Día de Difuntos: Larra y el cementerio de los vivos

Rosa Amor del Olmo

Hay una intimidad difícil de explicar en el gesto de limpiar una lápida. Se retiran unas hojas, se cambia el agua de las flores, se pasa un paño sobre un nombre. Es poco, desde luego, frente a la enormidad de una ausencia. Pero acaso el cariño consista también en eso: en seguir ocupándose de alguien cuando ya no podemos hacer por él ninguna de las cosas que antes hacíamos. Queda ese cuidado pequeño, casi doméstico. Una forma de poner orden alrededor de lo irreparable.

El calendario católico distingue entre Todos los Santos, el 1 de noviembre, y la conmemoración de los Fieles Difuntos, el día 2. La primera celebración mira a quienes participan ya de la gloria; la segunda dedica su oración a los fallecidos. El afecto, menos atento a las precisiones del calendario, reúne en estos días a quienes nos faltan. Para cada familia, el plural de los difuntos tiene nombres propios. Vaticano

Sin embargo, hubo un escritor que, al llegar noviembre, prefirió interrogar a los que todavía caminaban. Mariano José de Larra publicó en El Español, el 2 de noviembre de 1836, su artículo El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio. Merece releerse cuando los escaparates se llenan de motivos funerarios y la muerte corre el riesgo de convertirse en una decoración que nos dispense de pensar en ella. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

La ocurrencia de Fígaro es terrible por su sencillez. Mientras las gentes salen de la ciudad para visitar las sepulturas, él descubre que no hace falta acompañarlas: «Madrid es el cementerio». El movimiento de la multitud queda así desmentido. Los que creen ir a ver a los muertos son precisamente quienes necesitan examinar su propia condición. cervantesvirtual.com

Podemos imaginar el disgusto de un lector que hubiera abierto el periódico esperando una estampa piadosa. Había dispuesto su ánimo para la emoción conveniente, quizá para unas campanas, unos cipreses y una meditación sobre la brevedad de la existencia. Y de pronto se encontraba bajo sospecha. La muerte dejaba de ser un asunto de los demás. Tampoco bastaba con comprobarse el pulso: el artículo exigía otras pruebas de vida.

Conviene recordar que aquella amargura tenía una dimensión política, no solamente sentimental. José Escobar ha señalado la estrecha relación que, en la obra de Larra, mantienen el malestar íntimo y la pérdida de confianza en la transformación de España. Su trayectoria periodística se había alimentado de una expectativa de cambio; el desencanto adquiere su intensidad precisamente sobre ese fondo de esperanza. Reducirlo a un hombre al que todo le parecía mal sería una manera bastante cómoda de no escuchar lo que estaba diciendo. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

En el paseo de Fígaro, los edificios reciben una segunda identidad. La cárcel guarda la libertad del pensamiento; la Bolsa, el crédito español; la Imprenta Nacional, la verdad. Los teatros albergan a los ingenios, y los ministerios representan una España destruida por otra. La ciudad se vuelve legible a través de sus epitafios. cervantesvirtual.com

La imagen invita a una comprobación incómoda: que algo conserve su edificio, su nombre y sus ceremonias no demuestra que conserve su propósito. Una institución puede abrir puntualmente todas las mañanas y haber abandonado hace mucho la razón por la que existe. Incluso puede trabajar con extraordinaria diligencia en perpetuar ese abandono. Tendrá empleados, membretes, reuniones y una memoria anual cuidadosamente redactada. La actividad administrativa no es una garantía contra la muerte; a veces proporciona una magnífica organización del velatorio.

Leído desde nuestro presente, el artículo permite imaginar nuevos epitafios. Aquí se prometió escuchar. Aquí se anunció una reforma que terminó convertida en comisión. Aquí se convocó a la inteligencia y se prefirió, por razones de comodidad, contratar a la obediencia. No son frases de Larra, aunque resultaría tentador prestárselas. Son las inscripciones que un lector puede añadir por su cuenta cuando empieza a mirar alrededor con menos reverencia.

