
Mila Bueno
Un botón parece algo muy insignificante comparado con la muerte. Un simple botón de nacarina. Blanco. Redondito. Con dos agujeros. ¿O eran cuatro? Casi no lo recuerdo ya. Pero sí recuerdo que tenía siete años. Aquellas catequesis previas a la primera comunión acabaron por despertar una naturaleza con «malsanos apegos» por la filosofía. Lo de «malsanos apegos», va por la Madre Anunciata. No sé si le parecerían a ella malsanas o no mis preguntas en clase. Pero bien que la ponían en apuros.
Un día se empeñaba en explicarnos que teníamos todas el alma más negra que un tizón por aquello del pecado de nuestros primeros padres. Por aquel entonces las negruras las relacionaba yo con los ojos de mi caniche, redonditos ellos; o con el maldito borrón, concentrado, refrotado, pero negro, negro, que se me iba formando cuando infructuosamente trataba de arreglar algún dibujo en la postura típica del escolar, encorvada sobre el pupitre, concentrada, asomando la punta de la lengua entre las melladuras de mi boca sieteañera.
Las oscuridades que conocía entonces iban, todo lo más, relacionadas con eso: melladuras, borroncillos, disgustillos de escolar. Todo lo más con nubes negras o «Santas Bárbaras benditas, madres de San Agustín…» o con regañinas. Con velas blancas que encendía la abuela cuando el cielo se ponía negro y estallaba la tormenta. Ella sí que me parecía que rezaba como si temiera unas negruras que iban más allá de los simples nubarrones que emborronaban el cielo, más allá de los truenos que retumbaban como petardos y me divertían cuando la asustaban. ¿Qué negruras serían esas que tanto temían los adultos?

Se muere la vecina. Esa anciana tan simpática que me regala caramelos morados que saben a violeta, que me deja colarme por su casa a curiosear el interior de sus armarios donde guarda manteles, encajes, bolsas rellenas de lavanda, botes floridos con polvos de talco, collares fantásticos… Y, sobre la gran puerta del armario, estampas: estampas fijadas con chinchetas de colores, estampas con Vírgenes plácidas sobre cuernos de luna y nubes rosadas. Y también estampas con crucificados terribles. Muerte más muerte. Eso de la muerte anda por todos lados. Me tranquilizan: «Se ha ido al cielo la vecina». ¿Al cielo? Menos mal que el cielo es azul y no negro, como esas almas. ¿Al cielo? ¿Cómo puede ser esto? Pero si el cielo es ese techo inmenso y precioso de ahí arriba por donde corren nubes con forma de elefante, o de pingüino, o de algodón; donde hunde la Virgen de las estampas sus pies descalzos, o donde busco nubes con forma de «hayquever quédeprisacambiandeformalasnubes».
Así es como llegué a pensar acerca de la muerte: siete años, Madre Anunciata, muerte de la vecina y Primera Comunión. Llegué a ello a base de negruras dispersas que fueron arremolinándose en mi cielo desde no sé dónde: «¿Y cuándo me tocará a mí? ¿Cuándo desapareceré yo? ¿Al Cielo o al infierno? ¿Tengo el alma blanca o negra? Ojo, que esto va de desapariciones. De no estar más aquí. De no ver a los que quieres: mamá, papá, la abuela… Adiós al caniche y a sus greñas rizadas, adiós a su hocico húmedo y a sus ojos como canicas (negras)».
Pero, mejor, vuelvo de nuevo al botón. Vuelvo redondamente al botón y a su redondez enterrada. Los juegos de los niños son cosa sería, decía un sabio. Con seriedad, con premeditación, preparé la ceremonia para exorcizar a la muerte.
Lo cuento ahora tal cual lo pensé entonces: «Cojo un botón, de esos de la caja de lata de mi madre. Uno de nacarina. Un botón cualquiera. Uno cualquiera, no. ¿Soy acaso una niña cualquiera? Este botón “me representa”. Los hay dorados de ancla, de brillantitos… No. Sí… Sí… No. Decisión tomada: uno cualquiera. Este simple botón blanco soy yo. Lo que quedará de mí. Lo enterraré, a la salida de misa, sin que nadie me vea, porque… si mi madre me ve, seguro que me suelta: “pero tú estás loca, hija”. Decidido: en el macetero grande que hay a la puerta de la iglesia, bien apretadita la tierra. El botón escondido bajo la tierra soy yo. Cuando yo ya no esté, allí estará el botón. Alguien lo descubrirá un día. El botón. Mi botón. ¡Qué forma tan fácil de volverse inmortal!».
No fue difícil. Lo de enterrar el botón, digo. Mi madre siempre se entretenía hablando con alguien a la salida de misa. Por lo demás, no he cambiado en lo de las aficiones malsanas. Para muestra…
Este libro fue publicado por Isidora Ediciones


























