
Francisco Massó Cantarero

Según la teoría del psiquiatra Eric Berne, publicada en su libro “¿Qué dice usted, después de decir hola?, que después completaron sus discípulos el psicólogo Claude Steiner y el también psiquiatra Bob Goulding, cada persona seguimos un guion de vida, pergeñado con las primeras decisiones, intuitivas, que consiguieron algún tipo de éxito temprano.
Por tanto, el guion de vida es un plan preconsciente, urdido por la propia subjetividad en los arcanos del tiempo, mediante decisiones apremiantes, que luego se repiten, y ahora, configuran un estilo de vida, un modo de ser, o de actuar, que perfila, a su vez, un personaje que muchas veces vela la identidad auténtica de la persona. El personaje es social, el fenotipo psicológico; y la mismidad del yo emerge a regañadientes del personaje.
La hamartia, en la tragedia griega, es un error garrafal, o un rasgo acendrado en la esencia del carácter del personaje, que lo lleva a tomar la decisión funesta que lo conduce a la desgracia calamitosa final. Sin duda, la hamartia es responsabilidad del héroe; no hay ananké, ni fatalismo de los hados, sino peculiaridad del personaje, en coherencia intrínseca a su modo de estar en el mundo. Puede observarse la continuidad en las decisiones que desembocan en la hamartia final, porque hay consistencia.
Un líder cargado con guion hamártico imprime su sello al grupo que dirige, porque ya selecciona a aquellas personas compatibles con su modo de operar y rechaza a quienes no lo sean. Después, una vez rodeado de adeptos, dirige la coreografía con mayor comodidad. Lo dice el refrán: similes similibus curantur.
Un guion hamártico renuncia a pensar y planificar casi todo; es más bien reactivo. Es decir, deja que los acontecimientos le sorprendan, porque no hace previsiones, ni maneja la realidad entorno con sentido y dirección. Va al albur y le estorba cualquier tipo de control, que pueda poner coto a sus ocurrencias. Unas veces se escapa de la catástrofe por casualidad y otras los acontecimientos lo atropellan, sin compasión. Lo estamos viendo de continuo.
Sin plan diseñado de antemano, ni proyecto, calculado a conciencia, al que obedecer con garantías de éxito, ni presupuesto que lo limite, sólo queda la improvisación ocurrente ante las urgencias. Nuestro protagonista se ve arrastrado por la realidad y tiene las prisas de un bombero, aunque no sabe qué fuego apagar, porque todos queman y son igualmente mortíferos. Trata y trata, sin llegar a tiempo a nada donde ser eficaz.
El desastre de la confusión interna le induce al frenesí de la apariencia: quiere demostrar dominio de la situación, cuando ésta lo ha desbordado; quiere aparecer relajado, e incluso que se divierte, entretanto lo devora la angustia. Es un fantoche: fanfarrón, jactancioso y presumido por fuera –el personaje- y forzado a estar vacío por dentro -la persona- sin empatía, ni sentimientos, ni vinculaciones, que son procesos peligrosos para un reactivo.

Saint-Exupéry logra que su Pequeño Príncipe aprenda que lo que parece un sombrero nunca puede representar a una boa que ha engullido a un elefante y está haciendo la digestión; y que el farolero que, siguiendo la consigna, enciende el farol, dice ¡Buenas noches!, y lo apaga, inmediatamente, para decir ¡Buenos días!, no es un oficio estúpido, porque los días en aquel pequeño planeta duran sólo un minuto.
Sin embargo, hay príncipes grandes, que nunca crecieron, y se empeñan en convencer a los otros de que lo que parece no es lo que es, aunque la apariencia es más importante que la realidad, y ésta consiste en el cuento que ellos construyen, que es lo que han de creer los demás. Son laberínticos: no creen mentir, porque cada vez son un personaje diferente, que inventa nuevas verdades.
Su autosuficiencia les impide aprender, que es oficio de gente humilde, disciplinada, cauta y prudente. Ninguno de estos valores les resulta útil, toda vez que se consideran dotados de la fabulosa facultad de inventar sea soluciones nuevas e inmediatas a los problemas, sea explicaciones ante los desastres. Su ingenio es inagotable y su fracaso seguro.
Los grupos, y los pueblos, que eligen para líder a un personaje hamártico son grupos suicidas, nihilistas, que carecen de proyecto existencial, o rechazan el existente. En sentido inverso, si el grupo o el pueblo tiene proyecto de futuro, rechazará al líder hamártico, por considerarlo un cantamañanas, sin fuste ni careo posible.
Esperamos.

























