
José María Aguilar Ortiz, De la Asociación de Médicos Escritores y Artistas
El impar y amenísimo literato Augusto Monterroso, en uno de sus cuentos, pone en boca del protagonista, el aspirante a escritor Leopoldo Ralón, la siguiente afirmación:
«“El escritor –dijo una tarde en el café– que más se parece a Dios, el más grande creador, es don Juan Valera: no dice absolutamente nada. De esa nada ha creado una docena de libros”. Lo había dicho por casualidad, casi sin sentirlo. Pero esta frase hizo reír a sus amigos y confirmó con ella su fama de ingenioso. Por su parte, Leopoldo tomó nota de aquellas memorables palabras y esperó la oportunidad para usarlas en un cuento»[1].
Cuando Rosa Amor me propuso publicar un artículo sobre Valera, creí llegada la oportunidad, que finalmente había dejado escapar el citado Leopoldo Ralón –quien nunca llegó a ultimar un solo cuento–, utilizando como pórtico del mismo aquellas memorables palabras. Sin saberlo, el autor guatemalteco me puso en bandeja esta gacetilla.
Probablemente el juicio emitido por Ralón/Monterroso hubiera divertido mucho, y satisfecho también, al autor de Pepita Jiménez, al ser recordado, noventa años después de su muerte, por medio de semejante alusión crítica. Hay que recordar que el fino sentido del humor de Valera fue puesto a prueba por sus detractores, quienes, a menudo, le criticaron ásperamente; y que, en todas ellas, éste siempre pasó la prueba con éxito: el autor cabreño supo, invariablemente, reírse de sí mismo.
Recordemos ahora, por venir a la mano, aquel célebre artículo de crítica literaria con que le obsequio el reverendo padre Sbarbi, señalando las faltas que, contra la pureza del lenguaje, había encontrado en la más famosa de sus novelas. El autor le dedica, entre otras, las siguientes lindezas:
«Porque, hablando con formalidad, si de todas las [faltas] que contra la pureza del lenguaje hemos encontrado en Pepita Jiménez, fuéramos á hacer aquí colección, necesitaríamos presentar al lector una fuente, nó que Un plato de garrafales, con harto riesgo de poderle proporcionar una indigestión» [2].
Pues bien –recordaba el Conde de las Navas, discípulo, amigo y primer biógrafo de Valera–: «con las garrafales que recogió Sbarbi en el huerto de Pepita Jiménez, hizo el autor de sus días una compota que solía a ofrecer á los amigos á modo de confesión de sus culpas y sin demostrar rencor ni menosprecio hacia el crítico; antes bien reconociendo sus méritos»[3].
O mencionemos, también, otros episodios, no exentos de cierto patetismo, ocurridos cuando, en compañía de sus amigos, el Conde de las Navas, Narciso Campillo y el doctor Thebussem, se propuso escribir aquella festiva obra titulada Cuentos y chascarrillos andaluces tomados de la boca del vulgo, exponiéndose a las más severas censuras entre las elegantes y horrorizadas amigas de su mujer, a quienes su hijo Luis –que fue quien más se divirtió–leía, a modo de experimento, los relatos más subidos de tono[4]; sin olvidar, tampoco, la publicación de unos cuantos artículos –coleccionados después formando libro– con el título de Académicos en cuadrilla, del bachiller Francisco Estepa, seudónimo de Teodomiro Moreno Durán, en que se hace una crítica feroz y despiadada de los autores de los Cuentos y chascarrillos andaluces, que a pesar de lo mucho que le afligieron supo Valera encajar con humor y filosofía[5].
El escritor y periodista Santiago Montoto puso, con mucha gracia, todos estos incidentes por escrito[6].
El tema del presente trabajo, y puede deducirse fácilmente por lo que antecede, es el del humor de Juan Valera, aquel escritor andaluz, español y universal, a quien, siguiendo la recomendación del profesor José Peña, valerista eminente, mejor habría que referirse anteponiendo el «don» a su nombre, pues el «don» es inseparable de quien fuera un señor, de los pies a la cabeza, en su vida personal y social, diplomática, política y literaria[7].
Don Juan Valera, pues, poseyó además, en grado superlativo, aunque envuelto y disimulado en elegancia, otro don, el del humor, que parafraseando libremente al poeta, «viene del cielo y no se halla entre las cosas, sino muy por encima, y las ocupa, haciendo de ello vida y labor propias»[8]. Y es que SIEMPRE –con mayúsculas–, como señalaba el inmortal Claudio Rodríguez, SIEMPRE, la claridad, viene del cielo.
Lo cierto es que, a nadie pasó inadvertido, tanto en vida del autor egabrense, como después de morir, el rasgo principal, tanto de su rica personalidad como de su obra, un extraordinario sentido del humor.
El Conde de las Navas dedicó, a quien siempre llamaba en público «su querido maestro», dos preciosas semblanzas. En la primera de ellas, la ya mencionada, Don Juan Valera: Apuntes del natural, publicada a los pocos días de morir éste, dice lo siguiente:
«Táchase a Valera de haber abusado en sus escritos del humorismo. Yo no pude darme cuenta exacta de si ello era idiosincrásico o producto natural de su mucha filosofía. Me inclino á creer esto último, pues con ser muy optimista en general, paréceme que consideró la vida como una broma pesada que él tomaba sin incomodarse, procurando también no aguar con los propios sinsabores el vino del prójimo».
Continúa el Conde de las Navas:
«En su última obra [se refiere al discurso académico póstumo Consideraciones sobre el Quijote], Valera nos dice: “a gracia, el chiste, la risa benévola, que no lastima ni hunde á quien la provoca, era y es remedio y panacea de los pesares. Risa tal, apenas se da hoy. Cervantes la tenía como precioso don del cielo. Hoy la seriedad nos abruma”… “La risa sin hiel es celeste propiedad de los dioses y en la tierra privilegio exclusivo de los hombres sanos y fuertes. Seguro indicio de salud y fortaleza es reír con suavidad y dulzura. Esta es el mayor y más misterioso encanto del libro del Quijote. No se concibe la risa sin la debida conformidad con Dios, y sin reconocer y declarar que cuantas cosas Dios creó son buenas, como el mismo Dios dijo al crearlas”».
