
Carmen Bravo-Villasante
Para la biografía del escritor y para el mejor conocimiento de su obra, la publicación de los Epistolarios es de enorme interés y valor. De ahí que en los últimos años estén viendo la luz multitud de correspondencias epistolares entre escritores.
En 1957, J. M. Cossío publicó, en la Antología de escritores y artistas montañeses, tomo XLVII (Santander), varias cartas de Pereda a Galdós, y en 1964, S. Ortega, un nutrido epistolario de Cartas a Galdós (Revista de Occidente), entre las que había numerosas cartas de Pereda, que, aparte del interés de las mismas, dejaban en el lector un vivo sentimiento de curiosidad por conocer las respuestas galdosianas.

En varias de estas cartas se iniciaba una polémica, y por el contexto de la siguiente se dejaba adivinar cómo sería la carta de Galdós que el lector ignoraba. La polémica tenía como tema la publicación de Gloria y las posibles ideas tendenciosas de Galdós, según el escritor santanderino. Las extensas epístolas de Pereda, antagonista amistoso de Galdós, acusaba, y al tiempo rebatían, una argumentación galdosiana que desconocíamos.
Casi un siglo después de escritas estas cartas de Galdós podemos leerlas, y la inmensa laguna epistolar queda salvada, a excepción de unas cuantas palabras ilegibles que, con un poco más de paciencia y tiempo hubieran podido ser descifradas.
No vamos a hacer la historia de la amistad de Galdós y Pereda, de sobra conocida. Pereda y Galdós en España serían los grandes amigos de la época del realismo, como lo fueron inseparables en el romanticismo Goethe y Schiller. El talento, «de corte liberal», de Pereda, según le parece a Galdós, les une a pesar de las divergencias ideológicas.
¡Qué verdadero está Galdós en estas cartas, qué apasionado e iracundo! Lo que no obsta para que Pereda le calificase de «carácter dulcísimo».
La publicación de estas veintiocho cartas nos parece uno de los documentos más importantes en este cincuentenario de Galdós, que puede aclarar muchas dudas acerca de la situación espiritual de Galdós en determinados años. No es éste lugar para hacer comentarios eruditos a un epistolario que merece toda clase de análisis y notas a pie de página. Por el momento las cartas mismas ofrecen al lector que, al fin, puede satisfacer una sana y noble curiosidad sobre muchos aspectos oscuros e ignorados de las dos grandes figuras literarias españolas.
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