, Novelas y Miscelánea, pp. 1034-1035.
[23] Id. Id., p. 1031.
[24] S. Freud, Lo siniestro, en Obras completas, III, p. 2494.
[25] S. Freud, Tótem y tabú, en Obras completas, II, p. 1802.
[26] Benito Pérez Galdós, La sombra, en Obras completas, IV, p. 202.
[27] Id. Id., pp. 207 y 214.
[28] Yolanda Arencibia, edición, prólogo y notas a Zumalacárregui, Cabildo Insular de Gran Canaria, Madrid, 1990, p. 33.
[29] Benito Pérez Galdós, Zumalacárregui, p. 246.
[30] S. Freud, «Lo inconsciente», en Obras completas, II, p. 2064.
[31] S. Freud, Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia («Dementia paranoides») autobiográficamente descrito, en Obras completas, II, pp. 1487-1528.
[32] Benito Pérez Galdós, La desheredada, en Obras completas, IV, pp. 1030-1032.
[33] Cit. por Otto Rank, El mito del nacimiento del héroe, Editorial Paidos, México, Buenos Aires, Barcelona, 1989, p. 111, nota 95.
[34] S. Freud. «El delirio y los sueños en la “Gradiva” de Jensen», p. 108.
Isidora · Revista de estudios galdosianos · N.º 9 · pp. 93-101

