Y el propio Valera, continúa:
«La risa no debe matar ni perjudicar aquello de que se ríe. Al contrario, debe purificarlo y sanarlo. En lo más excelente suele haber y hay con frecuencia algo ridículo; de suerte que, si lo ridículo se extrae, lo excelente, en vez de sufrir menoscabo o deterioro, queda limpio de toda mácula. La parodia, pues, no implica el descrédito de lo parodiado; antes bien, es lícito afirmar que solo de lo bueno y de lo hermoso se pueden sacar parodias divertidas y amenas».
Valera parece coincidir con el conde acerca del origen de su humor, cuando en la novela Genio y figura afirma: «No soy yo alegre y regocijado por mera y espontánea energía de mi espíritu. Lo he sido y lo soy también porque me impongo, porque me decreto la alegría».
«Para estar todo el día alegre, cantar por la mañana», era la consigna o receta que aplicaba don Juan. Lavoteándose de pie en la pandereta de cinc que llamaba tub, y mientras se afeitaba o vestía, cantaba siempre, al parecer, según su tocayo, no con notable afinación ni excelente voz.
Precediendo a estas reflexiones sobre el humor de su maestro, el Conde de las Navas hace otra escueta declaración: «Y es que D. Juan Valera fue quizás el último místico».
En el discurso titulado Valera íntimo, pronunciado con ocasión del homenaje que le dedicó la Academia en el centenario de su nacimiento, el Conde de las Navas subraya la alegría como nota principal del carácter de su maestro:
«Entre las notas que conservo, tomadas de memoria, relativas al amable e instructivo trato de Valera, me parece que descuella, rebozando su obra toda, la alegría, el buen humor: cuándo la risa moderada, la ironía agridulce y otras un pitorreo, perdonadme la vulgaridad del vocablo por su exactitud, en ocasiones verdaderamente monumental»[9].

En la página anterior puede leerse:
«Mi intimidad con don Juan –que me llamaba siempre «su tocayo»– data de los últimos tiempos, y se estrechaba a medida que fue quedándose ciego. En aquellos días, o más bien en sus noches, el pensamiento desvelado del filósofo y del poeta se replegaba ordenadamente hacia el centro del alma –él lo escribe muchas veces– el centro de los místicos en donde mora Cristo –según Santa Teresa de Jesús–, “como maravilloso diamante; como un rey en su castillo”».
Pues bien, cuando me propuse estudiar el humor de Valera, enseguida advertí que se hallaba en íntima conexión con su religiosidad, una religiosidad completa, a la vez mundana y espiritual. Y he podido comprobarlo de nuevo, al leer hace pocos días la última novela del autor, titulada Morsamor, rarísima mezcla de humor y misticismo nacida de las mágicas retortas donde don Juan cocinaba sus peregrinos guisos literarios.
Del mismo modo, su biógrafa, Carmen Bravo-Villasante, supo apreciar «todo el gracejo, toda la zumba y guasa fina» del autor de Pepita Jiménez[10].
También Cejador, contertulio de última hora de don Juan, se percató de la importancia del «buen humor, de la socarrona ironía, el saladísimo ingenio de Valera, su humorismo benévolo, la chunga y la guasa, el pitorreo, la sal a puñados; en una palabra, del expresivo garabato andaluz y el buen ángel de su maestro»[11].
Asimismo, Romero Mendoza, en su biografía premiada sobre el autor, advirtió «la alegría cósmica, además del ingenio retozón y natural optimismo que se le trasvasaba a sus obras»[12].
La vena mística, la religiosidad de Valera, ha sido subrayada enérgicamente por Ángel Luis Encinas Moral, profesor de historia y literatura rusas, en el prólogo a la reciente edición de las célebres Cartas desde Rusia de nuestro autor, en términos muy sugestivos. Dice así:
«Quien ha vivido largo tiempo en Rusia y en épocas anteriores a la existencia de Internet sabe perfectamente que la relación epistolar es la catarsis gráfica del sentimiento del observador ante lo que le rodea novedosamente. Especialmente cuando no se entiende, ni se habla, ni se sabe el idioma ruso. En estos momentos es cuando el cálamo sirve de tenaz cómplice en la transmisión de la concepción individual realizada por el individuo ante la realidad circundante. Entonces es cuando uno se acuerda de aquel célebre dicho andalusí que afirma lo siguiente: ¡Qué maravillosa la labor del cálamo: bebe oscuridad y vierte luz!
Así la pluma de Azaña –continúa Encinas, refiriéndose a uno de los mejores biógrafos de Valera– ateneísta irredento sabe que los teólogos discuten de religión, mientras que los místicos de todo credo exponen su sabiduría para que ésta se eleve y sea patrimonio de toda la humanidad, por encima de individuos y fronteras. Azaña se eleva como literato e intelectual a lo más profundo del mensaje de Juan Valera. Sigue la vía de los sabios que en el mundo han sido [tal como cantara Fray Luis de León].
Azaña –prosigue Encinas– es consciente de que el viaje a Rusia ha sido un viaje iniciático para Valera. El andaluz de Cabra, criado en Doña Mencía y formado en Madrid y Granada, se convierte, gracias a su andadura por una Rusia ajena completamente al mundo mediterráneo, germánico o ultramarino y sumido enteramente en Oriente, en el español más universal de la segunda mitad del siglo XIX, muy por encima de Blanco White, Gayangos o Ganivet. Como dice el viejo proverbio: Ex Oriente, lux»[13].
El profesor Encinas se está refiriendo en los párrafos anteriores a la obra de Manuel Azaña titulada Valera en Rusia, donde el gran escritor y político narra con singular estilo y lucidez las aventuras de don Juan en el imperio de los zares, de las que más adelante hablaremos[14].
Me interesaba subrayar al comienzo que, a mi juicio, el humor y la religiosidad de Valera están íntimamente unidos y se abrazan el uno al otro, produciendo esa extraña mezcla de optimismo y pesimismo, de alegría y seriedad presentes en su vida y obra.
