
Rosa Amor del Olmo
El 28 de enero de 1878, Matilde Cherner escribió al compositor Francisco Asenjo Barbieri con una petición que todavía conserva intacta su modestia y su urgencia: «he llevado un drama a Apolo: quisiera que se leyera». Había entregado la obra al teatro y desconocía a las personas que podían hacerla avanzar. Antes del estreno, de la crítica y del aplauso estaba aquel trámite elemental: conseguir que alguien abriera el manuscrito.1
También por esas esperas se puede contar la historia de la literatura. Entre una obra terminada y un lector hay dinero, relaciones, decisiones ajenas. El talento no suprime esa distancia. En la carta de Cherner se oye a una profesional que ha hecho su trabajo y necesita que el trabajo encuentre salida. Es una buena manera de acercarse a una autora a la que la posteridad ha dedicado bastante menos atención que a muchos de sus contemporáneos.
Nacida en Salamanca en 1833 y fallecida en Madrid en 1880, Cherner fue periodista, poeta, novelista y dramaturga. Sabía latín y francés y tenía una notable afición musical. La Biblioteca Nacional la recuerda como una escritora que se ganó la vida con su pluma. Conviene detenerse en ese dato: escribir era una ocupación que exigía continuidad, lectores y remuneración.2
Su trayectoria obliga a ensanchar la imagen de la mujer de letras decimonónica. Publicó poemas en la prensa salmantina, desarrolló buena parte de su actividad en Madrid y abordó la crítica, la narración y la discusión política. En sus colaboraciones para El Federal Salmantino, entre 1872 y 1873, aparecen los trabajadores mal pagados, la mendicidad y las quintas, junto a la esperanza de una república democrática. El malestar social tenía para ella rostros y consecuencias.3
Su curiosidad pasaba de las Novelas ejemplares de Cervantes a la música de Manuel José Doyagüe. Escribió crítica sobre autores del pasado y trabajó en libretos de zarzuela. Ese conjunto permite reconocer un oficio alimentado por lecturas y estudio, además de por la imaginación. La periodista que opinaba sobre su presente conocía también la tradición con la que discutía.1
Una firma y una profesión
Una parte de su obra apareció bajo el nombre de Rafael Luna. El seudónimo invita a imaginar una identidad completamente secreta, aunque Pura Fernández ha documentado que era conocido por sus contemporáneos. Cherner también publicaba con su nombre y lo utilizaba en la correspondencia. Aquella firma masculina formaba parte de su actividad profesional; sus usos fueron más complejos que un ocultamiento permanente.1
Esta diferencia importa. Un nombre de autor crea expectativas antes de que empiece la lectura: predispone a conceder competencia, a tolerar una opinión, a sospechar de una experiencia. Cuando una mujer escribía sobre determinados asuntos, podía quedar sometida a un interrogatorio que confundiera la materia literaria con su vida. La ficción corría el riesgo de convertirse en prueba contra quien la había imaginado.
Cherner cultivó, además, una narrativa de mayor amplitud que la que su recuperación actual suele dejar ver. Ocaso y aurora apareció por entregas en El Tiempo entre 1875 y 1877 y se publicó en volumen en 1878. Ambientada en el final del reinado de Carlos II, mezcla la intriga histórica con los destinos privados. Helena Establier ha estudiado una ambivalencia significativa: la autora de convicciones republicanas publicó en un periódico monárquico una novela que cuestionaba los abusos del poder sin rechazar de plano la solución borbónica.4
Hay en ello una invitación a leer con paciencia. Las convicciones de una escritora no convierten cada uno de sus personajes en un portavoz ni cada argumento en una declaración de partido. En una novela intervienen también el público al que se dirige, las formas heredadas y las tensiones que la autora alcanza a formular. Cherner merece esa atención, incluida la posibilidad de que sus libros nos contradigan.
Educar para depender
En sus artículos de La Ilustración de la Mujer, especialmente en la serie Las mujeres pintadas por sí mismas, dedicada a Sofía Tartilán, examinó la formación femenina y las barreras que impedían ejercer las capacidades adquiridas. Su reclamación llegaba hasta el derecho «de atender por sí misma a su subsistencia y su porvenir». Aprender debía permitir a una mujer sostener su vida y participar en el conocimiento, en lugar de dejarla a merced de quienes administraban su futuro.5
El planteamiento tiene una precisión material que merece conservarse. Una educación puede resultar brillante en el salón y estéril ante la necesidad. Se puede enseñar a conversar, a tocar el piano, a parecer cultivada, y mantener intacta la dependencia económica. Cuando falta quien paga la casa, ese repertorio de cualidades corre el riesgo de revelar su insuficiencia. La formación recibida para agradar ofrece pocas respuestas a la obligación de subsistir.