Ahora bien, releer a un clásico no debería servir para declarar que nada cambia. Esa conclusión, además de perezosa, concede a la resignación demasiada autoridad. Las circunstancias de 1836 no son las nuestras. Lo que podemos trasladar es la pregunta: ¿qué queda de una palabra cuando las prácticas que debía orientar la desmienten? ¿Cuánta libertad cabe en una sociedad que pronuncia su nombre con solemnidad y se incomoda ante la primera voz discrepante? ¿Cuánto respeto a la cultura hay en un homenaje que llega después de haber negado al homenajeado tiempo, atención y medios para trabajar?

Pero la fuerza del texto no se agota en esas preguntas públicas. Borja Rodríguez Gutiérrez ha propuesto considerar este artículo, junto con el de la Nochebuena del mismo año, como una creación próxima al poema en prosa, más allá del cuadro de costumbres. Es una observación que ayuda a leerlo: la ciudad que recorre Fígaro está atravesada por una sensibilidad herida. La sátira va dejando paso a una desolación que ya no permite conservar la cómoda distancia del observador. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Al final, Fígaro busca refugio en su propio corazón. Allí descubre otro sepulcro y una última inscripción: «¡Aquí yace la esperanza!». El paseo termina dentro de quien lo cuenta. No queda un lugar privado a salvo del cementerio exterior. cervantesvirtual.com

Ese desenlace impide salir del artículo satisfechos de nuestra perspicacia. Resultaba fácil acompañar al escritor mientras señalaba la falsedad ajena; más difícil es seguirlo cuando la mirada se vuelve hacia dentro. Podemos denunciar durante años el vacío de las palabras públicas y acabar hablando de la misma manera. Podemos burlarnos del conformismo y convertir el desencanto en una costumbre que nos exima de cualquier esfuerzo. Hasta la lucidez tiene su vanidad: la de creerse cumplida con haber descubierto el desastre.

El Día de Difuntos ofrece, sin embargo, otra experiencia de la memoria. Junto a la crítica de lo que ha dejado de vivir, está el cuidado de aquello que, habiendo muerto, no queremos perder. Una fotografía conserva una expresión que ya nadie puede repetir exactamente. Una carta devuelve el modo en que alguien se dirigía a nosotros. Una receta escrita en un cuaderno mantiene, entre manchas y correcciones, algo de la vida de una casa. No hace falta atribuir a esos objetos poderes extraordinarios. Basta con reconocer que nos relacionan con una existencia que no cabe entera en las dos fechas de una lápida.

También convendría recordar sin embalsamar. El amor a los muertos no exige volverlos impecables. Podemos conservar sus contradicciones, su mal humor, aquella manía que nos desesperaba, la frase inoportuna que ahora recordamos sonriendo. Una persona convertida en perfección resulta casi tan inaccesible como una persona olvidada. A veces, el recuerdo más fiel empieza donde termina el elogio obligatorio.

Con los escritores sucede algo parecido. Honrar a Larra no consiste en dejarlo quieto en una hornacina del Romanticismo. Leerlo supone aceptar que nos estropee un poco la solemnidad, que interrumpa el discurso satisfecho, que vuelva a preguntar para qué sirve aquello que tanto admiramos. El homenaje que lo vuelve inofensivo es una forma especialmente educada de enterrarlo.

Por eso merece la pena llevar su artículo a estos días de noviembre. No para despreciar las flores ni las visitas al cementerio, mucho menos para juzgar cómo vive cada cual sus pérdidas. Se puede limpiar una tumba con todo el amor del mundo y regresar de ella con una atención más exigente hacia la vida. Recordar a quienes faltan debería ayudarnos a reconocer el valor de quienes todavía están: la conversación que aplazamos, la compañía que damos por segura, la presencia a la que siempre suponemos otro día.

Al salir del cementerio, alguien guarda el paño y recoge el cubo. Las flores se quedan. El nombre vuelve a leerse con claridad sobre la piedra.

Fuera queda mucho por hacer. Y acaso la mejor manera de discutir con el último epitafio de Larra sea esa: cuidar a nuestros muertos sin dar por muerto todo lo demás.

  • Isidora Revista

    Isidora. Revista de Estudios Galdosianos es una publicación cultural y académica fundada en 2005 y especializada en Benito Pérez Galdós, literatura española, crítica textual, traducción, estudios culturales e historia intelectual. Con ISSN 1699-5996, la revista desarrolla además proyectos dedicados a la cultura canaria, el Observatorio Galdós-Negrín y la difusión internacional de las humanidades.

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