En cierta ocasión en que se impugnó en el Congreso el acta de diputado que había conseguido, contestando a un fuerte y arrollador ataque de don Antonio Cánovas del Castillo, Valera se defendió con gracia y con su personal estilo, diciendo lo que sigue:
«No quiero esta lucha en que no se pelea con armas corteses… Cada día estoy más convencido de que yo no sirvo para la vida política. Yo tengo cierta melancolía, cierta tristeza que me lleva a veces por una rara contradicción que hay en mi ingenio, y no se crea que por vanidoso digo ingenio, porque ingenio todos lo tenemos aunque sea escaso, que me lleva a veces a decir las cosas de una manera cómica, por ser generalmente cómico lo que es triste…»[15].
Vayamos ahora directamente al humor de Valera, no vaya a ser que me convierta en merecido objeto de aquella imprecación tan cordobesa: «–¡Para ya, hombre, que estás dando más vueltas que un perro perdío!».
Comenzaré refiriéndome al humor en su correspondencia privada. Las cartas de Valera, como conocen todos los aficionados, alcanzaron pronto un grandísimo prestigio y una elevada cotización, inicialmente entre su familia y amigos, quienes debieron quedar encantados con aquellas epístolas, tan entretenidas, cultas y, en ocasiones, tan largas; posteriormente entre el grupo cada vez mayor de corresponsales de don Juan.

Tengo la sospecha de que Valera, desde Nápoles y Madrid, antes de obtener el primer empleo remunerado, incapaz de ganarse la vida y sostenido todavía económicamente por sus padres –quienes no nadaban precisamente en la abundancia–; muy agradecido y bastante afligido, trataba de compensarles escribiendo cartas sustanciosas, amables y divertidas: es decir, tributando en especie… literaria. En otras palabras, contribuía a «pagar» con ellas, hasta donde esto era posible, la deuda (o, por mejor decir, el gasto constante) que contraía con la familia.
Este hábito epistolar le transformó en un gran escritor. Componiendo, día tras día, elaboradas piezas literarias, escribía, al mismo tiempo, su autobiografía, desnudándose ante sí mismo, los destinatarios y, en ocasiones, ante la propia Historia.
Las que envió a Serafín Estébanez Calderón, desde Lisboa y Río de Janeiro, le consagraron como escritor y le dieron fama en el círculo literario del autor de Escenas andaluzas; se difundieron enseguida, revelando que había nacido una estrella de la literatura.
Las que dirigió a Leopoldo Augusto de Cueto, desde Rusia, le encumbraron, llevándole en volandas hasta el olimpo de los inmortales, es decir a la Academia de la Lengua Española, en 1862, doce años antes de la publicación de su gran novela Pepita Jiménez.
Las cartas de Valera eran recibidas, generalmente, por sus receptores como regalos de lo más exquisito. Las guardaron teniéndolas en gran aprecio y, poco a poco, han ido apareciendo a la luz pública, al salir de la intimidad. El Conde de las Navas afirmaba, en sus Apuntes del natural, hace más de cien años, al morir don Juan Valera:
«Interesantísima sería la publicación de una completa nota bibliográfica de don Juan Valera; mas para conocerle de cuerpo entero, tengo para mí que no basta leer todas sus obras ya impresas ni las que deja comenzadas: en donde su espíritu se retrata con absoluta nitidez, es en la carta particular, en la correspondencia privada que sostuvo con su familia y amigos de ambos sexos. En ella vertió los más peregrinos conceptos y alcanzó más quilates el brillante de su estilo: fué la carta la que reprodujo como fonógrafo perfecto la encantadora armonía, característica en las pláticas familiares de aquel grande estético». Y añade: «Un Epistolario de don Juan Valera, sería digno colofón en la obra completa del tesorero de la lengua castellana».
«Bien puede afirmarse –insiste años después en el homenaje a Valera– que el alma toda de don Juan se encuentra contenida en los cuarenta y ocho tomos de las obras publicadas por su hija doña Carmen y en otra buena cantidad de cartas particulares que no han visto la luz pública, desgraciadamente, y que conservamos, en más estima que arrobas de azafrán en rama, unos cuantos parientes y amigos».
Alonso Zamora Vicente ha resaltado, recientemente, en su obra sobre la Real Academia, la importancia de las cartas en el conjunto de la obra de Valera: «Pero me atrevo a asegurar –dice el desaparecido académico y escritor, quien fuera secretario de la institución– que lo que hoy leemos con verdadera fruición es su copiosísimo epistolario»; subrayando al mismo tiempo la importancia del Conde de las Navas como biógrafo del autor de Juanita la Larga, y la utilidad su alocución académica, Valera íntimo, para conocer la vida personal y social de don Juan[16].
A mi parecer, lo que hace imperecederas estas cartas es la simpatía, tesoro humano inestimable en cualquier época. Valera la derrochó a manos llenas, con verdadera esplendidez. La amistad entre el Conde de las Navas y don Juan, así como la correspondencia que sostuvieron, estuvo llena de simpatía recíproca.
El profesor Peña, en su libro, ya aludido, Azaña y Valera, al tratar del humor en las cartas de este último, advierte sagazmente que nuestro autor: «sabe que el humor no es posible sin la autocrítica. Esa fina ironía sobre sí mismo, de la que hace gala, transforma la carta del ciudadano Valera en una obra de arte». Y es que Valera, cuenta el Conde de las Navas: «que cifró siempre la suprema aspiración de su vida en ser poeta, y en que como a tal le consideraran, llega hasta burlarse de sus propios versos».
«Y nacieron millares de espíritus… Formaron con sus alas armoniosa música en el viento. “Como los grillos”, se lee anotado en el tomito»[17].