Cherner discutió también las explicaciones que atribuían la escasa presencia femenina en la ciencia o en las letras a una inferioridad intelectual. Señaló el peso de la organización social y del impedimento para estudiar y trabajar. Su crítica alcanzaba a los hombres que custodiaban esas barreras y a las mujeres que aceptaban o defendían la propia subordinación.5
La pregunta que dejan estos textos admite una formulación sencilla: ¿qué utilidad tiene abrir una puerta al conocimiento si se mantiene cerrada la posibilidad de vivir de él? El reconocimiento se vuelve frágil cuando depende de la generosidad de quien puede retirarlo. Una profesión proporciona algo más duradero que una felicitación.
La respetabilidad tiene clientes
En 1880 publicó María Magdalena, firmada como Rafael Luna. La novela lleva el subtítulo Estudio social y sitúa en el centro a una mujer empujada hacia la prostitución. Su denuncia se dirige a la mercantilización del cuerpo femenino y a la hipocresía de una sociedad que tolera el negocio mientras condena a quienes quedan atrapadas en él. La editorial Espinas recuperó la obra en 2022, con prólogo de Mabel Lozano.6
María Magdalena, conocida como Aspasia, llega a ese mundo después de la ruina y la pérdida de su madre. La pobreza estrecha sus posibilidades hasta colocarla en manos de una proxeneta. Esta secuencia da a la novela su fuerza acusadora: antes de pronunciar un juicio sobre la mujer, el lector tiene que recorrer las circunstancias que la han llevado hasta allí.7,8
La expresión mujer caída contiene una explicación demasiado cómoda. Parece que alguien ha tropezado y que su desgracia se agota en ese movimiento. Cherner obliga a levantar la mirada hacia el terreno. Hay una protección familiar que desaparece, una preparación que no basta, una necesidad que aumenta y alguien dispuesto a obtener beneficio. La palabra caída comprime toda esa historia hasta hacerla parecer una falta personal.
El recurso a las memorias permite que la protagonista relate su experiencia, aunque esa voz llega al lector dentro de un marco masculino: un médico conserva sus papeles y otro hombre los da a conocer. Conviene percibir esa mediación. La mujer adquiere espacio para explicarse y, al mismo tiempo, su testimonio atraviesa otras autoridades antes de hacerse público.8
Ahí puede leerse una tensión que concierne a la propia literatura. Tener una historia y conseguir que se escuche son capacidades distintas. La existencia del manuscrito introduce esa diferencia dentro de la novela: alguien ha escrito, alguien decide transmitir lo escrito. La carta al teatro Apolo, fuera de la ficción, adquiere entonces una resonancia particular.
También el título conserva la huella de las convenciones que la obra utiliza. El nombre de María Magdalena activa el imaginario de la pecadora y de la redención, aunque la protagonista de Cherner pertenece a una historia contemporánea. El recorrido de su personaje se apoya en el sufrimiento y en una rehabilitación moral que la convierte, a ojos de otros, en una figura digna de veneración. Esa transformación revela el peso del molde sentimental y religioso con el que trabaja la autora.9
Podemos preguntarnos qué precio exige ese molde para conceder simpatía. ¿Cuánto tiene que sufrir una mujer desacreditada antes de que se acepte escucharla? ¿Necesita demostrar una bondad extraordinaria para recibir una consideración ordinaria? La lectura se vuelve más fértil cuando permite que estas preguntas alcancen también a los recursos de la novela.
Por eso la doble moral resulta aquí más inquietante que una simple colección de personajes hipócritas. La buena reputación se distribuye de manera desigual. Quien paga puede salir de una relación sin llevarse consigo el descrédito que deja adherido a la otra persona. La operación económica termina; la clasificación moral continúa. Ese desequilibrio es el asunto que vuelve incómoda la mirada de Cherner.