Ya las primeras cartas que nos han llegado, escritas cuando tenía veintitrés años, muestran no sólo al escritor de gran talento, inteligente y culto, sino también al consumado humorista, cronista de la sociedad que frecuenta, que finamente se ríe hasta de su propia sombra. Este detalle, entre otros, me lleva a pensar que el humor de don Juan Valera sin ser genético, probablemente, era congénito, y no solo adquirido como sugería el Conde de las Navas. Como aquel Comendador Mendoza, de una de sus novelas, que «era alegre por naturaleza y optimista por filosofía», detalle que nos ha recordado José Peña.
Temas recurrentes en las cartas de este periodo fueron los del dinero, las mujeres y el matrimonio, que le trajeron durante toda la vida por la calle de la amargura. A su madre escribe en una ocasión y le dice:
«La situación angustiosa de nuestra casa, esa sindineritis crónica de que usted, mi padre y yo nos quejamos de continuo, me da mucho en qué pensar, y a veces me hace desear hasta el matrimonio como medio de poner remedio a un mal tan acerbo, aunque sea con otro mal nada grato… el verdadero precipicio del matrimonio, del que Dios nos libre a todos».
Así opina el joven don Juan, que sólo ve el matrimonio como medio para salir de la sindineritis crónica que tanto le aflige.
«Valera –ha advertido el profesor Peña– anduvo [siempre] metido de lleno en la ‘impecuniosidad’, esa terrible enfermedad que le acompañó toda la vida y que él mismo definía como la ‘sindineritis crónica’».
Cuando viaja a Italia en su primer destino diplomático, en 1847, como agregado sin sueldo, se queja a su padre de su jefe el Duque de Rivas, «el señor poeta-diplómata», porque no quiere llevarle consigo a Nápoles, lo que le ahorraría mucho gasto:
«Pero creo que va con él su sobrino Arana –le dice a su padre– y éste es el motivo porque no me lleva consigo, sin contar los cálculos económicos que hará, pues como es un Grande pobre, no sobresale por la esplendidez».
Y a su madre le confiesa:
«Siento decirle a usted que aunque es verdad que el Sr. Duque, mi jefe, me quiere, no debo esperar nada de él sino versos y despachos que copiar y la comida, por no costarle nada y serle agradable que yo le acompañe a la mesa. S. E. es muy egoísta y no gusta hacer nada por nadie».
Más tarde, de vuelta en Madrid, don Juanito corteja a una de las hijas del Duque de Rivas:
«Malvinita –cuenta– cada día más coqueta. Válgame Dios y qué muchacha tan saladísima y culebrosa».
«La Culebrosa (y quédese entre nosotros) está decidida por mí y con terribles deseos de casarse y de que nos vayamos juntos a Nápoles, en busca de papá bonito. La niña es muy bonita también, pero el mismo diablo no es más travieso, ni el santo Job más pobre que ella. No tiene más dotes que los del Espíritu santo, su nombre ilustre, algún título de marquesa y ser de la casa reinante».
En 1850 es destinado a Lisboa con su primer sueldo, y nada más llegar escribe a su madre:
«Las mujeres se visten aquí de un modo bestial. Llevan capas como las de los hombres y un pañuelo blanco en la cabeza, tan puntiagudo y almidonado, que dan ganas de reírse al verlas».
Y a su amigo Estébanez Calderón le confiesa:
«Las portuguesas, como tengo dicho a Vuesa Merced, son feísimas; lo que si no es excusa, explica porqué algunos ricos hidalgos, por ejemplo el marqués de Balada y el de Viana, more graecorum adolescentulis delectantur. Yo no tengo amores, si no son los que se venden baratos, y paso una vida si bien sosegada, asaz desabrida y prosaica. Me sobra por lo tanto tiempo para leer, buscar libros viejos y para fastidiarme».
Las confidencias o relatos de tipo erótico sexual, más o menos procaces, abundan, especialmente en la correspondencia que sostuvo con su amigo y maestro Serafín Estébanez Calderón, desde Lisboa y Río de Janeiro, y aunque, en ocasiones, son muy divertidas, las pasaremos por alto.
Muy curiosas son las referencias a la niña, hija de su jefe en la embajada de Río de Janeiro, el excéntrico, enfermizo y simpatiquísimo, José Delevat y Rincón:
«Es de advertir –cuenta Valera a Estébanez– que mi jefe usa en su conversación familiar, un estilo muy figurado y poético; a las curianas, que aquí son abundantísimas, grandes, asquerosas y aladas, les llama los mosquitos del Brasil; a los mosquitos, los europeos, a otros mosquitos que no hay en Europa, los borrachuelos; y a su hija querida, que es fea como el pecado, para manifestarle su mucho amor, su curiana. Esta señorita, que cuenta ahora 8 ó 9 primaveras, siempre está llorando y dando gritos, y solo se apacigua o distrae cuando una esclava le rasca las espaldas. O cuando ella misma acaricia a su hermano a coces y bocados».
«No ha mucho –continúa Valera– que estando enferma la niña, hubo de administrársele una ayuda, y como ella no quisiera recibirla, rabió y se desesperó, y atronó la casa y la vecindad toda con sus alaridos, y sólo al cabo de una o dos horas se logró que recibiese aquel alivio. Durante la lucha, que se pasaba allá en lo interior, estábamos D. José y yo muy tranquilos, y sentados el uno frente al otro, oyendo el grande estruendo y barahúnda. D. José callaba y sólo de vez en cuando decía: “Qué niña, qué niña!”, hasta que por último salió con esto: “¡Naranjas chinas! Si sigue así, cuando se case, aviado está su marido”. No es decible la malicia y gravedad con que D. José pronunció esta sentencia».
Sentencia que tuvo carácter de profecía cuando años después Valera se casó con esta niña.
Hablando de su jefe, le comenta en otra carta, a Serafín Estébanez Calderón:
«No se puede negar a pesar de esto que D. José Delavat y Rincón es un gran filósofo práctico, y que tiene mens sana, aunque no in corpore sano. Ello es que con su gota, con la aguadilla y la lechesilla que le manan de las piernas, con su joroba, y con su tomatera en el ojo, y sus cuatro dedales en el manojo, exclama, como Epicteto, cuando le daban tormento: “¡Oh dolor nunca confesaré que eres un mal!”; y no pierde aquella sublime tranquilidad de espíritu que los antiguos sabios llamaban ataraxia».
Por otra parte, hablándole a su confidente Estébanez, de la familia de don José, le cuenta lo siguiente:
«Porque ha de saber Vuesa Merced que este suegro de D. José es flaco como un espárrago, largo y estirado, feo de veras, muy chupado de carrillos, con gafas verdes y una nariz afilada y mayúscula, verde asimismo por la punta, y en lo demás colorada como un tomate».
En fin, estos y otros primores por el estilo contaba don Juan a sus corresponsales. No me extraña que sus cartas fueran tan solicitadas.
Son las de Rusia, quizás, las cartas más importantes; al menos fueron las que le dieron fama y le empujaron hasta la Academia. A finales de 1856, Valera viaja como secretario de la embajada extraordinaria que el Gobierno de España envió a Rusia, bajo la dirección del Duque de Osuna, con objeto de restablecer las relaciones diplomáticas entre los dos países, que se habían interrumpido en 1833, cuando el zar Nicolás I había apoyado al pretendiente carlista al trono de Isabel II. Formaban la embajada, además del duque y Valera, el coronel Quiñones, ayudante del duque, quien tenía el grado de Mariscal de Campo.
Durante su viaje a Rusia y la estancia en San Petersburgo, Valera escribe cartas y despachos oficiales a su jefe, el subsecretario del Ministerio de Estado, Leopoldo Augusto de Cueto. Éste, sin su permiso, publica las cartas en un periódico de Madrid, lo que produce un pequeño y divertido escándalo en la sociedad madrileña, que se traslada hasta San Petersburgo, donde el duque y el coronel Quiñones le tratan, a partir de entonces, con reserva y frialdad, a consecuencia de los chistes que, en las cartas, hace a costa de ellos. Esta indiscreción tuvo no pocos efectos adversos para nuestro atrevido secretario.
En esta especie de cartas furtivas Valera se ríe de todo y de todos, empezando por su jefe de embajada, personaje singular, que en 38 años arruinó la casa de Osuna, una de las más ricas de la época, a base de una prodigalidad sin límites y toda clase de gastos onerosos. Así inicia, desde Berlín, la correspondencia con Cueto:
«Empecemos por Júpiter, ¡oh Musas!, de Júpiter todas las cosas están llenas. Empecemos, pues, por el duque, nuestra providencia y nuestro Júpiter, y digamos de él que es la más excelente persona y el más generoso gran señor que he conocido en mi vida».
«Viajamos a lo príncipe –continúa–. Paramos en las más elegantes fondas y tenemos coches, criados, palco en los teatros y cuanto hay que desear… Pero amigo, no hay rosa sin espinas, y el placer y el lamento andan juntos, según ha dicho el sabio. También hemos tenido nosotros nuestros disgustos durante el viaje, y uno grande de veras. Desde Bruselas a Münster, o no sé si en la fonda misma de Bruselas, robaron o se perdió una cartera del duque, que afortunadamente no contenía más que tres cartas de recomendación para Petersburgo. Difícil es pintar y más difícil de imaginar la desesperación del duque por este accidente, y, sobre todo, el terror pánico que le entró de que pudiera suceder lo mismo con las cartas reales. Decidido ha estado estos días, y no sé si habrá cambiado de aviso, a suicidarse si las cartas reales se perdían. Por dicha están aún en nuestro poder. Si se pierden, ya sabe usted que nos quedamos huérfanos del duque».
«En general –prosigue–, se puede asegurar que la Legación de España en Berlín no está tenida en olor de santidad, y si algún olor se le atribuye, no es muy bueno. El señor Oubril, encargado de negocios de Rusia, y Leal representante de su majestad fidelísima, nos ha revelado con gran misterio, y con misterio mayor se lo revelo yo a usted, que a Oliver le apesta la boca como si tuviera un perro muerto en cada pulmón, y que el agregado Cortina tiene sarna. De Florentino Sanz también hablaron mal, y peor hubieran hablado si yo no hubiese dado a entender que soy su amigo. Lo singular es que contra el alcornoque de Llorente no se ensangrentaron».
Ya desde Varsovia, escribe a don Leopoldo:
«El secretario particular del duque, llamado señor Benjumea, natural de Sevilla, aunque por lo bobo parece de Coria, va tan empellejado y tan raro que en una estación del camino por poco se lo comen unos perros, tomándole por alimaña de los bosques».
«El gobernador de la ciudad vino a vernos ayer inmediatamente. Nosotros nos adelantamos, por nuestra parte, a hacer una visita al teniente general Gortchakov, que nos recibió en una biblioteca inmensa como si quisiera decirnos: “Para que veáis que no soy bárbaro, a pesar de esta cara de calmuco que Dios me ha dado”».
Los calmucos, por si alguno de ustedes no lo sabe son los naturales de cierto distrito de Mongolia.
Ya de viaje hacia San Petersburgo sigue Valera refiriendo la preocupación del duque:
«Por último, subimos en el trineo. No hay por qué referir cómo pasamos sanos y salvos y también los coches, ni hay que decir tampoco que las cartas volvieron a colocarse donde estaban siempre, a la vista, y que gracias a los incesantes cuidados del duque, han llegado sin detrimento a San Petersburgo. Yo he visto al duque mirar y remirar largo rato la cajita que las contenía, con la misma efusión con que los solitarios del Monte Atos se miraban el ombligo para ver la luz del Tabor».
Y las peripecias de Quiñones:
«En Kovno, y mientras empatinaban los coches, Quiñones, que es coronel de Estado Mayor, quiso dirigir científicamente nuestro viaje, juzgando que no iba bien hasta entonces, y, sacando mapas y poniéndose a considerarlos, como pintan a Napoleón la víspera de Austerlitz, calculó por la dirección de las aguas las desigualdades y desnivel del terreno, midió distancias, trazó figuras, tiró líneas y, valiéndose de ambas trigonometrías y hasta de las secciones cónicas, formó un profundo plan de viaje. Por espacio de dos días se siguió, fiel y puntualmente este plan, y en estos dos días ni comimos, ni dormimos, ni sosegamos, andando apenas lo que uno solo bajo la dirección del capitán ruso». Por fin: «Allí, por fortuna, abdicó el mando el coronel, y el duque, que el día antes le había reñido al correo del zar porque se emborrachaba y daba demasiados mojicones, le levantó el entredicho y le dio plenos poderes para beber y aporrear cuanto quisiera. El duque, a pesar de su amor a la sobriedad y de su tierna filantropía, conoció, al cabo, que sin el vino y el aguardiente no estaba inspirado el capitán, y que sin las zurras se adelantaba menos que con la ciencia del coronel Quiñones».