Leer también sus contradicciones
La autora tampoco queda fuera del examen. Elena Losada ha mostrado las ambigüedades de sus artículos: junto a la defensa de la capacidad intelectual femenina aparecen recomendaciones para que la mujer instruida se haga amable y modere la exhibición de su saber. La emancipación convive con el mandato de resultar agradable. El pensamiento avanza y, en ciertos pasajes, conserva las exigencias que está poniendo en cuestión.8
Sería fácil explicar cada vacilación como una maniobra calculada para burlar a sus lectores. Esa interpretación resolvería demasiado. También cabe reconocer los límites de una conciencia formada en el mismo mundo que critica. Una persona puede identificar una injusticia y seguir usando parte del lenguaje que la sostiene. Leer ese conflicto permite comprender mejor el esfuerzo y el alcance de su pensamiento.

La recuperación de una escritora poco divulgada se empobrece cuando sólo busca frases que parezcan escritas esta mañana. Acabamos seleccionando lo que confirma nuestras ideas y apartando lo que exige discusión. Cherner ofrece una posibilidad más exigente: pensar con ella y discutir con ella, observar cómo una preocupación se convierte en artículo, cómo una experiencia social adopta la forma de una novela, dónde su escritura abre una posibilidad y dónde vuelve a cerrarla.
Su interés literario está en esa fricción. Una narradora que denuncia la hipocresía debe trabajar con lectores educados en ella; una periodista que reclama independencia depende de que sus colaboraciones circulen; una dramaturga que termina un texto necesita encontrar quien se siente a leerlo. Estas relaciones permiten comprender la obra como un trabajo realizado dentro del mundo que pretende modificar.
En aquella carta de 1878 quedaba una petición pendiente: que la obra fuese leída. Podemos empezar por ahí. Abrir María Magdalena, volver a sus artículos, conceder a Matilde Cherner el tiempo que exige cualquier autor. Después de leerla, la decencia deja de parecer una cualidad que cada cual administra a solas. Obliga a preguntar quién puede permitírsela, quién decide su reparto y a quién se le presenta la factura.
Fuentes
1. Fernández, Pura (2010). «“Conociendo yo, caballero, lo mucho que vale su nombre y lo poco conocido que es el mío”: Cartas de Matilde Cherner a Francisco Asenjo Barbieri (1877-1879)». Siglo Diecinueve, 16, pp. 89-117. Carta del 28 de enero de 1878, p. 107. Consultar fuente
2. Biblioteca Nacional de España. «Cherner, Matilde». Ficha biográfica de autora. Consultar fuente
3. Rodríguez Sánchez, María de los Ángeles (2002). «Matilde Cherner, canon y anticanon: periodismo político». En La elaboración del canon en la literatura española del siglo XIX. II Coloquio. Barcelona: Universitat de Barcelona / PPU, pp. 363-374. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultar fuente
4. Establier Pérez, Helena (2017). «Novela histórica y republicanismo en tiempos de la Restauración: Ocaso y aurora de Matilde Cherner». En La historia en la literatura española del siglo XIX. VII Coloquio. Barcelona: Edicions de la Universitat de Barcelona, pp. 25-35. Consultar fuente
5. Rodríguez Sánchez, María de los Ángeles (2005). «Matilde Cherner y “La Ilustración de la Mujer”». En Lectora, heroína, autora (La mujer en la literatura española del siglo XIX). Barcelona: Universitat de Barcelona / PPU, pp. 307-319. Consultar fuente
6. Cherner, Matilde (2022 [1880]). María Magdalena. Prólogo de Mabel Lozano. Madrid: Espinas. Ficha de la edición recuperada. Consultar fuente
7. Red Municipal de Bibliotecas de Córdoba. «María Magdalena. Estudio social (novela) / Matilde Cherner». Presentación y lectura de Bernardo Ríos. Consultar fuente
8. Losada, Elena (2024). «Matilde Cherner y las ambigüedades de un discurso pionero. Los artículos de La Ilustración de la Mujer (1875) y la novela María Magdalena (1880)». Rassegna iberistica, 47 (121), pp. 157-172. DOI: 10.30687/Ri/2037-6588/2024/22/008. Consultar fuente
9. Avilés Diz, Jorge (2022). «La arrepentida de José Pallés y Llordés: modelos de mujer en la regencia española». Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, XCVIII-2, pp. 129-158; sobre Cherner, pp. 138-139. Consultar fuente

