Y desde San Petersburgo:
«Al día siguiente comimos en casa de Nesselrode, y cuando a los rusos les da por ser feos, nadie los gana; por manera que la mesa parecía un cuadro de las tentaciones de San Antonio. El demonio y su hijo precioso no tienen que ver con Nesselrode y su hijo. Los demás convidados no discrepan mucho de tan distinguida fealdad. Una de las damas tenía un buche en el pescuezo tan negro y arrugado que parecía un testículo de negro con hidroceles. En fin. Era cosa estupenda que ponía grima. Lo que es Nesselrode no parece hombre, sino una cosa rara».
En cuanto al duque:
«Sigue con más deseos de ser embajador que un gitano de hurtar un borrico»… «El duque está fuera de sí de desesperación porque no llegan los toisones. No se atreve a mirar a Gortchakov cara a cara, temiendo que le diga: “Caín, ¿qué has hecho de los toisones?”. Teme que ustedes no quieran mandarlos porque no van de aquí cruces para ustedes, y esto le tiene apuradísimo. Nunca vi inquietud semejante, sino cuando don Francisco Martínez de la Rosa esperaba al ejército español que debía venir, y no venía, a socorrer al Papa. En pie sobre un peñasco, y tendiendo los brazos y la vista a los mares, asemejaba a una Ariadna macho, según la describe Catulo»… «El señor duque ha caído en la más honda melancolía porque no vienen los toisones. Las damas conocen su aflicción y le preguntan con interés quare tristis est anima sua. Él responde con una sonrisa llena de dolor, y casi estoy por decir que de lágrimas. Hombre, por Dios, que envíe usted los toisones pronto. Gortchakov sigue de monos y nos huye como a la peste».
Del príncipe Gortchakov:
«Es un tártaro astuto y trapalón, como los lugareños de España»… «Yo le miraba atentamente –reflexiona Valera– y con gran respeto, y consideraba, allá en mi interior, lo feísimo que es visto a buena luz, de cerca y despacio. Mefistófeles debía ser por el estilo, cuando andaba de la Ceca a la Meca con el doctor Fausto»… «Las ternuras del príncipe Gortchakov me consuelan algo de los desdenes de Quiñones»… «Indudablemente, querido amigo, las armas han sido y seguirán siendo siempre más poderosas que las letras. Quiñones me roba el corazón del duque. El duque prefiere que le llamen “mi general”, y tener por ayudante un coronel, a que le llamen “señor duque”, y tener por secretario a todo un oficial de esa Primera Secretaría».
Visitando el museo de L’Hermitage, al repasar los tesoros que contiene, su atención recae en una Oración del huerto, cuadro de Bruni, donde hay una bacante dando de beber a un amorcillo:
«El amorcillo es lindo de veras –comenta–, y el cuerpo desnudo de la bacante también lo es, pero la cara, en la cual ha querido el pintor poner algo de pecaminoso, es de balde cara, a pesar de lo rubicundo y mofletudo. La boca, a fuerza de querer ser risueña, pequeñita y fruncida, y a fuerza de estar colocada entre tan redondas y sonrosadas mejillas, no parece boca, sino el antípoda de la boca. Y los ojos, con el empeño de pasar por traviesos y lascivos, son tan diminutos y coloradotes, que tienen trazas, como dicen en Andalucía, de dos puñalaíllas enconás».
No obstante, junto a la larga serie de gracias y chistes como los precedentes, no faltan en la correspondencia elevadísimas reflexiones cargadas de espiritualidad como la siguiente:
«Todo lo bueno, todo lo hermoso y todo lo verdadero que hoy no existe en nuestra alma y mañana aparece en ella, no nace allí como desenvolviéndose, sino que viene de fuera; no de una abstracción, sino de una persona; no de un ser único que nos absorbe, sino de un ser uno que nos comprende y nos crea».
O esta otra:
«Y si alguna vez la bilis reconcentrada me hace ver las cosas negras y feas, cuando estoy en mi acuerdo, y el espíritu sereno domina al imperfecto organismo, lo hallo todo bien y rebién, y el mal me parece un accidente efímero, y el bien lo sustancial y constante. Entonces soy como los zahoríes y descubro todos los tesoros que hay ocultos en la tierra».
Pero, ¡basta!, me estoy poniendo serio y hoy me había prometido hablar solo del humor de don Juan.
El propio Manuel Azaña ha señalado que la afición de don Juan Valera a referir primorosamente chascarrillos picantes, provenía de su estancia en Nápoles, y esta afición le hacía brillar ya por entonces en los corrillos de la sociedad napolitana. Esta costumbre la conservó hasta sus últimos días.
En la tertulia que se celebraba en casa de Valera, en la cuesta de Santo Domingo, número 3, y donde aquel ejerció un singularísimo magisterio espiritual durante los últimos años, nació la idea del libro, ya citado, Cuentos y chascarrillos andaluces, tomados de la boca del vulgo.
El 28 de mayo de 1896, Valera escribía a su amigo el doctor Thebussem, famoso y genial humorista de la época, poniéndole al día del proyecto literario y pidiéndole su colaboración.
«Mi querido amigo:
Los sábados por la noche vienen a esta casa en mi despacho, desde las diez hasta después de las dos de la madrugada, varios aficionados a las letras. Dos de mis tertulianos, el conde de las Navas y Narciso Campillo, me han metido en una empresa, en la que usted, si quisiese, podría ayudarnos. Se trata de reunir y de conservar por escrito, para que no se olviden o se pierdan, los cuentos y chascarrillos an daluces que andan en boca del vulgo. Los cuentos y chascarrillos saldrán sin nombre del autor o del colector; pero llevarán una introducción muy erudita y filosófica.
Aunque la musa popular no suele ser muy casta, nosotros procuraremos que la verdura de nuestros cuentos no sea muy subida de tono y no escandalice.
Ya se entiende que no se trata de cuentos de hadas, sino de cuentos chuscos, dichos agudos, chascarrillos, etc. De seguro que usted sabe una infinidad. Comuníquenos algunos. Repito que se lo agradeceremos.
Adiós, y créame su siempre afectísimo amigo, Juan Valera»[18].
Los autores no solamente emplearon seudónimos: Fulano, Valera; Zutano, Narciso Campillo; Mengano, el conde de las Navas, y Perengano, el doctor Thebussem, sino que también firmaron los cuentos con asteriscos: uno, Valera; dos, Campillo; tres, el conde, y cuatro, el doctor Thebussem.
El libro tuvo un recibimiento variopinto. Fue alabado graciosamente en verso por el poeta Manuel del Palacio, quien resume la personalidad de estos andaluces. Y cito:
Un librito de cuentos
se ha publicado
del que autores se dicen
cuatro fulanos.
Mas o yo, con el pelo
perdí el olfato
o tras aquellas hojas
se oculta el rastro
de un cartero famoso,
de un catedrático,
de un conde que de libros
se nutre a pasto,
y un Juan que muchos llaman
Juanito el Largo.
Sin embargo, recibió las más acerbas críticas por parte de algunos sectores de la prensa y ciertos autores.
Refiriéndose a esta obra, el profesor Antonio Gómez Yebra ha dicho que: «El aguzado ingenio, el fino humor de Valera, y su atención a la musa popular nos han proporcionado un conjunto de textos de extraordinario valor», y además: «Para entender y aceptar por su auténtica valía los cuentos y chascarrillos populares hay que gozar de buen humor, sentido que se estaba descubriendo entonces en su acepción actual y Valera proponía como hombre de humor al ‘hombre gracioso, chistoso, agudo y alegre, y no estaban todos los espíritus en esa disposición’»[19].
Esta obra, que hoy en día nos parece inocentísima, incluía un cierto número de chascarrillos, ligeramente subidos de tono para la época, algunos de los cuales podrían considerarse médicos o fisiológicos, asunto siempre delicado y controvertido.
Antes de terminar, contaré alguno de los que escribió Valera. El primero se titula El consonante. Dice así:
«Obsequiaba y pretendía cierto elegante e inspirado poeta á una viuda guapa, alegre y discretísima.
A menudo iba a visitarla. Se entusiasmaba mucho, le echaba mil piropos, le declaraba su atrevido pensamiento y le rogaba no fuese con él dura de corazón.
La viuda se sentía halagada, pero como no amaba al poeta y no quería ceder, aunque tampoco quería despedirle, le traía entretenido y embelesado, valiéndose para ello de mil retrecheras habilidades.
Un día, el poeta, estando á solas con la viuda, se entusiasmó de tal suerte y habló con tan vehemente y fervorosa elocuencia, que lo más sonoro y florido de lo que tenía en las entrañas se le extravió y se le escapó traidoramente por otras vías y conductos, retumbando como un trueno.
Es indescriptible el sonrojo que tamaño percance causó al vate enamorado. Trató, sin embargo, de disimular y de hacer creer que el ruido era de otro género y había sido causado por la silla en que se sentaba.
Entonces movió la silla de mil suertes y la arrastró contra el suelo, procurando en balde producir un ruido algo semejante al que tanto le avergonzaba.
Viéndole la viuda en aquella inquietud y en aquella brega, tuvo compasión de él y le dijo con amable sonrisa:
–No se canse usted, mi querido poeta: es imposible: no encontrará usted el consonante».
El siguiente se titula Las castañas. Dice así:
«El día de difuntos salió muy de mañana á misa una linda beata, que la noche anterior, según es costumbre en la noche de todos los Santos, se había regalado, comiendo puches con miel y muchas castañas cocidas.
Como era muy temprano y apenas clareaba el día, la calle por donde iba la beata estaba muy sola. Así es que ella, sin reprimirse, con el más libre desahogo y hasta con cierta delectación, lanzaba suspiros traidores y retumbantes, y cada vez que lanzaba uno, decía sonriendo:
–¡Toma castañas!
Proseguía caminando: soltaba otros suspiros y exclamaba siempre:
–¡Las castañas! ¡Las castañas!
Un caballero, muy prendado de la beata, solía seguirla, hacerse el encontradizo, oír misa donde y cuando ella la oía, y hasta darle agua bendita al entrar en la iglesia, para tener el gusto de tocar sus dedos.
Iba aquel día el caballero tan silencioso y con pasos tan tácitos detrás de la beata, que ella no le vió ni sospechó que viniese detrás, hasta que volvió la cara, poco antes de entrar en el templo.
–¿Hace mucho tiempo que viene usted detrás de mí? Dijo muy sonrojada la linda beata.
–Señora, desde la primera castaña».
Diré, para finalizar, que el humor de Valera sólo pareció extinguirse con su muerte, y esto es harto discutible. Durante los últimos años, ya ciego y recluido en casa, sentado en una butaca la mayor parte del tiempo, no abandonó el buen humor, ni dejó de reírse. En particular le divertían las ocurrencias de su secretario particular, Pedro de la Gala, que le había sido recomendado por un amigo de Cabra, y con quien sostenía sabrosísimas pláticas, haciendo que le contase cuentos o le diese su opinión sobre los problemas más arduos o acerca de los hombres más eminentes.
Cuenta el Conde de las Navas que Periquito, con k lo escribía él, y así se hacía llamar, y cito unas palabras del primero:
«Más bien joven que maduro, cabreño, zumbón era sumamente divertido. Sirvió a Valera durante algunos años de amanuense, y en los últimos de lazarillo, singularmente para traerle en coche todos los jueves a las Juntas de la Real Academia. Periquito, que veneraba al Señor, así le decía, hubo de pedir licencia en cierta ocasión para hacer a Valera una pregunta en materia de la mayor importancia.
Principió por rogarle encarecidamente que no había de disgustarse por aquella curiosidad, y que le respondería “la verdad en pelota”, fueron sus palabras.
“–¿Qué creerá usted, tocayo, que me ha preguntado esta mañana Periquito?” –me refería por la noche el propio Valera, muerto de risa–. “¿Pero es cierto, señor, que le recrean a usted las latas de Homero?”».
En otra ocasión preguntó a don Juan, gran humanista, lector habitual del griego y del latín, que para qué había de estudiarse una lengua inútil como el latín, a lo que este respondió:
«–Pues, entre otras cosas, para que a ti y a mí, que somos de Cabra, nos puedan llamar egabrenses y no de otra forma mucho menos elegante».
Como ven ustedes, el genuino humor de Valera estuvo siempre presente en su vida, y no sólo en los buenos tiempos, sino también en los malos y en los malísimos. En vísperas de su muerte, haciendo un gran esfuerzo, dictó a su secretario un último trabajo, leído póstumamente en la Academia, el discurso Consideraciones sobre el Quijote. Cuenta su biógrafa, Carmen Bravo Villasante, que cuando los amigos que acudían a su casa y lo felicitaban, contestaba:
«–Sí, el discurso será muy bueno pero huele fuertemente a apoplejía»[20].
«Esta vez –dice Azaña–, la alusión salió terrible. El nueve de abril, terminado de hacerse leer el discurso de encargo por su hijo Luis, don Juan cayó fulminado»[21].
Moriría a los pocos días.
Al concluir este encargo de la editora, que un gran humorista, Augusto Monterroso, me sirvió en bandeja, pienso si habré logrado cumplir, siquiera a medias, lo que me había propuesto. Si no ha sido así, perdónenme, por caridad, los lectores, teniendo en cuenta que durante toda mi exposición oficiaba el gran espíritu, compasivo y burlón de don Juan Valera.
[1] Leopoldo (sus trabajos). En: Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. Monterroso, Augusto. 1.ª ed. México: Alfaguara, 1996 (7.ª reimpresión: abril de 2002).
[2] Sbarbi, José María. Un plato de garrafales. En: Ambigú literario. Madrid: Imprenta de la viuda é hija de Fuentenebro, 1897, pp. 1-14.
[3] El Conde de las Navas. Don Juan Valera: Apuntes del natural. Madrid: Oficina tipográfica de D. Ricardo Fé, 1905, p. 15.
[4] Fulano; Zutano; Mengano y Perengano. Cuentos y chascarrillos andaluces: Tomados de la boca del vulgo: Coleccionados y precedidos de una Introducción erudita y algo filosófica. 2.ª ed. Madrid: Librería de Fernando Fé., 1896.
[5] Estepa Bachiller, Francisco. Académicos en cuadrilla: (denuncia). Madrid: Fernando Fe, 1897.
[6] Montoto, Santiago. Las amarguras de don Juan Valera (De su correspondencia inédita). Artículos publicados en El Sol, Diario Independiente. (Sábado 13 de octubre de 1926, sábado 16 de octubre de 1926 y sábado 23 de octubre de 1926). I-III.
[7] Peña González, José. Valera y Azaña. Cabra: Ayuntamiento de Cabra, 2006. p. 35.
[8] Rodríguez, Claudio. Don de la ebriedad: (1953). En: Poesía completa: (1953-1991). Barcelona: Tusquets Editores, S.A. 1.ª edición en Fábula: octubre 2004. p. 13.
[9] El Conde de las Navas. Valera íntimo: Centenario de Valera. Discursos leídos en la sesión pública celebrada en la Real Academia Española el día 21 de diciembre de 1924. Madrid: Tip. De la «Rev. de archivos, bibliot. y museos», 1925.
[10] Bravo Villasante, Carmen. Biografía de don Juan Valera. Barcelona: Editorial Aedos, 1959, p. 321.
[11] Ib., p. 327.
[12] Romero Mendoza, P. Don Juan Valera: (Estudio biográfico-crítico, con notas). Madrid: Ediciones Españolas, S.A., 1940, p. 230.
[13] Encinas Moral, Ángel Luis (ed.). Juan Valera: Cartas desde Rusia. Madrid: Miraguano, S.A. Ediciones, 2005, pp. 13-16.
[14] Juliá, Santos (ed.). Valera en Rusia. En: Manuel Azaña: Obras Completas. Madrid: Ministerio de la Presidencia. Secretaría General Técnica. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007. Vol. II, pp. 581-602.
[15] Martín Ezpeleta, Antonio (ed.). Vida de don Juan Valera. En: Manuel Azaña: Obras Completas. Ib. p. 485. (Sesión del congreso de 19 de febrero de 1864). Véase también Vida de don Juan Valera: Manuel Azaña. Cabra: Ayuntamiento de Cabra, 2005, p. 138.
[16] Zamora Vicente, Alonso. Historia de la Real Academia de la Historia. Madrid: Espasa Calpe S.A., 1999, p. 158.
[17] El Conde de las Navas. Valera íntimo. Op. cit., pp. 10-11.
[18] Romero Tobar, Leonardo y col. El texto completo de la carta puede leerse en: Juan Valera: Correspondencia. (ed.). Madrid: Castalia, 2007. Vol. VI, pp. 163-164 (carta n.º 2867).
[19] Gómez Yebra, A. El humor popular en Valera: Los chascarrillos andaluces. En: Actas del primer congreso internacional sobre don Juan Valera. Galera Sánchez, Matilde (coord.). Cabra: Ayuntamiento de Cabra, etc. 1997, p. 336.
[20] Biografía de don Juan Valera. Op. cit., p. 329.
[21] Vida de don Juan Valera: Manuel Azaña. Op. cit., p. 229.
Isidora · Revista de estudios galdosianos · N.º 9 · pp. 157-175

























